lxviii concurso de narraciones breves "La felguera"

Por la noche, Isabel me dejó todo preparado. Junto a la cama, la silla de ruedas; en el baño, ropa limpia; en la cocina, el desayuno con un calentador eléctrico para poder prepararme un café caliente. Cuando me despertase, tendría por delante el primero de cuarenta días de convalecencia después de que me operasen de la rotura de peroné que me provoqué al caerme por la escalera mientras leía el periódico.

 

Dormí mal, en parte por el dolor de la puñalada que me traje del hospital, y en parte por la ansiedad que me provocaba pensar en el tiempo que tendría solo para mí, ajeno a los asuntos de la oficina. Aun contando con las molestias que me ocasionaría la inmovilidad a la que estaba condenado, se me ocurría un largo rosario de planes que no había podido afrontar hasta ahora y que, por fin, habían encontrado su momento.

 

Sin duda fue ese sueño inquieto la causa de que me despertara algo más tarde que de costumbre. Además, me llevó una eternidad trasladarme de la cama a la silla, así que no digo nada sobre las dificultades que tuve para ducharme. Isabel me había dejado una silla de jardín dentro de la ducha, pero saltar de una a otra y mantener la pierna en alto evitando a la vez cualquier roce, era un ejercicio gimnástico fuera de mi alcance. No exagero si digo que tuve varias veces la misma sensación de vértigo que tengo en esos episodios oníricos en los que uno parece caerse a un abismo sin fondo. Puedo asegurar que si no hubiera sido por la necesidad que tenía de quitarme el olor que me había traído del hospital, no me hubiera arriesgado a partirme la crisma de la forma en que lo hice.

Fue entonces, mientras me frotaba la piel enjabonada, cuando escuché que se abría la puerta de mi piso, un apartamento de dos dormitorios en el que nada de lo que ocurre en un extremo pasa desapercibido en el otro, y eso suponiendo que pueda hablarse de extremos en espacios como este.

 

Supuse que era Isabel, que acudía a interesarse por mí, aunque no debía ir hasta la noche. Me sentí injustamente bien atendido y me propuse compensarla de alguna manera cuando me recuperarse. A continuación, la llamé para indicarle que estaba en la ducha. Sin embargo, nadie me contestó y antes de que volviese a pronunciar su nombre estuve seguro de que allí había más de una persona.

 

- ¿Quién ha entrado? ¿Quién anda ahí? –pregunté, admito que un poco cinematográficamente.

 

- Buenos días, somos nosotros –me contestó alguien desde la cocina con una familiaridad incomprensible porque no conocía a ningún nosotros que pudiera andar por mi apartamento como si fuese el suyo.

 

Instintivamente miré hacia la puerta y comprobé que había echado el pestillo. Considerando que vivo solo desde hace años, esta costumbre es del todo irracional, pero como tantas otras que forman parte del repertorio de rarezas de cada uno, no puedo evitarla y siempre me cierro con llave en el baño.

 

Consideré si eso me ponía a salvo, pero concluí que solo lo hacía provisionalmente. En el caso de que nosotros fueran Hickock y Smith reencarnados, mis posibilidades de supervivencia eran mínimas y solo si se traba de ladrones experimentados, mantenerme a ese lado de la puerta podía ser una ventaja.

 

Pero, claro, uno está en su casa, y no puede conservar un poco de respeto por sí mismo si no trata de enterarse de qué está ocurriendo en un lugar donde, en ese momento, no tenía que estar ocurriendo absolutamente nada.

 

Me puse el albornoz que había dejado sobre el inodoro, y que terminó tan mojado por dentro como por fuera, y rehíce en sentido inverso el penoso camino que me llevó dentro de la ducha. Al rato, estaba en la puerta de la cocina, sentado en mi silla de ruedas y esgrimiendo por delante de mí una muleta de plástico como si se tratase de la mismísima Tizona.

 

Allí, una pareja de mediana edad representaba una escena completamente doméstica. Él estaba sentado a la mesa mientras veía la televisión (que escuchaba, eso sí, a un volumen bajísimo) y ella estaba de pie terminando de servir el desayuno. Llevaba dos tazas que acababa de sacar del microondas.

 

Naturalmente, no los conocía de nada.

 

- ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen en mi casa?

 

- Vamos a tomarnos un cafetito. Es media mañana… Si quieres acompañarnos… -dijo él, repito que con familiaridad.

