Dejar huella

Se me ocurre que algún psicólogo social estará ya analizando esto desde un punto de vista nada político, pero con la misma capacidad de explicar el fenómeno. En el lenguaje común decimos que cada día tiene su afán. El otro día escuchaba a uno de los indocumentados de la CUP quejándose de que solo estaban vivos un 20% de los españoles que aprobaron la constitución (bueno, creo que evitó decir la palabra españoles por si le entraba algún tipo de urticaria), como si eso fuera un defecto no ya antidemocrático (que también, claro) sino esencial. La esencia del problema es que nuestra generación (la suya, digo) tiene que hacer algo nuevo. Igual que nosotros estábamos hartos de Franco, ellos están hartos del régimen del 78. Da igual que no tengan ni idea de qué era vivir en una dictadura. La cuestión es sentirse vivos. Destruir lo que está construido y hacer un edificio nuevo. Dejar el piso de su padres y cambiarse a uno recién levantado.

 

Llegados aquí, la razón no tiene nada que hacer. A diferencia de los indocumentados de la CUP y de muchísimos de Podemos, yo he estudiado en libros de texto en los que España aparecía pintada con el color de los países del Tercer Mundo. Los años de democracia y, particularmente, los de integración en Europa, nos han hecho situarnos entre los primeros del mundo. Pero, ¿qué importa? Si uno quiere sentirse oprimido, pues va y se siente. Las palabras son gratis y soportan cualquier argumento.

 

En el plano político, no importa que los independentista estén haciendo lo que se hacía en España en el siglo XIX, que consistía en cambiar de constitución cada vez que se cambiaba de gobierno. Minorías o exiguas mayorías imponían su voluntad al resto (como ellos quieren hacer en Cataluña) y, mientras tanto, el país se atascaba en el subdesarrollo. Da igual que los hechos digan que ese mecanismo no es el mejor. No importa que los políticos sean malísimos (como dice Marsé en el artículo que me ha sugerido esta reflexión). No es relevante que con una constitución como la de 1978 (de la que yo cambiaría ahora mismo la redacción del artículo 27) nos haya ido mucho mejor. Da igual porque no se trata de los hechos, sino del afán de cada día. Aquellos a los que están moviendo Junqueras, Puigdemont, Gabriel... quieren hacer algo, dejar huella de su paso por el mundo. Necesitan tener su transición, su revolución, su mayo del 68. Su yo estuve allí. Y ellos, los líderes, quieren ser como Lutero. Como Marx. Como Cervantes.

 

O como el Katrina.

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El pisito

1.- Si España fuese un piso, el piso sería propiedad de todos los que viven en él. Los que frecuentan más el salón son tan propietarios del salón como los que apenas van a él de vez en cuando o incluso como los que nunca van al salón. Eso es lo que dice la Constitución de 1978. Lo que dice el gobierno de Cataluña (pongamos que son lo que viven en el salón) es que quieren cerrar la puerta por la que todos pasamos al salón y que para ello no van a consultar nada más que a los que viven en el salón. El resto de los que vivimos en el piso no contamos.

 

2.- Lo que dice la Constitución de 1978 es que, si quieren cerrar la puerta, tienen que juntar a todos los vecinos y que todos los vecinos tienen que aprobarlo porque el salón es de todos. El gobierno de Cataluña sospecha que, si junta a todos los vecinos (el parlamento), le van a decir que no cierre la puerta, y por eso no quiere juntar a los vecinos y convierte el asunto en un asunto exclusivo de los que viven en el salón.  Dice el gobierno de Cataluña que el salón es solo de ellos, de los que lo ocupan mucho más tiempo que los demás.

 

3.- La Constitución de 1978 dice que declarar ese asunto un asunto exclusivo de los que viven en el salón no es legal. Claro que es inconveniente para el gobierno de Cataluña y los que lo apoyan, pero qué le vamos a hacer. Ocurre que el piso es de todos.

 

4.- Los que viven en el salón dicen que la libertad consiste en dejarles cerrar la puerta, y lo contrario es de hijos de mala madre. Me parece lógico que lo piensen los que dicen que el salón es suyo y no de los demás. Pero me parece ridículo que los que viven en las otras habitaciones estén de acuerdo con ellos.

 

 5.- Dice Borrell lo mismo que me dice la mayoría de la gente que conozco que tiene alguien en Cataluña, y es que en ese salón se le hace la vida imposible a los que no son de la opinión de los que quieren cerrar la puerta. Antes o después, la cerrarán, de eso me caben pocas dudas. Pero que a los del dormitorio pequeño, el que da al patio de luces, les parezca bien, me parece de risa. Aunque nunca vayan a ir al salón.

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Flaco, no te mueras nunca

 

 

Cuando sal´ió al escenario y vi cómo lo recorría de izquierda a derecha, comprendí que asistiríamos al recital de un señor mayor. Un respeto, pues. No por Sabina, sino por un señor mayor.

 

Estuve a punto de decírselo al bachiller que se sentaba a mi derecha: no sé si te va a gustar esto, chico del vaquero y la camisa blanca, pero no bosteces, por favor, si ves que se te hace largo. Tenle un respeto: podría ser tu abuelo. Luego resultó que el chaval se las sabía todas (las canciones, digo) y las cantaba en silencio, en una suerte de playback con el que trataba, supuse, de distinguirse de su madre, despendolada desde Lo niego todo a Pastillas para no soñar; o sea, desde el principio hasta el final.

 

A mi izquierda, también las cantaba todas, pero a voz en cuello, mi hijo, a quien engañé diciendo que lo acompañaría a ver a su poeta favorito. Lo engañé porque la verdad es que fue él quien me acompañó. Lo utilicé para volver hasta aquellos años en los que él era un niño y todavía no sabía nada de Sabina, pero yo lo escuchaba hasta que se caían los versos de las cintas, de tanto rozar en los cabezales del radiocasette del coche. Como él lo escucha ahora en cada sitio que puede, aunque ningún byte se caiga de ningún sitio y aunque me parezca que es un poquito menos canalla. Sabina digo. Quizás también mi hijo. Lo mismo también yo mismo.

 

Sin duda, no fue el concierto de su vida. De la de Sabina. Todos nos creímos palabra por palabra lo que nos contaba, como si fuera la primera vez que lo escuchábamos, pero me pareció que cada momento había estado muy medido, que no llegó a apasionarse con nosotros, que se retiró tras las bambalinas sin demasiada prisa, pero sin demasiada pena. Tampoco nosotros nos pusimos pesados. Seguramente porque respetamos el descanso de ese señor mayor que ha de durarnos mucho todavía porque sin sus versos y su música todos viviremos un poco peor.

 

No te mueras nunca, flaco, porque mi hijo querrá cantar las quinientas noches con mi nieto. Y no le puedes fallar.

 

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¿Podemos o no Podemos?

 

 

No sé cuántos votos ha perdido Podemos desde que Pablo Iglesias se marcó aquello de “Viva Cataluña libre y soberana”. Que yo sepa, uno, pero lo mismo son un millón. Desde luego, la gente de izquierdas a este lado del Ebro deberá pensar muy bien de ahora en adelante qué hace con sus papeletas de voto, si soportar a un partido sospechoso de todo por pertenecer a la vieja guardia o encumbrar a otro que vive instalado en el eslogan y demasiadas veces en la ignorancia.

 

No deja de asombrarme la capacidad que tiene cualquiera para alucinar a esta nueva izquierda, o bien, la capacidad que tiene esta izquierda para dejarse alucinar por cualquiera. En otro momento critiqué en un modesto tweet lo que Félix Ovejero hizo mucho mejor algunos meses después, siendo mi crítica a raíz del apoyo que Podemos Madrid daba al Ramadán. Sí, al Ramadán. A una manifestación religiosa. Podemos. Aunque parezca mentira.

 

Y hoy puedo traer, para subrayar lo de la ignorancia, la manera en la que Alsina, el periodista de Onda Cero, descuartizó el pasado viernes a Albano Dante, el líder de Podemos en Cataluña, que demostró saber de la historia reciente de Cataluña nada, absolutamente nada. De manera que su posición al respecto de cualquier cosa que tenga que ver con Cataluña sospecho que vale exactamente lo mismo, dado que no hablamos de un militante de base sino de un dirigente, que debe apoyar sus ideas en conocimientos y no en el vacío del eslogan.

 

Un par de días después, o sea ahora mismo, leo que la líder de Podemos en Madrid dice que la cuestión de Cataluña nunca ha sido nacional sino una cuestión de democracia. Las preguntas que se me ocurren son tantas que convertirían esta entrada en un artículo demasiado largo y, en fin, como son declaraciones en medio de la efervescencia antiloquesea mejor lo dejamos estar. Otra cosa es que esta chica, Isabel Serra, no haya caído en que sus declaraciones servían para jalear el discurso de un político catalán que ha venido a Madrid para defender su derecho a convertir a los madrileños en extranjeros. No sé qué piensan Tardá, Gabriel y demás catalanes que están ahora viajando por la España opresora, ladrona y perezosa cuando vuelven a su hotel a dormir, pero no descarto que se partan de risa al ver cómo algunos pipiolos caen rendidos a sus pies con solo nombrar a Franco, que sigue dando unos réditos impensables en cualquier país cuarenta y tantos años después de muerto.

 

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Laicismo

 Además de los muertos, con un atentado en Madrid solo puede ocurrir que el gobierno mienta como un bellaco, pero eso es un mal pasajero y limitado. En cambio, un atentado en Barcelona es lo peor que puede pasarnos. Nada mejor para que aparezcan todos los cerrilismos que llevamos dentro. Los terroristas, que seguirán encantados al pensar en el servicio que le han hecho al Islam, tardarán tiempo en darse cuenta de que su éxito mayor no ha sido cargarse a un montón de turistas que a la hora de la siesta no tenían sitio donde meterse, sino profundizar en la descomposición de esta España en donde cada vez existe menos gente dispuesta a ponerse de acuerdo en lo sustancial. Que ya nadie sabe lo que es.

 

Uno.- En mi opinión (dejaré de decir esto en adelante, ya que se entiende que todo lo que escribo es mi opinión), el atentado ha servido para reforzar al independentismo. En donde no es Cataluña, los idiotas que habitan la derecha lo han empleado para tratar de demostrar la incompetencia de las autoridades catalanas, que salen reforzadas entre su grey porque dos y dos son cuatro, y la izquierda sale corriendo a poner paños calientes para que no se nos enfaden: ahí tenemos a Escolar defendiendo que la recomendación de Interior para poner bolardos se circunscribía a Navidad, como si el ayuntamiento no pudiese tomar por sí mismo la iniciativa de proteger su principal avenida peatonal. Es como si el afán por criticar a Rajoy eximiera a los demás del error y de la crítica.

 

Dos.- El cerrilismo de la izquierda catalana no es menor. O sea, es mayor, que diría Rajoy. Y el empeño de los medios de comunicación por darle cuartelillo a la CUP iguala a todos ellos. ¿Que no quieren manifestarse? Pues que no lo hagan. O bien la prensa está encantada de convertir en noticia argumentos estrambóticos o quiere demostrar cuál el cutrerío ideológico que está acelerando la maquinaria independentista. Ahora bien: como lo importante es salir en la tele, volvemos al dos y dos.

 

Tres.- Lo de la izquierda no catalana es también para sujetarse fuerte. Sánchez está perdido y se descuelga con una soflama, un eslogan, una tontería en Twitter, en donde dice que vamos a

 

 

 

 

 

 

ganarles. Como si esto del terrorismo fuese un partido de fútbol o del Estudiantes de baloncesto.

 

Cuatro.- Los transversales de Podemos, con perdón, también se la cogen con papel de fumar. Como si fuesen los herederos del Impero Británico son partidarios del espléndido aislamiento y limitan su apoyo (a hacer no sé qué en un pacto que no se sabe para qué sirve) a que revisemos nuestras relaciones con Arabia, Qatar y (los más chulos) con Estados Unidos. Mientras no dejemos de hablarnos con ellos, nosotros -dicen- no nos damos por aludidos.

 

Cinco.- Por cerrar el tema de Cataluña, el atentado ha servido para poner de manifiesto que es un proceso irreversible y -lo que es más importante para mí- que cuanto antes se vayan mejor. Yo ya no aguanto más el nivel de estulticia que está generando en este país. En España, incluida Cataluña, mientras lo sea. Aclarado queda.

 

Seis.- Esta forma de afrontar el conflicto está olvidando el más importante. Ignoro en qué están pensando los políticos cada vez que se les llena la boca al hablar de los valores de Europa. Pero el valor que más nos distingue a los europeos sobre todos los demás (sobre todos) es el del laicismo, sobre el cual se ha sustentado -redundo- todo lo demás: la separación de crimen y pecado, la igualdad, la libertad, la democracia. Es el laicismo lo que hay que proteger. No el catalanismo, el antimilitarismo o el no sequeísmo.

 

Lo que no puede olvidarse es que el asesinato del otro día se cometió en nombre de un Dios. No de una lengua, un bolardo o un proceso independentista. Nuestra sociedad debe defenderse de eso profundizando en el laicismo y no cediendo ante el empuje de ninguna religión. De ninguna. Ni la que desde los púlpitos quiere levantar el odio contra los comunistas, como si estuviésemos en los años treinta del siglo pasado, ni la de que ahora se descuelga con que sea el gobierno de Marruecos el que nombre los imanes de las mezquitas que hay en España… sin que, por cierto, haya salido a estas horas nadie a subrayar el disparate.

 

¡Por Dios! (malditas frases hechas)


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Sin pecado original

Llevaba un tiempo sin darme un baño en los argumentos del independentismo catalán y el otro día caí en la tentación. Fue después de leer un artículo de Isabel Coixet, que, como ella misma definía, era completamente naïf. O sea, sencillo, evidente, casi infantil, dicho esto en el mejor sentido de la palabra porque si una decisión como formar un Estado nuevo exige conocimientos complejos, mal asunto será.

     La ocasión me la trajo twitter, la única red social que manejo y que no sé si debería abandonar para no caer en un pesimismo cioranesco sobre la especie humana. Se queja el tuitero independentista de que el Tribunal de Cuentas está corrupto y que por eso se apresura a pedirle a Mas que devuelva la pasta malversada o malgastada en los pasados noviembres. Intervengo en la charla y convengo en que puede llevar razón.

     Ahora bien, como él habla del Estado podrido, le pregunto si en Cataluña hay corrupción, puesto que todavía es Estado, o si bien la catalanidad está exenta del pecado. Me atrevo a

mencionarle a la estirpe de los Pujol por si necesita hacer memoria y lo que me contesta, de verdad, de verdad, de verdad, es que la de Pujol es “corrupción autonómica, bajo soberanía, leyes, justicia española.”

     Insinúa mi corresponsal que Pujol no hubiese sido un ladrón en una Cataluña independiente y añade en tuits sucesivos, que ahora lo catalán tiene un esquema mental castellano y que las cosas hubieran sido muy diferentes si no hubieran estado bajo el yugo de los Borbones, antes de los cuales había cortes, votaciones, cargos por insaculación y limitación de mandatos.

     Disculpe mi lector que no me entretenga en discutir el argumentario de mi corresponsal. Anote, simplemente, que sí, que los independentistas catalanes creen en una esencia catalana libre de pecado original y en una Castilla afrancesada cuyo efecto sobre Cataluña solo es comparable a la del demonio sobre Adán y Eva. ¡Ni un catalán ladrón, asesino o pendejo! ¡Con la independencia, desaparecerán las cárceles!

     Al mismo tiempo que la Historia, por cierto.


Penélope


Es la segunda vez que recuerdo (o sea, la tercera que lo digo) que el alcalde de Cuenca prometió, en su programa electoral, elaborar veinticinco planes de cosas diversas y pensarse otra vez qué hacer con Carretería. De los planes, no tengo ni idea porque la prensa no ofrece información, bien porque el ayuntamiento no la da, bien porque a los periodistas no les interesa, bien porque quién va a leerse los planes del alcalde. Pero de lo de Carretería tengo más idea porque cada verano el alcalde decide gastarse unos duros en cambiarle el aspecto sin modificar lo sustancial, que consiste en que a los peatones solo puede atropellarles el autobús. Cualquier autobús.

 

     En un alarde de fotoperiodismo he podido captar a la cuadrilla de operarios que estos días está ejecutando el encargo de levantar el entarimado de la plaza de la Hispanidad que, como bien se sabe, fue ideado por la corporación municipal anterior para dar algo de tronío a la zona peatonalizada. No me cabe duda de que el aspecto final será mejor que el anterior porque siempre lo nuevo queda mejor que lo viejo, aunque lo viejo tenga apenas cuatro años. Pero me caben todas las dudas del mundo sobre si este tejer y destejer es consustancial al ejercicio de la alcaldía (de cualquier alcaldía) y si, en concreto, la de Cuenca no me leyó en su día y no está todo lo preocupada que creo que debiera estar por aquello que considero que debe ser lo principal.

 

    El padrón lleva descendiendo cinco años consecutivos. El detalle por edades es desolador, con los asilos más llenos que las escuelas. La universidad se está vaciando. Cabe pensar cuánto tardarán el comercio electrónico y la facilidad para huir de aquí en arruinar por completo el comercio tradicional.  En ochenta kilómetros a la redonda no hay más vida que en el desierto de Sonora.  Por muy bien que vaya el turismo, estamos demasiado lejos del mar para confiarle a él todo nuestro futuro. Diríase que la ciudad vive esperando a que el presupuesto regional nos mande recursos para medio centenar más de funcionarios.

 

     No digo que no haya que adecentar las calles. Digo que lo de Penélope era una estrategia. Nunca quiso que fuese una forma de vida.

 

 

 

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Carta de ajuste

Me pregunto qué pasaría en este país si en lugar de ponerle todos los días el micrófono al capitán del equipo que acaba de hacer historia, la hizo la semana pasada o está a punto de hacerla en las próximas horas, las televisiones hicieran un fundido a blanco. ¡Cómo amaríamos el silencio! O qué pasaría si para hablar de valores invitaran las televisiones a intelectuales y no a tuercebotas. A lo mejor, no se depreciaba el sentido de esa palabra, que está llamada a ser arrastrada hasta el desgarro de ahora en adelante por platós, vestuarios y zonas mixtas. O qué pasaría si el fútbol fuese solo un espectáculo donde se meten goles (o no) y no el contenido de tratados enciclopédicos no menos interesantes que el sabor y el color del agua. O si nos beneficiaríamos todos de que  existiese un código deontológico que impidiese llamar a esto periodista. A lo mejor, a la gente no le daba por pegarse con los contrarios, o le daba menos. O a lo peor tampoco, vete a saber. O qué ocurriría si los medios compitieran por imponer un lenguaje elegante o, por lo menos, por huir de la ramplonería que les hace ser calcos unos de otros de la misma pobreza idiomática. ¡Ay!, si volvieran los bellísimos tiempos en los que la información deportiva era un apéndice del informativo y no al revés, uno podría desayunar sin escuchar horrores de sintaxis, sin preguntarse en qué asignatura de Periodismo se enseña a hacer preguntas estúpidas y sin echar de menos la carta de ajuste, aquella cartulina que te avisaba de que todavía no se había abierto el mundo, que todavía podías descansar y estar un rato más contigo mismo.

 

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La vieja Castilla

Es sorprendente el montón de maneras en que los artistas han imaginado un cuerpo muerto en una cruz, alguna verdaderamente retorcida. Y es decididamente deprimente recorrer las salas de un museo repletas de odas a la muerte. Decenas de crucifixiones, todas ellas distintas, repartidas en las paredes, en vitrinas, mostradas exentas incluso; hechas en madera, en pintura, en marfil; con colores y sin ellos; con el cuerpo vestido y desnudo… A los cristos les sumamos los rostros transidos de dolor de los acompañantes del Gólgota; las escenas espeluznantes de martirios; las lágrimas de vírgenes y santas; las matanzas de inocentes; los rostros severísimos y ancianos de apóstoles y otros personajes bíblicos.

Los museos de arte católico (los museos, vamos) son una inyección de pesimismo, una negación de la vida, la mejor prueba de lo que es una religión contra la vida por más que la Teología insista en que la Muerte por excelencia se produjo para darnos la vida a los demás (quien lo entienda, que lo compre).

 


Mis dos últimas salidas turísticas han tenido como destino ciudades castellanas, donde es mayor la reciedumbre de la versión más castrante de la religión, y a pesar de mi interés mediano por la Historia del Arte, del último museo salí corriendo, despavorido, harto de esa muerte al por mayor repartida en centenares de metros cúbicos de espanto.

 

A la salida, el aire frío de marzo transportaba los acordes de una sub-música de cornetas y tambores y, aun temiendo lo que me iba a encontrar, acudí hacia ella con la mansedumbre del turista que no puede perderse el espectáculo que se le sirve en la calle, sea cual sea.

 

Y de nuevo me encontré con otro cuerpo sangrante subido a una peana. Lo rodeaban gente que parecía convencida de estar ejecutando cosas muy importantes, como hacer que el teatrillo ambulante cambiase de calle sin estamparse con una esquina, grabar el paseo, cargar con más cristos portátiles, estar triste, desfilar con el pecho henchido…

 

Me di cuenta entonces de que en las esquinas de las calles había pegados azulejos con más cabezas ceñidas por coronas de espinas, estampas de santos llorosos, otros mártires ensangrentados. De pronto me vi rodeado por edificios encargados y pagados por los patronos de todo ese relato, cuyos muros hacen referencia a los mismos episodios terribles, y finalmente me pareció que toda la ciudad era un gran escenario de lo gore.

 

Corrí hacia el hotel, temiendo de pronto que se me echasen encima los monstruos horrísonos que salían de los aleros, que me alcanzasen los instrumentos de tortura, que las escaleras con sudarios anudados a los peldaños me obstaculizasen el camino, que me persiguiesen procesiones de santas rezando letanías

monótonas y angustiosas. Hice la maleta de cualquier manera (como siempre) y, cuando anochecía, me subí al coche y me fui de la ciudad. He prometido no volver a la vieja Castilla por lo menos en una década. Me da miedo.


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Espionaje

Dice la gente de Assange que los espías yanquis pueden acceder a todos los teléfonos y televisores del orbe y escuchar nuestras conversaciones en vivo y en directo.

     No puedo evitar representarme la imagen de un funcionario de la CIA –traje, corbata, gafas de sol, sándwich de pavo, taza de loza con café- cuyo propósito en la vida es sentarse a su ordenador y leer los mensajes de whatsapp que intercambio con mi amante.

     Ayer decidí subir el interés que despierto en la CIA y le dije a mi chica (bueno, se trata más bien de la otra, pero se me entiende el gesto de cariño) que tenemos que introducir en nuestros mensajes palabras que despierten el interés de la inteligencia norteamericana:

      - Ayer sentí tu orgasmo como una bomba que retumbó en mis pelotas.

      - Esta noche estoy dispuesto a inmolarme, ahogado entre tus tetas como si me torturasen en las duchas de Abu Grahib.

      - Eres una terrorista capaz de deshacer la fuerza de mis misiles con un movimiento de tu entrepierna.

      Esta noche echaremos unas risas cibernéticas imaginando cómo al espía se le pone dura leyendo bomba, inmolarme, misiles y tal, y, no sé, a lo mejor hacemos algo de sexo telefónico para completar la jugada.

 

 

La verdad es que la revelación de Assange no revela nada. Todos sabemos que estamos viviendo ya la distopía del gran hermano. Nos fotografían, graban, monitorizan, persiguen en las carreteras, las calles, los cajeros automáticos, las estaciones, los aeropuertos, los edificios públicos y privados… Podría hacerse un centenar de informativos diarios solo con las curiosidades que registran esas cámaras. Que miren dentro de mi móvil o del salón de mi casa me da lo mismo: justo ahí es donde no tengo nada que ocultar.

     Lo que no sé es cómo dispone la CIA, el CNI y demás agencias (¿o es que solo lo hacen los yanquis?) de espías para vigilar a tanta gente. Es posible que a estas alturas la mitad del mundo espíe a la otra mitad. Dentro de poco, cada uno se espiará a sí mismo y se denunciará él solo a las autoridades.

       Y, de todos modos, no es para ponerse de ninguna manera. Las personas siempre hemos estado sometidas al escrutinio de los otros. ¿O es que en las sociedades rurales el control social no limitaba los movimientos y hasta los deseos de la gente desde la mañana hasta la noche? Sólo ha cambiado el ámbito. El espionaje al que las vecinas sometían a mi abuelo no era, para él, menos global que aquel al que me somete el espía que tiene erecciones cuando oye que me voy a inmolar


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El café y la ultraderecha

Me pido un café y una tostada con aceite y tomate, que aquí las hacen riquísimas (otro día podríamos hablar de qué se esconde detrás del concepto tostada), y cojo el Marca a falta de otra cosa que pueda leerse, si descontamos los precios de los bocadillos. Medito un instante si la prensa general no debería mutar y convertirse en folletos a colorines como éstos para sobrevivir, al menos en los mostradores de los bares. No llego a ninguna conclusión, pero, a cambio, descubro que detrás de cada nombre de deportista alguien escribe entre paréntesis la edad que tiene su dueño, y pienso en cómo quedaría eso en periódicos generalistas: Esperanza Aguirre (65) afea a Rita Maestre (28) su destape en la capilla de la Universidad. No sé. Lo mismo alguien piensa que detrás de toda riña política solo hay una abuela que riñe a su nieta.

 

Mientras tanto, alguien a mi lado comenta que lo único que hace el hombre es defender lo suyo. La entonación es la de un tipo que trata de disculpar a otro y, por las cosas que dicen, deduzco que están comentando una disputa de la comunidad de vecinos. Como todos sabemos que el del quinto es un inútil malencarado que siempre nos encharca el piso, me desintereso de la charla y me fijo en la última página del periódico, esa en la que fotografían a una modelo aún más joven y desde luego mucho destapada que Maestre. Quizás, el editor del periódico quiere dar una razón más a aquellos que tradicionalmente empezamos a leer la prensa por el final o quizás esta especie de inyección de ánimo que quiere dar a sus lectores varones sigue la misma lógica que hace a los programadores de televisión pasar películas de violencia después de un partido de fútbol.

 

Mis vecinos entonces hablan de que ellos no ven nada mal que el hombre no deje pasar a cualquiera a lo que es suyo, y comprendo que ahora el comentario se centra en un problema de lindes, que es el equivalente a las comunidades de vecinos en las zonas rurales. Sin embargo, como ya no me queda periódico leer, atiendo más a su charla y, según dan más detalles, comprendo que de quien hablan es de Trump, el yankee Trump. Estoy seguro de que no me equivoco cuando pienso que para mis vecinos de café, los derechos humanos, la diplomacia internacional, la seguridad colectiva y ese tipo de cosas son poco más que sutilezas en boca de gente exquisita, palabras que, en realidad, no dicen nada y que alguien que quiere defender a su país hace bien en ignorar.

 

Mañana cambiaré de bar, aun a riesgo de que el café y la tostada no me estén tan ricos, pero necesito avanzar un poco más en este interesantísimo análisis sociológico que me llevará a saber si la hipótesis “la ultraderecha anida en el pensamiento ingenuo de tu vecino” merece la pena ser investigada seriamente o no.

 

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Caricias

Casi para sorpresa mía desde hace algunos meses, vive en mi casa un gato, doce años después de que una felina me instruyese sobre el modo de convivir con esta especie.

 

Llevo unos días de rodríguez y yo no he alterado en absoluto mi relación con el animal, que consiste en no hacerle ni caso, salvo cuando le pongo unos puñados de pienso después de que maúlle y me mire desde su corta estatura. Sin embargo, él sí se ha transformado, yo diría que contra todo pronóstico, y, si bien durante todo el día me ignora como yo a él, por las mañanas muestra un comportamiento realmente notable.

