los jilgueros

El gato se asoma al ventanal que da al jardín. Ayer destrozó a los cuatro polluelos de la pareja de jilgueros que ha anidado este año entre los árboles del seto, pero hoy mira hacia afuera con melancolía y deambula buscando las baldosas menos calientes. No hay vida al otro lado del cristal. Hace diez minutos, una mariposa amarilla volaba a trompicones y se refugió bajo la hoja de un geranio justo antes de incendiarse. Allí sigue, estática, componiendo una dudosa armonía cromática, pero a salvo de la intemperie. La lagartija que vive entre los maceteros de antirrinos no ha salido a por su ración de trocitos de madalena. El reptil parece dispuesto a no disputarle el alimento a las hormigas, pero sospecho que los insectos han decidido aguardar en sus túneles a que escampe. A estas alturas, los pedacitos de bollo deben de tener la misma consistencia de la grava.

 

     En el telediario han dicho que no debemos salir a la calle en las horas centrales del día si no es estrictamente necesario. Pienso en lo útil que resulta que la sociedad tenga guías que le marquen el camino. Sería espantoso ver las calles sembradas de cadáveres víctimas del calor.

 

     Anoche me dejé sobre el sillón de plástico La insoportable levedad del ser. Hace días tuve un ataque de optimismo y me pareció que releer la novela era una buena manera de atajarlo. Voy ahora por la mitad del volumen, más o menos. Así que ya he reducido ese ataque a la mitad. Más o menos. Casi de madrugada, me desperté sobresaltada por el hálito generado por el vuelo de un murciélago que pasó demasiado cerca. Tenía el libro en el halda y decidí dejarlo allí, de cualquier manera, para no caer en la tentación de buscar en qué página me había quedado dormida y hacer que la leve actividad intelectual me quitase el sueño. Ahora cierro los ojos y trato de sentir en mi piel el soplo de viento que me acompañó hasta el interior de la casa y que me pareció más un producto de mi imaginación que de la diferencia barométrica entre dos puntos del interior del jardín o del jodido planeta mundo.

 

     Pero no puedo.

 

     Es la ola de calor. El cambio climático. El puto verano.

 

    Pienso qué diría mi marido si le pido que salga a por el libro. Seguro que me acusa de machismo. El ventilador me lanza de forma intermitente vaharadas de aire caliente que me esfuerzo para que mi piel las interprete como una brisa refrescante, como en su día quiso el fabricante. Me dirá que vaya yo, si tanta prisa tengo para coger el libro. Ninguna evidencia científica demuestra que los hombres estén peor preparados para soportar el olor de la

 

 mierda de un bebé, me dijiste, ni las mujeres para salir al jardín a coger un libro olvidado, te digo yo ahora.

 

    Una revancha en plena ola de calor. No sé qué dirán las autoridades sanitarias sobre ese comportamiento. Afuera no hay vida. Pienso ahora en los cadáveres de los jilgueros que tuve que retirar ayer. Me parecía indecoroso que se los estuvieran comiendo las moscas mientras los padres, seguramente, estarían afilándose el pico entre las ramas del árbol. A lo mejor no sabían ni que esos cuerpecitos contrahechos fueron sus hijos durante dos o tres semanas, pero a mí me parecía indecoroso, ya digo.

 

     Podías salir a traerme el libro que me dejé anoche, le sugiero, por fin, en un acto que es a la vez de valentía y de cobardía y que me ha inspirado, sin duda, el runrún inútil del ventilador. Agotado casi todo el optimismo, si me centro en las desdichas de la extinta Checoslovaquia quizás pueda olvidarme de las mías.  De este calor del centro de la Tierra. De mi marido, que sin duda tiene que estar viendo porno en su tableta, porque no sabe jugar al candicras y lleva dos horas sin despegar la vista de la pantalla. De los cuerpecitos deformes de los jilgueros. Hay que ver qué mal le sienta la muerte a los pájaros. Cuánto porte pierden. Más que los humanos. Qué espantosa resulta su falta de gracilidad.

