45-28-15-11

Vivo en una autonomía en la que la administración pone dinero para que las familias que lo necesitan (y alguna que no, pero que hace trampas, como siempre ha sido) no tengan que gastarse una pasta en libros de texto al empezar el curso.

 

En un instituto que conozco bien, recibirán libros que no habrán de comprar cuarenta y cuatro alumnos de primero de ESO, veinticinco de segundo, quince de tercero y once de cuarto. Ese es título de esta entrada: 44-25-15-11. El curso pasado las cifras fueron diferentes pero semejantes. Y si algún periodista quisiera redactar un artículo de fondo, preguntaría a la consejería del ramo por estos números a escala regional.

     Podríamos pensar que estamos ante una revolucionaria muestra de cómo los estudios sirven para la promoción social de sus alumnos y sus familias, de manera que basta completar los primeros tres cursos de ESO para que el 75% de quienes necesitaban ser ayudados ya no lo necesiten.

     Pero esta magia no existe, claro. Lo que dicen estas cifras es que el número de estudiantes pobres disminuye a lo largo de toda la escolaridad obligatoria porque quienes desaparecen de los institutos son los estudiantes pobres.

      O sea, que lo sustancial sigue sin cambiar. La escuela continúa siendo el instrumento de selección social que ha sido siempre. Como el discurso es muy aburrido y no se han desarrollado políticas ni tecnologías educativas capaces de acabar con eso, estudiosos y preocupados por el mundo de la educación, muchas veces bien intencionados, se dedican a buscar los tres pies al gato.

      Obsérvese que los treinta y tres alumnos menos de cuarto de ESO que necesitan beca de libros son, aproximadamente, el 30% de la cohorte de primero de ESO. Dicho de otro modo, ese porcentaje coincide con el porcentaje del fracaso escolar, de abandono de la senda formativa.

      Aprendí este papel contrarrevolucionario de la escuela cuando estudiaba segundo curso de Magisterio, y ahora lo traigo aquí de esta forma un poco burda, pero no falsa. No me queda más remedio que reflexionar que en treinta años de ejercicio (o más) no he hecho otra cosa que contribuir a él, aunque me ha gustado creer que hacía lo contario, como también estudié en aquel curso, en aquella asignatura que fue la única que me sirvió de algo.

 

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