 

Un poco antes de la hora en la que habitualmente me despierto, sube a mi cama, me pisotea suavemente con sus zarpas almohadilladas y acerca su rostro hasta mi cara. Su aliento ligero y el cosquilleo de sus vibrisas sobre mi piel me obligan a abrir los ojos, y me encuentro con los suyos de pupilas grandes como cuevas grandes que me miran sin que yo sepa buscando qué.

 

En cuanto siente que lo miro, el animal ronronea (lo que parece que significa que está a gusto) y se deja caer sobre mi pecho, y si cojo el libro para leer el capítulo que dejé anoche a medias, se arrastra un poco y lo empuja con su cabecita insistentemente para que lo suelte y emplee mis manos en acariciarle el cuello o, bien, esa parte que en la merluza llamamos cocochas y que tan lejos está en la anatomía humana de los sitios que realmente nos gusta que nos acaricien.

 

Así pasamos un buen rato, lo que significa aquí que es duradero y que es agradable. Y cuando me canso de hacer de acariciador de gato y decido levantarme, el bicho se pone a cuatro patas, salta al suelo y corre apresurado fuera del dormitorio como para guiarme hacia el siguiente destino. Así lo deduzco porque lo veo mirar hacia detrás, como para asegurarse de que lo sigo, y cuando llegamos al lugar donde tiene su cuenco de comida inicia el breve rito de maullar y mirarme desde su corta estatura.

 

Me permito asegurar que en su carrera hacia la comida es feliz a la manera en la que sean los gatos, quizás de forma parecida a como lo somos nosotros a la entrada del restaurante. Pero también lo es durante los minutos previos, los únicos el día en que cada uno de nosotros parece ser consciente de la existencia del otro.

 

Y lo que más me llama la atención es que el bicho antepone el placer del afecto, a la manera en que lo vivan los gatos, al de la satisfacción del apetito, porque, de lo contrario, cuando va a mi cama maullaría en lugar de acurrucarse sobre mí.

 

Nada más sorprendente podía pasarme en mi pequeño reposo de rodríguez que enterarme de que para los gatos sentirse queridos unos minutos puede ser más importante que llenar la panza, al menos cuando la experiencia les dice que el estómago no pasará grandes penurias.

 

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De huesos pelados y otras sandeces

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Imagen de Pablo Fernández - licencia CC - https://www.flickr.com/photos/hadock/8063525709/
Imagen de Pablo Fernández - licencia CC - https://www.flickr.com/photos/hadock/8063525709/

Dice la periodista que ir a según qué sitios a grabar un reportaje entraña cierto peligro y el contertulio aporta, sin pestañear ni nada, que no sabe por qué para la gente que habita esos lugares una cámara de televisión es lo peor. Al fin y al cabo, argumenta, los periodistas lo único que quieren es informar de que allí está ocurriendo un hecho delictivo.

 

     Para que se me entienda. Hoy, la tele le ha pagado una pasta a un tipo que considera raro que un delincuente no quiera ser grabado.

 

     Por razones transitorias, cada mañana me permito dedicar diez o quince minutos a ver la televisión, y cada día es posible entresacar una sentencia tan estúpidamente cómica como la que acabo de traer aquí. Conocía las tertulias políticas de la sobremesa, esas en las que los mismos dicen siempre lo mismo sobre las mismas cosas, algunas con tan poco sentido que si el moderador, habitualmente poco moderado, tuviera otro interés distinto del de ganar audiencia no permitiría que se dijeran por si algún televidente llega a prestarles un poco de atención.

 

     Pero lo de las franjas anteriores, según he anticipado, tampoco tiene desperdicio. El modelo es el mismo, un moderador, que en este caso es una mujer, como corresponde a un programa de menor enjundia, y una serie de contertulios que se dedican a decir sandeces sustentadas en la nada. Los mismos expertos a los que cualquier estafador convertido en padre de niña enferma los pone a bailar como pollos sin cabeza, son capaces de decir diez días después que a quién se creía ese señor que iba a engañar, como si no pudiéramos recordar que fue a ellos a los primeros que puso en ridículo.

 

     Si al final de la mañana, la política es el pasto de los opinantes, los sucesos lo son en los tramos anteriores. Si no hubiese raptos, desapariciones, violaciones, robos, asesinatos..., no sé de qué se hablaría a esas horas. Lo llamativo es cómo se puede volver un día sí y otro también sobre un tema del que se ignora absolutamente todo. Quien únicamente podría decir cosas con sentido de, por ejemplo, el caso de Diana Quer, es precisamente quien nunca lo va a hacer, por razones más que evidentes. Pero la legión de soplagaitas que invierte horas en convertir suposiciones en información de primera magnitud llega desde la Puerta de Sol hasta Majadahonda.

 

     Uno de los contertulios que escuché un día, tuvo un arranque de sensatez y dijo que aquella manía de darle vueltas al asunto de la chica desaparecida era como tratar de sacar sustancia de un hueso pelado.

 

     Por supuesto, todos los demás se le echaron encima…

 

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Posverdad, mentiras y pistoleros

Una noticia de hoy dice que, durante la campaña electoral, Trump dijo una mentira cada tres minutos y medio y Clinton cada doce minutos.  Subraya el periódico que en este momento los hechos objetivos modelan la opinión de los ciudadanos menos que el llamamiento a la emoción y a la creencia personal (concepto de posverdad).

 

Establecido este hecho,  no sé si merece la pena dedicar ni una sola línea más a denunciar que en España la política está construida sobre la mentira. No solo en la campaña electoral sino en el día a día de las declaraciones en los pasillos o en ruedas de prensa a las que no sé todavía por qué la prensa les presta cobertura. La mentira ha pasado de ser un recurso en situaciones excepcionales a ser la esencia del discurso político. Y eso tanto en cuestiones mayores (los barones del PSOE que estaban rejoneando a Sánchez y decían que no; De Guindos insistiendo en que los tropecientos mil millones de Bankia no los vamos a pagar nosotros) como completamente menores (el alcalde de Alcorcón diciendo que el vídeo anti-feminista está manipulado por la extrema izquierda).

 

Probablemente, el pp-istolero Hernando sería el político español que mejor ha comprendido la esencia de la nueva política, el mismo que dice hoy que Barberá ya no pertenece al  partido así que no  me  pregunte usted por ella y mañana

 

dice que dejó de pertenecer al partido para protegerla de las hienas. Es llamativo que incluso en el insulto a los demás, Hernando miente como un bellaco porque el único que  alimenta su discurso de carne muerta es él. Él es la hiena (los demás serán chacales o lobos o... pero ni hienas), pero a los suyos no les importa. No es que no sepan de zoología, es que la figura que crea toca el corazón de los suyos, que se sienten impelidos a olvidarse de los pecados propios y hacer piña frente a los contrarios.

 

 

Creo que es La Sexta la cadena que más tiempo dedica a mostrar cómo los políticos cambian de opinión o mienten abiertamente, y aunque tiene sus millones de seguidores, el modelo no se ha extendido a otras cadenas. Probablemente, la razón no sea tanto una relativa cobardía de otros programadores de televisión cuanto la constancia de que la población asiste a este tipo de demostraciones con una actitud entre resignada y conformista, incapaz de hacer que suba la cuota de pantalla. Una suerte de ya lo sabemos más allá de lo cual conocer con detalle cuál es exactamente la mentira es solo un ejercicio de erudición. Ni siquiera servirá para tratar de convencer al cuñado de que los suyos son unos mentirosos, porque incluso cuantas más sean las pruebas a su favor, más se encastillará el cuñado en el discurso de su propio pp-istolero.


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Kafka y la LPD

Con demasiada frecuencia se utiliza el adjetivo kafkiano para describir una situación en que se une el enrevesamiento con la indefensión del sujeto que la padece. También creo que se abusa del adjetivo, como se abusa de dantesco y de muchos otros que sirven para hacer pensar lo mínimo necesario, sobre todo a periodistas con poco tiempo y pocas lecturas previas.

     Sin embargo, la Ley de Protección Datos (o su reglamento, si existe, o su aplicación o la interpretación que sus aplicadores hagan de ella) merece el adjetivo de kafkiano, además de otros mucho menos culturetas y más fácilmente comprensibles por el personal.

     En las últimas semanas se me ha invocado la Ley de Protección de Datos para no decirme qué empresas tienen acreditada su competencia legal para hacer, pongamos como ejemplo, el mantenimiento del equipamiento informático de mi casa. Oiga, decía yo, las empresas que puedan hacerlo querrán que yo lo sepa, ¿no le parece? Pues no, no le parecía. La funcionaria no me dio un dato que cualquier empresa capacitada para ofrecerme el servicio hubiera deseado que se me facilitara argumentando que la LPD se lo impide.

     En los últimos días he sufrido un accidente de tráfico que ha necesitado la redacción de un atestado por parte de la autoridad. En el país que yo hubiera creado, las dos partes en litigio habríamos recibido una copia del atestado. Sin embargo, en el país de la LPD ninguna parte tiene conocimiento del documento. El documento servirá para determinar a quién imputar la responsabilidad del suceso y a él tendrán acceso un juez (y entiendo que los funcionarios que tramiten el expediente), las compañías aseguradoras de las dos partes, sendas subcontratas de las aseguradoras que parece ser que se encargan de hacerse con los atestados, los servicios jurídicos de las aseguradoras… pero no yo ni la otra persona protagonista del suceso. Varias decenas de personas tendrán acceso a mis datos pero yo no porque la ley tiene que proteger a la persona que me tiró de la moto… no sea que vaya a buscarla y quiera medirle las espaldas con la muleta. O mande a unos sicarios a arreglarle las cuentas… No sé, debe de ser que en este país ese tipo de asuntos se resolvían antes de esa manera y una ley ha venido a poner la paz.

     Como consecuencia del mismo suceso, necesito un documento que certifique que una ambulancia me llevó desde el lugar del accidente al hospital. En el país que yo creía que habíamos creado, la cuestión se debía de resolver en unos pocos minutos con un correo electrónico. Pero en el país de la LPD tengo que escribir una carta, adjuntar una compulsa, utilizar el correo ordinario y esperar un mes para recibir un documento que diga que tal cosa pasó. En este caso el bien protege la ley es mi intimidad, aunque no sé bien de qué manera. Quizás antes de la LPD la gente que veía accidentes pasaba el rato pidiendo certificados de que ellos habían sido los trasladados a los hospitales y las empresas de ambulancias emitían ocho o diez certificados iguales a domicilios diferentes. O quizás había un negocio de certificados de ambulancias. O un museo de certificados, no tengo ni idea…

     El caso es que quien más ha ganado con esta idiotez de ley (o de reglamento, o de lo que sea) son las telefónicas porque ahora, llames a quien llames, te larga un discurso inicial de dos minutos contándole un extracto de la puñetera LPD. Y esos dos minutos, por si acaso no lo sabías, los pagas tú.

 

 

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Pintan bastos

Cualquier partido que pierde unas elecciones atraviesa una crisis. Cuando las cosas pintan mal, de todos los aparatos salen críticos diciendo “ya lo decía yo, dejadme que sea yo el que arregle esto”.

 

La diferencia entre la norma general y lo que está pasando en el PSOE es que éste se ha instalado en un escenario de derrota permanente. Los defenestradores de Sánchez (en apariencia todos a la orden de una sultana que ahora juega a mostrarse obscenamente al margen de lo que está ocurriendo) no tienen ninguna prisa en arreglar nada. Dan por descontado que perderán cualquier elección antes de 2020, y necesitan tiempo no para ganar sino para tener una derrota honrosa. Probablemente, su horizonte sea el de las elecciones de 2024.

 

Ese proceso exige por lo menos dos estrategias. La primera es enfriar a las masas enfurecidas que no entienden de política de palacio y apoyaban el no de Sánchez, no para ganar las terceras elecciones sino para morir con honor, ya que se iba a palmar de todas formas. Y en eso es en lo que están Javier Fernández El Suave y los suyos (o los de la sultana).

 

Enfriar a las masas, a su vez, exige dos maniobras. Una, dejar pasar el tiempo, un poco a lo Rajoy, si se me permite. Otra, liderar una reacción termidoriana que acabe con los jacobinos. Esta segunda parte es fundamental no solo por revancha sino, sobre todo, para aleccionar a futuros mesías  y para mostrar a los afiliados que ellos son solo figurantes. Necesarios, pero figurantes.

 

La segunda estrategia es permitir que el PP gobierne cuatro años. La idea es que para entonces el PSOE salga del ridículo y sea el primer partido de la oposición. El asunto de Fernández Díaz (hacerse los tontos para que sea nombrado presidente de la comisión de Exteriores) ha mostrado esta estrategia con una claridad meridiana, así como que jugar esa partida va a ser muy difícil y volver a los viejos tiempos quizás sea imposible. De hecho, si el PSOE se convierte en el principal apoyo para que el PP llegue a 2020, la duda no es cuándo volverá a gobernar sino cuándo terminará disolviéndose.

 

Curiosamente, como el de los equipos de fútbol que hacen malas campañas, el futuro del PSOE no depende de sí mismo sino de que el PP no lo necesite demasiado y Podemos no se desvanezca entre estrategias y territorios.

 

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Desapasionamiento

Dice uno de los personajes de la última película de Tarantino que la justicia debe ser desapasionada. Que Tarantino ponga la cita en boca de un asesino tiene su gracia, pero la verdad es la verdad lo diga Agamenón y su porquero, ya se sabe. El desapasionamiento es uno de los muchos requisitos que se le pueden exigir a la justicia, pero me pregunto si será el más difícil de cumplir por los jueces: no se sabe de ningún trabajo que pueda desempeñarse durante muchos años si uno no se apasiona con él, salvo que la tarea se convierta en una rutina tediosa que se ejecuta de manera mecánica y probablemente con un bajo nivel de ejecución.

     Todo esto viene a cuento porque no dejo de preguntarme la paciencia (o el desapasionamiento) que han de tener los jueces del caso de las tarjetas opacas de Bankia. Cualquier delincuente tiene derecho a tratar de no parecerlo, pero hay formas particularmente obscenas de hacerlo. Una de ellas es la de estos tipos, que parecen convencidos de que su trabajo merecía un sueldo sin límites. Como si para llegar a esos puestos hubiesen tenido que acumular más méritos que estar en la pomada de las intrigas cortesanas de hoy. 

     Más que como un lugar de trabajo tempral (a ratos, quiero decir), el consejo de administración del banco se me representa más como una cueva de ladrones donde Ali-Babá se dedicaba a repartir pasta sin ton ni son a cambio del asentimiento de los que se dejaban comprar de esa manera.

     Al fin y al cabo, que las decisiones a las que prestaban su acuerdo fuesen acertadas o no, no le importaba a nadie. Si las operaciones salían bien, estupendo. Y, si salían mal, pues también: ya lo pagarían otros, preferentemente el populacho.

Por eso digo que, si fuese el juez, a estas alturas ya le habría preguntado a más de uno que cómo tiene  la cara dura de creer que se merecía ese dinero por hacer lo que hacía.

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Bañistas

Tiene su enjundia el asunto del bañador de cuerpo entero. O no. La reacción de las autoridades que lo han prohibido se entiende. Yo la entiendo. Y además me parece impagable, en un verano de plomo como éste, la declaración que convierte en una práctica incívica la de bañarse en el mar con un par de sábanas encima. ¡Si aquellos censores de nuestra infancia levantaran la cabeza!

     Enfrente de esta opinión parece que se yergue la de quienes consideran que cada cultura es un mundo y que seguramente debemos respetar la de los que vienen a nuestro paraíso, incluso aunque una parte de ellos quieran dinamitarlo. Yo también la entiendo. He desarrollado una importante dosis de empatía desde que soy más viejo.

     Y luego están las mujeres. O una parte de ellas, que se enfadan porque tanto los partidarios del bikini como los de las sábanas cosifican a la mujer. A estas las entiendo menos. Sobre todo porque no proponen nada. Y porque el análisis es imposible: «nadie les pregunta a ellas», dicen, como si las mujeres pudiesen contestar como mujeres, no como musulmanas, como cristianas o como ateas. La idea me parece de un esencialismo imposible de compartir.

     La polémica, que tiene al menos esas tres facetas, es característica de una sociedad como la nuestra, que parece feliz de cogérsela con papel de fumar. O bien que se complace en exhibir la superioridad moral que tiene sobre el resto de sociedades y que le lleva a considerar todos los puntos de vista y a montarse estos quilombos.

     Esa superioridad  hace que se convierta en un argumento cerril aquel que no sale en la prensa pero que se escucha en las cafeterías: ¿en un país musulmán podría una francesa bañarse en bikini? No. Pues se acabó la discusión.

     Al hilo de esto, la posición de los musulmanes que han salido a la calle a protestar porque se les atosiga con estas medidas es casi una cuarta faceta del problema. No porque nadie más defienda su derecho a bañarse con las incomodidades que quieran (hemos visto que no es así) sino porque, por supuesto, no saldrían en su país a defender el derecho de una francesa a lucir un bikini. Naturalmente, en sus países no se venden camisetas con la volteriana frase de «no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a defenderlo».

     En fin. Cuando el asunto deje de ser un exotismo de los gabachos y llegue a nuestras costas, sería bueno que tuviéramos las cosas claras, no sea que por andar buscándole la goma al papelito terminemos admitiendo en las piscinas lo que los franceses dudan si debe admitirse en el mar, donde todos sabemos que hay gente que hace cosas mucho más feas que meterse en él vestidos hasta las orejas.

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Ir al baño

Mientras se consigue que desaparezca la desigualdad de sueldos, el movimiento feminista no debería abandonar otros frentes de lucha en la búsqueda de una sociedad más igualitaria. Por ejemplo, la obligatoriedad de que en los establecimientos públicos se construya el mismo número de puestos en los retretes femeninos que en los masculinos.

        Me parece un espectáculo impropio de nuestro tiempo que las mujeres tengan que hacer colas enormes para entrar en el baño de cines, aeropuertos, bares, discotecas y otros sitios donde se producen pequeñas o grandes avalanchas de usuarias, mientras los hombres nunca tienen que esperar turno. El actual estado de cosas exige a las mujeres un plus de sacrificio que no tiene ninguna explicación a la luz de la teoría de la igualdad entre los sexos. No está escrito que las mujeres tengan que domeñar las urgencias de sus esfínteres más tiempo que los hombres solo por no ser varones, como no lo está que tengan que soportar más el olor de la caca de los bebés, por poner otro ejemplo sobre el que sí se ha reflexionado en el mundo feminista. Pero, además, las mujeres tienen que ejercitarse en el disimulo, mantener una cierta expresión de indiferencia mientras la cola no avanza y la necesidad se desboca; es decir, no solo tienen que ser sufridas sino que están obligadas a parecerlo. Finalmente, entiendo que tiene algo de humillante esa suerte de exposición pública de las mujeres, una especie de picota de la debilidad y de la incontinencia,  tan diferente del tránsito discreto de los hombres por el pasillo hacia los urinarios. Admito que, como miembro del sexo privilegiado, cuando paso al lado de una de esas filas de mujeres de toda edad y condición lo hago con la mayor rapidez posible y con la cabeza baja para no provocar ningún sonrojo al ir y ninguna ira al volver porque –y termino-  sería comprensivo si alguna vez uno de aquellos cónclaves de pacientes miccionadoras en cierne se abalanza sobre un hombre ya aliviado y lo patea inmisericordemente por el simple y primitivo placer de la venganza.

        Es verdad que, sin llegar a esa barbarie, las mujeres están empezando a pisotear la norma y utilizan el baño de los varones cuando está libre, pero esa transgresión más simbólica que eficaz resuelve pocos problemas puntuales y, desde luego, oculta  el problema de fondo, del que no veo que nadie se esté ocupando como es debido.  Una ley en los términos descritos en el primer párrafo y un período transitorio de adaptación de cinco años nos convertiría en un modelo a seguir en el mundo occidental.

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El Greco o Ai Weiwei

Zóbel, Cuenca, AiWeiwei, exposición
Cuenca, "Catedral de Cuenca", Aiweiwei
"Catedral de Cuenca", Aiweiwei,

El montaje central de la exposición de Ai Weiwei en la catedral de Cuenca es el conjunto de celdas que se agrupan en el claustro del edificio donde uno puede curiosear la vida carcelaria del represaliado. Al principio es un juego divertido asomarse por los ventanucos y ver desde distintos puntos de vista al preso y a sus guardianes, reproducidos a escala, mientras éstos vigilan hieráticos y aquel come, duerme o defeca. Pero al poco uno se siente incómodo y hasta un poco cómplice de la tiranía, de una forma parecida a como el que sabe que sostiene la trata de mujeres cada vez que entra en un burdel o la desaparición de la fauna marina cuando se trasiega una ración de chanquetes.

    El sabor a acíbar con el que uno abandona el complejo de pequeñas cárceles es lo más que da de sí una exposición cuyo sentido está cogido con alfileres. Los programadores han juntado bajo el rimbombante título de La poética de la libertad la obra del asiático, unos paneles sobre Cervantes (que se pronunció en El Quijote sobre la libertad hace ahora cuatrocientos años redondos) y un puñadito de obras de los informalistas que se sacudieron la tiranía academicista y pusieron a Cuenca en el mundo hace otros cuarenta años, sin que haya vuelto a tenerse noticias de la misma (de Cuenca, digo). Con el mismo criterio se podría haber puesto a los Beatles como música de fondo.

      El asunto, sí, entra con calzador y más que de la obra de unos o de otros habla de la manera en que se programa la cultura: si hoy toca Cervantes, entra en el menú de todas las subvenciones y si hoy toca Pinocho, no me hables de Cervantes, que luego no me salen las cuentas de todo lo que he pagado para honra y gloria del muñeco.

      Quien dice Pinocho, dice El Greco. Google devuelve cincuenta millones de entradas cuando le pides El Greco y algo menos de setecientas mil cuando le pides Ai Weiwei. Para los que no tenemos otros medios de conocimiento sociológico, Google hace su papel, y a él me encomiendo para concluir que el cretense es setenta veces más popular que el chino. Es entonces cuando sufro un ataque de provincianismo y comparo con melancolía la importancia del programa cultural desarrollado el año pasado en Toledo en memoria de El Greco y el de este año en Cuenca en homenaje a AiWeiwei.

        Para no pecar de ingrato subrayo, no obstante, el repaso que se le ha hecho a la Catedral de Cuenca. El monumento se ha convertido en un magnífico escenario de sí mismo. Es cierto que la luminosidad de ahora huye del recogimiento gótico como la mentira de la verdad, pero gracias a ello y a otros dispendios


pueden verse detalles escultóricos, piezas importantísimas, dependencias y hasta paisajes que nunca estuvieron a disposición de los humanos de a pie. 

       Si el disidente no le llama la atención al turista, lo que no sería de extrañar, que lo haga la Catedral y la increíble posibilidad de ver el rosetón a la altura de los ojos. 

          Impagable, y más aún por el precio de derribo le han puesto a la entrada.

 

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Zocos

Acabo de descubrir una página web en la que personas que saben hacer cosas ofrecen su sabiduría a quien lo necesite. Es uno de esos zocos que proliferan en internet y en donde, para hacerse ver, uno tiene que dar cualquier cosa muy barata. Igual que en cualquier otro, por lo demás. Lo que distingue a este de otros mercados es que el producto con el que se comercia es un amplio espectro de esas habilidades que, en general, se identifican con el término cultura. Escribir un texto, corregirlo, hacer una tarjeta de presentación, componer una letra, construir una aplicación...cualquier cosa puede hacerse a partir de cinco euros.

          Por ese precio hay quien se compromete a escribir un ensayo de tres páginas con letra de cuerpo once o un cuento de amor de mil palabras. O cosas menos suntuarias, como la misión y la visión de la empresa o un banner publicitario o la grabación de una pista de violín para una composición dada.

          Que la mayoría del tráfico comercial se desarrolle entre personas que viven en países con menor renta que el nuestro no quita hierro al asunto. Sospecho que en ninguno de esos lugares puede uno contratar a un fontanero, un mecánico o un carpintero por ese precio.

          Si en este zoco el que vende es el que sabe hacer, hay otros que buscan a ese que sabe hacer, empresarios, emprendedores o gente ocurrente que busca talentos, o negros, para escribir un blog, por ejemplo, y ofrecen (y esto en España) la inestimable cantidad de un euro por cada entrada que tenga unas trescientas palabras. El dinero que cobra el electricista por levantar el teléfono y escuchar cuál es la avería que tienes en casa.

          Ese es el valor de mercado de las habilidades intelectuales que se enseñan en la escuela. Aprende a leer, a escribir, a esto y a lo otro para que algún día puedas ganarte con ello la vida, siempre tus ambiciones o tus necesidades sean inferiores a las de tu peluquero o la señora de la limpieza, que ganarán más que tú.

 

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El cepo

Me llaman por teléfono y me dicen que por ser cliente de no sé qué banco me hacen una oferta de un seguro de salud, para que me cuide no sé si los dientes o las vísceras. Para que me fíe de ellos me dicen que me dan a probar dos meses y luego ya me cobran. Como para ver el condicionado completo me hace falta probar, digo que vale y al poco recibo mucha documentación y un correo en el que me dicen que soy un tío guay y que merezco un gran servicio.

Cuando pruebo el seguro de Adeslas (uy, he dicho el nombre) y leo el condicionado completo resulta que no me gusta y quiero desistir. Llamo al teléfono que me indican y, oh, sorpresa, desistir ya no es tan fácil. El servicio se convierte en servidumbre y tienes que repetir tus datos a una persona tras otra. Cuando le preguntas si él o ella (hay de las dos clases) te va a resolver el asunto, te dice que no, pero que para pasarte a otro que a lo mejor sí, tienes que bajar la cerviz y volver a decir quién eres y cuál es tu talla de camisa. Harto del pitorreo le dices al enésimo transeúnte del teléfono que escriba en la ficha tuya que pam, pam y se acabó, que no quiero juntarme más con ustés, que me borren, vaya.

Luego resulta que los dos meses se quedaron en uno y una pizca y que desde entonces la compañía se ha cobrado la pernada con puntualidad. Acudo raudo a La Caixa (uy, he dicho el otro nombre) y resulta, cuidado con esta, que ni el mandamás de la oficina es capaz de devolver los cargos que te han hecho con ton y son. No hay opción para retroceder los cobros. Adeslas te ha puesto un cepo en la cuenta corriente para que te cuides las vísceras o los dientes.

Lástima que no tengas a nadie de la compañía cerca para probar si muerden bien.

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La Caja Provincial de Ahorros

Paré a tomar un café que no me apetecía (casi nunca me apetece, aunque lo pida) en el único bar del pueblo. Cinco ancianos, un andador y un barreño con la colada me saludaron con una curiosidad tan gastada que ni siquiera parecía tal. Acababa de llover el diluvio universal y cuando esa luz metalizada de después de la tormenta empezó a filtrarse por la ventana, los tres que hubieran sido clientes en caso de haber consumido algo, salieron como caracoles (también tan despacio como ellos) al fresco de lo que quedaba de la tarde.  

     La dueña del bar y la del andador, su madre, me atendieron como pudieron a lo que yo quería de verdad, que no era café sino conversación, y al poco me despedí con el café rascándome el estómago y el cuaderno de notas vacío de palabras con sustancia.

      Pero, como siempre hay algo que merezca la pena ser visto o contado, a la misma puerta del bar me encontré con un cartel de otro tiempo, del tiempo al que pertenecían los mejores años de todos los ancianos vistos hasta entonces. “Mantén limpio tu pueblo. CAJA PROVINCIAL DE AHORROS”. 

      ¡Todo era tan antiguo! El emplazamiento publicitario de la chapa, un mueble metálico sin otra utilidad que la propaganda; el material del que estaba hecho, tan extraño en el hoy de las construcciones efímeras; el mensaje, tan propio de clases de urbanidad… y, claro, nada menos que la caja provincial de ahorros, esa suerte de banco de provincias del que pocos supongo que se acuerdan.

