RESIDENCIA DE ANCIANOS

Aquella noche hacía un frío marciano. Desde la ventana de la derecha del recibidor se veía la furgoneta de transporte, que había acumulado una capa de escarcha suficiente para ocultar los colores corporativos. El conductor había puesto unos cartones en el parabrisas para preservarlos de la opacidad, por si se producía una urgencia. Desde la cristalera de la puerta principal se dominaba el acceso al recinto, tres tramos de escalones, y su alternativa, una enrevesada e interminable rampa, útil para entrenar maratones en sillas de ruedas.

     Alguien llamó al timbre. Fueron un par de timbrazos no muy largos, los de quien quiere ser atendido, pero no desea molestar. Unos minutos después apareció Nemesio empujando con lentitud su andador. Miró con curiosidad a la persona que esperaba al otro lado y le hizo con la mano un gesto para que esperara. Se acercó hasta el mostrador de recepción, buscó en los cajones, cogió una llave y regresó a la puerta.

     - Pasa, pasa. Por Dios, date prisa y cierra, que esto se va a quedar helado.

     "Si quieres, puedo llamar a Utrillas -se apresuró a informarle- pero, si no te corre prisa, prefiero que duerma.

     - Pues que duerma. No quiero molestar a nadie -dijo el visitante, mientras se sacudía el cuerpo con las manos para entrar en calor.

     - Se hace de querer, ¿sabes? ¡Hace tanto por nosotros! -exclamó Nemesio y se quedó un segundo en suspenso, como repasando de cabeza todas las tareas que hacía Utrillas-. En fin, si quieres, puedes quedarte por aquí. Yo me voy a mi cuarto.

     El visitante evaluó la oferta de Nemesio, compuesta por tres sofás de construcción y tapizado diferentes, pero ajados por igual, tras décadas soportando siestas de la mañana a la noche, y decidió declinarla.

      - Voy contigo.

     - ¿No serás mi nuevo compañero? -preguntó, con decepción- Me había hecho la idea de estar solo un par de semanas.

     El visitante acompañó a Nemesio por el pasillo, mal iluminado por las luces de emergencia. El viejo parecía que caminaba de memoria, que hubiera hecho ese recorrido con la misma eficacia si hubiesen estado a oscuras.

     Cuando llegaron, intentó deshacer su reciente descortesía y le ofreció la cama vacía de su cuarto.

     - Por lo menos hasta que te asignen una definitiva -añadió, estropeando lo poco que había podido arreglar.

      El visitante no hizo ademán de querer ocuparla.

    - Yo duermo muy mal -le confió Nemesio-, así que no te preocupes si roncas. No me vas a despertar.

     - Gracias, pero daré una vuelta por ahí.

     - Tendrás que hacerlo solo. Caminar por caminar nunca ha sido lo mío. Y menos ahora -dijo, aplicando una porción de humor negro a su decrepitud.

      El visitante dejó en el ambiente ese olor a aire que acompaña a quien llega de la calle, pero mezclado con un intenso aroma a bosque, extraño en aquel páramo deforestado desde, dicen, los siglos del Imperio.

      - ¿Te ha gustado la residencia? -le preguntó Nemesio, cuando volvió, un poco después.

     - ¿Te gusta a ti?    

      - No es como tu casa, pero la verdad es que ya no sé cómo era mi casa. Como a los demás, un día me sacaron de ella y me trajeron aquí, para que me cuidasen.

     “Por cierto -dijo, cayendo en la cuenta- ¿a ti quién te ha traído? Hace falta ser mal hijo para dejarte en la puerta de madrugada, como se deja a un crío en el torno de un convento.

     El visitante sonrió detrás de su espesa barba blanca.

     - He venido solo. ¿No me conoces?

     Nemesio entornó los ojos y los fijó en su interlocutor haciendo un esfuerzo sincero por identificarlo. Quizás fuese un amigo olvidado. Alguien con quien hablar de vez en cuando de cuando no eran viejos. De ser así, no le importaría tenerlo como compañero. Pero no lograba recordarlo. Nemesio se rindió y torció el gesto, decepcionado.

      - No. No sé quién eres. La memoria es la primera que echa a correr cuando empieza a torcerse la cosa.

      - ¿No te dice nada mi traje rojo, mi enorme barriga, mi barba blanca…?

       - Si te digo la verdad… pareces una máscara de carnaval.

      El visitante sonrió de nuevo, ahora abiertamente.

     - Soy Santa Claus. Esta noche es Navidad. Soy ese que se cuela por las chimeneas para traer a la gente los regalos que ha pedido.

     - ¿Chimeneas?

      - Bueno, en vuestro caso he preferido no alardear y he llamado a la puerta.

     - Ya caigo, ya...  -dijo Nemesio, con poco entusiasmo y menos fe-, pero… eso... son cosas de mis nietos. Creo que te has equivocado de casa.

      - Qué va. He pasado por todas las habitaciones y de cada mesita de noche he recogido una carta.

      Santa Claus se acercó a la de Nemesio, abrió el cajón y sacó de él un sobre cerrado que Nemesio miró con espanto: ese cajón siempre había estado vacío. Santa Claus extrajo un abrecartas de un bolsillo, rompió el sobre y leyó un papel que extrajo de él.

     - ¿Qué pone? -preguntó Nemesio.

     - Ya lo sabes.

      Por un momento, quiso recuperar la ilusión y una chispa de ella le iluminó el rostro. Pero solo fue un momento porque Nemesio sabía que no tenía edad de hacerse ilusiones.

      - Ven, cógete de mi brazo -se brindó Santa Claus.

     Nemesio empezó a caminar sin percatarse de que su estabilidad mejoraba a cada paso. Cuando llegaron al recibidor donde se habían conocido, había recuperado la gallardía de los cuarenta años y vestía un terno gris plata como el que lució en la boda de su hija. Se encendió la luz y empezó a sonar Suspiros de España igual que si una orquesta hubiera entrado a la residencia. Al poco, se abrió la puerta del vestidor del personal y apareció la trabajadora más guapa del centro vestida con un traje de lentejuelas, negro, largo y ajustado.

      Amparo Utrillas se acercó a Nemesio y le tendió la mano.

     - ¿Bailamos? -le preguntó.