 

- ¡Qué bien que estés aquí! -dijo ella, con lo que me pareció una falsa alegría-. Así podemos hablar de más cosas. ¡Es tan aburrido hablar siempre con la misma persona!

 

- ¿Pero qué dicen? Lo que está mal es que estén ustedes aquí. Esta es mi casa y ustedes tienen que irse ahora mismo -rematé, imperativo, y remarqué el usted para que comprendieran que me molestaba el tuteo.

 

Pero nada. El matrimonio, si es que lo era, reaccionó igual que si nada hubiera ocurrido. Ahora estaban los dos sentados y empezaban a tomarse el café con un par de magdalenas que habían sacado de una bolsa que había sobre la mesa y que yo no identifiqué, de forma que supuse que la habían traído ellos. Aquella serenidad me desarmó y me irritó a partes iguales. La pareja seguía a lo suyo y parecía tan inofensiva como imperturbable. Mientras tanto, yo empezaba a quedarme frío, desnudo debajo del albornoz.

 

- Está bien… -dije, tratando de calmarme-; voy a vestirme. No quiero verlos cuando vuelva.

 

Tardé más de veinte minutos en calzarme un chándal y unas zapatillas, y cada vez que me detenía aguzaba el oído para escuchar el ruido de la puerta al cerrarse.

 

Pero no se fueron. Cuando regresé, seguían en la cocina, atentos a un programa de la televisión en donde me pareció que se hablaba de enfermedades del corazón y otras desgracias parecidas. Debían de tener algo más de cuarenta años y su aspecto era relativamente pulcro, anodino, diría yo. No eran mendigos. No parecían ladrones. No parecían estar riéndose de mí. No me sentía amenazado por ellos. Simplemente, estaban donde no debían estar.

 

- Bueno –dije, agarrándome a esta idea-, seguro que esto es un error. Esta no es su casa y ustedes deben marcharse. No es que tenga prisa -añadí, conciliador- pero tampoco creo que deban tardar demasiado.

 

Entonces intercambiaron una mirada de entendimiento y pusieron en mí sus ojos con una expresión beatífica.

 

- Es verdad lo de la casa –dijo ella-, pero no sé por qué quieres que nos vayamos. Podemos hacerte compañía y no te molestaremos. Si no quieres, ni siquiera te hablaremos.

 

- No quiero compañía. Yo vivo solo y quiero seguir haciéndolo. Que ustedes estén aquí es un delito. No sé si lo comprenden.

 

Nada. Como quien oye llover. O peor todavía.

 

- Llevamos años cuidándotela -insistió la mujer, al poco-, no creo que merezcamos este desapego -añadió, en un tono de ligero reproche.

 

- ¡Cuidándomela! ¡¿Años?! ¡Ustedes están mal de la cabeza!

 

Volvieron a mirarse pero no volvieron a hablar antes de que la mujer recogiese la mesa y fregase los pocos cacharros que habían ensuciado. Tengo un pequeño lavavajillas pero ella prefirió hacer la faena a mano. Quizás estuve tentado de sugerirle que utilizara el electrodoméstico, pero no estoy seguro.

 

Después, quisieron salir de la cocina y yo tuve que echar hacia atrás mi silla de ruedas para permitírselo. Fui consciente de que ese gesto tenía mucho de renuncia de mi soberanía sobre el espacio, sobre mi casa, pero tampoco podía provocar un tapón que no resolvería ninguna situación. Así que los seguí hasta el salón donde, aprovechando que yo llevaba mi asiento incorporado, ocuparon los dos sillones abatibles que constituyen el mobiliario que más aprecio de mi casa con la misma actitud de quien se dispone a pasar la velada antes de irse a la cama.

 

Reducido de esta manera casi a la condición de invitado, me dispuse a escuchar a la mujer, que empezó a hablar cuando él le dio pie como si fuese el director de una orquesta. Cuando encontré trabajo, quince años atrás, se enteraron. Es cierto, me dijo con la paciencia de maestra que explica una verdad evidente, que para eso no hace falta ser detective, ya que se trataba de una oposición al Estado y toda la información es pública. Pero desde entonces (y precisamente por ello, pensé yo más tarde, mientras rumiaba lo que me habían contado) sí se ocuparon de seguirme los pasos con detalle. Por eso, se enteraron de que me compré esta casa y no tardaron mucho en hacerse con una llave. No me explicaron cómo lo hicieron, pero visto el desarrollo de los acontecimientos, eso sería como tratar de saber cómo me las ingenié yo para aprender a encender el ordenador de la oficina. Desde entonces, dado que mis horarios son previsibles, estuvieron entrando cada mañana después de que yo saliera y marchándose a media tarde, antes de que yo regresara. Más o menos, entre las ocho y media de la mañana y las cinco y media de la tarde, utilizaban mi casa como si fuese la suya.

