La bala

La bala escuchó toda la discusión y, como fue bastante larga, tuvo tiempo para formarse una idea correcta de lo que había ocurrido. Por eso, cuando John sacó la pistola de la funda que tenía debajo de su axila izquierda, pensó que no llevaba razón y trató de encasquillarse en el interior del cargador. Mas no tuvo éxito porque ambas superficies, la del cargador y la suya misma, estaban demasiado bruñidas para que ella pudiese agarrarse a algún sitio, y antes de que se diese cuenta estaba ya en el aire.

 

            La bala se vio volando contra su voluntad a una velocidad endiablada en dirección al pecho de Morna. Quiso poner toda su alma al servicio de la justicia y detener ese crimen execrable, pero su alma era de plomo y resultaba demasiado pesada para cambiar el destino, así que sólo pudo cerrar los ojos y tratar de hundirse lo más blandamente posible en el corazón de Morna. Para no hacerle daño y para susurrarle que nadie debería morir a consecuencia de un pavo relleno un poco pasado de sal, una suegra puntillosa y un marido gángster que no respeta la Navidad.