 

     Sal tú, me dice. Eres tú la que quiere leer. Hubo un tiempo en que le hubiese ofrecido sexo a cambio del favor. Incluso a pesar de esta temperatura de volcán. Ahora es lo último que haría. Pienso en el calor de su cuerpo sobre el mío y siento que me ahogo. Tengo que levantarme. Sí, soy yo la que quiere leer, digo. Me acerco al ventanal, como si sentirme más cerca del libro me ayudara a llevar mejor su ausencia. Constato de nuevo que afuera no hay vida. Y de pronto empieza a parecerme extraño. Quizás injusto.

 

     Me giro hacia el interior de la habitación. Camino hacia el gato. Lo cojo, para su disgusto. Le acaricio debajo de la barbilla, como sé que le encanta. Eso lo calma un poco. Pero no lo suficiente para lanzar un maullido de espanto cuando le meto la cabeza entre las aspas del ventilador. La sangre del animal llena toda la habitación. La suerte hace que salpique especialmente la tableta de mi marido, que, de pronto, me mira espantado.

 

     Ha sido por los jilgueros, le digo. Ellos no tienen quién los defienda, añado, justo antes de que se levante a traerme el libro y volver de la cocina con una palangana y algunos útiles de limpieza. Para limpiar la sangre, supongo.

 


Muerte en extrañas circunstancias

A finales del siglo XIX, el antropólogo inglés Abraham Adams descubrió, en una zona montañosa inaccesible aunque no muy apartada del curso del río Niger,  un grupo étnico que se distribuía a lo largo y ancho de un territorio de una extensión semejante al área metropolitana de Londres. El grupo estaba separado en tribus que controlaban territorios mucho más pequeños y las diferencias de comportamiento entre aquellas eran más que notables. De hecho, Adams dudó mucho antes de decidirse a hablar de un solo grupo étnico porque el catálogo de diferencias en ritos, costumbres, creencias, etc, que mostraban las distintas tribus era casi inagotable.

 

     No obstante, lo que le hizo establecer esa categoría fue que todas esas pequeñas sociedades compartían la costumbre de penalizar de por vida prácticamente a la mitad de sus miembros. “No es que no exista la igualdad entre ellas –escribió-, es que la una prácticamente esclaviza a la otra.” Adams describía cómo en aquellas tribus existía una clase ociosa dedicada prácticamente a la contemplación de los ritmos estelares  y otra sobre cuyas espaldas recaía todo el trabajo de sostenimiento de la colectividad.

 

     “Después de unas semanas de observación –escribe- me declaré incapaz de comprender el motivo de la discriminación y me entrevisté con el chamán de una de las tribus. Le pregunté cuál era el crimen que habían cometido aquellas personas y, mostrándose sorprendido, me contestó que no se trataba de ningún crimen. Simplemente eran más fuertes y por eso tenían que levantar los puentes, cultivar el campo, cazar a los animales, mantener en pie las viviendas,  preparar el alimento para sus familias y velar porque el sueño de los suyos fuese siempre sereno.  ¿Para qué otra cosa, si no, habrán recibido de los dioses la fortaleza de sus cuerpos?”

 

     Adams observó entonces que no todas las tareas que hacían exigían una gran fuerza, pero que, era tanto lo que tenían que hacer, que había visto cómo en no pocos casos llegaban al final del día al borde de la extenuación, con una alimentación escasa,  con heridas que no llegaban a curarse y presa de enfermedades

 

que se habrían enquistado en sus organismos desde muy antiguo.

 

     “Quizás es como dices -le contestó el chamán, cuando el antropólogo subrayó la diferencia de salud que había entre los miembros de las dos clases- pero los dioses han dispuesto que las cosas sean de ese modo. El Gran Dios transmitió a nuestros antepasados que, puesto que son las que traen la vida al mundo, las mujeres están exentas de cualquier otra ocupación mundana. Su piel no puede romperse, ni sus brazos pueden cansarse. El día ha de ser plácido para ellas desde que sale el sol hasta que se pone y desde que comienza su vida hasta que se termina. Así lo dispuso Dios.”

