La ruta del Danubio

Apenas llegué a Donaueschinguen corrí a meter los pies en el río para que se escurriese por ellos el último recuerdo de Lourdes. Por la mañana, dejé en el hotel el ejemplar del danubiodemagris, que había leído con ella durante meses (¿qué mejor guía de viaje?, trataba de convencerla) y me subí a la bicicleta para llegar a Viena en cualquier momento de los siguientes quince días.

 

     Mi pasado de triatleta me sirvió para comprender que no es lo mismo pedalear a los quince años que a los treinta y cinco, hacerlo con una máquina de carbono que sobre un hierro con alforjas, correr para sentir cómo le robas segundos al cronómetro que rodar con la agilidad de un tonel. El recuerdo más vívido me llegó la segunda mañana, en Haussen Im Tal, y fue el del asiento martirizándome los últimos huesos que tenemos en el tronco.

 

     Las primeras etapas fueron duras, pero no me permití concederle la razón a Lourdes, que insistía en que ella no habría llegado ni a tomar el primer almuerzo. Vinieron en mi auxilio la facilidad con la que el cuerpo se acostumbra a un dolor que al principio parece insufrible y aquel cuarteto de chicas que apareció en el carril-bici a la altura de Dilingen y que terminó siendo una obsesión, una vez que di por hecho que tendrían mi edad, o cualquier otra compatible con la mía, y que habían de ser razonablemente atractivas.

 

     Desde el principio quise a la más menuda, sobre todo porque parecía la más débil. Siempre iba la última y diríase que sufría aquellas llanuras inofensivas como si fueran puertos de montaña insalvables. Eso me hizo desplegar un afán de protección que devino en un enamoramiento tanto más irracional cuanto más se convertía en inalcanzable, porque aquel grupo de funcionarias (¿qué otra cosa podrían ser?) se me escapaba una hora tras otra, una jornada tras otra.

 

     Yo había elegido la ortodoxia más absoluta y desechado por mistificación grosera la agencia de viajes que te lleva el equipaje, reserva los hoteles y alquila una bicicleta, eléctrica si la quieres: justo lo que mi pequeña ciclista de pelo rizado y sus amigas habían elegido.

 

     Así que el viaje fue algo más parecido a una persecución tras moto que a unos días de pedaleo tranquilo por la llanura, los castillos, el río cada día más caudaloso. A Regensbourg, Deggendorf, Passau… llegaba siempre después, y, cuando encontraba alojamiento, debía deshacer el equipaje, asear la ropa, ducharme, todo a la carrera, y lanzarme a la calle a buscarlas (a buscarla) por bares y terrazas.

 

     No tuve suerte, aunque las ciudades no eran grandes urbes y habría sido lógico encontrarlas bebiendo alguna cerveza, hasta que coincidimos en Linz, donde era más improbable que lo hiciéramos, en una terraza de una calle adyacente a la Hauptplatz. Sin pensarlo, me levanté de mi silla y me acerqué. Perdonad, dije, pero… venís en bicicleta desde hace días, ¿verdad?  Es que yo también…

 

 Lo que mi ansia, mi deseo, mi emoción, mis ganas -que no quería aceptar- de recuperar la estabilidad emocional o de todo lo contrario, me impidieron considerar fue que quizás aquellas viajeras no vinieran de Burgos o de Toledo, sino, como resultó ser, de cualquier sitio de Francia, con el resultado de que me miraron como a un pez globo, se encogieron de hombros y siguieron a lo suyo.

 

     Menos ella, la más menuda, que resultó ser, ¡por favor!, también la más guapa. Ella me sonrió como pidiendo disculpas por la descortesía y, cuando se marcharon y pasaron por delante de mi mesa, me indicó con disimulo que las siguiera.

 

     Lo hubiese hecho, aunque no me lo hubiera pedido, y por eso me alojé en su hotel sin un miserable cepillo de dientes y recorrí los pasillos cien veces para encontrarme (para no hacerlo) con la chica que se escondía detrás de vete a saber qué puerta.

 

     Por la mañana, madrugué para regresar a mi hotel, volver y esperarlas en el comedor. Me saludaron lacónicamente mientras me servían el segundo desayuno y ella, mi menuda de pelo rizado, debió de interceder con las amigas porque se acercó a mí y en un español dubitativo me invitó a continuar el viaje con ellas.

 

     Quise entonces que los mil kilómetros comenzasen de nuevo. O que fuesen dos mil, porque Yvette compartió conmigo su retraso recurrente y hablamos largo y tendido durante la jornada. Yo insistía en hacerlo en inglés, para compartir la incomodidad de utilizar un idioma ajeno, pero ella insistía, toda elegancia y amabilidad, en hacerlo en español. De verdad, en español, repetía.

 

     Admito que no me enteré de gran cosa. Entre sus errores gramaticales y mis deseos de quitarle las mallas, lo mismo podía haberme dicho que era terrorista o que le gustaban las películas de terror. Daba igual.

 

     En Krems ya era parte del grupo y yo empujaba a la tarde para que llegase la noche. Cenamos en el hotel, charlaron, nos despedimos y cerramos nuestras habitaciones. Solo debía esperar a que el cansancio derribase a las demás. Ella me esperaría. Seguro. Me había dado muchas señales durante el día. Por fin, abrí la puerta sin hacer ruido, me acerqué a la suya, llamé suavemente con los nudillos. Esperé. ¿Quizás debí haber salido antes? Volví a llamar. Ahora escuché ruidos dentro. Se acercó. Preguntó quién era. Contesté que yo. Abrió. Sonrió, siempre educada. Vestía un pijama corto. Vestía, repito. Entré sin que me invitase ni me impidiese el paso. La miré. Sonreí. Ella también, siempre educada.

 

      Dijo algo que no entendí. O me dio la señal de salida. La abracé y acerqué mis labios a su boca. Pero no noté en ella la misma tensión. Al contrario. Con mucha educación se separó de mí. ¿Por qué?, me preguntó, y le dije que me gustaba mucho.

 

     Lo siento, dijo, educadísima, pero yo solo quiero practicar el idioma para mi novio español. Yo no… ¿cómo se dice?… yo no soy tortillera. ¿Se dice así? ¿Tortillera?