xiv concurso internacional de cartas de amor - radio nacional de españa


Dª Juhana de Portugal
- Reina de Castilla-


Majestad:
    Ruego lo primero disculpéis mi osadía de interrumpiros en este viaje que emprendisteis hace catorce días. Os aseguro que si no juzgara de grande importancia lo que debo deciros, como otras veces hubiese esperado vuestra vuelta, ya que lo que menos deseo es causaros molestia o permitir que advirtáis en mi carácter debilidades que no son ciertas.
    Mi señor Enrique, vos y yo nos casamos, como es dado a los nobles, por acuerdo referente al mejor gobierno de vuestras tierras y de las que pertenecen a mi familia. Hace de eso seis años y cuatro meses y recuerdo que cuando viajaba hacia  Córdoba dos dudas atenazaban mi corazón. Una, si el desposorio se llevaría a cabo, pues vos luchabais con el moro de Granada y un soldado, aunque sea rey, nunca está a salvo de la cruel espada del enemigo. Otra, obligado me es decirlo, la noticia que corría por la Corte de Portugal y por otras Cortes de la Cristiandad de que no llegó a consumarse vuestro matrimonio con doña Blanca de Navarra por incapacidad vuestra de intervenir como corresponde a los hombres.
    Mas las dudas que albergaban mis dieciséis años se levantaron como la niebla de la mañana con el calor de vuestra agraciada presencia, el ajustado timbre de vuestra voz y la cortesía de vuestro carácter. Justo es deciros que no fue amor lo que primero me inspirasteis pero sí un sentimiento grato que sirvió para que aquel floreciese pronto en mí.
    Sí, mi señor Enrique. Os amo con la serenidad de una reina pero con la pasión de una muchacha, y lo hago desde hace mucho tiempo, creedme. Es el vivir con vos lo que me hace ser feliz y parecer siempre alegre. Sé bien que mi alegría atiza la envidia de vuestros cortesanos, que no gustan de risas ni de bromas y levantan calumnias sobre mi persona y la de vuestro amigo don Beltrán de la Cueva, a quien tengo en amistad principalmente porque es buen consejero vuestro y porque vos confiáis en él. Pero nada me importa lo que digan hombres rudos de brazo y duros de cabeza si vos no les prestáis más atención que la ninguna que merecen quienes dicen querer guiaros y sólo buscan su propio provecho.
    Verdad es que no sé si mi amor es semejante al que vos sentís por mí, si bien creo que el modo en que los hombres aman es distinto al de nosotras, las mujeres. Verdad es también que no son muchas las veces que en estos tiempos tormentosos un rey puede yacer con su reina y os confieso que he sido yo quien ha buscado ocasiones de que ello ocurriese por ver si crecía vuestro amor hacia mí y también, en secreto os lo digo, por incrementar la dicha propia.
    Y la ocasión se produjo hace dos meses, con motivo de vuestro viaje a Alarcón, donde habíais de arreglar ciertos asuntos con don Juan Pacheco, señor de aquellas tierras y, si me lo permitís, amigo mío. Así fue que yo insistí en acompañaros y pasé unos días deliciosos caminando por esos parajes despejados y francos, sorprendida por la fuerza con que el Júcar tajó las rocas al pie del castillo, enmudecida a veces por el espectáculo de los atardeceres de sangre que allí se dan, aturdida por una belleza que me pareció superaba en conjunto la de Toledo, donde, como sabéis, pasé mi infancia.
    Fue la quinta noche de nuestra estancia cuando las cosas se ordenaron para que pudiéramos amarnos sobre nuestro lecho como ordenó Dios que lo hiciesen los esposos con sus esposas. El vértigo que producía asomarse por la ventana hacia la nada de aquel río se adueñó de nuestros sentidos y gozamos las mejores horas de nuestro matrimonio, desde que el silencio se hizo en el castillo hasta que el  piar de las golondrinas nos avisó de que había llegado el día.
    Pues bien, Majestad, han pasado sesenta días desde entonces y desde entonces mi cuerpo no se ha comportado por dos veces como debía haberlo hecho si nuestro amor hubiese sido amor estéril. Al contrario, me envía señales muy ciertas de que vuestra semilla ha prendido en mi interior y de que un ser crece en mi vientre. Majestad, estoy encinta de vos y desde hoy no hago sino rogar a Dios que me dé salud para que nazca y merecimientos para que sea un hombre en quien podáis confiar la corona de Castilla, engrandecida por vos, sin duda, en los años sucesivos.   
    Os ruego de nuevo perdonéis mi atrevimiento y pemitidme que os diga que ardo en deseos de veros de nuevo.

    Juhana