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De huesos pelados y otras sandeces

9 de diciembre de 2016

Dice la periodista que ir a según qué sitios a grabar un reportaje entraña cierto peligro y el contertulio aporta, sin pestañear ni nada, que no sabe por qué para la gente que habita esos lugares una cámara de televisión es lo peor. Al fin y al cabo, argumenta, los periodistas lo único que quieren es informar de que allí está ocurriendo un hecho delictivo.

 

     Para que se me entienda. Hoy, la tele le ha pagado una pasta a un tipo que considera raro que un delincuente no quiera ser grabado.

 

     Por razones transitorias, cada mañana me permito dedicar diez o quince minutos a ver la televisión, y cada día es posible entresacar una sentencia tan estúpidamente cómica como la que acabo de traer aquí. Conocía las tertulias políticas de la sobremesa, esas en las que los mismos dicen siempre lo mismo sobre las mismas cosas, algunas con tan poco sentido que si el moderador, habitualmente poco moderado, tuviera otro interés distinto del de ganar audiencia no permitiría que se dijeran por si algún televidente llega a prestarles un poco de atención.

 

Pero lo de las franjas anteriores, según he anticipado, tampoco tiene desperdicio. El modelo es el mismo, un moderador, que en este caso es una mujer, como corresponde a un programa de menor enjundia, y una serie de contertulios que se dedican a decir

 

 sandeces sustentadas en la nada. Los mismos expertos a los que cualquier estafador convertido en padre de niña enferma los pone a bailar como pollos sin cabeza, son capaces de decir diez días después que a quién se creía ese señor que iba a engañar, como si no pudiéramos recordar que fue a ellos a los primeros que puso en ridículo.

 

     Si al final de la mañana, la política es el pasto de los opinantes, los sucesos lo son en los tramos anteriores. Si no hubiese raptos, desapariciones, violaciones, robos, asesinatos..., no sé de qué se hablaría a esas horas. Lo llamativo es cómo se puede volver un día sí y otro también sobre un tema del que se ignora absolutamente todo. Quien únicamente podría decir cosas con sentido de, por ejemplo, el caso de Diana Quer, es precisamente quien nunca lo va a hacer, por razones más que evidentes. Pero la legión de soplagaitas que invierte horas en convertir suposiciones en información de primera magnitud llega desde la Puerta de Sol hasta Majadahonda.

Uno de los contertulios que escuché un día, tuvo un arranque de sensatez y dijo que aquella manía de darle vueltas al asunto de la chica desaparecida era como tratar de sacar sustancia de un hueso pelado.

 

     Por supuesto, todos los demás se le echaron encima…

 


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Posverdad, mentiras y pistoleros

Una noticia de hoy dice que, durante la campaña electoral, Trump dijo una mentira cada tres minutos y medio y Clinton cada doce minutos.  Subraya el periódico que en este momento los hechos objetivos modelan la opinión de los ciudadanos menos que el llamamiento a la emoción y a la creencia personal (concepto de posverdad).

 

Establecido este hecho,  no sé si merece la pena dedicar ni una sola línea más a denunciar que en España la política está construida sobre la mentira. No solo en la campaña electoral sino en el día a día de las declaraciones en los pasillos o en ruedas de prensa a las que no sé todavía por qué la prensa les presta cobertura. La mentira ha pasado de ser un recurso en situaciones excepcionales a ser la esencia del discurso político. Y eso tanto en cuestiones mayores (los barones del PSOE que estaban rejoneando a Sánchez y decían que no; De Guindos insistiendo en que los tropecientos mil millones de Bankia no los vamos a pagar nosotros) como completamente menores (el alcalde de Alcorcón diciendo que el vídeo anti-feminista está manipulado por la extrema izquierda).

 

Probablemente, el pp-istolero Hernando sería el político español que mejor ha comprendido la esencia de la nueva política, el mismo que dice hoy que Barberá ya no pertenece al  partido así que no  me  pregunte usted por ella y mañana dice que dejó de pertenecer al partido para protegerla de las hienas. Es llamativo que incluso en el insulto a los demás, Hernando miente como un bellaco porque el único que  alimenta su discurso de carne muerta es él. Él es la hiena (los demás serán chacales o lobos o... pero ni hienas), pero a los suyos no les importa. No es que no sepan de zoología, es que la figura que crea toca el corazón de los suyos, que se sienten impelidos a olvidarse de los pecados propios y hacer piña frente a los contrarios.

 

Creo que es La Sexta la cadena que más tiempo dedica a mostrar cómo los políticos cambian de opinión o mienten abiertamente, y aunque tiene sus millones de seguidores, el modelo no se ha extendido a otras cadenas. Probablemente, la razón no sea tanto una relativa cobardía de otros programadores de televisión cuanto la constancia de que la población asiste a este tipo de demostraciones con una actitud entre resignada y conformista, incapaz de hacer que suba la cuota de pantalla. Una suerte de ya lo sabemos más allá de lo cual conocer con detalle cuál es exactamente la mentira es solo un ejercicio de erudición. Ni siquiera servirá para tratar de convencer al cuñado de que los suyos son unos mentirosos, porque incluso cuantas más sean las pruebas a su favor, más se encastillará el cuñado en el discurso de su propio pp-istolero.

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