 

- ¿No me digas que no lo sospechabas?

 

Moví la cabeza negativamente, boquiabierto y pensativo. Los miré, y en medio del aturdimiento, quise admitir que sus rostros me resultaban vagamente familiares. Quizás fuese como consecuencia de lo que me acababan de decir, pero la verdad es que sus caras me decían algo, a pesar de que estaba segurísimo de no conocerlos. Lo mismo habían jugado conmigo durante todo este tiempo y se habían cruzado conmigo decenas de veces en la calle o en el garaje o en la escalera del edificio, yo qué sé. La posibilidad de haber sido el objeto de esa broma cruel me puso de muy mal humor y me hizo sentirme avergonzado.

 

- ¡No! ¡¿Por qué iba a hacerlo?! -exclamé, rabioso, para espantar ese sentimiento negativo- ¡Nadie sospecha de que su casa la allanan a diario una pareja de pirados!

 

- Creíamos que sí –razonó ella, sin perder la serenidad-. ¿No has tenido alguna vez la sensación de que te habías dejado algún grifo abierto o incluso la espita del gas, cuando cocinabas con butano?

 

Sí, claro, pensé. Eso me había ocurrido varias veces. Algunas de ellas, lo comentaba en la oficina y los compañeros me tranquilizaban. Me explicaban que eso le pasa a todo el mundo pero que es algo natural, que tiene que ver con no sé qué procesos de la memoria. En otras ocasiones, la duda me asaltaba entrando en el portal del edificio y me lanzaba a toda velocidad escaleras arriba y al interior de la casa para comprobar si la había sumido en la ruina.

 

- ¿Y quién crees que ha evitado los desastres que podías haber provocado? -me preguntó, con la apática naturalidad del resto de la conversación.

 

Ahí fue donde perdí el mando de la conversación. Estaba frente a dos intrusos a los que, finalmente, tenía que agradecerles que mi apartamento no hubiese explotado varias veces. A partir de aquí traté igualmente de imponer mi criterio, pero creo que, a pesar de que seguía utilizando un tono autoritario, lo hacía con menos convicción.

 

Fueron ellos mismos quienes me explicaron que, después de irse de mi casa se metían en otra que quedaba libre por las tardes y dormían en viviendas que nadie habitaba por las noches.

 

- Ni te imaginas cuánta gente trabaja cuando los demás duermen - me comentaron.

 

Así vivían. Como los cangrejos ermitaños, que cambian continuamente de caparazón.

 

- Sea como sea –dije, tratando de recuperar la iniciativa y sin querer saber cómo se procuraban la comida o el vestido- esto se ha acabado. No quiero verlos nunca más en mi casa.

 

- ¿Y cómo piensas evitarlo? –preguntó ella- ¿Cambiarás la cerradura? –añadió, como quien enuncia una posibilidad ridícula.

 

- Ni siquiera es esa la pregunta –intervino él-. Supón que te hacemos caso…

 

- ¡Ya cuidaré yo de mis grifos!

 

- No me refiero a eso. Supón que te hacemos caso, digo. ¿Cuánto tardarán otros como nosotros en ocupar nuestro sitio?

 

- ¡¿Cómo?! ¿Es que hay mucha gente que vive como ustedes?

 

Sonrieron.

 

- Tampoco eso puedes imaginártelo. Miles.

 

- ¿Qué crees que hace la gente que llena las calles de las ciudades a todas horas?

 

- Trabajan -dije, dudando-. Hacen la compra.

 

Volvieron a sonreírme como le hubiesen hecho a un niño que cree en el ratoncito Pérez y no pude reprimir cierto mareo al imaginar que mucha de esa gente que estoy acostumbrado a ver por la calle con pinta de atareada, de preocupada, de tener un montón de cosas que hacer a las que siempre llega tarde, en realidad solo están desplazándose de una vivienda a otra, esperando la hora a la que pueden entrar o simulando que tienen prisa simplemente para mimetizarse con el ambiente. ¿Cuántas de esas personas que pasan largas horas en los bancos de la calle no hacen sino vigilar un portal del que ha de salir el propietario al que le tomarán prestado el espacio durante las ocho, diez o doce siguientes?

