Una falta de respeto

Hace treinta años que tenía cuarenta y cinco. Yo no. Ella. Yo andaba por los veinticinco, esa edad donde uno cree que la vejez empieza a los cincuenta, así que la miré sin verla antes de enterarme de que, a partir de cierto momento de sus vidas, las mujeres se consideran invisibles. Era alta. Grande. Pero no sé si guapa, precisamente por todo lo que vengo contando.

 

 

Era maestra. Llegó al hotel con una caterva de chavales con los que habría de pasar seis días y cinco noches. Cinco noches de recorrer habitaciones, vigilar pasillos, dormir sin hacerlo. Tenía en eso toda la experiencia que le corresponde al portero de noche de un hotel barato en un lugar de playa. Recuerdo que la miré a los ojos para tratar de saber si sabía a lo que se iba a exponer y si pertenecía a los maestros despreocupados que se llevaban la factura de las puertas rotas o a los abnegados que en algún momento de la madrugada se transformaban en el lobo que reúne a la manada y la mantiene a su lado a base de mordiscos.

 

 

Le mentí, claro que lo hice (y por supuesto que no me creyó) cuando me preguntó por el significado de aquella mirada y le dije lo que me parecía que debía escuchar en aquel momento. Pero no, no era verdad que hubiera sentido una punzada de deseo ni en ese momento ni en  ninguno de los que siguieron durante aquella semana.

 

 

Compartimos, eso sí, muchos cafés aguachados. Dos o tres cada noche, durante los cuales me contó la corteza de su vida. Me hablaba de aquellos trastos, brutos hasta la ternura; de sus padres y sus madres, que no eran la misma cosa: ellas más desdichadas, sin saberlo o sin querer saberlo; de todo lo que estaba dispuesta a hacer para ofrecerles lo que el pueblo nunca pondría a su disposición. Como venir aquí, fíjate, con lo poco que me gusta la playa, pero a los catorce años que tienen, ninguno ha visto todavía el mar.

 

 

Así pasaron las cuatro primeras veladas, de diez a tres o tres y media de la madrugada, cuando le prometía (sin tener ninguna intención de cumplirlo) que haría una ronda cada rato y si escuchaba música o ruidos o voces en algún dormitorio, iría al suyo y le avisaría de que había insubordinados en tal o cual sitio.

 

 

Todavía no sé por qué sí fui a su habitación la quinta noche. Le mentí, claro que lo hice (y por supuesto que no me creyó) cuando le dije lo que me parecía que debía escuchar en aquel momento. Pero no, no era verdad que la aguda punzada de deseo de mi primera mirada me hubiera empujado hasta ella como un animal en celo. Más bien lo que me atrajo fue su deseo, del que tampoco fui consciente porque hace treinta años ni siquiera estaba seguro de que las mujeres tuvieran tal cosa sino, más bien, una suerte de conformidad ante el atropello persistente de los hombres. Pero debió de ser aquello lo que me hizo llamar a la puerta de la habitación 101. ¿Qué otra cosa, si no?

 

 

Y entonces fue cuando me habló de la pulpa de su vida, no de la corteza, a través de dos docenas de preguntas que no sabía responder. De por qué estaba allí, sentada en la cama, dejándose coger las manos; de por qué no se oponía a que me las llevase a los labios; de por qué había tardado tan poco tiempo en distender los suyos cuando de las manos pasé a la boca; de por qué me dejaba que la tendiese para poder besarla como se hacen esas cosas, porque -le dije- la lujuria nunca ha sido enemiga de la comodidad.

 

 

Me preguntaba (o se preguntaba) en voz alta, como un locutor que comenta el progreso de los delanteros de un equipo hacia el área contraria. ¿Y por qué lo hacía -insistía- si ella tenía todo el sexo que necesitaba? Me contó que había hecho el amor con su marido todos los días desde que se casaron. Todos. Y que su marido era el único hombre con el que había estado. Y que, tan bien se llevaban con el sexo, que casi no le había permitido venir al viaje porque no estaba seguro de poder aguantar cinco noches de abstinencia.

 

 

La miré con tanta incredulidad como sorpresa (tanto por una constancia que me parecía imposible como por el poder de coerción del marido), pero ella ya había decidido lo que tenía que pasar y no me vio mirarla. Se sentó en la cama, tiró del vestido para arriba y de los pantis para abajo, y en menos de cinco segundos se me ofreció desnuda, tumbada boca arriba. Practicamos el misionero desconocido que ella condujo, con sus piernas cerradas, y cumplió conmigo, estoy convencido, el mismo ritual que con su marido. Navegué unos minutos sobre la sorprendente suavidad de porcelana de la piel de todo su cuerpo y en medio de un silencio absoluto con el que me pareció que mostrábamos nuestro respeto a su marido, que se habría quedado dormido después de masturbarse pensando en ella.

 

 

Solo habló para pronunciar mi nombre, Roberto, y decir que yo era su último tren. Eres mi último tren, Roberto, dijo.

 

 

Me gustaría estar seguro de que me llamó así un instante de llegar al orgasmo, pero no lo estoy. Sí recuerdo que, mientras lo decía, me cogía la cara entre sus manos y me miraba con una dulzura inmensa  y con una intensidad feroz, como si quisiera memorizar mi rostro para tenerlo a su disposición el resto de sus días.

 

 

También recuerdo que fue después, cuando me tendí a su lado y le acariciaba agradecido sus pechos de matrona, cuando miró mi desnudez y me censuró con una repulsa cercana al odio que no me hubiese quitado los calcetines.

 

 

Eso ha sido una falta de respeto; márchate, haz el favor.