     Media hora antes había parado en otro pueblo y había visto jugar a unos niños en unos sólidos bancos de piedra que llevaban inscrito en bajorrelieve el nombre de la “Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real” precedido de aquel logotipo un poco chusco en el que dos huchas redondas partidas por la mitad querían representar dos ces y más bien parecían dibujar dos tetas de pezones demasiado abultados.

      Me pregunté si era la casualidad la que me había puesto delante de estos dos objetos o algún amaño del destino propio de ser contado en Cuarto milenio. Me pregunté si había viajado no solo en el espacio sino también en el tiempo porque salí de Cuenca con un sol africano y llegué al primer pueblo con el cielo plomizo de las grandes catástrofes y al segundo en medio de la granizada del siglo. Quizás había atravesado un túnel que me llevó cincuenta años atrás.

     Cincuenta años después, o sea hoy, sugiero que las autoridades provinciales declaren Bienes de Interés Cultural o Reliquias Dignas de Protección la chapa oxidada de Graja de Campalbo y los bancos de piedra de Manzaneruela. Esas piezas (sobre todo la primera) son los hitos de la prehistoria financiera de la provincia, arrasada por la modernización y el mangoneo de inútiles metidos a poderosos, en el mejor de los casos. A las astillas que quedaron sueltas tras el enorme robo (de, en, entre, hacia, hasta, por, según) CCM se les puso el ridículo nombre de Liberbank, como si banco y libertad no fueran palabras contrarias, y en cuestión de semanas se habrá ido de Cuenca dejando unos centenares de parados más y un montón de edificios vacíos donde alguien puso hace unos meses que para seguir atendiéndoles con mayor eficacia, señores clientes, váyanse a la oficina del otro lado del barrio o, si quieren, a tomar por saco, que total el banco no gana nada con ustedes.

     Supongo que para que alguien pueda escribir la historia de esa entidad financiera deben pasar los cincuenta años que parecen acreditar cierta independencia de juicio. Espero que por entonces algún doctorando de la ciudad (si quedan ciudadanos en ella) se meta en harina y ponga a cada cual en su sitio. Mientras tanto, los demás aquí seguimos, sin rechistar y sin dejar de pedir que nos ayuden con lo nuestro. 

     ¿Quién nos a a ayudar?

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¿Por qué perdimos con Italia?

No sigo mucho la información deportiva. La especializada, si es que tal cosa existe. Sí he escuchado (más que leído) la generalista y, un cierto tiempo después de que el desastre haya ocurrido, todavía no sé a qué se ha debido.
          Antes del partido contra Italia, todos los periodistas estaban de acuerdo en que los jugadores españoles eran mejores que los italianos. Si acaso con la excepción del portero, en cuya demarcación podía admitirse un empate, nuestros peloteros eran mejores en todas las demarcaciones.
          Terminado el partido, todos los periodistas se apresuraron a subrayar que no había existido un problema de actitud. O sea, que los jugadores españoles se habían batido el cobre como los mejores guerreros. Que nadie dude que desde Piqué el levantisco hasta De Gea el presunto rijoso se curraron la victoria como si la necesitasen para comer al día siguiente.
          Si los jugadores eran mejores y además se batieron en el palenque como los más esforzados, la inmediata sería pensar que la culpa fue del entrenador, que puso a los jugadores a correr en el sitio inadecuado. Pero no. Eso no puede pensarse. Nuestro general no se equivoca. Nos ha llevado a la victoria tres veces seguidas, en Tesino, Trebia, Trasimeno, como el gran Aníbal, y está a salvo de toda crítica. Anatema, si alguien sugiere que las cosas debieron de hacerse de otro modo.
          Aquel día no llovió, no hizo un calor del infierno, el césped no estaba deteriorado y no había rumores de atentados, de manera que tampoco el empedrado tuvo la culpa. 
          Por no tener, no tuvimos ni un árbitro ruin al que echarle la culpa.
          Así las cosas, la derrota ante Italia pasó sin causa, sin explicación, sin tener que pasar. O fue un error o -mejor- está a punto de entrar en el listado de misterios inexplicables, junto a las caras de Bélmez y la victoria de Rajoy.
          Lo que algunos periodistas imaginativos han dicho, por fin, es que la culpa es del cambio de ciclo, lo que resulta  tan estúpido como decir que la corrupción de los políticos es culpa del sistema. En el mejor de los casos, eso no es una explicación sino una descripción: después de ganar tres campeonatos seguidos, se ha perdido el cuarto.
          Me importa un ardite lo que haya pasado y por qué haya pasado, pero me subleva el acriticismo con el que la prensa convierte a los peloteros de la selección en dioses victoriosos o, si pierden, en semidioses vapuleados por el destino. En otras sociedades más antiguas, el destino adquiría la forma de una espada afilada o un decreto de destierro. En la nuestra, quizás, necesitemos tanto de ellos que no podemos permitirnos nada parecido.
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Venezuela y otros sitios

Cuando éramos jóvenes, un amigo creyó haber ligado con una chica con la que no tenía intención de hacerlo, pero la euforia del primer momento se le fue pasando según comprobó que la prójima se dedicaba a llevarlo de bar en bar para, en realidad, tratar de encontrar al chico con el que quería aparearse. Al cuarto bar, mi amigo, necesitado de sexo pero no tanto como para dejarse el orgullo por las cantinas, la mandó a paseo y se fue a dormir.

        No sé si el parlamento de Venezuela está más o menos necesitado de sexo que mi amigo, pero ya tardan en mandar a tomar viento a los políticos españoles, que acuden allí como si desde Alonso de Ojeda a nadie le hubiera importado realmente aquel territorio, cuando lo cierto es que solo quieren joder (que no aparearse) a Podemos, aunque utilicen una forma tan novedosa como ridícula. Digo tal no solo por lo de hacer campaña transoceánica, sino también por lo de dar lecciones de diálogo (ellos, precisamente ellos), de forma que si no escuchamos desde aquí las risas de los parlamentarios no es porque Caracas esté lejos sino porque sospechamos que aquellas señorías tienen la mismas ganas de acordar con el otro que de dejarse tirar por un puente.

       En fin, que Maduro podría llevar razón cuando acusa a los españoles de imperialistas, si no fuera porque nuestro imperialismo tiene el mismo efecto para nuestra economía que una aspirina para el cáncer de colon. Allá van antiguos presidentes, diputados pasados y futuros, presentadores de televisión y todo aquel que tiene alguien que le pague el billete y la vanidad de creer que tiene algo que decir, a llenar el aire de palabras mientras dejaron pasar la ocasión, por ejemplo, de sexear (que dice Andreu Martín) en Cuba, donde son otros los que han salido en la foto y los que se llenarán de dinero sus bolsillos.

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Palabras

Si no media terremoto o sondeo electoral, los informativos de televisión suelen abrir con lo que un político ha dicho. La chulería que se le ocurre a cualquier portavoz tiene más peso que algo que haya ocurrido de verdad. Todos sabemos que cualquiera de los Hernandos puede decir hoy blanco y defender mañana negro con la misma sangre fría y, sin embargo, la prensa sigue empeñada en ofrecernos como relevante esa vacuidad.

 

Proliferan los programas cuyo único contenido es conseguir que un político diga algo. La trastienda del medio ha pasado al escaparate. “Díganos un titular”, piden ya los periodistas, que ceden a los políticos la esencia de su oficio.

 

El político ha pasado de ser un gestor de la cosa pública a un tipo que pasa el día diciendo cosas, generalmente las mismas frente a micrófonos diferentes. De ser un tipo distante y relativamente adusto (“puede usted llamarme como quiera”, dicen que Solana marcó la distancia con un periodista) a ser el tipo más dicharachero del barrio entero, alguien que siempre está dispuesto a responder a cualquier cosa, como si fuera un concursante de Saber y Ganar. Con la diferencia de que, en su caso, cualquier respuesta vale. Incluso la ausencia de respuesta.

 

 “Dice un rumor que un muñeco que se le parecía a usted ha sido objeto de vudú en Tasmania, ¿qué opina?”. “Oiga, me da igual”. “Ya, pero díganos su opinión”. “Me la pela”.

- Ya lo han oído: a Fulanito se la pela: notición.

 

Una cadena ha descubierto la pólvora desempolvando declaraciones contradictorias de políticos. Como si fuese difícil. El mérito se reduce a tener becarios suficientes que vean vídeos antiguos. Lo único sensato que ha dicho Rajoy en cuatro años es aquello de no mire usted las hemerotecas porque puede encontrar cualquier cosa, dando por hecho que en algún momento dijo una cosa distinta y que en otro momento dirá otra diferente.  Como todos los demás.

 

Los políticos no hablan entre sí sino a través de declaraciones. Como si ponernos a los oyentes de fedatarios de sus intenciones tuviera más peso que transformar las intenciones en actos, coger el teléfono y decir él mismo lo que sea a quien sea. Lo importante es decir, no hacer.

 

Así las cosas, que el gobierno de Cospedal vulnerara la ley de Hacienda más veces de las que la acató no ha importado a nadie. ¿Acaso es destacable que la responsable del partido que gobierna España haya hecho en su gobierno de provincias más trampas que una película de indios?  

 

 

- Mire usted, le voy a decir una cosa. Lo importante de verdad es que en este país haya un gobierno que haga lo mejor para los españoles, y ese gobierno es del PP, no le quepa ninguna duda.

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Tocar el pito

Hago memoria y no encuentro ninguna ocasión en la que me haya sentido más ridículo, y eso que a mis años uno ya ha hecho el tonto bastantes veces.

     Pero ninguna como esa en la que un operario me dice que toque el claxon y yo obedezco y el operario hace una marca positiva en el formulario. 

    Acabo de pagar cincuenta euros y, a cambio, tengo que tocar el claxon. De esta manera acabo de asegurar una parte de la seguridad vial futura. De la mía y de las viejecitas a la que no atropellaré porque me funciona el pito. El del coche, quiero decir.

     Otras operaciones de enjundia son la comprobación de que me funcionan los intermitentes y de que si los coches con los que me cruzo por la noche no me hacen señales mientras posiblemente me insultan es porque, en efecto, llevo bien las cortas y las largas.

     No entiendo mucho la teoría de la ITV, pero me gustaría conocer si existen estudios del número de averías importantes que pueden detectar antes de que los usuarios se den cuenta de ellas y del número de accidentes que las ITV han podido contribuir a evitar.

   Admito que existen conductores dejados que llevan sus coches hechos unos zorros, pero aplicar la sospecha de irresponsabilidad a la totalidad de los usuarios me parece excesivo. Sobre todo si cuesta dinero. Y el colmo es, como me acaba de pasar, tener que pasar por el aro cuando mi coche está todavía en garantía. Es decir, cuando, si no soy idiota, hago las revisiones oportunas y, si el concesionario no es idiota, me hará las revisiones cuidadosamente.

     Me obligan a hacer cuentas y una estimación inicial me dice que cien mil vehículos pasarán por las mismas instalaciones que yo. Eso supone unos cuatro millones de euros de facturación anual para un negocio sin (a estas alturas) amortizaciones, inversiones ni competencia.

     ¿Puede ser que entienda ya mejor por qué tengo que tocar el pito?

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El primillar

El otro día estuve en un primillar.  El nombre es rimbombante, pero la realidad es más prosaica: consiste en un tejado viejo donde anidan unas decenas de cernícalos primillas. Desde joven, profeso una admiración sin cuento por las rapaces. De lo contrario, ver cómo éstas se meten por los huecos de las tejas como si fueran reptiles me hubiese supuesto una cierta decepción. En cambio, mediando mi predisposición, me pareció un espectáculo encantador ver a un macho asomarse por un agujerito del tamaño de un par de monedas de dos euros como el que mira a ver si llueve o quién pasa por la calle.

    Cuando llegué al primillar, los cernícalos ya estaban emparejados. Ignoro cómo se eligen entre sí machos y hembras, dado que los ejemplares son idénticos unos a otros, pero los asiáticos nos parecen muy parecidos a los occidentales y seguro que al revés; o sea, que no dudo de que entre los animales existan diferencias de carácter y aun de físico que solo entre ellos pueden reconocer.

    Las parejas permanecen juntas y pasan la mañana haciendo nada. Algún macho se escapa unos segundos y se va de picos pardos donde hay una hembra soltera o que se ha quedado sola mientras su pareja buscaba algún saltamontes con el que calmar la gusa. Pero eso no es lo normal. Los machos están callados todo el tiempo y, a su lado, las hembras no dejan de emitir un trino agudo y persistente. En cierto momento, el trino se hace más agudo, menos intermitente, más poderoso, más urgente. Tiene todo el aspecto de una llamada perentoria. Una orden. ¡Manolo, ven aquí ahora mismo!

    En ese momento, el macho se sube a lomos de la hembra y copula con ella durante unos segundos. Los que ella decide. Pasado ese tiempo, que varía mucho de unas hembras a otras (puede ser el doble) pero que parece muy semejante en el mismo ejemplar, ella gira la cabeza y le dice «basta» con una caricia de su pico. Si el macho no se da por aludido, la caricia se convierte en intento de picotazo (¡que te he dicho que me dejes en paz!), así que más pronto que tarde, obedece y descabalga. 

    Un poco después, pero no mientras aloja al macho, porque en ese tiempo sigue trinando con insistencia febril, la hembra sufre un escalofrío que se traduce en un tremolar de plumas, un ¡ay! qué gusto o algo parecido. Para entonces, el varón está junto a ella, impasible como hace un rato, esperando a que, dentro de unos diez minutos, ella vuelva a exigirle que cumpla como un hombre y él obedezca, como corresponde a todos los seres de su  mismo género.

    

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Prosodia

Me pregunto si Pablo Iglesias da clases de dicción a los suyos o si la admiración por el líder es tan grande que todos imitan su entonación y su ritmo de voz. Me inclino por lo primero. Si se tratase de lo segundo, sería descorazonador constatar que todos detrás de Pablo son segunda línea y que andan con el seso abducido por la personalidad del número uno. Debe de tratarse de lo primero, y en ese caso estamos ante una operación de mercadotecnia innovadora. He hecho el experimento de oír los programas de política sin escucharlos (lo cual aparentemente no tiene mucho mérito) con el propósito de averiguar si soy capaz de reconocer a algún dirigente de Podemos solo por su particular forma de hablar, sin considerar para nada lo que digan, y he informar que sí, que he acertado en todos los casos. 

 

Considerando que tengo un oído como una puerta, según suele describirse a quien es incapaz de entonar Cumpleaños Feliz sin ofender a quien los cumple, puedo asegurar que mientras se prepara la comida, se pone la radio en el coche, se prohíbe a los niños llegar tarde a casa y se hacen, en fin, las cosas cotidianas de cada familia, el sonsonete de los de Podemos se mete en la cabeza de los oyentes con una contumacia notable. Esa manera de..., de interrumpir la frase para engancharla de nuevo con..., con la idea siguiente es una manera exclusiva de..., de la formación morada, y termina por meterse en..., en las neuronas del personal como si fuera la canción del verano. 

 

Ahora que, a la misma velocidad de vértigo con la que subió, el partido está empezando a tener todos los problemas de cualquier partido, queda por ver si la disidencia se caracterizará por hablar de otra manera o si la rebeldía no ha llegado a la prosodia, en cuyo caso creo poder asegurar que Iglesias seguirá siendo el líder indiscutible.

 

N.B.: Si Pablo lee esto, vigilaría de cerca a Bescansa, que me parece que habla todo seguido.

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Cómo hemos cambiado

No sé qué me ha pasado en los últimos cuarenta años que no me reconozco. Entonces, hace esas cuatro décadas, era capaz de imaginarme una sociedad pacífica, desmilitarizada, sin ejércitos ni policías, que eran las instituciones que generaban la violencia, puesto que vivían de ella, y que no nos harían falta una vez que instalásemos la nueva sociedad como un dormitorio de Ikea que, por cierto, todavía no existía. La cosa era bien simple y consistía en que todo el mundo tenía que pensar como yo, lo que no me parcía nada difícil dado que yo había llegado a ese estadio por mí mismo y la ayuda de cuatro lecturas mal hilvanadas. No había ninguna razón para que la gente de mi generación pensase de forma diferente a mí. Al fin y al cabo la generación de nuestros padres pensaban todos igual (pensaban justamente lo contrario) y eso jugaba a favor de mi optimismo.

     No sé qué me ha pasado, digo, porque cuando leo que Ada Colau le ha dicho al ejército que no le parece bien que hayan puesto un stand en una feria educativa, en lugar de aplaudirla he pensado que el Daesh está acampando en el Norte de África y que una campaña educativa en condiciones no iba a servir para que cambiasen su punto de vista de las cosas; si acaso, terminarían merendándose a los maestros. Ha sido éste mío un pensamiento al azar, un poco loco, desavisado, como la primera respuesta en esos absurdos tests piscológicos, y me ha preocupado, lo admito. Ha sido entonces cuando me he puesto a pensar en que no sé qué me ha pasado que no me reconozco de cuarenta años a esta parte, y aunque mantengo de aquellos tiempos que jamás entraría en una institución donde la última razón son los cojones del que manda, temo que, dentro de otros cuarenta, hasta esto termine por parecerme bien.

     Espero que no, claro.

 

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De gónadas y tal

 

No entiendo gran cosa de religión ni de mujeres, lo que no sé si me autoriza o me descalifica para escribir lo siguiente, cuyo armazón principal viene a ser que la Iglesia católica (al menos la pre-francisca) y sus más acérrimas opositoras coinciden en preocuparse demasiado por lo que ocurre entre las piernas de las mujeres.

Tampoco entiendo gran cosa de poesía, por lo que no puedo valorar si  «sea santificado vuestro coño / la epidural, la comadrona /... / hágase su voluntad en nuestro útero/.../y no permitáis que los hijos de puta...» etcétera, etcétera tiene un gran valor poético, aunque sospecho que nunca se estudiará junto a famosos rojeras como Lorca o Celaya. Ni junto a ellos ni lejos de ellos, digo.

Mis reducidos conocimiento de feminismo me llevan a recordar que las militantes, hartas de ser la mitad invisible del mundo, tienen un especial empeño en reivindicar su genitalidad, y para ponerse a la altura de la prepotente exhibición masculina de sus gónadas, gustan de nombrar con frecuencia la periferia de las suyas.

Dicho todo esto, que en los años que corren una poetisa salmodie en un acto de entrega de premios un texto como el que ocupa estas líneas no me parece digno de aplauso. Es un mal poema, si es que es poema; lo que reivindica -si reivindica algo- está más que asumido por la mayoría de las mujeres de hoy y solo sería valiente, como decía Colau, si hubiera retorcio el Corán y no el Padrenuestro, según insinuaba Trías... y  todo eso sin contar con que mi falta de sutileza no me permite comprender que para una feminista la expresión «hijode puta» siga siendo un insulto.

A lo mejor, hace treinta o cuarenta años sí hubiera aplaudido por rompedora a la Miguel. Hoy solo me ha parecido una salida de tono con el que se ha puesto, como digo al principio, al mismo nivel que los curas, más preocupados por la entrepierna de las mujeres que por las mujeres.

 

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Los Reyes Magos

Dice o confunde Coscubiela la independencia con el rescate ciudadano, el fin de los recortes, etcétera, etcétera e insiste en que lo primero es la condición necesaria de lo segundo, como si no hubiera más independentistas que los de muy a la izquierda, pese a toda evidencia.

     Apela Rajoy y cualquiera del PP a la responsabilidad del hoy moderado (ayer y, seguramente, mañana radical) partido socialista para continuar haciendo las reformas que España necesita. No para acordar qué hacemos en los próximos años sino para acate las nuevas reformas o, dicho de otra manera, las nuevas formas de dar por saco. 

     Se empeña Iglesias en dividir el mundo en nuevos y viejos según quieran o no hacer un referéndum, como si en los genes del rojerío estuvieran las independencias y no su  poder en los escaños de casi todas las periferias.

     Cree Mas que cada mañana Cataluña entona en su honor un «yo soy Espartaco» y no ve que lo que pone en las pancartas es «yankee, go home».

     Lleva tiempo Rivera sin abrir el pico, como hacían los políticos antes de la política-espectáculo, y se temen los analistas que le haya podido entrar un ataque, si bien no de sensatez sino de incapacidad.

     Estamos todos listos, y los Reyes Magos nos echarán otras elecciones con la esperanza de que nazcan nuevas mayorías absolutas que hagan tan imposible llevar a cabo políticas de Estado comno no dejar de invocarlas.

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¿Por qué no podía ganar Sánchez?

Foto de El Confidencial
Foto de El Confidencial

Después de cuatro años en los que la derecha ha hecho prevaler la suficiencia de sus votos, su poder, su experiencia, su estar por encima de todo, su mentir, su menospreciar, su avasallar a diestro y siniestro, es posible que una parte del país tuviera ganas de izquierdas. Pero así como eran evidentes las razones por las que Rajoy tenía que ganar, era evidente que Sánchez no era la persona que la izquierda esperaba. ¿Quién es Sánchez? ¿De dónde viene? ¿Por qué sabemos que es de izquierdas? Sánchez es un señorito (con perdón; lo escribo sin ganas de ofender) que no ha estado en más trincheras que las que le hicieron subir en el escalafón, un buen chico al que han enseñado a impostar la voz cuando se mete con el PP, alguien de quien, si no eres del partido, nadie se fiaría más que de cualquier otro. Si me permiten, Sánchez es uno más. 

La izquierda harta del abuso pepero del último cuatrienio quería a alguien como Ada Colau. La imagen de la alcaldesa con su equipo es todo un manifiesto y un programa político. Lo que vimos alli era un grupo de gente corriente, sin americanas, corbatas ni trajes de tiendas caras. Gente de la que puede uno fiarse porque parecen recién salidos del currelo y festejan que seguirán en el currelo, no que se irán a hacer una cosa muy importante y muy difícil que se llama política y que consistirá en hacer cosas inexplicables explicadas con palabras ininteligibles. Ada Colau ha salido de las aceras donde la arrastraban para protestar por una ley hipotecaria injusta y un procedimiento de deshaucio impulsado por la muy socialista Carmen Chacón, una señorita bien, intercambiable con Sánchez o con éste o con aquél.

Sánchez no soporta la comparación con la líder catalana.

Por él y porque la izquierda a la que quería convencer la extirpó de la sociedad la arrogancia del PP. La política de tierra quemada que ha practicado Rajoy y compañía hace imposible que el PSOE vuelva a ganar, con Sánchez, con Díaz, con López o con García. O ficha a Ada Colau o nada. O deja de ser el PSOE o nada.

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Por qué va a ganar Rajoy

Si Rajoy gana no va a ser por sus promesas (a estas alturas nadie cree en los Reyes Magos) ni porque haya conseguido que la oposición se olvide de que gracias a su gobierno fotografiar a un policía puede costar más cárcel que saquear cualquier banco nacionalizado, ni por otras conquistas similares  Va a ganar porque representa mejor al español medio que ningún otro candidato.

     Los nuevos son demasiado jóvenes para un país envejecido. De cuarenta y cinco para arriba nadie se fía de los nuevos, demasiado provocadores, con demasiadas ganas de mandar. Incluso antes de tiempo. Se les ve el plumero. Se les vio en el debate, representados todos en Sánchez, tan crecido, tan agresivo, acorralándolo, faltándole al respeto: le estaba dando una paliza en un callejón oscuro y usted quería ser el héroe que lo salvaría dándole su voto, que se joda el chulito de los puños americanos.

     Rajoy es un tipo gris, como la mayoría de nosotros, que ha llegado donde está después de fracasar muchas veces, como todo hijo de vecino, y que ahora encuentra la recompensa a tanto esfuerzo. Rajoy es incapaz de citar a ningún politico, escritor o ensayista más allá de Roncero o de Zapatero, como usted o yo; un hombre que es de Ronaldo porque es del Madrid, igual que usted es de Rajoy porque es de derechas, a pesar de todas las evidencias en contra (Messi o Sánchez) y del que sabemos que, si le quitamos el traje, no queda nada más que un jugador de mus en las tardes de invierno, como el director de su banco, que le confiesa estar harto del estrés y enamorado de la partidita con sus amigos de siempre.

     Cualquiera de nosotros le fiamos nuestros ahorros a Rajoy antes que a Pablo Iglesias, que siempre puede tener la ocurrencia de regalarle los réditos y hasta el principal a los pobres o algo peor, con esa coleta ya me dirá usted... y, en el fondo, ¿qué le pedimos a quien nos gobierna distinto de que nos garantice que no nos van a tocar los ahorros y no demasiado los cojones? Por la escuela ya hemos pasado la mayoría, la mayoría no estamos para correr delante de la policía, no tenemos necesidad de abortar... y, en fin, los médicos y las pensiones... ¿cómo un tipo a punto de jubilarse no va a cuidar de ellas? Mejor que estos jovenzuelos que no tienen achaques y para los que la pensión es solo una palabra sin más significado que ababangay o peróxido...

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Doña Chúpate Esa

Además del gesto de chúpate esa que utiliza la vicepresidenta cada vez que habla y que ningún asesor le ha afeado, supongo que por si las moscas, en otros dos momentos del Debate (solo falta el acuerdo de la Academia para usar la mayúscula, pero llegará, no lo dudo) pudimos ver hasta dónde llega el ordenomandismo del Partido Popular. 

     Uno fue cuando se habló de Educación, justo después de que se volviese a mencionar el mantra del necesario acuerdo de Estado. En ese momento, la vice menospreció la idea y subrayó que por fin teníamos una ley del PP, mostrando que su partido jamás ha querido acordar una ley educativa y que en este momento están en pleno éxtasis una vez que han conseguido, por fin, que se esté aplicando una ley suya. Después de cuarenta años de democracia han puesto una pica en Flandes y no tienen la menor intención de negociar nada. Ordeno y  mando.

     El otro fue cuando rebatió la propuesta de reforma del Senado de Ciudadanos. Lo elegante habría sido decir que un organismo compuesto por los presidentes de las autonomías es menos representativo que el Senado actual.  Habría sido muy elegante mencionar que hasta 2015 el Senado pedido por Rivera habría tenido once miembros del PP de un total de diecisiete.  Pero a doña Chúpate Esa le pudo la soberbia vestida de sinceridad y explicó que con el Senado de Rivera, Artur Mas sería más mosca cojonera de lo que es ahora. No sé la audiencia que tuvo el Debate en Cataluña, pero a poca gente que estuviera en la televisión, el independentismo ganó otros miles de adeptos. Y es que el PP no pierde ninguna oportunidad de despeñarse por los acantilados de la Costa Brava. Luego dicen...

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El BOE y los panes y los peces


Uno.

 

Dice el Boletín del Estado que los alumnos de la FP Básica pueden obtener el título de Educación Secundaria si los profesores consideran que los alumnos saben lo suficiente. Para el lego en la materia, eso es parecido a decir que un estudiante de Medicina puede obtener el título de Ingeniero Químico si los profesores consideran que el sabe lo suficiente. O sea, es imposible. 

     Lo que llama la atención es que el mismo ministerio que dice que los alumnos de FPB estudien equis escribe después que pueden obtener la titulación zeta. Nadie sabe cómo se produce la transustanciación de los estudios. Ni siquiera el ministerio. Pero lo escribe. Por si cuela. Lo mismo se expiden unos miles de títulos de graduado en ESO que alivian el problema estadístico de infratitulación que parece tener el país y una de las grandes ideas de Wert lo eleva a los altares: miles de alumnos retirados del carril de la ESO encuentran el camino de la verdad y titulan igual que sus antiguos compañeros, incluso superando el obstáculo de cursar entre un 50% y un 75% menos de materias académicas.

     Lo de los panes y los peces es calderilla en comparación con esto.

 

Dos.