 

    Como cualquier científico, Adams no tenía que juzgar lo que sus ojos veían, pero, como hombre, huyó aterrado de aquellas comunidades en las que, bajo el ridículo paraguas de una creencia supersticiosa que no tenía nada que ver con la religión, nacer varón equivalía a llevar una vida de penurias sin cuento.  En el momento en el que no necesitaban la protección de la madre eran arrojados como aprendices a un mundo sin juegos, goces ni disfrutes de ningún tipo, del que no saldrían nunca y que les llevaría, irremediablemente, a una muerte prematura, no pocas veces a manos de mujeres descontentas con su capacidad para cumplir con el papel divino que se les había adjudicado.

 

De vuelta a Londres, el antropólogo redactó su informe y lo presentó en la Royal Society of Anthropological Studies, que había financiado la investigación.  El Consejo Académico estudió detenidamente el contenido, se aseguró de que Adams no había vivido su experiencia en aquellas tribus bajo los efectos de ninguna droga que le hubieran administrado y, finalmente, decidió que lo mejor era que el contenido de aquel estudio nunca saliera a la luz. El presidente de la Royal Society le pidió a Adams que le entregase todas las notas y todas las copias que hubiese hecho de su trabajo y las guardó bajo siete llaves en los archivos más secretos de la institución.

 

Adams murió unas semanas después en extrañas circunstancias.


El taller de Niceto

Entré como aprendiz en la sastrería de Niceto cuando había aprendido las cuatro reglas. Ninguna otra cosa de las que me querían enseñar en la escuela me parecía útil y empecé a faltar a las clases y asistir a los billares: la maestría con la que Fermín gobernaba a las bolas me parecía muy superior a la de don Federico repitiendo lecciones. Mi padre opinaba lo mismo que yo sobre la utilidad de ir al colegio, pero discrepaba sobre las ventajas de pasarme la mañana en el garito, así que me dio a elegir entre ser aprendiz de carpintero, de herrero o de sastre. Elegí este último porque me pareció que era el que menos esfuerzo iba a demandarme, y un par de días después entré en el taller de Niceto.

 

    El taller era, en realidad, su propia casa. En el salón tenía una mesa grande, una máquina Singer, un tablero pegado a la pared con distintas herramientas y unas baldas con algunas piezas de tela. La habitación más pequeña servía como probador y la grande, que era su dormitorio, estaba siempre cerrada. Niceto era un tipo triste, silencioso y monótono, como el oficio que desempeñaba. Solo hablaba cuando algún cliente iba a probarse y entonces se humillaba delante de él, no solo para tomarle medidas sino como si estuviese convencido de que le correspondía mantener una actitud servil.

 

     Mi estancia en el taller no me sirvió para aprender la profesión, pero sí para arruinarme la vida. El runrún inacabable de la radio, el ambiente lóbrego de la sala, la letanía permanente de la hija deficiente de Niceto, arrumbada en la mecedora del rincón… terminaron por socavar mi resistencia al desaliento. Mi padre no me dejó huir cuando se lo pedí, y a los dos años me había convertido en un elemento más de aquel ambiente depresivo. Ni siquiera me apetecía juntarme con los amigos al terminar el trabajo y el tiempo que no estaba en el taller lo pasaba en casa, convertido en un trozo de madera.

 

     El día que la mujer de Niceto me dijo que dejara de coger hilvanes y la siguiera, ni siquiera me pregunté qué quería. Gregoria ejercía de oficial en el taller cuando terminaba las tareas de la casa y a nadie le sorprenderá que diga que era la que llevaba la voz cantante en la pareja, dado el espíritu rácano y miserable del sastre. Niceto solamente salía del taller para hacer las pruebas a algún cliente importante y aquel día en que Gregoria me dijo que la siguiese había ido a la otra parte de la ciudad.

