Muerte en extrañas circunstancias

A finales del siglo XIX, el antropólogo inglés Abraham Adams descubrió, en una zona montañosa inaccesible aunque no muy apartada del curso del río Niger,  un grupo étnico que se distribuía a lo largo y ancho de un territorio de una extensión semejante al área metropolitana de Londres. El grupo estaba separado en tribus que controlaban territorios mucho más pequeños y las diferencias de comportamiento entre aquellas eran más que notables. De hecho, Adams dudó mucho antes de decidirse a hablar de un solo grupo étnico porque el catálogo de diferencias en ritos, costumbres, creencias, etc, que mostraban las distintas tribus era casi inagotable.

 

     No obstante, lo que le hizo establecer esa categoría fue que todas esas pequeñas sociedades compartían la costumbre de penalizar de por vida prácticamente a la mitad de sus miembros. “No es que no exista la igualdad entre ellas –escribió-, es que la una prácticamente esclaviza a la otra.” Adams describía cómo en aquellas tribus existía una clase ociosa dedicada prácticamente a la contemplación de los ritmos estelares  y otra sobre cuyas espaldas recaía todo el trabajo de sostenimiento de la colectividad.

 

     “Después de unas semanas de observación –escribe- me declaré incapaz de comprender el motivo de la discriminación y me entrevisté con el chamán de una de las tribus. Le pregunté cuál era el crimen que habían cometido aquellas personas y, mostrándose sorprendido, me contestó que no se trataba de ningún crimen. Simplemente eran más fuertes y por eso tenían que levantar los puentes, cultivar el campo, cazar a los animales, mantener en pie las viviendas,  preparar el alimento para sus familias y velar porque el sueño de los suyos fuese siempre sereno.  ¿Para qué otra cosa, si no, habrán recibido de los dioses la fortaleza de sus cuerpos?”

 

     Adams observó entonces que no todas las tareas que hacían exigían una gran fuerza, pero que, era tanto lo que tenían que hacer, que había visto cómo en no pocos casos llegaban al final del día al borde de la extenuación, con una alimentación escasa,  con heridas que no llegaban a curarse y presa de enfermedades

 

que se habrían enquistado en sus organismos desde muy antiguo.

 

     “Quizás es como dices -le contestó el chamán, cuando el antropólogo subrayó la diferencia de salud que había entre los miembros de las dos clases- pero los dioses han dispuesto que las cosas sean de ese modo. El Gran Dios transmitió a nuestros antepasados que, puesto que son las que traen la vida al mundo, las mujeres están exentas de cualquier otra ocupación mundana. Su piel no puede romperse, ni sus brazos pueden cansarse. El día ha de ser plácido para ellas desde que sale el sol hasta que se pone y desde que comienza su vida hasta que se termina. Así lo dispuso Dios.”

 

    Como cualquier científico, Adams no tenía que juzgar lo que sus ojos veían, pero, como hombre, huyó aterrado de aquellas comunidades en las que, bajo el ridículo paraguas de una creencia supersticiosa que no tenía nada que ver con la religión, nacer varón equivalía a llevar una vida de penurias sin cuento.  En el momento en el que no necesitaban la protección de la madre eran arrojados como aprendices a un mundo sin juegos, goces ni disfrutes de ningún tipo, del que no saldrían nunca y que les llevaría, irremediablemente, a una muerte prematura, no pocas veces a manos de mujeres descontentas con su capacidad para cumplir con el papel divino que se les había adjudicado.

 

De vuelta a Londres, el antropólogo redactó su informe y lo presentó en la Royal Society of Anthropological Studies, que había financiado la investigación.  El Consejo Académico estudió detenidamente el contenido, se aseguró de que Adams no había vivido su experiencia en aquellas tribus bajo los efectos de ninguna droga que le hubieran administrado y, finalmente, decidió que lo mejor era que el contenido de aquel estudio nunca saliera a la luz. El presidente de la Royal Society le pidió a Adams que le entregase todas las notas y todas las copias que hubiese hecho de su trabajo y las guardó bajo siete llaves en los archivos más secretos de la institución.

 

Adams murió unas semanas después en extrañas circunstancias.