 

He visto un borrador de un decreto que dirá que el 5% de las plazas de maestros que se convocarán en las próximas oposiciones en Castilla-La Mancha se reservarán a personas con deficiencias físicas. Ignoro por qué razón un opositor cojo merece un trato distinto al que no lo es, habida cuenta que la de maestro no es una profesión que exija la perfección apolínea de sus oficiantes, y no entendería, por lo mismo y por lo contrario, que el 5% de los leñadores tuvieran que ser mancos. Sé que decir esto es políticamente incorrecto, pero es que no le veo demasiado sentido. 

     Sin embargo, me ahorro algún argumento para no ser muy prolijo y paso al punto siguiente. La misma norma va a regular que el 2% de las plazas se reservarán a personas... ¡con deficiencia intelectual!

     Esto significará que tras las próximas oposiciones quince maestros de Castilla-La Mancha serán deficientes intelectuales. No sé si bilingües, pero sí deficientes intelectuales.

     Asegura la prensa que los deficientes intelectuales con el título de Maestro de toda España, y aun de parte de Sudamérica, vendrán a examinarse aquí y que la consejera será laureada por su valentía a la hora de demostrar con hechos en qué consiste la discriminación positiva.

     Lo que convertía en calderilla lo de los panes y los peces queda convertido en calderilla en comparación con esto.

     Verdaderamente, hay días en los que leer los boletines oficiales es más divertido que leer a Jardiel Poncela.

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Gestos

Dentro de unos años, las chicas de hoy consultarán sus álbumes de fotos del pasado y se encontrarán con que no hay otra cosa que una serie infinita de rostros iguales, como los relieves de las escalinatas de los palacios asirios. Las chicas, todas, han estudiado en el espejo cuál es su rictus más favorecedor y han desarrollado una extraña habilidad para adquirirlo en centésimas de segundo. Son tantas las fotografías que se toman que los músculos del rostro reaccionan con una rapidez infinitesimal al objetivo de la cámara o del teléfono. De hecho, es ya un gesto inconsciente del que la mayoría ni se percatan.

Bueno. 

El otro rito ante las fotografías es más masculino, y posiblemente más bobo, más inexplicable. No hay forma de comprender qué lleva a los hombres (sobre todo, pero no solo) a desplegar el dedo pulgar de su mano en ese gesto cesáreo de perdonar la vida al gladiador derrotado, yanki de afirmar que la cosas van bien o feisbuquiense (¡por Dios, qué disparate!) expresando que a uno le gusta lo que sea que le gusta.

¿Qué querrán decir? ¿Que están felices de haber llegado a ese momento de su vida en el que son retratados? ¿Que les parece bien que les hagan la foto? ¿Que tienen ese dedo, que nadie se atreva a dudarlo? ¡No lo sé! ¡Ni ellos tampoco! Estoy seguro. 

Resulta significativo que, como se dice ahora, es un gesto transversal, que repiten jóvenes en el paro, estudiantes, profesores de cualquier nivel, escayolistas, toreros, amas de casa y militares sin graduación. Cuando hace unos meses, el presunto asesino de las dos jóvenes de Cuenca, apareció en todos los medios de comunicación con esa pose de pulgar hacia arriba, me dio por suponer que a la gente se le iría la costumbre, siquiera por el mero hecho de no sentirse identificado ni de lejos con esa persona. 

Pero me equivoqué. No hay manera. Debe de ser que el personal se encuentra feliz perteneciendo a la cofradía del Pulgar Enhiesto, del que forma parte media humanidad. Debe de ser que existe un gregarismo en los gestos que complace a quien los hace. O no sé qué debe de ser. El caso es que la gente puede sonreír o no, estar de frente o de tres cuartos, sujetar un cigarro, un vaso o no... pero nunca fallará ese pulgar hacia arriba estúpido, bobo, sin significado.

Solo les falta mostrarlo a los políticos de primera fila, hoy que están tan empeñados en parecer tan campechanos, tan vulgares y corrientes, tan como todos nosotros.

Supongo que ese día habremos tocado fondo de verdad.

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Palmeros

Hay que ver la cantidad de gente que tiene poco que hacer por las mañanas. El espectáculo de Mas entrando a declarar al juzgado (eso es espectáculo y no cuatro guardias civiles enmascarados entrando a la sede de su partido) fue seguido por cientos o por miles de alcaldes, políticos y gentes que a esas horas no tenían nada mejor que hacer. ¡¿Quién va a sacar adelante a Cataluña, si la mitad de los catalanes están pendientes de lo que hace Mas?! Toda esa gente, ¿qué produjo esa mañana? Supongo que nada porque, incluso los que trabajaran más cerca, ficharon, se largaron a aplaudir a la víctima y después se fueron a tomar un café y una napolitana para comentar la bella porte del encausado y la maldad del Estado criminal que lo persigue. Si todos eran funcionarios, no me extraña la mala fama que tenemos. Si eran asalariados, tendrían buen saldo porque doy por hecho que el jefe no les pagó la media jornada. Si se la pagó, me extraña que la empresa obtenga habitualmente grandes beneficios. Aun siendo catalana.

En realidad, Mas tiene una propensión innata al espectáculo. Dice Marhuenda que si no llega a presidente se irá con Grifols a hacer las américas, pero yo creo que también podría encajar en los planes de Joglars o Comediants. Cuando no le baten las palmas los alcaldes, se las ingenia para que lo hagan los de la CUP.

Vive Dios que no sé lo que signfica la CUP (y no me apetece entrar en google), pero pareciéndome inteligente su comunicador principal, este de las gafas que se llama Baños, no entiendo por qué le da tanto gustirrinín ser el palmero de Mas. Ahora que los no nacionalistas parece que quieren chincharles, corre a reunirse con él  (dicen que en secreto aunque lo sabemos todos), y seguro que ha admitido rendirle pleitesía el día 9: Artur, yo te apoyo pero tú no aflojas con los de Madrid y nos haces independientes en año y medio.

Conozco a un tipo que conoce a un conocido que es amigo de Baños y me ha dicho que cuando esté aplaudiéndole en la sesión de investidura le va a a poner un guasap preguntándole si ya sabe cuántos catalanes seguirán siendo anticapitalistas una vez que no tengan razón para ser antiespañolistas. Vamos, que si cuando la CUP desaparezca del catalanísimo parlamento seguirá siendo feliz porque el capitalismo catalán será capitalismo, pero siendo catalán se lleva mejor...

Aunque, a  lo mejor, el convenio colectivo de los palmeros tiene cláusulas muy interesantes...

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Ricos

 

Dice Piketty, y es verdad, que lo bueno del capitalismo es que si sabes hacer las cosas, puedes ganar más dinero cada vez, y si no las sabes hacer, pues no.

     Hace años, un empleado de una subcontrata de Telefónica vino a mi casa. Parecía que, más que llegar despacio, Internet huía de mi salón. El subcontratado se tomó en serio el problema y me hizo un arreglo fetén. Desde entonces, las cosas funcionan lo mal que es de esperar en un pueblo, pero funcionan. Aún se lo agradezco a aquel trabajador inmigrado, el enésimo que llegó y el único que lo arregló.

     Cuando se iba, y yo iba a preparar la cena, recibió una llamada. El jefe le encargaba otro arreglo urgente. Telefónica y su empresa habían llegado a un acuerdo por el que ésta acudía a toda pastilla a resolver problemas domésticos. El empleado se lamentaba de que llegaría a su casa a la hora en que muchos se acuestan y me explicó que su salario (naturalmente escaso) dependía de los puntos que acumulase, y que las chapuzas como la mía  o como la que le acababan de encargarle daban menos puntos que una instalación nueva, que era lo que no se cansaba de pedirle al jefe y el jefe no se cansaba de negarle.

     Han pasado muchos años y no sé si aquel trabajador que hacía las cosas bien estará ganando más dinero y, en ese caso, cuánto más está ganando. Sin embargo, hoy me he enterado de que César Alierta, el presidente de Telefónica, gana cuarenta y tres millones de euros al año. Sin duda, como consecuencia de haber hecho las cosas bien: por ejemplo, establecer las condiciones salariales del trabajador del que hablo.

     Eso que dice Piketty es verdad, pero no toda la verdad.

 

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Banderas

El otro día, un diputado de Izquierda Unida y otro de los independentistas gallegos se fueron de sus escaños en el Parlamento Europeo porque iba a hablar el rey de España, un tipo que ha llegado a rey por herencia y no por sufragio. Para que se notara que se iban, dejaron en su lugar dos banderas: una de Galicia y otra la de la España republicana. Si no, nadie se habría dado cuenta. No sé si el mensaje de estos diputados le ha llegado a los polacos o a los finlandeses, pero supongo que no y que, de haberlo hecho, lo habrán interpretado como un signo del folclorismo de estos tipos del Sur, que tienen más guasa que la madre que los parió. 


Supongo que estos diputados lanzaron un mensaje para el Rey, que ya sabe que son republicanos, y para los suyos, que también lo saben y que, algunos, se sentirán satisfechos por las cosas importantes hacen con sus votos. Pocas nueces, creo. Ellos y sus votantes deberían pensar en que si tienen que llamar la atención de esa manera es que de momento tienen la batalla perdida. Lo que también saben, supongo. Y que en ese foro, aunque sus formas hubieran sido tan diplomáticas como el resto de la izquierda europea, que parece que no se fue a ninguna parte, no van a ganar un palmo de terreno. Solamente salir en la tele, pero más cerca del capítulo de sucesos que de la portada. Bueno, ellos no; las banderas. Menudo éxito.

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Zapata

En uno de los capítulos de Friends, dos de sus singulares personajes se peleaban sobre quién de ellos había sido el creador de un chiste. La estupidez de tratar de atribuirse la autoría de un chiste se elevaba a la categoría de esperpento porque los personajes que disputaban eran un profesor universitario y un directivo de una empresa del sector financiero. El siguiente paso, más allá del esperpento, es el de un ministro convirtiendo un chiste en un atentado contra la dignidad humana. Si se grabase de nuevo la serie, Catalá sería un personaje imprescindible, ya que cada vez que habla parece empeñado en demostrar que la realidad supera a la fantasía. O que Gallardón solo era un tipo corriente. Por otra parte, me dan ganas de decir que Zapata se lo tiene merecido porque cuando alguien sacó aquellos tweets mohosos, se defendió haciendo una tesis doctoral sobre el humor negro, que también es para nota, como si no hubiera mujeres, incluso ministras, que cuentan chistes machistas o andaluces que cuentan chistes de leperos.

     Los buitres que convirtieron un chiste malo en carroña alejaron de la política a centenares de miles de jóvenes que hoy pasan el tiempo propagando chascarrillos porque mañana, cuando quieran ser concejales, alguien hurgará en sus mensajes de juventud y les serán demandados como pecados mortales.

     Salvo que se apelliden Rato, en cuyo caso encarcelarán a la secretaria antes de tocarle a él un pelo.

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El ramillete

Un escogido ramillete de antiguos ministros y actuales miembros de consejos de administración de empresas boyantes se han puesto de acuerdo en que la Constitución no valora suficientemente la singularidad de Cataluña y piden que se reforme para ello. La Constitución, claro, no Cataluña.

     Estoy de acuerdo en que Cataluña es singular, porque si fuese plural hablaríamos de cataluñas. Singular significa único en su especie, extraordinario, raro o excelente y, como no vamos a decir que Cataluña es una cosa rara, no me importa que se escriba un artículo tres de la Constitución del tenor de Cataluña es una comunidad como no hay otra en España. Incluso admitiría sin problemas que se escribiese un añadido a lo miss mundo que dijese algo así como que está llena de gente magnífica que la hacen magnífica en su conjunto. Si con esto los catalanes se sienten reconocidos y valorados, por mí que no quede.

     Me temo, sin embargo, que no será suficiente con un dni floreado donde, además, se escriba que el ciudadano que lo porta es originario de la singular Cataluña. Me temo que los antiguos ministros dicen, pero bajito, que la Constitución debe facilitar a Cataluña medios singulares para su financiación, que pueden adoptar muchas maneras (el cupo, la cesión completa del irpf...) pero que terminarán en excluir singularmente a Cataluña de la aplicación del principio de solidaridad interterritorial que está reconocido en la Constitución del 78.

     En realidad, si los catalanes fuesen tan singulares que lo hicieran todo bien, más allá de cualquier comportamiento humano, ni siquiera pondría objeciones a esta idea y lo que haría sería preparar las maletas para mudarme allí o apuntar a mis hijos a clase de catalán. Pero la singularidad de Cataluña no le alcanza para tener, necesariamente, gobernantes singularmente eficaces y no tengo ninguna garantía de que la plata extra de la que dispondrían no se la fuesen a gastar en abrir embajadas en Nepal y financiar estudios que demuestren que históricamente los demás somos tontos y que tienen que independizarse, que ya está bien de colonialismo.

     Las buenas intenciones de los antiguos ministros para con, al menos, las empresas de cuyos consejos forman parte (que son las que temen que el conflicto estropee sus cuentas), no evitarán la perpetuación del bucle independentista. Guardiola lleva razón: no hay vuelta atrás. Supongo que, en su momento, pudieron hacerse las cosas de otra manera. Pero en su momento.

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El toro

Comprendo la alegría del chaval que ha matado al toro de Tordesillas. La comprendo porque ha vivido en esa ciudad desde que nació y allí se corona con laurel a los que acaban con un animal moribundo. Pero si vemos sin el desapasionamiento del paisanaje la manera en la que el toro cae muerto, rebozado en su sangre, después de ser linchado por una multitud, no podemos sentir el orugllo de ese chaval sino un sentimiento formado de tristeza y asco a partes iguales. Ninguna muerte tiene nada de glorioso.
     Desde hace un par de años se ve llegar el fin, probablemente definitivo (gracias al programa de Julia Otero sabemos que ya Franco la prohibió y pudo mantener el veto tres o cuatro años)., de esta costumbre tan fuera de la sensibilidad de nuestros tiempos  El partido animalista ha conseguido convencer a las televisiones de que merecía la pena cubrir un acto en el que estaban dispuestos a dejarse partir la cara en directo y el partido socialista ha entrado al trapo de una reivindicación que no se sabe por qué tiene que ser patrimonio de la izquierda. Desde Marx hacia adelante bastante han tenido con asegurar la igualdad entre los hombres como para detenerse en el cuidado de las bestias (de los de cuatro patas, quiero decir). Mientras Rajoy se fuma un puro mojado en brandy, Sánchez hace cuentas de las gallinas que entrarán y las que saldrán..
     Con y sin esta costumbre que yo considero vitanda, el mundo de los toros en general está a la defensiva. Nunca los toreros han tenido que defender la legitimidad de lo que hacen, y si lo defienden ahora es porque sienten que, como a los astados, alguien les está picando la parte alta del lomo. Las décadas siguientes nos depararán una lucha apasionante entre los amigos de los animales y los amigos de matarlos entre el regocijo público. Será de ver cómo si alinean las fuerzas tradicionales antes este desafío, aunque el resultado final no solo es incierto sino que está muy lejos.

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Cataluña y los sentimientos

Uno

 

No tengo ni idea de cómo les caigo a los catalanes. No sé si me quieren o no. Ni siquiera sé si unos me quieren mucho y otros pocos. En realidad, lo más probable es que me ignoren.

     Por si yo soy poca cosa, diré que no tengo ni idea de cómo los conquenses les caemos a los catalanes. Si nos quieren o no. O si unos nos quieren mucho y otros poco. De hecho, dado que estamos al sur del Ebro es probable que nos ignoren.

     En todos los casos debemos exceptuar, eso sí, a ese tuitero que un día me dijo que yo quería dominarle por el hecho de que él es catalán y yo un castellano imperialista (tengo pruebas).

     Viene esto al hilo de alguna de las tonterías que se oyen sobre la independencia. Los catalanes dicen que se sienten poco queridos por los (otros) españoles. ¿Y cómo lo saben? ¿Hay alguna encuesta? ¿O es una percepción de gente como el tuitero que, sin conocerme, dice que quiero dominarlo? ¿Es posible imaginarse una imagen de todos los votantes del sí, quiero haciendo pucheros porque los de Cuenca no les queremos? 

     Quizás, de lo que se trata es de que los dirigentes catalanes creen que los dirigentes españoles les quieren poco. Lo cual sigue siendo otra estupidez. Los dirigentes no tienen que quererse entre sí. De hecho, ni siquiera se querían cuando se casaban entre ellos.

     Más bien de lo que se trata es de que los dirigentes españoles no les dan a los dirigentes catalanes todo lo que ellos quieren que les den. Ese es el querer que nos trae desde el primer párrafo. Los demás quereres son de mentirijillas. Gracias a nuestro sistema electoral, que los ha hecho colaboradores necesarios de (a la vista del resultado) más gobiernos de los deseables, han recibido montones de cosas. Quiero decir, de dinero, pero quieren más, y se inventan esto o aquello para que, cuando no queda más que recibir (o muy poco), a lo que aspiran es a que les dejen el poder. Todo el poder. Que es lo que dice hoy Álvarez Junco: los que más ganarían con la independencia serían los gobernantes de Barcelona, que ascenderían de categoría.

 

Otro

 

     Por otro lado, cada vez más se está centrando el análisis de la secesión en una relación coste/beneficio. Los que son contrarios dicen que los catalanes vivirán peor fuera y los favorables dicen que vivirán mejor en ese ni dentro ni fuera que decía Mas en la última entrevista de televisión, pero independientes, claro.

     Hay que acabar con ese discurso. El hijo que se emancipa no lo hace por dinero sino por ganas de montarse su vida por su cuenta. Si vive peor o si vive mejor, allá él. Él sabe los riesgos que corre. Dejémonos de análisis económicos. Si la mayoría de los catalanes quiere independizarse, que lo haga. No hay cosa peor que tener en casa a un hijo que no quiere estar contigo. Ahora bien, que luego no venga a casa a ver el fútbol.

     Ni a jugarlo, claro.

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Más Europa o la nada

La pobreza en general y más recientemente las guerras de Irak, Afganistán y Siria están pasando de Internacional a Nacional en la prensa europea a causa de la que se ha definido como la mayor crisis migratoria desde la II Guerra Mundial, lo que dicho de esa manera no deja de ocultar la tragedia de cientos de miles de personas que, según vemos en la televisión, cada vez tienen la piel menos oscura…

 Las teorías y explicaciones son diversas: por un lado, los hay que consideran al mundo desarrollado el causante de todas las desgracias del Tercer Mundo. Por otro, quienes creen que los pobres se las saben apañar ellos solos para seguir siéndolo. Luego hay ministros y otra gente de poco pensar que creen que la razón de todo está en las mafias que trafican con personas. Oigo a algunos políticos más bien nuevos y de una izquierda arregladita y de salón diciendo que hay que ir a los orígenes del problema, en referencia a que tenemos que desarrollar a esos países, nosotros que sabemos tanto de la cuestión.

 Lo cierto es que en este momento estas grandes o mezquinas ideas no sirven de nada. El médico de urgencias recompone el esqueleto roto del automovilista y deja para los teóricos de la seguridad vial cómo conseguir que no le lleguen más conductores destrozados. Quiero decir que en este momento, Europa es el médico de urgencias que tiene que acoger a los centenares de miles de personas que se han plantado en sus fronteras y que seguirán haciéndolo porque es preferible ser pobre aquí que rico allá o porque aquí, simplemente, aquí se puede seguir siendo y allí no.

 Dicho esto, lo que Europa debe pensar es que, como hospital, ha tenido una gerencia desastrosa. Por una parte, los gerentes no han querido integrar en una sola unidad de atención a todas las plantas, de forma que cada una de ellas ha funcionado como si fuese un hospital independiente, cuando no tenían capacidad para atender ni para retener a los que llegaban. Imaginemos a un centro sanitario con los enfermos moviéndose de una planta a otra, a ver si en alguna encuentran quien quiera o pueda curarlos.

 Pero, por otra parte, Europa no ha comprendido que todo lo que pasaba fuera de sus fronteras terminaría por afectarle y en general ha jugado un papel de observador, de seguidor de políticas no exactamente propias… o simplemente ningún papel. Esto más o menos ha valido porque durante mucho tiempo las guerras regionales generaban desplazamientos reducidos de población, campamentos de refugiados en países desérticos y tan pobres o más que aquellos donde se estallaban los misiles. Otro tipo de consecuencias no pasaban de sustanciarse en un movimiento especulativo en las Bolsas y unos cuantos ayes dichos aquí y allá. Pero ahora que se ha globalizado la desesperación, podríamos decir que estamos pagando la impotencia o el cierto desinterés habitual por lo que ocurría en el Asia más próxima con este fenómeno en el que (no se olvide) nosotros no somos la famélica legión.

 La “crisis migratoria” es una muestra más de la imperiosa necesidad de que Europa avance en políticas comunes más allá de las económicas. En dos o tres, en lo que a esto respecta. La política de inmigración, entendida como política interior de toda Europa; la política exterior, la más inexistente de todas las que desarrolla la Unión; y, consecuencia directa, la política de defensa o, sin eufemismos, de guerra.

 Porque hoy, convertidos en médicos de urgencias, tenemos que atender a los heridos, pero este de ahora puede no ser el mayor problema que tengamos que encarar . ¿O es que realmente los gabinetes de expertos de los países europeos no están considerando el Daesh como una amenaza real para Europa? Me parece que sí lo están haciendo

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Cuestión de culturas

 

Me siento junto a una mesa ocupada por dos japoneses, presuntamente marido y mujer. No hay otra mesa libre en la terraza y, naturalmente, no soy xenófobo. Me hubiese sentado allí aunque mis vecinos fuesen indios sioux.

 

Muy pronto he sacado de la mochila el libro que estoy leyendo y me he dispuesto a seguir con la faena. Hace tiempo que superé el conflicto interno que ataca a los turistas que, cuando se sientan derrotados después de horas de caminar, tienen mala conciencia por las calles que están dejando de pisar o los museos locales que no están visitando. Así que empecé a leer con la intención de no dejarlo hasta que me doliesen los ojos o los riñones. O hasta que terminase el libro, una novela negra de las que tanto me gustan en verano.

 Lo que ocurriese antes.

 Pero lo primero reseñable que ocurrió fue que el japonés alzó los brazos como si su equipo favorito hubiese metido un gol y acompañó el gesto con un bostezo como los de la señora Gregoria de mi infancia, capaces de atravesar cuatro tabiques para colarse a la cosa contigua y a la siguiente. Sorprendido por esa forma descortés de arrancarme de mi lectura, lo miré con el descaro suficiente para mostrarle mi desaprobación, pero el asiático me ignoró, mostrándome a su vez que yo se la traía floja.

 Seguramente, en su cultura aquel gesto no era reprobable.

 Volví a la lectura, un poco molesto por la compañía, pero recuperé mi preocupación por el quebranto interior de Rachel, la protagonista alcohólica de mi novela. No duró mucho, sin embargo, porque el japonés, tras madurar la tónica que se había tomado, eructó como un campeón del mundo de la especialidad y atrajo sobre sí mi mirada atónita, la de toda la terraza e incluso la de Ronda entera, ciudad muy hecha a recibir viajeros del antiguo Cipango.

 No quiso la esposa quedarse atrás y apenas había yo terminado el breve capítulo donde me había quedado, se despachó con la misma naturalidad que el marido y subrayó que en lo tocante a sonidos corporales, las japonesas han conquistado plenamente la igualdad entre los sexos.

 A esas alturas en la terraza del bar solo quedábamos ellos y yo, no descarto que como consecuencia de su estrategia de limpieza étnica. De fuera vendrán que de casa nos echarán, recordé escuchar durante mi infancia, y no estaba yo dispuesto a que España entera claudicase, así que en ese punto abandoné la lectura y me dediqué a refugiarme en mi interior y encomendarme a él, si bien no a la manera que hicieron los místicos sino en otra mucho más prosaica, aunque igual de difícil.

 La introspección tuvo éxito y, llegado el momento, guardé el libro en mi mochila, me incorporé, sonreí a mis vecinos y me acerqué lo suficiente hasta rozar su mesa y dejarles sobre ella un concierto de viento que esperé que pudieran apreciar no solamente con los oídos.

 “Cuestión de culturas” les habría explicado si hubiese hablado japonés.

 

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A desmantelar

Hace tiempo que no paseaba por Carretería, la calle principal de Cuenca. Probablemente desde antes de las elecciones municipales. La otra tarde estuve por allí y la vi algo desangelada, sin jardineras, bancos, anuncios, la mitad de la madera por la que me gusta pasear porque parece que camino por una de esas casas viejas con suelos de listones. Fue como volver hacia atrás un par de años o tres, cuando empezaba a consumarse una de las peatonalizaciones más tristes de la historia del urbanismo español, y me pregunté a qué se debía ese retroceso, quién lo había pedido, aplaudido, aprobado. Saqué el móvil y busqué mis propias columnas. Recordaba haber mencionado algo sobre lo que el nuevo alcalde había prometido hacer sobre Carretería y resultó que solo había escrito en el programa electoral que se repensaría qué hacer con la calle principal de la ciudad. A juzgar por lo que vi, las consultas que pensaba hacer las ha evacuado consigo mismo y con su almohada porque sin que se haya hecho público ningún proyecto alternativo, la calle ha quedado desmantelada. Hablé con un empleado de la hostelería y con tres o cuatro viandantes de los que pasean más que yo por esa calle mayor y resultó que ninguno de los segundos estaba contento con la nueva anti-estética del foro y el primero estaba indignado por la manera en que , en termporada alta, se ha cambiado tan negativamente la presencia de su entorno de trabajo. Como si no hubiera tiempo de estropear las cosas a partir, por ejemplo, de septiembre.

     Lo peor de todo es que todas estas conversaciones hube de mantenerlas sobre la acera porque, apenas entré en la calle, una berlina me dio un bocinazo desde atrás exigiéndome que me quitase del asfalto, que eso era terreno suyo, y después dos autobuses y tres motos de reparto a todo gas me demostraron de forma fehaciente que tenemos nuevo alcalde.

     Parece que para nuestra desgracia.

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Por entrar al trapo

El tuit que leo viene a decir que el plebiscito separatista es mucho más civilizado que la guerra que obligó a Cataluña a ser sojuzgada por España. Sorprendido por el mensaje, construido a modo de gracieta, insto al autor a que me explique dónde ha leído que esa idiotez ocurriera como se cuenta y me contesta que en los libros de texto que llevó en el instituto en los años sesenta. Así las cosas, tengo que concluir que este tuitero, algo más viejo que yo y previsiblemente de izquierdas, estudió una tontería y, cincuenta años después, no solo no la ha superado sino que se la cree tanto que construye sobre ella su discurso, o al menos una parte, a favor del catalanismo.

     La discusión ha continuado y en ella he sido acusado de mentir, de  dominar los medios de comunicación, de robarles  y, sobre todo, de querer dominar a Cataluña. Con dos cojones.

     Ignoro qué parte de la población catalana comparte el punto de vista de mi interlocutor, pero su mera existencia es una prueba de cómo el discurso de los líderes termina calando en los ciudadanos y fabrica una realidad que solo existe en la mente de los que la sostienen (Joan Planas demuestra que España y yo no somos así, querido interlocutor, pero da igual: lo que no conviene, no existe)

     No sé cuántos, pero, a juzgar por el éxito que han tenido las acusaciones que se han vertido sobre mí, son muchos los catalanes que están convencidos de que los españoles, los castellanos, los no-catalanes o no sé quienes exactamente, queremos dominarles, y usan para ello textos -que se les sirven desde el poder- de Felipe V, de Franco o las declaraciones de Wert, como si mi vecino y yo fuéramos Felipe V, Franco o Wert, cuando es evidente que, a mi vecino entre otro puñado de millones de vecinos, se la soplan esos tres personajes y que los catalanes sean independientes o extraterrestres. Lo que ellos quieran, vamos.

     Si me sorprende un poco asistir a un caso de creación desde el poder de una conciencia determinada, y si me cuesta un trabajo enorme entender qué tiene de progresista pensar lo mismo que Mas o por qué la izquierda se complace en ser nacionalista dentro de Cataluña, lo que no entiendo de ninguna manera es lo que ocurre fuera de Cataluña.