 

    Lo que Gregoria quería era yacer conmigo. O que la follara, mejor, que fue lo que me ordenó, una vez estuvimos dentro de su dormitorio. Cuando lo hizo, excuso describir aquí en qué posición y con qué falta de atuendo, comprendí cómo obra el instinto en los seres vivos, y me sentí como cualquier pajarillo de los jardines, que sabe lo que ha de hacer sin que ni padre ni enciclopedia ninguna se lo hayan dicho.

 

     Cuando terminé (no sé si ella también), Gregoria me lo dijo claramente.

 

     - Mira, chaval, mi marido no hace el amor, sino que lo destroza y, por si no lo sabes, a las mujeres nos gusta mucho el trajín, así que desde ahora en adelante tu papel aquí ya sabes cuál va a ser. Mientras me tengas contenta, tendrás trabajo, dinero y propinas. Cuando no, ya me encargaré de que Niceto te abra la puerta.

 

     - Como usted quiera –me atreví a decirle.

 

     - Claro que como yo quiera. Y ya puedes aplicarte más, porque lo de hoy, por ser la primera vez, te lo paso, pero como vuelvas a hacer el ridículo como lo has hecho, no llegas a Navidad.

 

     Aquello no fue un cambio a mejor, a pesar de lo que pueda pensarse. Ahora no solo me aburría, sino que no dejaba de pensar qué sería de mí si Niceto nos pillaba y mi padre se enteraba. Y además ahora tenía que estar atento a cuándo tenía prevista mi jefe una salida porque la coyunda con mi patrona no me salía gratis: el miedo a no dejarla contenta fue la causa de las migrañas que se me agarraron como lapas y me atormentaron durante semanas.

 

 

     Lo sé porque cuando Gregoria murió, también desaparecieron las migrañas. Eso fue, más o menos, tres años después de que empezásemos a follar (el amor, Gregoria y yo nunca estuvimos juntos). Niceto, que era pobre de espíritu, pero no tonto, nos pilló en la cama una mañana que después de cerrar la puerta no fue a casa de ningún cliente, sino que esperó en el rellano el tiempo suficiente para entrar sin que nos diésemos cuenta. No describiré lo que hacía Gregoria cuando Niceto entró en la habitación, pero diré que su espalda desnuda ejerció de diana en la que el cornudo clavó con entusiasmo las enormes tijeras de sastre, por lo menos dos veces en cada cuadrante y una más en pleno centro. Aún recuerdo el ruido de las vértebras cuando se quebraron por la arremetida poderosa del metal.

 

     El juez aplicó una pena leve a Niceto porque cuando yo era joven la mancilla sobre el honor del marido debía de considerarse un eximente, pero, por lo que supe después, ya no se recuperó de la tristeza. Mi padre me soltó un bofetón que me mandó al otro lado de la habitación y cuando me levanté del suelo me fui de casa porque no podría vivir al lado de ese tortazo y del que me daría cuando le dijera que lo de Gregoria no se me podía tener en cuenta. Que no era placer, sino trabajo. De verdad que placer ninguno porque, ya desde que iba a los billares, me gustaba más Felipe que las carambolas que hacía.

 



Bomba de plutonio

La excursión acabó mal, por lo menos para mí, que terminé la mañana en la cama de un hospital esperando que alguien quisiera, pudiera o supiera colocarme el hueso de la pierna que me había roto por un número de sitios indeterminado pero bastante elevado. Naturalmente, cuando, horas después, algún medicamento logró que remitiera ligeramente el dolor, entre la bruma desleída de la inconsciencia pedí que se me repatriara, siquiera fuese entablillado como en las viejas películas del Oeste. Pero, naturalmente, no se me hizo caso, y me operaron al calor del trópico. Pasé semanas de sudorosa convalecencia mientras los míos se marchaban y me quedaba con el único y leve amparo del representante de la agencia de viajes, que, como era previsible, dejó de ocuparse de mí en cuanto el avión del último de los míos trasponía el horizonte.