 

- No puede ser. Se lo están ustedes inventando. El mundo no funciona así.

 

- No insistas, Carlos. Al fin y al cabo a nosotros ya nos conoces –dijo ella, ignorando de nuevo mis palabras y ofreciendo el argumento definitivo.

 

Algunas veces pensé que debía decirles que mientras durase mi convalecencia deberían buscarse otro sitio donde meterse, pero no me atreví nunca a hacerlo. Así que durante aquellas largas seis semanas de inactividad tuve que acostumbrarme a mi escasa movilidad y a la presencia de la pareja de intrusos, que nunca se sintieron como tales.

 

Yo trataba de demostrarles mi desacuerdo con la situación haciendo como si ellos no existiesen. Por supuesto ni les saludaba ni les dirigía la palabra. Si la televisión estaba encendida, yo la apagaba como si hubiese olvidado hacerlo por la noche y si me cruzaba con alguno de ellos por el pasillo les obligaba a ellos a retirarse porque yo avanzaba cojeando, sí, pero con la determinación del que vive solo en su casa y no tiene ninguna razón para hacerse a un lado o detener su marcha.

 

Aunque me resulta doloroso, debo reconocer que terminé por acostumbrarme a la situación. Los intrusos conocían muy bien su papel y adaptaron un poco sus horarios, no sé si para que no los pudiese acusar de impertinentes o porque eran un matrimonio bien educado que comprendían que no podían irrumpir en mi casa antes de que me hubiese levantado, aseado y desayunado. El resto del día trataba de poner en marcha todos los proyectos que enturbiaron por excitación mi primer sueño de convaleciente y si no tuve mucho éxito se debió más a mi incapacidad física y a mi falta de coraje que a su ominosa presencia a lo largo y ancho (es un decir) de la casa.

 

Cuando se marchaban en busca de su residencia de tarde o de noche, se despedían con cierta amabilidad, si bien mi negativa a decirles absolutamente nada les inclinó a prescindir de la cortesía y marcharse sin más. Por supuesto, dejaban la casa como si allí no hubiera estado nadie. Ni una mota más de polvo ni una miga más por el suelo.

 

Por fin me restablecí y llegó el día en que tuve que salir de casa para ir a trabajar. A pesar de lo que se había convertido en costumbre, la primera mañana fue duro marchar sabiendo que, al poco tiempo, aquella pareja fantasmal iba a entrar en mi casa y adueñarse de ella hasta que regresase a media tarde. Durante los primeros días no pude evitar que, en mitad del trabajo, los viese almorzando en mi cocina, usando mi baño, follando sobre mi cama, babeando la siesta en mis sillones favoritos, mis únicos sillones, y me entrasen unas ganas irracionales de salir corriendo y sacarlos de allí a palos.

 

Incluso llegué a pensar (bueno, sigo pensándolo, pero ya no me molesta) si no se organizarán fiestas de intrusos y los míos irán a casa de otros y una cierta cantidad de ellos irán a la mía. Pienso en esos transeúntes que ocupan las calles y me los imagino yendo de visita a las casas de otros intrusos. Oye, qué cocina más bonita. Pues las vistas que tienes tú ya las querría yo para mí. Perdona, ¿me la puedes dejar para dentro de quince días, que vienen mis primos y prefiero que crean que esta es mi casa en lugar de la que tengo? Bueno, amigos, propongo un pic-nic en casa de Mateo para el próximo martes: yo pongo la música.

 

No obstante, como digo, estas fantasías ya no me hieren y con el tiempo incluso he encontrado algunas otras razones que hacen que la idea de compartir la casa no sea tan mala, además de las que ellos me explicaron para tratar de convencerme. Lo único importante, eso sí, es que no quiero volver a verlos y, de momento, así está ocurriendo. Cada tarde que vuelvo a casa sé que han estado allí pero no he vuelto a cruzarme con ellos.

 

Eso sí. Lo que me preocupa ahora es que, si no deciden cambiarse nunca, llegará un momento en que se hagan mayores y no me gustaría nada entrar un día en casa y encontrarme con dos cadáveres a los que deberé enterrar apropiadamente sin ser capaz de dar una explicación coherente sobre qué hacían muriéndose en mi casa.

 

Pero cada cosa tendrá que ser a su tiempo.