     Cualquier fuerza de la izquierda estatal (si digo española, lo mismo se ofende alguien) siente tanta aversión al nacionalismo español como complacencia hacia el nacionalismo catalán. Ahí tenemos el contracorrientismo de Izquierda Unida, la forma en la que Pablo Iglesias se ha dejado llevar por la marea o el notición de esta mañana:  los sabios del PSOE piden reconocer la singularidad catalana.

     En mi opinión, a estas alturas lo que está claro es que la singularidad más llamativa de los catalanes es la capacidad de sus líderes políticos de dar por saco continuamente. Desde la estúpida creencia de que si la guerra de Sucesión de 1700 la hubiese ganado el Archiduque Carlos, España se llamaría Cataluña o el idioma oficial de Córdoba sería el catalán o vete a saber qué otra ucronía, hasta la fértil idea que mi interlocutor insiste en repetir: que yo quiero dominarlo. Con dos cojones, repito.

     Parece que los líderes de la izquierda tuvieran que hacerse perdonar no ser catalanes y que la única manera de ser liberados del pecado fuera hacerles la rosca, cuando lo que se está demostrando el que los nacionalistas no pararán hasta ser independientes y que los catalanes no independentistas tienen un papelón el día 27 de septiembre, el papelón de no tener nadie presentable a quien votar.

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Los catalanes

No voy a tratar de superar el relato que hace Manuel Jabois del ministro Fernández Díaz, pero me viene bien traerlo aquí porque la perspicacia de este hombre, semejante a la de una piedra, es el epítome de lo que ha ocurrido en las últimas décadas en la política española y lo que ha hecho que Cataluña esté a un paso de la independencia, porque, pese a lo que diga el ministro mordaza, si la mayoría de los catalanes quieren separarse, lo van a hacer, diga la Constitución lo que diga. Así funcionan las sociedades.

     Es posible que tenga parte de razón un amigo que dice que todo empezó cuando el Estado cedió la educación a las autonomías. Probablemente ahí esté el origen de esa ignorancia colectiva que se corea en el minuto 17:14 de cada tiempo de cada partido que el Barcelona juega en casa. Pero, además, han hecho falta cuarenta años de equivocaciones continuadas para que los partidos constitucionalistas sean residuales: si seguimos escuchando en algún medio a Sánchez-Camacho no es, desde luego, porque le importe mucho a muchos catalanes (ni a los demás, si a eso vamos).

     Si las encuestas no se equivocan esta vez, parecen decir que el independentismo es mayor cuando la economía va peor, lo que parece lógico que ocurra, pero el suelo de los que quieren tomar las de Villadiego es muy sólido, tanto como para pensar que si no es de este arreón lo será del siguiente.

     Los constitucionalistas a lo Fernández Díaz no se han enterado de que la estrategia no es amenazar a otros políticos sino convencer a los ciudadanos y que aquello no conduce a esto sino a lo contrario. Cabe pensar, en todo caso, si esta estrategia se debe a que han visto que para hacer lo que conviene no tienen tiempo ni herramientas, ya que lo que se dice voluntad no la han tenido nunca.

     Claro que también existe la posibilidad que abría una oyente radiofónica hace un par de días, y es que nos pregunten a los demás si queremos que Cataluña siga siendo España. Si el precio es escuchar a Mas en todos los telediarios, seguramente saldría que no, que no queremos.

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Una pequeña pifia de la Naturaleza

Hace días, apareció en mi jardín el pollo de una oropéndola. Nunca antes había visto un ejemplar así pero supe sin dudar de qué especie se trataba: de algo tiene que servir tener mucho tiempo la cabeza a pájaros.

     Lo vi por la mañana en un lugar fresco y resguardado que visitan durante el día decenas de volátiles de otras especies, menos de la suya, esquiva como pocas a disfrutar del magnífico equipamiento que tengo preparado a la veintena de aves que se solazan en mi predio. 

     Rápidamente me preocupé por su alimentación y le ofrecí unos trocitos de cereza que acogió primero con timidez y luego con hambrienta avaricia. Supuse que el pequeñín pasaría las siguientes horas en los alrededores umbríos de ese lugar protegiéndose del calor y esperando nuevas raciones de comida.

     Pero me equivoqué. El pollo decidió correr aventuras y no lo vi hasta el final del día, cuando lo descubrí en un lugar distante tras seguir el inconfundible piar con el que reclamaba alimento a la madre.

A falta de oropéndola adulta, fui yo quien le obsequié con migajas de pollo fresco y una veintena de gusanos de pescador que se retorcían entre mis dedos y debían de cosquillearle por su diminuto esófago.

     Cuando estuvo ahíto, se escondió de mis dedos monstruosos tras una rama en la que debía de sentirse protegido de su benefactor y yo supuse que al día siguiente volvería a encontrarlo por ese suburbio de mi jardín.

     Pero me equivoqué de nuevo. El pollo decidió trasladarse al jardín de mi vecino. Desde las primeras luces de la mañana siguiente empecé a escuchar cómo, desde el otro lado de la valla, reclamaba comida y lo hacía con las renovadas energías que le había proporcionado mi dedicación a su superviviencia. 

    

     Supe que los padres lo tenían localizado, como supe que por sí solos no serían capaces de sacarlo adelante. Cuando lo visitaban lo hacían con un estrépito descomunal que duraba quince o veinte interminables minutos. La oropéndola dispone a la vez de un canto melodioso y de un chirrido como de córvido irritado, y era éste el que usaban cada vez que se acercaban al bebé. No sé si le echaban la bronca por haberse perdido o trataban de expulsar de su lado a los posibles enemigos, pero si lo primero es una estupidez propia del pensamiento humano, lo segundo era inútil porque apenas iban dos veces al día y aquel pollito feo pero de simpático comer se pasaba muchas horas expuesto al calor, los gatos y el hambre, y era evidente que  no podría sobrevivir con un par de saltamontes diarios: uno en el desayuno y otro en la cena.

     Su reclamo, en fin, fue debilitándose hasta perderse, un par de días después. La última vez que escuché que la oropéndola se acercaba, sus chirridos estridentes se me antojaron los llantos de una madre que había perdido a su hijo. 

     Si el pollo hubiera decidido quedarse donde lo descubrí, todos habríamos ganado. Él, trocitos de cereza, de pollo, gusanos frescos, buchitos de agua limpia cada día. Seguiría vivo y cada vez más fuerte. Los padres, que lo habrían localizado en mi jardín como lo hicieron en el del vecino, estarían satisfechos por cómo les crecía la criatura a pesar de sus rácanas aportaciones alimenticias y dentro de unos días podrían haberle enseñado a volar, cazar saltamontes y emigrar adonde quiera que vayan. Yo, en fin, habría seguido con curiosidad científica su crecimiento y lo habría documentado con algunas decenas de fotografías. Incluso me las habría ingeniado para hacer a escondidas un auténtico «book» a la oropéndola adulta, que la muy pájara podría haber presentado en cualquier concurso para ídems...

     En fin, nada ha sido así. La naturaleza no se ha comportado esta vez con sabiduría.

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Mentiras y mezquindades

Admito haberme perdido con el asunto de Grecia hace tiempo, así que no tengo criterio sobre ello, aunque sí lo tengo sobre otros asuntos colaterales.


     Primero.- Como si de una guerra se tratase, lo primero que ha salido derrotado ha sido la verdad. No hay un solo analista que se dedique a otra cosa que a seleccionar el trozo de realidad que le interesa al medio de comunicación que le paga.


     Segundo.- Me produce vergüenza ajena la manera en la que los líderes políticos de otros países están convirtiendo a Tsipras en un demonio o en un santo. Me produce vergüenza ajena ver a los líderes europeos de la derecha menospreciéndole y a los de la izquierda haciéndole pasillo como si hubiese ganado el campeonato del mundo de algo.


     Tercero.- Me parece especialmente mezquino que Rajoy repita todos los días que España puede verse igual que Grecia si no vuelve a gobernar él y que la culpa de todo es del Podemos griego cuando en realidad Grecia está así por los gobiernos de partidos como el suyo y el de Pedro Sánchez.


     Cuarto.- Así que todos mienten y todos mintieron. No me cabe la menor duda de que los gobiernos de España mintieron para entrar en la zona euro, pero ahora se sabe que los griegos mintieron más y que los estadistas y las estadísticas oficiales europeas admitieron como verdades aquellas mentiras, ignoro por qué. 


     Quinto.- Es mentira que Grecia pueda salir jamás del atolladero. Su economía tiene que producir para soportar el día a día y para devolver una cantidad de dinero astronómica: unos trescientos mil millones de euros. Eso no se consigue congelando unas pensiones que no pueden ser para tirar cohetes. En este caso parece que se trata, más que nada, de joder a los griegos pobres (los ricos ya se llevaron el dinero) para que los finlandeses admitan que sus impuestos se vayan a Santorini. O sea, para mentir a los finlandeses.


     Sexto.- En esto solo hay dos verdades. Una, que los griegos están jodidos sin que tengan la culpa de nada. Otra, que los demás estamos hasta el gorro.

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Cobardías, incapacidades, soberbias

Ahora que Cuenca tiene un ayuntamiento de derechas, he leído las doscientas veintidós medidas que el candidato a alcalde tiene en mente (que nadie me acuse de no haberlas leído durante la campaña porque yo no voto en Cuenca, así que no estaba obligado a hacerlo). Mi intención era enterarme de en qué consiste un ayuntamiento de derechas, una vez que por la televisión he visto que uno de izquierdas consiste, de momento, en que los alcaldes se ponen un sueldo ridículo o van a trabajar en metro o no asisten a actos de la religión católica o llevan a sus hijos al cole antes de ir al despacho municipal. 

   A juzgar por lo que he leído, ser alcalde de derechas es, sobre todo, hacer planes. Veinticinco entre pitos y flautas va a hacer. Algunos tan interesantes como la prevención de incendios en el casco antiguo, que tan de cabeza nos lleva a todos, o la movilidad de los peatones, asunto que me tiene particularmente intrigado. Lo que no es hacer planes es limpiar la ciudad, ahorrar dinero, poner wi-fi aquí y allá, pensarse otra vez qué hacer con Carretería y cosas así.

     Cosas, si se me permite, que ni de derechas ni de izquierdas. Ni fu ni fa, si quitamos la celebración del aniversario de la coronación de la Virgen del Rosario, no sé si para desagraviarla de que no tiene paso en andas, y el Congreso Nacional del Toro de Cuerda, que para todo hay congresos en este país, hay que joderse. Algunas saldrán y otras no. Sobre todo aquellas que dependan de que antes se haga un plan, se me ocurre pensar, y luego otras sobre cuyo incumplimiento se acusará al presidente de la región de tener olvidada a Cuenca. Vamos, lo de siempre.

     Tan amena web-lectura, permítaseme el barbarismo o la barbaridad, me ha llevado a pensar que es posible que el alcalde de derechas no esté al tanto de que hay gente que las está pasando putas y a las que le vendría muy bien que les echasen un capote con la comida de los churumbeles, el agobio de la hipoteca y otras minucias de los tiempos de crisis. O quizás es que no hay esa gente. Al fin y al cabo, en su mamandurria anterior debía de tener información privilegiada sobre esas cuestiones.

     Es lo que tiene una ciudad pequeña como ésta, que aquí solo pasan cosas de mentiras. 

    Sin duda, esa es la razón por la que el PSOE e IU no se han puesto de acuerdo. Porque esa gente y esos problemas no existen, así que, no habiendo cosas de las que ocuparse con urgencia en función de lo que dicen sus siglas, se han enzarzado en sus propias soberbias y sus propias incapacidades. O cobardías, como se quiera. Leo la explicación que da IU al portazo que le ha dado al PSOE y lo que dice es que el ayuntamiento no tiene dinero y que entonces ellos no se ponen. Que ellos solo gobiernan si hay parné. Leo lo que dice el PSOE y... bueno no leo nada porque las dos últimas entradas de su web son de junio de 2013 y marzo de 2015. ¿Para qué van a informar de algo, si son nada menos que ellos? 

     Cobardías, incapacidades, soberbias.

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Expectación y envidia

El mismo día en que en el faldón de los informativos escritos y hablados se dice que la cuarta parte de los españoles es pobre o casi y que la cifra sigue en aumento, en los titulares aparece Esperanza Aguirre diciendo que Podemos quiere cargarse el sistema. Lo que sorprende es que haya alguien que no quiera cambiar un sistema que genera tanta pobreza.
        El mismo día en que Villar Mir dice que la recuperación económica depende de que no gobierne Podemos, las noticias que llegan de Méjico nos acercan a la idea que este empresario tiene de lo que es la recuperación.
       Los partidarios de mantener las cosas como están se escandalizan de que Ada Colau contraponga una ciudad que da de comer a los niños con otra que no lo hace y emplea ese dinero para subvencionar a la Fórmula 1, carrera que reporta beneficios a Barcelona, pero cuyos beneficios, como ya quedado claro en el párrafo primero, no sirven para reducir la pobreza.
       La hecatombe que representa Carmena parece ser la paralización de los grandes proyectos urbanísticos y, por lo tanto, sus secuela de comisiones, salarios enormes para los directivos y pelotazos de todo tipo.
       La sociedad española debería estar expectante por conocer si tiene éxito el modelo de ciudad que parece poder gestarse en las dos grandes capitales del país (lo que significa si funcionará y, sobre todo, si podrá vencer las resistencias del poder económico que hará lo posible por evitarlo) y evaluar la posibilidad de trasplantarlo a todas las demás.
       Escribo esto desde una taifa y una ciudad que se encuentra entre las más pobres de España, donde cualquier índice que mida el desarrollo es bajísimo y donde (a lo mejor por eso) seguimos confiando en los artífices de nuestra continua derrota. Para llorar.

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No tan malo para el PP

Existen dos cuestiones a dilucidar. La primera, cuál es el alcance del cambio electoral que se ha producido en estas elecciones del 24 de mayo de 2015. La segunda, con estos datos qué puede pasar en las póximas elecciones generales.
     Sobre el primer asunto, está claro que la derecha ha ganado en número de votos y que la victoria de la izquierda depende de la alianza, en general, entre el PSOE y Podemos.
     Sobre el segundo asunto, con estos resultados el PP perdería la mayoría absoluta y el gobierno del país podría quedar en manos de la misma coalición PSOE-Podemos.
     Así las cosas, lo que tenemos en España no es tan diferente de lo que ha habido en el pasado, cuando la izquierda se dividía entre PSOE e IU.
     Pero hay tres cuestiones que complican el análisis.
     La primera, más bien previa, es que PSOE e IU nunca han gobernado juntos.
    La segunda, es lo que está dipuesto a hacer Podemos. Es posible que los dirigentes estén de acuerdo en llegar a pactos territoriales para evitar gobiernos populares, aunque lo ignoro. Pero en las manifestaciones del 15-M, las Marchas de la Dignidad y otros foros que, en general, han de identificarse con el germen de Podemos, PP y PSOE se consideraban como la misma opción política.
     Si los dirigentes quieren apoyar gobiernos del PSOE tendrán que contárselo muy bien a sus bases. Como mínimo, tendrán que detallar qué elementos de su programa aceptará el PSOE y, después, cruzar los dedos para que las bases estén de acuerdo con el acuerdo. En mi opinión, lo que está en juego es la supervivencia de Podemos como partido. La gente que ha puesto mucha ilusión en un cambio profundo no aceptará fácilmente que Podemos sea el monaguillo del PSOE.
     La tercera, la evolución del voto de aquí a diciembre/enero. Naturalmente, Rajoy convocará las elecciones lo más tarde posible para aprovechar, como ya dije en otro momento, el viento de cola del cambio de ciclo (generado más factores externos por el BCE y el precio del petróleo que por sus políticas). Si con muchos millones de personas en el paro o en la pobreza a pesar de estar trabajando, el PP ha obtenido votos para conseguir en unas elecciones generales cerca de ciento cincuenta escaños, tiene razones para el optimismo.
     A su favor tiene muchas cosas: la expectativa de la macro-economía siga mejorando, la aparente indulgencia de los votantes con la corrupción, el poco peso que parece tener en el electorado todo lo que no sea economía (ley mordaza, manipulación informativa, reforma educativa impuesta...) y el desgaste de la izquierda en función de lo que he mencionado más arriba.
     La izquierda, en cambio, tiene pocas cosas a favor. En realidad, solo tiene cinco o seis meses para hacer virguerías allí donde consiga el poder. En cambio, en su camino para conseguirlo tiene el germen de su posible derrota. O consigue que cale en una gran parte de la sociedad la ilusión por un nuevo frentepopulismo o el panorama del PP gobernando con los nacionalistas en 2016-2020 no me parece descabellado.

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Lo primero y principal

Cuenca es la capital de provincia de Castilla-La Mancha que menos habitantes ha ganado desde que existe la autonomía. Si hubiera crecido la media de lo que lo han hecho las otras capitales, su población sería un diez por ciento mayor. Naturalmente, si a ello le añadimos la población rururbana que la rodea (la gente que se reside en los municipios muy cercanos que las circundan pero que de, hecho, son habitantes de la capital), la diferencia es mayor.

Evidentemente, la falta de población es un síntoma de subdesarrollo y no hace falta decir que se alimenta a sí mismo; es decir, que las ciudades menos pobladas lo son cada vez menos, salvo que se haga algo para invertir la tendencia.

Es decir, salvo que se haga política.

Con el sistema actual, no parece fácil porque el poder será generoso con ochenta mil antes que con cincuenta mil, sea cual sea el dueño del poder. Puestos a razonar, supongo que será más difícil que lo hagan los liberales, porque en su carné de identidad está no hacerlo. Pero de los treinta y cuatro años que me sirven de marco de referencia, en treinta han gobernado los otros y la verdad es que parece que nos ha ido como si lo hubieran hecho los hunos. Perdón: los unos.

Podrá decírseme que este asunto no tiene por qué preocupar a los candidatos puesto que no está entre sus competencias y, sin embargo, se me ocurre que no hay otro más importante. Para empezar, porque ninguna otra instancia se va a ocupar de ello, según he demostrado. Por otro lado, a más habitantes, más impuestos y más recursos para ofrecer peatonalizaciones, despeatonalizaciones, centros deportivos, asfalto en las calles o subvenciones para el carnaval. Finalmente y, sobre todo, por pura supervivencia.

Cuenca será cada vez comparativamente más pequeña y sus ciudadanos mejor preparados emigrarán a otros sitios, de manera que de los que aquí se queden cabrá esperar menos recursos, menos iniciativa, menos empuje para revertir el proceso.

No sé si entre los candidatos que se presentan a la alcaldía, habrá alguno que le haya dado un par de vueltas a este asunto y tenga creatividad, capacidad de gestión y equipo de trabajo para resolver un problema que no podemos esperar que nadie más afronte. Me temo que si los que se presentan están más interesados en defender que sus jefes siempre llevan razón, me emplazo a ofrecerles dentro de cuatro años nuevos datos estadísticos sobre el lento hundimiento de esta aldea.

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El futuro está hecho de asfalto

      Es como si no hubiera pasado el tiempo. Como si no hubieran aprendido nada. Ya acaban de encargar el futuro en forma de la autovía entre Cuenca y Albacete. ¿Dónde está el estudio de viabilidad? ¿Dónde el cálculo del tráfico de vehículos que aconseja la inversión?  

     - ¿Cómo? ¿De qué está hablando usted, señor articulista? ¿A quién le importan esas bagatelas cuando de lo que hablamos es nada menos que del progreso. 

     Lo ha dicho Page: no se le puede negar el progreso a la gente. Y el progreso es tender kilómetros de carreteras de doble carril que darán servicio a unos  pocos centenares de coches cada día. A eso se le llama gobernar para la mayoría. ¡Ah, no! También para las minorías. Para los que quieran marcharse más deprisa a comprar en las rebajas de Albacete, vivir la noche manchega o ver partidos de fútbol de Segunda División. 

     Pensar que vertebrar el territorio consiste solo en construir vías de comunicación es no enterarse de nada. Si los de Albacete no tienen nada que hacer en Cuenca y pocos de Cuenca tienen algo que hacer en Albacete (no hay muchos de Cuenca con algo que hacer en niguna otra parte), no sé para qué hacer la autovía, salvo para mover el dinero. Y no vale aquello de que lo primero es estar bien comunicados y luego habremos de ver llegar el maná por las carreteras y los ferrocarriles. Tenemos una región con miles de kilómetros de autovías y está por demostrar de qué manera han contribuido al desarrollo general del territorio, una vez que quitamos el efecto inmediato de la mano de obra que se ha empleado en construirlos y el beneficio industrial de los muy liberales empresarios que viven del presupuesto público.

     Después de cuatro años en la oposición y siete en esta crisis pavorosa, uno esperaba de los aspirantes a mandatarios más imaginación: inversión en I+D, en el mundo del conocimiento, en la economía productiva, en nuevas formas de turismo, en rejuvenecer la población, reequilibrar el espacio. Pero no. Seguimos con lo mismo. Carretera y manta. O mantas haciendo carreteras.

     Y, mientras tanto, la casa sigue sin barrer.

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Susana, nos vemos en septiembre

    A eso se le llama salirle a uno el tiro por la culata. Me refiero a lo de Susana Díaz, que quiso adelantarse a las demás elecciones para escapar del humo y resulta que se ha visto metida en las brasas. Bien que se regodea la vicepresidenta ahora, que se toma la revancha, ¿sabes, bonita?, de que su pupilo, ese rival tan duro que le había salido, no le aguantase un asalto en las urnas.
    La heredera del califato no contaba o no se tomó del todo en serio las turbulencias del mapa político. Hace un año o dentro de otro año, las cosas hubiesen sido o serían mucho más fáciles. Pero en este momento nadie quiere llegar al 24 de mayo con el bagaje de haber permitido la constitución de un gobierno socialista en Andalucía. A quien se abstenga en la siguiente sesión de investidura, los demás partidos se lo harán pagar muy caro en la campaña. Los equipos demoscópicos de las siglas implicadas en el quilombo están midiendo cuántos escaños perderán si permiten que Susana Díaz gobierne, y les deben de salir bastantes. Y si no les salen muchos, a nadie le apetece pasarse quince días desmintiendo que no son amigos de la sociata sino tipos responsables que no quieren que la situación en Andalucía se estanque. A otro perro con ese hueso.
    Una vez que se escruten los resultados del 24 de mayo quedará algo más de una semana para convocar un último pleno de investiduara. Para entonces, los partidos que pueden permitir la formación de gobierno en la Bética habrán de evaluar si el cromo andaluz puede cambiarse por algún otro, aunque no sea de tanto postín, o si es mejor enrocarse en el no y dejarlo todo para septiembre, en unas nuevas elecciones, donde serán tachados de chantajistas e irresponsables y ellos harán gala de la integridad de sus principios. Más o menos.
    Yo apostaría a que nos vemos en septiembre.

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Susana Díaz y la tragedia griega

Para que la hija del rey pueda sentarse en el trono, el rey tiene que dejar el Senado: así lo piden sus enemigos. Y si el rey deja el Senado, la ciudad creerá a los que dicen que en el pasado delinquió. El rey tendría que poder dejar la poltrona y convencer a la ciudad de que siempre ha sido honrado. Pero esto no parece muy fácil porque los enemigos no comprenderán el sacrificio sino que cargarán sobre la honradez del rey, de la que se duda desde hace mucho tiempo. ¿Es legítimo que los enemigos pidan a la hija del rey que sacrifique a su padre para que le ciñan la corona? ¿Debe la hija del rey pedir a su padre que cargue con la vergüenza de haber sido un mal rey para que ella pueda reinar? ¿O debe repudiar al padre y obligarle a dejar el Sendo, lo que será como echarle a que se lo coman los lobos? ¿Debe, en fin, el padre, sacrificarse por su hija? Si el padre es inocente, ¿necesita un rey la aprobación de la ciudad o debería bastarle la tranquilidad de su conciencia? Y si es culpable de falta de honradez, ¿es lícito lo que hace cuando se niega a dejar el Senado y a la vez impide que su hija pueda sentarse en el trono?


     Realmente, lo de Andalucía puede presentarse como una tragedia griega, una de esas tramas en las que cualquier actuación supone elegir entre dos males.


     Pero poniéndonos menos estupendos, ¿alguien se explica por qué los septuagenarios de Chaves y Griñán siguen agarrados a sus asientos oficiales, en los que les quedan meses por estar y en los que no hacen nada que no puedan hacer otros, considerando, además, que en su honradez no cree absolutamente nadie digan lo que digan los jueces?

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Política de comunicación

Desde las elecciones andaluzas, los fontaneros del Partido Popular han decidido que tienen que comunicar mejor la enorme cantidad de cosas buenas que han hecho. La idea es que si han perdido no es porque hayan hecho méritos para que no se les vote sino porque no lo han contado bien. Detrás de esta Nueva Verdad que ya se aprestan a proclamar los centenares de periodistas palmeros del gobierno hay dos maldades: la primera, que somos tontos y no nos enteramos de cómo son las cosas de verdad; la segunda, que somos otra vez tontos, seres suspectibles de aceptar sin pestañear un buen lavado de cerebro.


A partir de ahora nos van a contar mil veces que la cosa económica va a mejor, como si no estuviéramos viendo que las grandes cifras se componen de pequeños contratos y que hay millones de personas que no pueden tener un proyecto de vida más allá de los tres meses en los que el jefe, si lo tiene a bien, le va a pagar lo que ha firmado.


Los entrevistables del partido reciben cada día por email las consignas que tienen que soltar ante los micrófonos, les pregunten lo que les pregunten. Me pregunto si el cambio de estrategia será dejar de mentir como bellacos diciendo que no se han reducido los presupuestos en Sanidad o bien explicar lo bueno que ha sido eso y cerrar plantas de hospital y llevar los pacientes a centros privados. También, si escucharemos dónde residen la ventajas de ser el país más desigual de Europa. Si se explicará las ventajas que a España le supone que el partido del gobierno pague sin IVA las facturas de sus chapuzas domésticas, rompa los ordenadores donde hay pruebas de sus chanchullos o se persone como acusación particular para defender a Bárcenas O lo extraordinariamente bien que le van a este país las retrógradas leyes del ministro de Interior, los negocios del ministro de la Guerra o las amenazas del ministro de Justicia y Separación de Poderes.


La economía es muy importante. Y sobre todo estando las cosas como están. Pero hay muchas otras razones para no votar al Partido Popular, plagado de liberales que no han dejado de cobrar del presupuesto público, permitir que los amigos se enriquezcan del mismo sitio y redactar leyes capaces de restringir cualquier cosa que no deba restringirse. 

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La sinécdoque del Tribunal Supremo

Conducir sin carné a mil hora por el centro de la ciudad, atropellar a un peatón y salir corriendo, tres años de cárcel; conducir borracho y matar a otro conductor, dos años y medio; colaborar al saqueo del ayuntamiento de Marbella, dos años; pintar la gabardina de una diputada, tres años de cárcel.
     Demagogia, ya lo sé.
     Pero injusticia, también. Aunque lo hayan dicho los jueces. La justicia no es lo que dictan los jueces sino aquello que permite que una agregación de personas sea una sociedad y no el foso de los monos de un zoo. Lo ideal sería que ambas cosas coincidieran, pero no siempre es así.
     El Tribunal Supremo ha decidido que la gabardina de una parlamentaria vale más que la vida de un conductor embestido por un torero famoso. Claro, que para disfrazar el disparate confunde la realidad con una sinécdoque y dice que un diputado es una institución, y así convierte el manchurrón de la gabardina en un atentado contra la sociedad entera, aunque bien podría decirse que lo que realmente era una ataque contra la sociedad era lo que iban a votar los diputados.
     El Tribunal Supremo vuelve a decir que los diputados son ciudadanos de diferente pasta/casta que los demás, a pesar de que una democracia se caracteriza justamente por lo contrario.
     No me cabe la menor duda de que los jueces que han dictado esa sentencia se consideran a sí mismos instituciones y en lugar de emitir un fallo justo han perpetrado un crimen en defensa propia.
     Esto no acredita la inexistencia de la separación de poderes sino la ósmosis que se produce entre ellos. Por eso los gobiernos ni se inmutan cuando los parlamentarios (que no son instituciones porque ellas no cobran salarios) hacen trampas diciendo que se bajan el sueldo o cuando aprueban recortes para todos los funcionarios menos para ellos mismos (las instituciones no tienen derechos que puedan recortarse) o cuando se niegan a bajarse de la alfombra de Aladino.
     Más demagogia, ya lo sé. Pero esto es lo que hoy da de sí el país.