 

Sesenta días después era capaz de caminar con la soltura y el miedo de un octogenario pero me empeñé en que me despacharan de vuelta a mi país y un par de semanas después me dejaron en la puerta del aeropuerto. Había mejorado en ese tiempo y ahora solo exhibía una cojera que una muleta me ayudaba a remediar.

 

A pesar de que me lo habían recomendado, olvidé advertir a los policías del armamento de metal que llevaba en mi pierna derecha, y por eso cuando me disponía a pasar bajo el arco de seguridad sabía que iba a sonar. Antes de dar el último paso, cerré los ojos con la resignación del que sabe que saltarán todas las alarmas (no una ni dos, sino todas, siempre saltan todas) y, si hubiera podido, me hubiera aprestado a levantar las dos manos para advertir de mi inocencia absoluta.

 

Menos mal que no lo hice, porque la fuerza con la que actuaron las placas y los tornillos que sujetaban mi pierna sobre lo que sea que se oculta dentro de esos arcos de seguridad, fue tal que mi extremidad se quedó adherida al arco y la seguridad de la otra, la izquierda, quedó harto comprometida y se vio abocada a mantener la estabilidad a base de saltitos ridículos.

 

La policía me rodeó con armas de todo tipo y calibre y eso hizo que desatendieran a los pasajeros que me antecedieron y me sucedían, los cuales se saltaron todas las normas (no una ni dos, sino todas) y se dedicaron a grabar con sus móviles, tabletas y cámaras la espeluznante aventura del hombre bomba o del hombre de metal, que de las dos maneras fui bautizado en los videos de youtube, donde rápidamente acumulé centenares de miles de visitas.

 

Perdí mi avión y los cinco siguientes porque, después de despegarme del arco con tanta brusquedad que por un momento creí que los metales adheridos a mi pierna se habían quedado en el mecanismo policial, las autoridades del orden me confinaron en un calabozo de cemento sin más decoración que el calor de aquellas latitudes, mientras se ponían en contacto con el hospital donde fui intervenido y trataban de averiguar, primero, si no mentía y, después, qué carajo me habían puesto en la pierna, si era material quirúrgico o armamento nuclear.

 

Otras dos autoridades diferentes, una sanitaria y otra militar, me informaron de que cabía la posibilidad (pero no la certeza) de que hubiese habido un error en el material con el que se fabricó la partida de prótesis que me habían colocado y me invitaban a colaborar con ellos. Si aceptaba, debía quedarme en el país en espera de que se produjesen nuevos casos con los que poder comparar el mío y, tanto si sí como si no, se me abría la posibilidad de ser operado de nuevo para sustituir aquel disparate de prótesis por otras de resultado más contenido. Todo, naturalmente, con los gastos pagados.

 

Los mandé educadísimamente a la mierda y me subí en el sexto avión que regresaba a España con un papel redactado en ocho lenguas, rubricado por cinco firmas e ilustrado con seis sellos oficiales en el que se informaba a posteriores vigilantes de arcos de seguridad de la conveniencia de que yo no pasase por debajo de ellos si no querían verse obligados a afrontar serios problemas de orden público y una situación delicada nunca sencilla de resolver.

 

Ahora llevo ese documento reducido y plastificado en mi cartera para usarlo cuando sea conveniente, si bien he comprobado que simplemente el hecho de mostrarlo y que alguien entienda de qué se trata crea de por sí un cierto revuelo, así que casi nunca es conveniente y estoy condenado a procurar no entrar en cientos de oficinas públicas y privadas y millares de tiendas donde guardias de seguridad sin demasiada formación ni delicadeza podrían hacerme pasar un rato desagradable.

 

Con todo, lo peor es no estar completamente seguro de si en realidad no llevo una bomba de plutonio que alguien hará estallar a distancia cuando lo considere más divertido.