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El albañil del Estado Islámico

Estado Islámico, Nínive, esculturas, toros alados, terrorista, quieren borrar una civilización
Imagen tomada de elpais.com

No se sabe nada del artesano que cinceló los toros alados de Senaquerib. Quién era, el tiempo que tardó en hacerlos, el salario que recibió a cambio. Ni siquiera qué suerte de satisfacción interna le iba embargando según daba forma a la piedra y la convertía en un ser bellamente monstruoso. Lo que no puede dudarse es que jamás pensó que lo que había salido de sus manos sería estudiado, valorado y admirado durante milenios: dejando a un lado que los asirios sabían aplicarse en la destrucción del enemigo, a él le habría podido el vértigo del tiempo y quiero pensar que habría considerado desmedido un reconocimiento tan prolongado. Al fin y al cabo, él solo era una suerte de esclavo al servicio del emperador. La gloria pertenece a Dios, no a sus instrumentos.
          Tampoco sabemos gran cosa del albañil que destroza con una radial el rostro de uno de esos toros, aunque podemos llegar a conocerlo todo: cómo se llama, de dónde procede, a qué se dedica cuando deja de destruir.  Desde la distancia que nos separa de él, sabemos que no gana mucho dinero porque el Estado Islámico paga a sus combatienes más con fe que con monedas, lo que, de una forma extraña, es fácil que le una con quien talló la piedra en la noche de los tiempos.

          Lo que también alcanzamos a comprender es que el vídeo y las fotografías que exhibe su organización son contradictorias en sí mismas porque cuando muestran su eficacia destructiva lo están convirtiendo en un icono de su mensaje, lo elevan de albañil al hacedor de la obra de Dios. En el nombre de Dios, la gloria le pertenece a él, que es el instrumento.

             Es fácil que su mujer, sus hijos, los que lo quieren, guarden esa fotografía en un pequeño altar privado y secreto, bajo el hule que protege un vasar, pongamos por caso. Aunque también puede ocurrir que un día su hijo mayor, muy ortodoxo, decida sacarla de su escondite, ponerla sobre una tabla de la cocina y borrarle la cara a golpes con la mano del almirez.

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Las grullas

A finales de enero pasé un día entero viendo el devenir diario de unas grullas. Lo cierto es que no hicieron otra cosa que comer sin pausa la cebada que encontraban en el suelo. Las vi comer cada minuto de las once horas que pasé junto a ellas hasta que la cara de etólogo aficionado se me transmutó en otra de tipo profundamente aburrido. Lo único reseñable que hacían eran conatos de pelea entre dos machos que durante un instante entrechocaban sus picos. Después, uno de ellos levantaba ufano la cabeza hacia el cielo y emitía un graznido de victoria durante unos pocos segundos, al final de los cuales volvía a buscar granos de cebada entre la tierra, como si nunca hubiera habido una pelea. Claro, que a veces eran los dos animales contendientes los que se proclamaban vencedores sin que eso diera lugar a más confrontaciones. Traté de buscar alguna analogía entre ese comportamiento tontorrón y algún otro, propio de humanos, pero desistí porque ninguno me hubiera parecido demasiado estético.
    Esta mañana, en fin, mientras leía el periódico soleándome con los primeros rayos primaverales, un estrépito de graznidos me ha interrumpido. He mirado hacia el cielo y he visto llegar desde el Sur una manda inmensa de estas aves, que marchaba poniendo rumbo hacia su lugar de veraneo, buscando el frío por aquello, digo yo, que tiene que haber de todo. Pero nada de una marcha ordenada, una de esas uves perfectas que nos cuentan los naturalistas y los dibujos animados. Más bien aquello era un tropel que se movía anárquicamente y que avanzaba a base de traspiés, de firmes decisiones y torpes arrepentimientos.
    Gracias a ese errático peregrinaje he podido disfrutar de su algarabía un buen rato aunque, como la otra vez, he renunciado a buscar analogías.

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Wert la vuelve a liar

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Manifestación contra los recortes educativos en Madrid, 2011

Andan los estudiantes universitarios revueltos por una reforma universitaria que no van a padecer, y andan los estudiantes de Secundaria ignorantes de la reforma que afectará a los que tienen aspiraciones y dejará fuera de los estudios superiores a muchos de ellos. Menos mal que existe la solidaridad intergeneracional y que a los jóvenes les queda  el idealismo suficiente para enfrentarse a un ministro con capacidad para cabrear a todos los colectivos que administra.


Seguramente, no le falta razón a Gomendio  cuando dice que hay demasiadas universidades que ofrecen las mismas titulaciones y que sería magnífico que ofreciesen una formación diversificada y especializada. El plan 3+2 obligaría a las universidades a lo que la reforma de Bolonia parece que no pudo conseguir. La idea no es condensar en cuatro o en tres años lo que antes se daba en cinco sino hacer otra cosa diferente. Ofrecer una formación superior básica (si puede superarse la contradicción) a todos los universitarios y ofrecer luego una especialización adecuada, que habría de ser más útil al estudiante cuando tratase de encontrar trabajo.


Pero la propia Gomendio descubre después que hay otro propósito, que es el de hacer que las universidades recuperen el papel de formación de las elites que ha perdido. Formación de los que son elites antes, quiero decir, no de quienes vayan a serlo después.  Y es que Gomendio subrayó que los másteres seguirán siendo más caros, mucho más, y no existe otra razón que la de disuadir a los estudiantes: Wert llegó a mencionar el crecimiento exponencial de los estudiantes universitarios como si fuese verdad.  La experiencia actual y los planes futuros garantizan que la inmensa mayoría de estos estudios no cuestan a la universidad ni un euro más. Los dan los mismos profesores y no se hacen cosas sustancialmente diferentes, lo que además tiene pinta de conducir a que la frase que he escrito entre «ofrecer una» y «encontrar trabajo» es papel mojado desde el principio.


Es decir, el plan del peor ministerio de Educación que hemos tenido en décadas en este país es, simplemente, ahondar en un país cada vez más desigual. Un ministerio que se  mimetiza bien con las directrices generales gobierno. Rajoy debe de estar la mar de contento con este ministro.

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Camino a Perdición

Tal como están haciendo las cosas, no parece fácil que el pesoe vaya a ir de Madrid al cielo. En realidad, ni siquiera puede asegurarse que vaya a llegar a algun sitio. Entre otras varias, la defenestración de Ferraz ha traído estas innovaciones.

Una.- Pedro Sánchez termina con el aforismo «el pueblo nunca se equivoca». De hecho, ha decidido que el pueblo puede ser un ignorante en materia de política. Vamos, que lo es. Que el pueblo es un zote.

Dos.- Los pardillos también gobiernan. Y salen a dar ruedas de prensa sin saber lo que dicen. En los tiempos de Guerra había algo de estalinista en el partido. Ahora es una institución mucho más amable. Para gestionarla no hacen falta ideas ni labia que oculte su ausencia. Es suficiente con ser un pardillo amigo del jefe, que a su vez también lo parece, aunque con un montón de mala leche..

Tres.- La palabra renovación cambia de sentido. Ahora puede uno renovar su vestuario poniéndose los pantalones de campana de su padre. En el pesoe la expresión «renovarse o morir» puede pasar a ser «renovarse para morir», Gabilondo mediante.

Cuatro.- La perversión de democracia. De la palabra democracia quiero decir. Cuando Simancas dice sin ponerse colorado que el sistema de designación de Gabilondo será democrático, uno se siente tentado de pensar que Simancas estaba mentando a la democracia orgánica.

Cinco.- Quítate tú que ya veremos a quién pongo. He citado a Gabilondo un par de veces. Sánchez tenía dos posibilidades. Una era «Tomás, quita de ahí que Gabilondo va a sacar más votos que tú; venga, va». Otra, «Tomás quita de ahí y ya veremos a quién pongo». Aunque esta última no habría quien se la creyese, Sánchez se ha empeñado en simular que era su postura. En parecer aún más pardillo.

Seis.- El ocaso de la sensatez. Uno tenía a Gabilondo por un tipo sensato. Tenía yo en un pedestal al único ministro de Educación que renunció a ponerle su apellido a una ley sin consenso. Ahora puedo considerarle un valiente que se mete en las colmenas sin guantes ni máscara o un insensato dispuesto a liderar las huestes de la derrota.

Siete.- La sombra alargada de Grey. Por lo del masoquismo lo digo. Como si no hubiera quedado claro lo que Sánchez quiere hacer, salen militanes postulándose como candidatos. A Zerolo y Valcarce les debe de gustar que los azoten.


Estrambote.- No me cabe duda de que los dirigentes del pesoe, por más nuevos que sean, saben que los partidos políticos no siempre tocan fondo para rebotar hacia arriba: hay veces que en el fondo hay tanto barro que los terminan desapareciendo. Los partidos políticos no son eternos.

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El contable

El contable es toda una figura de la novela y el cine negro. Su figura raramente es principal pero raramente pasa desapercibida. Tim Robins, el contable de Cadena perpetua, es una excepción por su papel predominante en la trama pero mantiene el perfil de un tipo oscuro cuya principales virtudes son la contumacia, el orden y el cuidado exquisito por los números. En otras aventuras, el contable es todo eso, ordenado, contumaz y adorador de los números y de los libros de mayor, pero su figura palidece ante la osadía y el desenfreno criminal de los jefes, los mafiosos que organizan la vida y la muerte de la ciudades sin ley. O con su ley, la de los piratas. A veces ocurre que los policías tienen que recurrir al contable para destapar el entramado ilegal de la organización mafiosa. Es a él a quien ponen cerco y a quien colocan en la tesitura de acusar a sus jefes o pasar un puñado de años en la cárcel, ese sitio donde los malos pueden sobrevivir pero de donde él, el contable de gafas de culo de vaso y espíritu débil, no saldría vivo en ninguno de los casos.

    Si la vida fuese una película, los diecinueve meses que ha pasado el contable en la cárcel, debería de ser tiempo suficiente para que que hubiese reflexionado y empezase ahora a tirar de la manta que dejaría con el culo al aire a Al Capone y toda su cuadrilla. Inda y del Pozo han sostenido durante mucho tiempo que Bárcenas, el contable, tiene pruebas para convertir en cenizas al PP. Y que mientras estuviera en la cárcdel no podría acceder a la documentación que lo probaba, pero que como saliese se iban a enterar en Génova.

    O sea, que si El Mundo lleva razón, las cosas pueden pasar como en las películas. Admito que estoy deseando que eso ocurra. No porque me caiga mal la derecha, y tampoco porque tenga un gran sentido de la justicia, que seguro que sí lo tengo, sino porque en las películas, cuando pillan a los malos, los ocultan bajo el ala del sombrero o solo nos ponen un instante su rostro de desolación, y no nos dan tiempo a disfrutar de su derrota.

    Por eso y porque debe de ser la leche de divertido. Vamos, más aún. La auténtica releche: alcanzar de una vez el máximo del esperpento.

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Chicas y rivales

La alumna empezó el curso exponiendo su idea sobre el mundo con un manifiesto lapidario. Lo hizo el primer día de clase y en voz alta, para que nadie se llamase a engaño en los días, semanas y meses que quedaban por delante. El manifiesto tenía solo diez palabras: todas las chicas me caen mal porque son mis rivales.

     Como soy un varón, durante mis primeros años de vida ignoré esa versión del mundo y creo que si llegué a conocerla fue precisamente por mi profesión, ya que me topé con ella hace treinta años, cuando dediqué algunos meses a descubrir de qué forma la escuela es un escenario más donde se desarrolla el machismo. Ya entonces no me cupo duda de que la idea no era reciente sino que llevaba instalada en el corazón de muchas mujeres muchas veces treinta años, a pesar de lo cual, según me alejé del problema (una vez analizado, comprendido y sugerido cómo salvarlo), lo di por resuelto. Optimista, pero sobre todo cándido, me pareció entonces que en esta cuestión el cambio social era tan rápido que el machismo sería barrido como un castillo de arena por el golpe de una ola.

     Sin ganas para profundizar de nuevo en este asunto, me permito sospechar que el manifiesto de la alumna no es algo residual, una astilla clavada en ciertos ambientes depauperados social y culturalmente, sino una prueba de la persistencia de esta suerte de maldad. De hecho, explica fenómenos como que la nueva mensajería instantánea se esté utilizando como una forma de control mucho más férreo del chico sobre la chica; que sean muchas -pero muchas- las chicas que son objeto de violencia por parte de sus prematuras parejas y, por lo tanto, elevado a mayores, explica una parte de esas estadísticas que se nos sirven cada vez que un hombre mata a una mujer.

     Me pregunto en qué medida es también una prueba de la inutilidad de esas políticas educativas que dan por hecho que todos los problemas de la sociedad adulta se solucionan convirtiendo a las aulas en un quirófano que extirpa las enfermedades de la gran grey como si fuesen apéndices infectadas. Ahora la hemos cogido con la economía, y este nuestro gobierno de liberales (que mayoritariamente no han hecho otra cosa que cobrar sueldos del presupuesto) está convencido de estar creando generaciones de empresarios gracias a una asignatura que parece que enseña cómo se hace eso...

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Hepatitis

Admito que la fotografía tiene algo de electoralista. Según se van acercando las elecciones, Pablo Iglesias tiene que salir de las pantallas y bajar a la calle. Los florianos y  marhuendas podrán decir que el líder de Podemos se parece cada vez más a un candidato como cualquier otro. Rajoy se fotografió a la puerta de una oficina del INEM -aunque sin acercarse a ningún parado, no se sabe si por higiene o por otra razón- y ahora Iglesias lo hace con los enfermos de hepatitis C.

      Bien.

     Sin embargo, esta misma mañana he escuchado a alguien decir que Podemos es el partido de la esperanza. Alguien que no tiene nada que ver con la política pero que, como cualquier español, de Rato para abajo, sabe que millones de personas las están pasando putas. No sabemos qué hará o qué podrá hacer Pablo Iglesias, pero no hace falta ser el más listo de la clase para salir a la calle a recoger la desafección de tanta gente. En cambio, hay que ser de los más tontos para dejarse robar la cartera de una manera tan simple. ¿Cómo se pueden regatear novecientos millones para salvar a cincuenta mil personas y tardar dos días en darle a Florentino los casi mil quinientos que costó Castor para que ni él ni sus socios perdieran un céntimo? Eso sin hablar de los bocados que se llevaran las concesionarias de las aznarautovías y, por supuesto, sin pasar a mayores descalabros financieros que hemos tapado de inmediato para evitar no se sabe qué colapsos.

     Aunque ahora los gobernantes y, sobre todo, los voceros que se buscan entre contertulios y otros creadores de opinión, tratan de darnos clases de Economía para decirnos que las cosas van como tienen que ir y que debemos votar a los de siempre para evitar la catástrofe, los gobernantes y los contertulios deberían comprender que hay millones de personas viviendo en la catástrofe desde hace tiempo.

     Para ellos, peor no pueden ir las cosas.

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¿De qué página a qué página?

El artículo de prensa acerca al público en general información sobre los nuevos usos que internet debe traer a las escuelas. Los expertos dicen que pasamos tres meses al año conectados a la red y que, en consecuencia, el estudiante debe desarrollar la capacidad de encontrar y compartir información. Aún más, la escuela, se dice, no desaparecerá por su papel de custodio de los más pequeños, no porque sea realmente necesaria para transmitir información.

 

El profesor somete el artículo a consideración de sus alumnos, que son de los buenos, de los que mayoritariamente quieren ser universitarios, y les lanza preguntas sobre si esos investigadores son de este mundo o sus datos y su experiencia los traen de Marte. Les pregunta si están de acuerdo en que la clase sea el lugar donde se dé forma a los conocimientos que pueden adquirirse en múltiples fuentes: los programas de meteorología, documentales sobre medio ambiente, noticias de prensa o televisión sobre demografía... Por qué estudiar el concepto y la evolución de la población activa en la versión estática del libro en lugar de hacerlo aprovechando la información exhaustiva que se vuelca cada pocos meses al calor de los datos de la EPA... o consultando en directo la misma página estadística.

 

Los alumnos asisten satisfechos al interrogatorio por lo extemporáneo, la gracia con la que el profesor les hace preguntas inverosímiles y porque la clase tiene pinta de convertirse en una de esas sin contenido que memorizar. Seguramente solo por eso.

 

Cuando termina la clase, y puesto que en un par de semanas habrá examen de evaluación, ese alumno despierto que ha estado atento de principio a fin levanta la mano y pregunta:

 

- Profesor, para el examen, ¿de qué página a qué página entra?

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El beso

Los pasillos de los estudiantes de cursos superiores son algo más silenciosos que los de los pequeños. Cuando llega la hora de salir al recreo, en lugar de correr aceleradamente a ninguna parte pero siempre a voz en cuello, como hacen los principiantes, los veteranos desenfundan el móvil y se enzarzan en charlas sin cuento ni fin. Algunos conversan entre sí, pero siempre con la mitad de su cerebro porque, como es bien sabido, reservan la otra mitad para la gente que vive oculta en el teléfono

     Ese relativo silencio (incluso aunque se lo propongan, que no es el caso, un centenar de seres humanos no puede moverse sin hacer nada de ruido), ese relativo silencio, digo, es lo que permite que se oiga rara vez -pero que se oiga- un sonido como de sorbitón que diría mi abuela y de sorbición que dice el diccionario; el resultado de la fricción de dos materiales que se rozan absorbiéndose uno al otro; una especie de cucharada lenta y al mismo tiempo fugaz; un leve chasquido más bien blando, orgánico; un beso en los morros, vamos, que quizás debería de haber dicho desde el principio y dejarme de tonterías.

     Es difícil domeñar la curiosidad que se siente por identificar a los responsables de ese ruido peculiar e inconfundible, pero ha de hacerse para evitar ser acusado de mirón, de antigualla reaccionaria o de censor de costumbres falsamente impías. Quiero decir que cuando unos zánganos se buscan para despedirse hasta el corte siguiente y se dan un beso y luego otro y luego, ay-espera-no-te-vayas-todavía, otro más, y lo hacen al lado de uno mismo, sin darse cuenta de que están a punto de arrollarlo en su frenesí, a ese uno no le queda otra que esquivar el golpe, sonreír hacia dentro y un poco hacia afuera, cargarse de paternalismo y alegrarse de que las hormonas sigan produciendo escenas tan tiernas.

     Aunque a veces también le dan ganas de pararse en medio y pronosticarles que no se entusiasmen tanto, que las estadísticas dicen que antes de que acabe el curso de eso no quedará nada, que el amor es como ese árbol de Júpiter, en donde al principio todo son flores y enseguida todas se vuelven vainas. Y que lo dejen a uno caminar en paz, vamos...

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La ventana

A Gregorio Samsa, una vez convertido en insecto, le gustaba asomarse a la ventana de su habitación. Como a todos los insectos, al parecer, con excepción de las cucarachas, lo que descarta, por cierto, al más repugnante de los insectos como el objeto de la transformación del viajante de comercio. O como a los humanos, también. Lo de asomarse a la ventana, digo. Desde luego, a los alumnos les priva. Algo los empuja a sentarse al fondo de la clase, donde se ve y se oye peor lo que ocurre en la parte habitualmente profesoral, y al lado de las ventanas, donde también suelen ubicarse los radiadores de la calefacción. Puede que el calor sea una de las explicaciones, pero parece más convincente la necesidad de sentirse cerca del aire libre, como si fuesen presidiarios que añoraran la libertad de las calles y del espacio abierto. La ventana como un espacio de ensoñación, diríamos. Pero también cuenta que la ventana permite a los más inquietos jugar con las persianas y a todos los demás mirar quién entra, sale, va o viene en el patio o en la calle. Desde luego, queda descartado como argumento la preferencia de los que eligen sentarse junto a la luz, la luz misma, porque ver mejor el cuaderno o el libro no es una necesidad urgente; antes bien, claramente prescindible.

    Nada de todo esto es difícil de entender. Incluso resulta previsible. Mucho menos lo es la fuerza sobrehumana que ata a los alumnos a esa silla greogriosamsiana, si se me permite la estupidez. Con frecuencia, el calor del radiador, pegado a la mesa del estudiante, es difícilmente soportable y otras veces es el sol el que incide en los ojos de los estudiantes con una contumacia que hace difícil prestar atención a otra cosa que no sea protegerse de la agresión.

    No obstante, todavía está por ocurrir que un alumno acepte cambiar su insufrible posición junto a la ventana por otra en cualquier otro lugar de la clase donde no sude tinta o no tenga que apantallar la cara con una de sus manos para proteger la retina de una lesión irreversible.

    - Pero cámbiese de sitio, ¿no se da cuenta de que lo está pasando mal? -puede sugerir el profesor.

    - Es igual -contestará siempre el estudiante, chorreando sudor o rojo achicharrado el rostro, con la expresión impasible de quien ofrece su padecimiento a mayor gloria de la Gran Causa.

   

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El B2

Andan los profesores de la parte del país que conozco metidos en una vorágine sin precedentes y yo creo que sin demasiado sentido. Todo aquel que no está todavía en el destino que quiere o que sospecha que puede quedarse sin él (o sea, un porcentaje muy elevado que la administración no está dispuesta a reconocer, ni siquiera a medir o estimar) se ha puesto a aprender Inglés. Se sabe en unos casos y se sospecha en otros que quien tenga un papel que diga que el susodicho maneja el idioma con lo que, en el argot, se llama nivel de competencia B2, ascenderá montones de puestos en todas las listas habidas y por haber del escalafón docente.

     Por edad, quienes andan a vueltas con la gramática y la dicción inglesa son maestros o licenciados que estudiaron Inglés en la escuela y el instituto con el nivel de fracaso que se conoce a todas las generaciones de españoles hasta la presente. Pensar que quince, veinte o treinta años más tarde van a triunfar en esta tarea quienes no lo hicieron cuando sus cerebros eran más plásticos me parece ilusorio. Algunos podrán hacerlo, claro, pero en términos estadisticos lo considero un esfuerzo baldío. No obstante, Cospedal sigue empeñada en convertir el agua en vino y hacer que todos los profesores sean capaces de instruir en inglés, como si no fuera suficientemente difícil hacerlo en español. El tiempo demostrará que una cosa es gobernar y otra creer en milagros.

     Pero, mientras tanto, se está construyendo un tupido mercado de instituciones dispuestas a satisfacer la demanda. Las escuelas de idiomas, las universidades públicas -a distancia o presenciales-, universidades privadas, unidades docentes creadas ad hoc por la administración y otros centros de estudios y certificación se afanan por reclutar -gratis, por poco dinero o por una pasta gansa: de todo hay- profesores que emplean una parte variable de parte de sus tardes sin trabajo presencial en perseguir el saber, la utopía o el título; supongo que, sobre todo, el título.

     Lo que, según me dicen, en unos casos cuesta mucho esfuerzo; en otros, menos y en otros solamente cuesta dinero.

     Claro, que esto a Cospedal le importa un ardite porque eso no computa en las encuestas ni forma parte de los discursos.

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Hierba

La marihuana es el tótem del grupo. La mera escucha de la palabra provoca un cambio de actitud solo comparable al que experimenta la tribu en presencia de la divinidad, al de las fans cuando se acerca el ídolo pop. Los miembros del grupo son expertos en su cultivo, preparación y venta. Unos han tenido plantaciones y los otros saben cómo se hace. Conocen las propiedades de la planta, cómo acelerar su crecimiento. Los relatos en torno a la especie van desde la comparación de quién ha visto la más grande o el bosquecillo más tupido hasta la hazaña del que ha transportado algunas plántulas o un ejemplar que ocupaba todo el coche, desde el parabrisas hasta el portón trasero. También saben cómo se convierte la rosa en el residuo alucinógeno, la cantidad que sale de cada una, lo que puede obtenerse en una venta. Todos están actualizados en materia de mercado. Los precios y las calidades, los puntos de venta. Hacen cálculos de rentabilidades, lo que les costaron unas semillas y lo que obtuvieron cuando vendieron el producto. No parece el negocio del siglo, pero negocio es a su escala, la de adolescentes todavía interesados en los cambios shimano de la bicicleta. Nadie admite consumir sin control, aunque a media mañana se adivina en algunas miradas. Todos, no obstante, admiten que lo han probado. En el pasado, eso sí, la consumieron en el pasado. Como si tuvieran décadas de pasado. Les fascina (o fascinaba) la sensación que se logra cuando se aspira el humo. La quietud. La felicidad. Flotar en el aire. Dejar de ser uno mismo. El flower-power pero sin poesía ni romanticismo. Bueno, digamos mejor que son los posos de todo aquello aspirados en el recibidor de la marginalidad. Y en el patio del recreo.


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La lección

Casi siempre da resultado poner a la nación encima de la mesa. Cuando hablo de «dar resultado» me refiero a que muchos estudiantes sienten que tienen algo que decir. No todos, claro, porque los hay que todavía flotan en el líquido amniótico en el que sobrevivieron nueve meses y no consideran necesario hacer cambios, diecitantos años después.


Pero entre los demás, suele nacer con facilidad el debate, aunque el sentimiento de pertenencia es más bien difuso. Bueno, quizás precisamente por eso. No hay unanimidad. En todo grupo, los hay conformes con ser españoles e incluso se identifica un subgrupo que admite la obligación de, llegado el caso, defender el territorio. Claro, que el subgrupo es muy reducido porque una cosa es ser de aquí y otra lejanísima ponerse en riesgo de que lo maten a uno por tal cosa. Otra minoría contempla a la nación desde fuera. Es una construcción que no les interesa mucho. Subrayan el mero accidente de haber nacido en esta o en otra. Los hay -creo que son la mayoría o, al menos, la minoría mayoritaria- que están adscritos al escepticismo un poco apátrida de quienes han sido educados tibiamente en las bondades de la propia nación y en la crítica ácida a sus defectos.


En general, los chicos miran con extrañeza el chauvinismo francés o el nacionalismo exhibicionista de los yanquis. Tienen alguna sospecha de cuál es la fecha de la fiesta nacional y alguna hipótesis vaga de qué representa. Por supuesto, no conocen el territorio, lo que lleva a una paradoja peculiar entre los de corazón patrio, ya que aman un concepto con la misma fuerza que rechazan saber en qué consiste: la Geografía, que la estudien otros. 


La alumna tiene razón cuando dice que la disputa de banderas rojigualda y tricolor, que ha visto en la televisión, tiene que ver con que pasamos una guerra y, como añade alguien, con que los que ganaron prolongaron el recochineo de haber sido los mas fuertes durante casi cuarenta años. Franco sigue teniendo la culpa de muchas de las cosas importantes -malas todas- que pasan en nuestro país. Que el infierno  se lo demande.


En fin. Han salido de nuestras aulas muchas generaciones de españoles moderamente satisfechos de serlo. No como en otros lugares, de donde salen ferozmente orgullosos de ser hijos de su patria. Es posible que, sin que los ministros lo hayan querido, sean generaciones cosmopolitas, casi ácratas, ya que, si lo miramos bien, casi han renunciado al rey, a la patria y a Dios.

Por fin hemos encontrado un motivo para la esperanza. Eso o bien están aferrados al sálvese quien pueda.

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Se acabó la Historia

Con mayúscula. Se acabó la Historia. Durante un tiempo me he dedicado a intentar entender lo que pasa en Cataluña en clave histórica. Que si el origen del nacionalismo, que si obrerismo de izquierdas y nacionalismo de derechas, que si las tergiversaciones de los nacionalistas sobre el pasado y tal y cual.

    Pero se acabó. Nada de eso vale. Las estadísticas dicen que en 2010 los catalanes partidarios de la indepedencia eran algo más del 10% y en 2014 son en torno al 40% (promedio de las cifras del CIS y el instituto oficial de la Generalitat). Esto quiere decir que el independentista no es un sentimiento largamente arraigado entre los catalanes, una corriente telúrica que mueva inconscientemente el espíritu de los ciudadanos al norte del Ebro, sino una posición política que han azuzado con especial éxito los políticos en ejercicio estos últimos años.

    Por un lado, y en primer lugar, la crisis. Mas y Junqueras, pero no solo ellos, han decidido que la crisis ha llegado a Cataluña por culpa de España. Han conseguido convencer a los catalanes de que Cataluña podría haber sido una Arcadia feliz de no haber tenido que cargar con el muerto de la incompetencia del gobierno central y el resto de la subsididada sociedad española.

    Lo que en el conjunto de España era la crisis, en Cataluña era España. Así lo han querido ver los políticos catalanistas y a eso han jugado los no catalanistas, si es que queda alguno. E incluso los que pasan por tales, como la peculiarmente torpe Sánchez-Camacho, ha sido incapaz de orientar el debate en otro sentido.

    Por otro lado, el gobierno central, que ha gestionado este asunto con la misma incompetencia que todos los demás. Es cierto que ceder al «cupo catalán», la nueva demanda económica de Mas, se habría entendido como una claudicación del poder central, que habría sido mal digerido en el resto de las comunidades y que habría mantenido la sensación de que el Estado es un rehén de Cataluña presente en el ánimo del resto de españoles al menos desde que Aznar hiciese la primera cesión del IVA a Cataluña.

    Pero la manera en que el gobierno catalán ha gestionado el asunto muestra cuán fácil resulta manejar la opinión pública. El crecimiento de Podemos o el cambio de percepción que ha tenido la ciudadanía con respecto a la monarquía apenas visto y escuchado el nuevo rey son otras tantas pruebas de que la opinión pública puede cambiar con bastante rapidez y, por lo tanto, ponen a Rajoy en ridículo por cómo ha dejado que el asunto se le fuera de las manos. Entre no ceder de plano a las exigencias de Mas y decir que no puede moverse nada porque todo está bien o no hay consenso para otra cosa, hay un mundo, el que separa el 12% del 40%.    

    Digo más. Después de escuhar esta mañana los informativos del gobierno y los afines, diciendo, entre otras cosas, que ayer votaron todos los independentistas y que todos los que no votaron no lo son (como cuando se decía que los que no se manifestaban en contra del gobierno estaban a favor de él), no me cabe duda de que el 40% será el 45% antes de Navidades.

   

Estrambote:

La jefatura del Estado, la revisión de la separación de poderes, el papel de los partidos políticos y la manera de acoplar definitivamente el tema territorial son cuatro razones para abrir en España un nuevo período constituyente al que no sé por qué se le tiene tanto miedo. ¿Porque los ciudadanos no somos capaces de entendernos o porque los políticos no son capaces de entenderse, salvo para cuando tocar robar?   

   

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Socialismo en retirada

El presidente del gobierno fancés ha dicho que habría que cambiarle el nombre a su partido para que dejara de llamarse socialista. La idea no ha sido bien acogida entre los veteranos líderes de la agrupación, pero, lanzada la idea, es cuestión de tiempo que se lleve a cabo. Habremos de verlo.

    En este momento, ni un solo dirigente de los partidos socialistas europeos es partidario de socializar ningún medio de producción (bancos, industrias...), así que no se sabe bien a qué viene utilizar ese apellido. Más que definir las metas a las que aspira la organización, la palabra socialista allí o aquí es solo una reminiscencia, un tributo al pasado, una vaga enseña para guiar el voto de cierta clientela, sin despreciar que también se utilice como señuelo en el que los votantes caen atrapados como los peces en el anzuelo que les engaña. El PSOE sigue utilizando la S y la O de esta manera un poco tramposa más que como horizonte. No es solo la renuncia a la socialización sino la renuncia a la igualación social, por decirlo en palabras gruesas. En los cien días de Pedro Sánchez le he oído prometer que retirará la reforma laboral si gobierna pero no le he oído un discurso de transformación global del país que le hiciese acreedor a la sombra que dejaría la S de socialista en un día neblinoso. Supongo que, a diferencia de Podemos, Sánchez ya se ha imbuido de la responsabilidad de Estado y sabe que el carril por el que podrá moverse, si tiene suerte, será muy estrecho, el que le dejen las instituciones de control económico internacional, las grandes multinacionales y la política general europea, que será de derechas otro largo invierno de cinco años.

    Pero que las circunstancias manden no es óbice para que Valls lleve razón. Si no se quiere o no se puede ser socialista, ¿para qué seguir utilizando el nombre? Conviértase el PSOE en PPE, Partido Progresista Español, o PCME, Partido de la Clase Media Española, y admítase que el obrerismo forma parte de la Historia de las Ideas Pasadas. No pasa nada. A lo mejor fue bonito mientras duró.


Estrambote:

    Hace unos meses, la Generalitat de Cataluña aprobó un decreto semejante a otras normas de países europeos por el cual las empresas eléctricas no podrían cortar el suministro energético durante el invierno a familias empobrecidas que no pueden pagar la factura (que abonaría, por cierto, el gobierno catalán). El gobierno de España, en un ataque de imaginación sobre cómo dar 70.000 votos más al soberanismo, ha impugnado el decreto porque invade sus competencias. El ministro de Energía ha corrido a decir que eso es populismo.

    Y a Felipe González, que gana un pastón aconsejando a uno de los patrones de la electricidad, no se le ha oído desautorizar al portavoz de todos ellos que ha dicho que lo de la pobreza energética es una idiotez . Eso sí, de vez en cuando sigue ilustrándonos a todos sobre lo que es ser de izquierdas.

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Emergencia nacional

Un buen puñado de voluntarios, gente que esta mañana ha dejado de hacer sus cosas para hacer las de otros, abordan a todos los clientes del supermercado cuando entran y cuando están comprando en la frutería, la carnicería o la charcutería. Te piden que pienses en si, mientras haces tu compras, puedes hacer la de otros, la de chiquillos que esta semana no podrán merendar porque la crisis se ha merendado los recursos de su familia. Para que no parezca el truco del tocomocho te dan una octavilla con las cosas que les vendría bien que comprases (galletas, leche, quesitos... esas cosas que meriendan los chicos) y para que recuerdes qué es lo que piden, no sea que se te ocurra comprar unas lonchas de jamón o unas rodajas de merluza fresca. Lo cierto es que algunos abarrotes del supermercado, como los de las galletas, están casi vacíos a las doce de la mañana y que los carros que los voluntarios disponen a la salida de la línea de cajas se llenan con rapidez. Por un momento, uno tiene la sensación de que estamos en una emergencia nacional. O en una guerra. Que el frente está en Cabrejas o en La Tordiga y que desde la retaguardia distraemos una parte de nuestro presupuesto para mandar provisiones a los soldados.

     Hay algo de emocionante en ese desfile unánime de ciudadanos que, tras aumentar voluntariamente la factura de su compra en este o aquel tanto por ciento, dejan el sobrecosto a beneficio de los chicos que llevan un tiempo con problemas en su merienda. Y es una pena que los ladrones que hoy están de moda, los que estuvieron hace poco y los políticos que los amparan no hayan estado esta mañana viéndolo. A lo mejor se les caía la cara de vergüenza. Aunque, a lo peor, también robaban los carros de Cruz Roja.

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Dictado

En medio de la barahúnda que se forma por cualquier cosa, el alumno relata a los compañeros que quieren oírle (y para que puedan tiene que hablar muy alto) que muchas tardes se va a ayudarle a su madre en el trabajo.

     La ayuda -digámoslo de una- consiste en limpiar portales.

   El mozarrón mide más de uno ochenta y no pesa menos de noventa kilos pero no se avergüenza de lo que hace. Diríase que al contrario. Por encima del contenido del trabajo está la reponsabilidad de la tarea. Casi parece un obrero del siglo XIX por la conciencia de clase que barniza sus palabras.

     Ayer le dio diez euros a su madre para que echara gasolina al coche. Por alguna razón, por lo menos puntualmente, él disponía de más efectivo que ella. En muchos otros institutos, los alumnos se ufanarían de que su padre les hubiera llenado la cartera para que ellos llenasen el depósito del buga. En esta clase, la puerta de entrada al mundo de los adultos es la inversa: el chico se envanece porque puede darle dinero a la madre.

     El chico explica que el padre lleva no sé cuánto tiempo sin pasar la pensión a su madre y la frase actúa de catalizador en el corrillo: de pronto se abre la competencia por batir el récord del tiempo que las madres logran bandeárselas sin la contribución del padre.

     En alguna especie de mundo feliz estos chicos se convierten en estudiantes gracias a nuestro trabajo y las leyes del gobierno que cumplimos, ven el otro lado de las cosas, se aplican, consiguen superar dos años de estudios no muy relevantes, luego acceden a su primer titulo académico y dos años después al segundo y otros dos años más tarde al tercero y al fin se convierten en grandes profesionales de su oficio, ciudadanos estupendos que departen de fútbol y política en el bar de la esquina.

     En alguna especie de mundo feliz, digo. En el que vivimos no sé lo que pasará.

     Cuando la clase retorna a ser una clase, el profesor piensa que su trabajo sirve sobre todo para que el límite de la subversión que los chicos imaginan sea lo que acaba de oírse, que si tienen que robar para comer, robarán. Piensa el profesor que otra subversión, como la que soñaban los obreros del siglo XIX, ni se la imaginan.

     - Dictado, ordena el maestro.

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Asuntillos sin importancia

Los nacionalistas catalanes reniegan de la Constitución como si fuera la madre de todas sus penas cuando ha sido, en realidad, la madrina de todas sus aspiraciones. La ley electoral ha permitido que a lo largo de toda la democracia tuvieran una representación en el parlamento nacional suficiente para haber entrado en casi todos los gobiernos. Nunca lo han hecho, respetando una estrategia que les permitía escapar a la contradicción del nacionalismo instalado en el gobierno central y al desgaste que conlleva cualquier gobierno, pero se han ofrecido repetidamente a hacer posible el gobierno, la gobernabilidad o la gobernanza (depende de la palabra que estuviese entonces de moda) de todo el país, lo que han hecho sin rubor con un gobierno y con el contrrario. Naturalmente, su colaboración tenía un precio, del que se nos informaba supongo que que solo en parte, y casi resulta tentador afirmar que cuando se ha llegado al límite de lo que puede obtenerse de un ejecutivo a través del apoyo parlamentario se ha dado el paso de reclamar la independencia. Seguramente no será así, porque, debajo de su habitual silencio, a Rajoy se le ve dispuesto a seguir aflojando la cartera cuando el subidón de la votación pase, pero es probable que, en general, la idea no sea muy descabellada.

     Lo cierto es que cabe plantearse si con una Constitución que no hubiese dado tanta importancia a sus votos, el nacionalismo hubiese evolucionado de la misma manera o a estas alturas estaría languideciendo. Como todas las ucronías, el asunto no tiene respuesta, pero es indudable que estamos en la antesala de un nuevo período constituyente y que el principal motor que está moviendo a la política del país en ese sentido es el tema del nacionalismo. No la jefatura del Estado. No la brecha social que, si sigue abriéndose, veremos qué cosa termina engulléndose. No la más que dudosa separación de poderes que explica en buena parte la desafección hacia el sistema que estamos viviendo.

      Sería de desear que los próximos «padres de la patria» tuviesen esto en cuenta para que nuestra nueva Constitución no repita el error (si es que aquello fue un error) y para que, de paso, resuelva todos esos otros grandes temas que, en días como hoy, parecen solo asuntillos sin importancia.

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Eso no lo ponía

Sería necesario investigar en qué momento de la escolaridad los alumnos reciben la consigna de que su papel fundamental como estudiantes es copiar en el cuaderno una información, se entienda o no. Mejor incluso si no se entiende porque eso prestigia la tarea. Al fin y al cabo, si uno ya sabe qué es lo que está copiando, ¿para qué va a hacerlo?

     Lo cierto es que si alguna vez la cosa tiene su gracia, mira qué letra más bonita tiene mi niña, la va perdiendo según ascendemos en las etapas educativas.

     La alumna que me ocupa hoy estaba citada a exponer en público el estado de la atmósfera del día anterior. Eso o analizar el nivel de erudición de las entrevistas de Sálvame: da igual el contenido concreto de la tarea. El meollo del asunto, el procedimiento, la capacidad o la competencia, según hablemos en argot LOGSE, LOE o PISA, era, primero, que la estudiante se entrenara en la escucha comprensiva de una información en un contexto no académico, y después, en la reelaboración personal con el fin, en tercer lugar, de comunicarla adecuadamente a un auditorio.

     Mas hete aquí, oh fatalidad, que cuando el profesor le pregunta por la baja presión en la costa mediterránea o la incorrección gramatical de Jesulín, la alumna mira el papel con relativa inquietud y responde con naturalidad que no lo sabe porque «eso no lo ponía». La expresión delata cuál ha sido su procedimiento de trabajo, contrario a las intenciones de los últimos ministros del ramo, y es que la alumna ha sustituido la engorrosa tarea de ver la información meteorólogica o el programa de variedades por la mucho más amigable de copiar de internet el pronóstico del tiempo o la crítica del programa.

     Su proceso madurativo se ha quedado donde estaba, para fastidio del ministro y de su vicario en la clase, que es el profesor, pero la expresión de estupor de la alumna no tiene que ver con el fracaso de la política educativa al que está contribuyendo sin quererlo, sino, más bien, con su incapacidad para entender la regañina del profesor: ¿por qué le recrimina haber hecho lo que lleva haciendo toda una vida? ¿Es que no es eso lo que debe hacerse?


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Toros, fiestas y maltratos (II)

La presión popular hacia el toro de la Vega hace que tenga los días contados. Todavia morirán unas decenas de animales de esa manera tan festiva. Pero antes o después la celebración decaerá lo suficiente como para que un gobierno decida prohibirla sin que el partido en la oposición diga que eso es un atentado a la moral, las buenas costumbres y la identidad de todo un pueblo. La cuestión es qué ocurrirá después. El calendario de festejos crueles incluye un repertorio de prácticas en las que los animales son utilizados para solaz de las multitudes (porque la multitud es consustancial a estos divertimentos, naturalmente) y en donde echo en falta alguna tradición bien conocida. O sea, que la lista crecerá.

     Entre las que se recogen en la web se encuentra la vaquilla, la fiesta que, el 21 de septiembre, se  ha convertido en la fiesta principal de Cuenca, en dura pugna con el Jueves Santo. Por lo tanto, cabe pensar que, acabados los tauricidios, los defensores de los animales se lanzarán sobre festejos como la vaquilla. Será entonces de ver la reacción de los que consideran una salvajada el toro de la Vega y abarrotan la Plaza Mayor de Cuenca cuando frisa el otoño. Pero no solo de ellos, sino de todos los conquenses. ¿Estarán preparados para ser señalados como los perpetradores de la siguiente animalada cometida contra los animales? ¿O se volverá sobre los ocho siglos de tradición, se argumentará que los animales no mueren y se asegurará que no es maltrato uncirlos con maromas y pasearlos durante horas por unas calles donde resbalan mientras son mareados y acosados por la multitud?

     ¿Qué ocurrirá? Ya digo que lo veremos.

     Seguro.

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Toros, fiestas y maltratos (I)

O cada vez son más los lugares donde la fiesta del pueblo se celebra corriendo detrás o delante de un toro o bien son los mismos pero cada vez tienen más predicamento entre los medios y el paisanaje. El encierro es a las fiestas lo que el perejil a las salsas. Está en todas. Particularmente, no termino de encontrarle el interés al festejo, pero allá cada uno con su forma de divertirse. Tampoco soy especialmente defensor de los derechos del animal. Tengo para mí que en esto somos como con el tema divino. Primero creamos a Dios y luego nos pasamos la vida preguntándonos si existe. Pues en este tema primero le damos los derechos al animal y luego discutimos si los tiene o no.

     En mi opinión, es solo una cuestión de sensibilidad. Hay hombres y mujeres que se lo pasan pipa torturando a un animal y otros a quienes esas escenas le desagradan. No se trata de matar o no a un bicho, porque todos matamos muchos a lo largo de nuestra vida, sino de cómo hacerlo: si dándole un zapatillazo a la mosca o apresándola y quitándole poco a poco cada una de sus seis patas. No diré que unas personas son superiores a otras, moral o éticamente, porque ese es un terreno altamente resbaladizo. Me conformo con relatar cómo, acostumbrado como estoy a ver tanta violencia ficticia, este año no pude sobreponerme a la escena en la que un joven hundia una lanza de acero en el costado de un toro ya muy vapuleado por el puro placer de sentirse dueño de la vida y de la muerte, ni a la entrevista posterior en la que el valiente explicaba, como sino hubiera pasado nada, que «este año ha sido algo más difícil matarlo». O más fácil, no recuerdo lo que dijo.

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Iguales y desiguales

    Tengo para mí que el colmo de la indolencia de los alumnos es no esforzarse en aprender los nombres de los profesores. Ellos creen que es una costumbre inveterada pero, como tantas otras falsas tradiciones, no es verdad. En mis primeros tiempos como docente los alumnos me llamaban por mi nombre e incluso anteponían aquel mayestático «don» que sí que está en desuso y creo que nadie quiere para nada. No puedo precisar cuándo cambió la costumbre, aunque, desde luego, podría rastrearse en las biografías de los docentes veteranos, pero lo cierto es que hoy no es infrecuente que muchos alumnos terminen el curso sin conocer cómo se llaman sus profesores, algo inimaginable en los contextos no académicos en los que viven.

    Ayer por la mañana, el profesor informó de que quería ser llamado por su nombre, y el aula entera se convirtió en un clamor:

    - ¡Aprender el nombre! ¡Vaya fastidio!

    - ¿Y qué más da?

    - ¿Pues no eres el profesor?

    - Soy su profesor, y de la misma forma que yo hago el esfuerzo de aprender sus veintitantos nombres quiero que ustedes hagan el esfuerzo de aprender el mío. Por lo demás, igual que yo les trato de usted, quiero que ustedes me traten de usted.

    - ¡¿De usted?!

    - ¿Y eso cómo se hace? ¡¿Eh, usted?!

    - Yo no sé hacerlo

    - ¿Y por qué tengo que hacerlo?

    Media clase después de sofocados los escándalos, un alumno pregunta si pueden usarse los móviles y se le responde que las normas del centro lo impiden. Alguna vez se usará como recurso didáctico pero mientras tanto deberán permanecer apagados y guardados.

    - Y eso es para todos, ¿no? -reclaman, urgentes y broncas, dos o tres voces casi al unísono.

    - Claro... no entiendo -duda el profesor.

    Los alumnos señalan entonces que su teléfono reposa sobre la mesa y él lee en sus torvas miradas la desconfianza, la envidia, la sospecha de un trato desigual.

    El profesor, que sabe que un aula es un espacio de negociación, aclara que el teléfono es la herramienta con la que pasa lista y el sustituto del reloj de pulsera que no usa. Explicar antes que imponer. Mostrarse razonable antes que autoritario.

    Pero también entonces recuerda la mitad anterior de la clase y les escupe su diferente vara de medir. Ellos exigen la igualdad para que el profesor no tenga privilegios y evocan la desigualdad para mantener los suyos.

    «Váyanse a paseo», diríase que está a punto de decir, aunque, si le preguntasen, juraría que su expresión es solo la de quien no está seguro de haber sido entendido adecuadamente.

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Si hay que ir, se va

Además de para nada, los exámenes de septiembre suelen servir para el encuentro de viejos y viejas amigas. Gente que no se ha visto desde que finalizara el mes de junio o desde las pellas del mes de mayo, que también pasa. Chicos y chicas con casi todo pendiente se citan en la puerta del instituto, entran a clase para que conste que han ido, escriben el nombre y salen corriendo otra vez a la puerta del instituto, donde continúan la charla que había interrumpido la inminencia del examen extraordinario. Si el sistema dice que deben acudir al centro, van, que no se diga, pero que nadie espere que, además, demuestren saber algo, porque ni es el caso ni ha llegado a ocurrírseles.

     Estos primeros días de septiembre, la puerta del centro se llena de gentecilla vivaracha, cigarrillos de liar, anecdotarios del verano, planes para desidias nuevas y el repaso a los profesores, especialmente los de peor fario, según cabe suponer.

     Hablando de ellos, la peor experiencia que puede tenerse es la que proporciona ese tontolaba que no autoriza a los rapaces a abandonar tan pronto el campo de juego, sino que, como si el examen fuese uno del mes de marzo, les obliga a permanecer en la silla, en silencio, durante el tiempo establecido. Los rostros de los chiquillos pasan de la sonrisa algo cínica al desconcierto, de aquí a la incredulidad y de aquí al cabreo absoluto.

    - ¿Cuándo podremos salir? -pregunta alguien.

    - Cuando terminen todos los compañeros.

   - ¡Pero si es que ese de ahí lleva ya casi una hora! -estalla, y en la ira con que se refiere al único compañero que todavía no ha terminado, manifiesta que lo lógico en estos casos es su propia indolencia y no lo que el resto del mundo cree.

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Un espectáculo fascinante

     Las últimas encuestas dicen que Podemos está a punto de comerse por los pies al PSOE después de triturar a Izquierda Unida. Los que aseguraban que el «efecto Pedro Sánchez» acercaban al PSOE a empatar con el PP habrán de rectificar el pronóstico. 

     Estamos ante un espectáculo fascinante. Si se mantiene la tendencia, no será Pedro Sánchez el que habrá de negociar con Pablo Iglesias la presidencia del gobierno sino al contrario. O sea, el PSOE tendrá que poner sus escaños al servicio de Podemos y no al contrario. Eso, si es que Pablo Iglesias no se convierte en el debelador del partido creado por alguien que se llamaba como él hace más de cien años y se alza con la mayoría de todas las mayorías.

     Habrá que verlo.

     Por mucho que desprecien al nuevo partido, los tradicionales están dando pasos en la dirección que marca Iglesias. De pronto, Gallardón propone suprimir uno de los privilegios de la clase/casta política, y Pedro Sánchez habla de una suerte de oposiciones a instituciones que hoy están en manos del juego político. Ninguna de esas propuestas habrían sido posibles sin el ascenso de Podemos y tengo para mí que de aquí a las elecciones escucharemos otras muchas que tratarán de quitar espacio a Podemos. 

     Tendremos que ver si la ciudadanía se cree la sinceridad de estas ideas o si las considera solamente una trampa para bobos. A finales del siglo XIX los monárquicos más avispados vieron la necesidad de hacerse liberales y renunciar al absolutismo para seguir gobernando las sociedades. Eso es lo que Lampedusa describía con la frase «hacer que todo cambie para que todo siga igual», y eso es lo que los ciudadanos habrán de evaluar cuando arrecie la lluvia de promesas electorales anti-Podemos. 

     De momento, hay millones de españoles atrapados en enormes problemas microeconómicos que no están dispuestos a entregarse a la melodía amable de las cifras macroeconómicas. Estamos jodidos, dicen, digan las estadísiticas lo que digan, y no nos sirven los viejos modelos para sacarnos de aquí. Izquierda Unida sigue sonando a estalinismo inoperante y el discurso de Pedro Sánchez está tan vacío como el de sus antecesores. El peso de la institución se ha apoderado de él de inmediato. Diríase que piensa que seguir siendo un buen chico es el mejor camino para llegar a la presidencia del gobierno, pero quizás no haya considerado que muchos españoles no quieren que el presidente sea un buen chico, sino alguien que esté de su lado, y no del lado de los de siempre.

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Cosificando a Podemos

Podemos en general y Pablo Iglesias en particular se están convirtiendo en el pejeril de todas las salsas. En casi todos los programas de las televisiones privadas o está Marhuenda o está él o están los dos. Los celos de la vicepresidenta del gobierno, entre otros políticos, por la cámara que chupa Iglesias sería digno de considerar si no mediaran dos puntos básicos. El primero, que Iglesias no sale en los informativos sino en los debates. No en el pan sino en el circo. El segundo, que quizás Iglesias corra el riesgo de convertirse, a los ojos del público, más en un personaje de televisión que en un político de verdad. El otro día la Sexta lo invitó a uno de sus programas por enésima vez y en el catálogo de preguntas (agotadas las que se le hacen siempre) empezaron a aflorar cuestiones personales que acercaban la entrevista a la que podía hacerse a Paquirrín. Terminado este bloque, la presentadora volvió a pasar la parte del debate que había mantenido con él uno o dos días antes Esperanza Aguirre y le invitó a replicarla de nuevo, en una idea digna de la más habitual telebasura.


Iglesias salió indemne de estas agresiones. Más aún: se negó a repetir lo que le había dicho a Aguirre y a continuación le pidió a la presentadora que lo dejara ir a trabajar, afeándole con elegancia una idea tan poco profesional.


No obstante, diríase que existe en esa cadena una cierta tentación de cosificarlo a él y a sus ideas para mantener su perfil de televisión contraria al gobierno, como existe en otras la costumbre de invitarlo para que los contertulios de la derecha se vayan a casa convencidos de que son estupendos, a pesar de todas las evidencias. Yo fui de los que no conocía a Pablo Iglesias cuando llegaron las elecciones europeas, pero a estas alturas ya le he oído repetir sus ideas algunas decenas de veces, de manera que, aunque esté de acuerdo con su mensaje, como lo estoy, empezaré a cambiar de cadena cuando lo vea aparecer en pantalla. Lo haré para escuchar alternativas que cotejar o que criticar, pero me da miedo pensar que habrá muchos que cambiarán de cadena cansados de ver siempre al mismo tipo diciendo las mismas cosas, convertido, como digo, en una suerte de animal televisivo que, como cualquier otro, se quemará y dejará de ser relevante.


Lo que, en mi opinión, sería muy malo para este país.

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Decathlon

La comidilla en todos los bares y paradas de autobús es la próxima apertura en la ciudad de una tienda Decathlon. Dicen que no será un decathlon-decathlon como el de los polígonos de Madrid sino una especie de tienda básica a medida de lo que los consumidores conquenses pueden gastar. En las conversaciones que he escuchado, la gente ha mostrado comprensión con los responsables de la multinacional por esta adaptación a la baja y, también, una razonable satisfacción: disponer de una esas tiendas es una manera de ponernos en el mundo. De hecho, buena parte de los grandes acontecimientos de la ciudad han tenido que ver con la instalación de comercios y firmas multinacionales, a despecho de que luego les hayamos traicionado yéndonos a las rebajas a Albacete. A falta de esa industria monumental que tanto nos merecemos y nadie nos quiere poner, confirmado que el ave-rtedero no ha traído a la ciudad ni un solo empadronamiento e incapaces de crecer a expensas de algo que no sea el presupuesto (en el mejor de los casos), el contento de mis paisanos por la llegada de la gran firma tiene un cierto tono patético. Somos la ciudad importante de la región que menos crece desde hace décadas (hasta que dejemos de serlo) y cada cierto tiempo escucho algo que lo testifica o lo explica. Ahora mismo, la radio dice que uno de los actos con los que se celebra al Greco juntó casi a cuarenta mil personas en Toledo. A la vez, se entiende. Mientras, Cuenca la turística bulle de entusiasmo porque Decathlon abrirá dentro de poco una minitienda.

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Las fiestas de los pueblos

Hace ya un tiempo me decía una compañera que cada vez se veía más lejos de los chicos a los que daba clase. Ellos siempre tienen catorce o quince años, pero tú no, y la distancia que te separa de ellos es cada vez mayor. Como si fueses montado en un barco que se aleja de la costa, cada vez distingues peor lo que queda en el continente: las personas, los edificios...Es verdad que esa distancia te permite ver mejor todo el panorama, y en eso debe de consistir lo que llamamos experiencia, pero en el día a día uno trabaja con las personas y no con la fotografía aérea del paisaje.


Puede pensarse que la distancia se revela, sobre todo, en gustos, valores, actitudes y cosas un poco evanescentes, pero se ve antes que en ningún sitio en los referentes más sólidos. En el campo de lo social es casi diario el choque que uno nota cuando trata de anclar ciertos conocimientos en alguna parte de la mente de los alumnos. Todo les cae igual de lejos: lo que pasó hace veinte años y lo que pasó hace veinte mil. Lo que para el profesor ocurrió ayer mismo, para los alumnos existió, si lo hizo, en la noche de los tiempos.


Y ahora vamos al caso. El alumno tenía que exponer a sus compañeros el universo musical de la segunda mitad del siglo XX. El profesor esperaba que cumpliese el encargo de relacionar la música con el protagonismo de la juventud en la sociedad durante las últimas décadas, los movimientos de masas, el sonido de fondo de algunas revoluciones estudiadas en las últimas semanas... Pero no. No ocurrió nada de eso. El alumno presentó aquello con la misma sensación de incordio que si se le hubiese encargado hablar sobre los merovingios. No entendía nada. No conocía a nadie. No le gustaba nada. Los cortes musicales que seleccionó los escuchaba con la misma pasión con la que escucha la sintonía del telediario y cuando introdujo el With or without you de U2 no pudo aguantar más y lanzó un comentario de fastidio: esta música es un rollo, es lo que tocan en las fiestas de los pueblos.


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Otra que ni siquiera pasa

Todas las mañanas, durante todo el curso, una chica me ha estado recibiendo sentada en el poyo que hay junto a la puerta del instituto. Bueno, naturalmente no me recibía a mí, pero tampoco a ninguna de las otras quinientas o seiscientas personas que pasábamos por delante de ella. En realidad, no recibía a nadie porque a su posición sedente se unía una expresión hierática, un rostro como de cera, sin movimiento alguno, una mirada ausente que lanzaba siempre a su izquierda y al infinito y que hacía regresar cada poco al móvil que sostenía entre sus manos y donde parecía transcurrir realmente el mundo. La chica escribía en el teléfono con una dedicación que no dejaba de sorprenderme, no tanto por su eficacia sino porque significaba que a la misma hora en otra parte, seguramente de la misma ciudad, existían uno o varios corresponsales con quien tenía cosas que compartir. Mientras consultaba el teléfono sostenía entre los dedos de una de sus manos el cigarro que formaba la última parte de la trinidad chica-teléfono-cigarro. A veces, daba una calada para esperar una respuesta, pero otras escribía sin retirar el cigarro de su posición o bien lo apartaba ligeramente con una de sus manos mientras consideraba gravemente lo que alguien acababa de decirle. La chica parecía habitar una burbuja. No miraba a nadie, no hablaba con nadie, no se saludaba con nadie. Parecía no ser de este mundo. Por supuesto, tampoco de este instituto. Meses atrás se matriculó en él, pero a nadie le constó que hubiese vuelto a pisar sus pasillos. Nunca la vi, pero siempre di por hecho que, desde la puerta, se marchaba hacia algún lugar que ignoro y que nadie volvía a saber de ella hasta el día siguiente, cuando madrugaba más que nadie para volver a sentarse, fumar y charlar a través del móvil con su expresión hiératica, grave y ausente.

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Uno que pasa

En los días de calor de la primavera algunas clases se dan con la puerta abierta, verdadero prodigio en una profesión en la que el valor simbólico de la puerta es mayor incluso que su utilidad real. Por el vano, desde lejos, casi se ve salir la voz de la profesora con esa textura de cueva que proporcionan las aulas de cualquier sitio y cualquier tiempo. Cuando llegas cerca de la puerta, ves al chico. Está sentado en una silla del fondo del aula. Bueno, desparramado. Está desparramado en una postura imposible para cualquier persona adulta. Sobre la mesa no hay nada. Ni libro, ni bolígrafo, ni papel. El chico mira hacia el  pasillo con neutralidad, sin rebeldía y sin esperanza de poder alcanzarlo, a pesar de que ningún impedimento físico le impide salir y correr y marcharse. La voz que llena la clase no suena para él. Su rostro dice que hace mucho tiempo que dejó de oírla. Seguramente, ni esa ni ninguna de las otras cinco que tratarán de mostrarle algún camino durante el resto del día. Su camino está en otro sitio, muy lejos de lo que pueda ocurrir en ese espacio. A los catorce años que debe de tener eso ya está escrito. Si permanece sentado en esa actitud, si le hacemos permanecer todavía un par de años más, no es por él sino por nosotros. Necesitamos que los chicos estén mucho tiempo dentro de las escuelas no porque sea la mejor garantía de que sepan más sino por la seguridad de que así serán más dóciles.

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Desmontando a podemos

Antes de la abdicación del rey, todos los analistas de la derecha, y algunos de la izquierda, llenaban páginas de prensa demonizando a Podemos. Las redes sociales y otros medios de la izquierda más a la izquierda banalizaban esos discursos y contaban por miles los votos a favor del nuevo partido que suponía cada una de esas críticas.

Lo cierto es que desmontar a Podemos, reducirlo a la nada, y hacerlo desde el poder, es muy sencillo. Aquí expongo algunas ideas.

    Campo 1.- El currelo.

    Primera. El Congreso aprueba una modificación de la reforma laboral que haga imposible que las empresas con beneficios reduzcan los sueldos y beneficios laborales y establece la necesidad de una auditoría imparcial que acredite, en su caso, la existencia de pérdidas.

    Campo 2.- Protección del ciudadano

    Segunda. Reforma constitucional que establezca la protección social del individuo como criterio básico de convivencia y considere la sanidad y la educación como campos de actuación preferente del sistema público.

    Tercera. El Congreso aprueba una ley según la cual las entidades financieras que siguen siéndolo gracias al dinero público que han recibido, cambian su función social de forma transitoria. Ésta deja de ser rendir beneficios a los accionistas y pasa a ser la promoción de la economía real y el sostenimiento de la cohesión social. Se prohibirán, por lo tanto, actuaciones como la especulación con la deuda pública y la ejecución de deshaucios.

    Campo 3.- Igualdad jurídica de los ciudadanos

    Cuarta. La fiscalía se desliga del gobierno, ya que es parte de un poder del Estado y no del Ejecutivo, y deja de actuar como defensor de infantas, ministros y otros secuaces. Lo hace, incluso, con carácter retroactivo para aquellos casos en los que les de tiempo a hacerlo sin incurrir ne ilegalidad.

    Quinta. El Congreso y todos los parlamentos autonómicos aprueban por la vía de urgencia una modificación de las normas que equipare a los diputados al resto de ciudadanos en materia de pensiones, complementos y aplicación de normas.

    Sexta. El Congreso aprueba una ley que altera la composición del Tribunal Supremo, de forma que la desliga de los partidos políticos. Por otra ley semejante, la composición del Tribunal Constitucional deja de ser un reflejo de la correlación de fuerzas parlamentarias y se muestra como una comisión de expertos constitucionalistas.

    Séptima. El Congreso aprueba el desaforamiento de todos los aforados y deja reducida esta excepción jurisdiccional al mínimo imprescindible: digamos, media docena de cargos. Transitoriamente se dota a la audiencias ordinarias de recursos para acelerar las investigaciones y juicios pendientes en los que estén implicados políticos en el ejercicio de su función.

    Campo 4.- Decencia de los políticos

    Octava. Las ejecutivas de los partidos expulsan de sus filas y cargos a todos los miembros que están imputados en algún delito e incorporan por la vía más rápida posible este principio de funcionamiento a sus estatutos. Naturalmente, si se demuestra después que son inocentes, serán readmitidos y, si el partido lo aprueba, podrán incluso tener un cierto «derecho preferente» a ser designados para puestos similares de los que fueron relevados.

    Novena. Los políticos que han ocupado puestos de relevancia en algún gobierno y que ahora forman parte de consejos de administración de grandes empresas dimiten de inmediato. Paralelamente, el Congreso aprueba una ley que hace imposible que este tipo de cosas vuelvan a suceder.


        Ninguna de estas medidas es más complicada que la última reforma constitucional perpetrada en las postrimerías de Zapatero. En el peor de los casos, podrían estar aprobadas y desarrolladas antes de final de año. Con seguridad, para las próximas elecciones, Podemos no tendría nada que hacer y los partidos volverían a hacer política, aquello que les era propio antes de la instalación de este Estado del mangoneo permanente. Si no es así, Podemos seguirá subiendo.

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El advenimiento de la III República o la teoría de los dos secretos

 

   Me gustaría estar tan seguro como parecen estarlo todos los portabanderas de la tricolor. En cada manifestación contra la política del gobierno, aparecen un buen puñado de banderas republicanas. Como si la cosa fuera así de sencilla: instaurada la república, se acabarán los recortes, el paro, las políticas limitadoras de los derechos, la evasión fiscal, la presión de los mercados financieros, el cáncer y la gonorrea. Será poner la república y convertirnos todos en más altos, más ricos y más rubios de un día para otro.

    En los primeros años de la democracia, el peluquero de abuelos ácratas que aquella tarde me cortaba el pelo amenazó con trasquilarme como a un ovejo si insistía yo, no ya en que podían existir republicanos de derechas, sino en que, de hecho, existieron. Hube de ceder, dejar la razón en la repisa del tocador y marcharme con el pelo decentemente arreglado. Comprendo perfectamente la identificación que se ha dado en este país entre la república y el pensamiento de izquierdas, pero no tiene sentido seguir manteniéndola. La cuestión, sin embargo, es por qué nadie de la derecha la demanda, como si en su genoma estuviera mantener la desigualdad jurídica como modelo social, aunque se aplique solo a un reducidísimo número de personas.

    Las energías que se están gastando en pedir una acción de gobierno para cambiar la forma del Estado no servirán para eso, como a nadie se le escapa, pero sí para amalgamar a los ganadores morales de las últimas elecciones y para que los defensores del poder constituido (los derrotados) se enroquen más en sus posiciones. Curiosamente, la abdicación del monarca está mandando a la derecha al partido socialista, ya veremos si no de una manera irreversible. Las palabras de Felipe González adquieren cada vez más sentido. La gran coalición que proponía no era -como creí en su momento- para salvaguardar la unidad del territorio sino para preservar la forma del Estado porque ahora no me cabe duda de que él estaba en los dos secretos: el de la abdicación prevista y en el de los sondeos electorales que nadie quiso hacer públicos para tratar de contener la marea que se avecinaba.

    Escucho en alguna tertulia televisiva que hay que empezar un proceso constituyente porque los hijos quieren una constitución distinta de la de sus padres y porque los tiempos que vivimos recuerdan a la transición. Lo primero me parece una gilipollez que no merece contestación. Lo segundo, la ocurrencia de alguien que no vivió la transición y a la que puede oponerse que lo de hoy se asemeja muy poco a ese entonces y mucho más a aquellos tiempos anteriores en los que los desheredados creían que la solución a sus males estaba en en cambiar el rey por un presidente. ¡Ilusos!

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Libertad sin ira

Empeñado en no hacer nada de importancia, no suelo asistir a las citas a las que debería asisitir. Es como si algo en mi interior hubiera decidido quitarme del medio, convencido de que hace tiempo que no tengo nada que aportar en parte alguna.

     El otro día hice una excepción y asistí a la presentación de un libro-disco de Ángel Corpa. Para quien no lo sepa, que supongo que serán muchos de los pocos que me leen, Corpa fue uno de los miembros de Jarcha, que, para quien no lo sepa, fue un grupo de música popular muy popular durante la transición, cuando se hacía política cantando y cuando tan progre era tratar de practicar el amor libre (aunque no se documentó ningún caso) como rescatar el folclore para que no se lo apropiaran las folclóricas filofranquistas.

     Dejando al margen los dos chavales que jamás habrían ido por su propio pie y sus padres, que los llevaron, todos los asistentes peinábamos canas o habían dejado de peinarse antes de que Jarcha se disolviese, y eso que ya hace. Corpa habló mucho de Neruda, que es el autor al que había puesto música en el libro que estaba presentando, pero no pudo resistir contar alguna del abuelo Cebolleta a los muchos abuelos Cebolleta que estábamos allí, todos conocidos -cosas de los pequeños burgos- por lo menos desde la transición. Cada evocación del pasado despertaba la sonrisa fácil, previsible, melancólica y blandengue de los que supongo que habíamos ido a eso, a que alguien nos contase quiénes fuimos.

     Después de Neruda, Corpa cantó a lo Carlos Cano y a lo Sabina, ese tipo que lleva décadas envenándome el alma. Y terminó, claro, como todos queríamos que terminase. Admito que la canción jamás me entusiasmó, y que aquello de «y si no la hay, sin duda la habrá», siempre me ha parecido que le quedaba como a un Santo Cristo unas pistolas, que decía mi padre.

     Pero Corpa se arrancó con la primera estrofa y aquello fue el revolucionarse de las almas, el empezar a acompasar las palmas al ritmo del canto a la libertad, el entonarlo con las gargantas desentrenadas y transidas por la emoción, el ponerse en pie y sentir el vello erizado, el sentir, hay que ser masoca para asistir a estos actos, si lo sé me quedo en casa, cómo la vida ya nos había pasado por encima...

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El pacto

Todo parece indicar que la idea de la gran coalición lanzada por Felipe González es la última gran propuesta para detener el independentismo catalán. Si los dos partidos grandes acuerdan un modelo para mantener la unidad del Estado seguramente, en Cataluña se hablaría de frentismo, de agravio descomunal, gran humillación, etcétera, pero desde Madrid se confiaría en que el mantenimiento del modelo pactado terminaría por hacer retroceder los entusiasmos separatistas, al menos con el tiempo.

     Sin embargo, hay muchas cosas de las que hablar. La primera, cuánto tiempo tardaría cualquiera de los dos partidos en introducir fisuras en el bloque con tal de ganar las siguientes elecciones. Sospecho que no mucho, considerando que, gracias a nuestro sistema electoral, los votos que se introducen en Cataluña valen cien veces más que los que se introducen en Castilla.

     La segunda, si el pacto por el Estado incluiría dejar de hacer el paripé con la política económica y admitir a dúo que la pobreza, el paro y la desigualdad social no están en el programa de quien manda sobre los gobiernos. Esto sería muy interesante porque establecería de una vez por todas qué cosa es el sistema y o bien haría que la población se entregase en masa a la resignación o bien abriría la puerta a opciones políticas verdaderamente alternativas y ya claramente antisistema... porque cualquier cosa lo sería.

     El asunto que más me preocupa es, sin embargo, otro. Confío en la capacidad del ppsoe para acordar un frente antiautonomista y desigualitario. Pero no me queda claro en qué términos se pactaría el recorte de libertades al que estamos asistiendo (aborto, seguridad ciiudadana, sanciones a quien protesta, etc.) y cuya remoción me parece parece que es lo máximo que podemos esperar del, ejem, centro-izquierda del país. ¿También se transigiría con eso? Aclárelo, señor González, aclárelo.

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Bipartidismo

Dicen las encuestas (por cierto, se publican tantas que me extraña no haber sido nunca eso que se llama muestra) que el bipartidismo volverá a ser la estrella de las próximas elecciones, después del abstencionismo, eso sí, que si contara para alguien, deslegitimaría a todos.

     Los partidos grandes (mejor esto que los «grandes partidos» y eso considerando que el PSOE parece haber encontrado el camino para hacer mutis por el foro) juegan con la derrota del desánimo, con que uno se desanima hasta de estar desanimado y, llegado el caso, votará por uno de ellos. Como decía el de aquel chiste, si no creo en mi dios, que es el de verdad, cómo voy creer en el suyo.

     Por otra parte, los partidos pequeños no tienen dinero para dejar de serlo y ya se sabe que sin dinero uno no puede ir ni a la vuelta de la esquina. Por fin, las redes sociales de momento no sirven para esto. Su utilidad principal parece ser retransmitir fotos y chorradas. Muy de lejos, sirven coyunturalmente para convocar a unos cuantos miles a hacer ruido, pero están a años luz de aglutinar en torno a un proyecto a centenares de miles de voluntades, no digo ya a los millones necesarios para ser una alternativa.

     O sea, que un desastre. El día 26 tendremos que aguantar en primera plana la sonrisa del triunfo de un líder que habrá ganado las elecciones por haber conseguido que siete de cada ocho votantes no le hayan votado y la sonrisa esperanzada del segundo, que habrá conseguido que le ignoren ocho de cada nueve.

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El retiro

El otro día asistimos a la última jubilación. Llevo vistas ya muchas y, como me temía que iba a ocurrir, hace algún tiempo que noto un vacío en el estómago que cada año es un poco más profundo. A los que se jubilan les está yendo bien. Me lo cuentan todos. Tienen salud, una pensión razonable y la cabeza llena de proyectos, algo que es tan importante como lo demás. No obstante, ya no forman parte del paisaje humano del centro.

     Los profesores jóvenes asisten a los actos con la cortés indiferencia con que yo mismo asistí a las primeros retiros. Los alumnos se rigen por el principio monárquico de a rey muerto, rey puesto. Ayer se despidió Juan y hoy reciben a Lucía. Lo que le piden es que tenga un trato amable, explique las lecciones de la forma menos aburrida posible y, sobre todo, que los apruebe. Nunca he creído en la vocación ni en la mística del enseñante que deja huella en los estudiantes. A los que se han jubilado les queda, en el mejor de los casos, dos ratos para seguir siendo recuerdo. Después, nada. Lo que nos pasará a los demás.

     Pensaba escribir todo esto hace unos meses, con las jubilaciones penúltimas. Pero me he lanzado a hacerlo hoy, minutos después de leer la columna de Leila Guerrero en El País. Aunque siento una envidia feroz por la bella construcción de su discurso, me complace comprobar que ella y yo, hoy, hablamos de lo mismo.

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Imitaciones

En el campo de juego hay un jugador que destaca. Siempre pasa. Los demás se conforman con darle una patada al balón o salir de un regate. Para ellos, el juego empieza cuando tocan la bola y termina cuando la sueltan. A partir de entonces corren de acá para allá confiando en que pueda entrar de nuevo en contacto con la pelota, pero sin estar seguros de cuándo y por qué habrá de suceder eso. El otro, el bueno, el que entiende el juego, está concentrado en el partido. Durante los pocos minutos que dura, no existe otra cosa en su mente. No es casualidad que siempre esté donde cae el balón. No es que tenga imán. Es que sabe de qué va esto. En realidad, es el único que juega. Pierde la posesión porque es imposible que no lo haga, pero es capaz de cogerlo en su portería y manejarlo hasta la contraria con enorme rapidez y un variado repertorio de recursos técnicos. De hecho, eso es lo que hace cuando marca el único gol del partido. Después, cuando vuelve al centro del campo, no lo hace festejándolo como si lo hubiera marcado con su equipo, ese en el que, con toda seguridad, juega, porque sabe que este partido es solo una pachanga, pero no puede evitar un rictus de evidente satisfacción. No salta, no gesticula, pero por un momento se deja llevar por el mismo sentimiento de gloria que embarga a los futbolistas profesionales.

      Hay otro momento en el que el joven actúa con la misma inercia de los grandes astros. La jugada ha ocurrido muy cerca de la banda, justo frente a mí. Un rival le ha arrebatado el balón y él se ha sentido humillado. Un acceso de rabia le ha recorrido entero. Y entonces ha echado para atrás la pierna derecha y la ha lanzado sobre el tobillo del contrario. Ha estado a punto de ser una patada alevosa. A un metro escaso de la jugada, yo siempre he estado seguro de que la agresión se quedaría en conato, pero el chaval, a sus catorce o quince años, ha repetido una acción que ha visto hacer a sus ídolos decenas de veces.

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Fútbol

La primera vez que vi a miles de personas esperando la llegada de su equipo al estadio me pareció una salida de tono. El autobús circulaba despacio para que pudiese ser aclamado durante más tiempo y le proporcionaban escolta un montón de policías que me parecían innecesarios dado que todos los manifestantes eran seguidores del mismo equip. El desfile de la victoria después de cualquier guerra no tendría menos emoción.

     No sé si vi el primero de esos desfiles, pero desde entonces se repiten con una frecuencia que no creo que guarde relación con la importancia de los partidos, suponiendo que aquel primero la tuviese. Me permito considerarla una nueva moda que dentro de nada se considerará toda una tradición, una más que añadir a los baños colectivos en la plaza de cualquier pueblo después de cada pequeña hazaña o a la existencia de un grupo de radicales a los que las directivas les permiten cualquier cosa porque son el pan y la sal de cada domingo, se juegue en casa o fuera, aunque sean, en su paroxismo por la defensa de los colores, el vivero de todo tipo de violencias.

     Los gritos racistas que ningún gesto ni ningún anuncio van a parar y el hecho increíble y supongo que completamente ilegal que vimos el otro día, cuando un espectador vestido con la camiseta del Real Madrid fue expulsado del estadio del Barcelona, son hoy día una parte muy importante de la realidad que llamamos fútbol.

     A falta de que algún sociólgo me convenza de lo contrario, considero que el efecto que el fútbol está teniendo sobre la sociedad es cada vez más negativo y considero que una parte importante de la culpa de lo que ocurre la tienen los medios de comunicación y la desmedida importancia que conceden no ya a un título sino a cualquier partido de tres al cuarto.

     De un tiempo a esta parte se ha convertido en noticia lo que ocurre en los entrenamientos, lo que piensa o lo que dice o lo que sueña un centrocampista y se cuentan con los dedos de la mano los periodistas que recuerdan que existe la palabra objetividad. Vamos, que han dejado de ser periodistas para ser los atabakeris que tocan los tambores de la guerra. ¿Quién, después de escuchar a Roncero, puede pensar que es posible eliminar la violencia de los campos de fútbol? ¿Quién, después de escuchar a cualquier periodista digamos imparcial en la disputa entre clubes levantar sin disimulo sospechas sobre los árbitros cuando España no gana, puede realmente creer que al fútbol le queda algún valor que transmitir?

     En mi opinión, o lo derribamos y lo construimos de nuevo o terminará por derribar una parte de nosotros.

     Al tiempo.

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Aprendizaje secuencial

Otro posible nuevo apunte para la Didáctica de la Historia. Hasta ahora estaba convencido de que la noción de simultaneidad no está bien afirmada en los estudiantes. Dado que la formación de Castilla se estudia después que la historia de Al-Ándalus, es frecuente que tengan para ellos que Fernán González vivió después de la Navas de Tolosa, si es que tienen alguna noción de lo que son esos nombres. En caso contrario, puestos en la situación, se decantarían por afirmar que Al-Andalus fue antes que Castilla, a la manera que los cromañones fueron antes que los visigodos.

     Para evitar esa falta de coherencia histórica les hacemos construir ejes cronológicos en los que constaten que la catedral de Santiago se construyó antes que la Alhambra, aunque la estudien un mes más tarde.

      Lo que el otro día descubrí fue, sin embargo, la hipérbole de esta falta de sincronía. No es que los alumnos entiendan que lo que se estudia un mes antes ocurrió notoriamente antes en el pasado. Es que, por lo menos algunos, y no siempre malos estudiantes, entienden que lo que se explica a las once de la mañana ocurrió necesariamente antes de lo que ocurrió a las once y cinco.

      La alumna me pregunta cómo tuvo que enfrentarse Alemania a los frentes occidental, oriental y sur durante la Primera Guerra Mundial. Si primero uno y luego otro o los tres simultáneamente. Su preocupación no era logística (cómo podía ser posible lo uno o lo otro) sino meramente formal: se había puesto a memorizar aquel asunto con vistas al examen y no sabía que tenía que escribir.

       No sé si fue mi mirada aterradora o el hecho de formular la pregunta en voz alta lo que hizo que se despertase el sentido lógico de la estudiante. Seguramente fue esto último. A veces las preguntas se resuelven cuando se formulan en alto porque volver a construirlas para expresarlas conlleva volver a pensarlas, volver a trabajar con ellas, y ahí es donde se halla el camino del conocimiento.

      Pero, dicho esto, lo que me traía aquí era subrayar que habré de estar más atento al alcance de lo que podemos llamar el aprendizaje secuencial que ejecutan los estudiantes: lo que se lee primero, siempre ocurrió antes que todo lo demás.

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Marchas de la dignidad

Un chino interpretando al saxofón A las barricadas; un par de colegios convertidos en un grupo de samba de calle con director de orquesta y jefa de escenografía; una charanga asturiana cantando chascarillos; otra, interpretando el Sobreviviré de los de Wyoming; mineros de rostro recio y sus familias, siempre al lado por aquello del tópico, arrancándose con el Santa Bárbara bendita; bomberos con el traje de faena desfilando como estrellas de cine; los de Gamonal, recogiendo orgullosos los aplausos por la taea hecha; jóvenes de caras claveteadas y embozadas en palestinas y pasamontañas; anarquistas rojinegros nuevos y viejos; rostros de barbas luengas, pocos dientes y arrugas prehistóricas; los heridos por la Coca-Cola y Panrico; rostros cetrinos de campesinos sobrecogidos por el escenario; los pillados por las hipotecas; los yayoflautas; los de la izquierda marginal, comunistas de no sé qué; manifestantes mostrando su dependencia manifiesta mientra abanderan pancartas; banderas, muchas, muchas banderas; un nostálgico con una que pone 15-M, quién se acuerda de aquello...  miles de personas bajo estas rúbricas y muchos miles más sin ninguna de ellas: solo gente que no se ha leído ningún manifiesto pero que está hasta el gorro de todo esto y sale a la calle sin insignias, sin pegatinas, sin gorros ni escarapelas, decidiendo que es hora de pasearse a cuerpo aunque no hayan leído nunca a Celaya.

          Pero, ay, resulta que son tantos los agraviados y lo son de tan diversas formas que, si les fuese dado gobernar, las urgencias de cada uno arruinarían el intento de resolver las de todos, como ya ocurrió en 1931, mientras que los que están enfrente lo tienen mucho más sencillo porque coinciden en el mismo objetivo, que es seguir quedándose con todo.

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Sin querer

A los dieciocho años hay muchas aventuras que correr antes que la del conocimiento. Está la aventura del tres en uno (amor, novio, sexo), la de la libertad, la del alcohol, las de las novelas que ponen en la tele, la de los amigos. Está, sobre todo, la apoteosis del fin de semana y la niebla que se instala de lunes a viernes.


La mayoría de mis alumnos de bachillerato admiten sin rubor que acuden al instituto para obtener un certificado que algún día les permita tener un trabajo. Que lo hacen con independencia de lo que tengan que memorizar. Les da igual Geografía que Cocina. En sí mismo, el conocimiento no tiene para ellos validez alguna. Esta es una de las razones, entre bastantes otras, por lo que olvidan todo de inmediato. Porque nunca quisieron aprenderlo.


Hoy he charlado con un puñado de alumnas. Ninguna de ella había pasado por la experiencia de esa sutil felicidad que siente uno cuando aprende algo nuevo. La felicidad (esto no me lo dicen pero lo supongo) se la traen el estreno de unos zapatos, una frase de un chico, un mensaje en el teléfono móvil. Pero no se la trae saber algo nuevo. Ni una de ellas ha experimentado un mínimo placer cuando una información recién escuchada o el análisis de un texto, de una imagen o de vete a saber qué, les ha recompuesto su visión de mundo. No me extraña que se aburran. Si aprenden algo es sin querer, y así no hay quien haga carrera de ellos, que diría mi madre...


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