La comunión

El traje que había estrenado me acercaba a mi tío, un músico militar del que teníamos noticias una vez cada año, cuando el barco en el que trabajaba empezaba la vuelta al mundo y la tripulación posaba para que sus familiares pudieran tener una fotografía de ese momento.

 

Hay que ver el aire marcial que imprime una casaca azul marino y un pantalón color hueso. Camina uno con ademanes de hombre de palo sin querer ni darse cuenta. No me extrañaba que mi tío fuese un tío tan seco y prepotente, incluso vestido de paisano.

 

A pesar de las prisas que nos metió mi madre, no llegamos los primeros y me tocó sentarme en la segunda fila, hacia el centro. Uno más entre veintitantos marineritos, chaquetas con charreteras, botones de ancla y libritos con tapas de nácar en la mano. Uno más en que le pasara algo especial.

 

Don Restituto nos lo había contado muchas veces. Dejaríamos de ser niños para convertirnos en personas. A partir de ese momento, las cosas malas que hiciéramos se nos apuntarían como pecados y se nos anotarían en el cuaderno que Dios habría de mirar cuando le rindiéramos cuentas. Para eso tenéis que ir elegantes de cuerpo, pero sobre todo de alma, nos decía. O sea, vestidos como mi tío, pensaba yo. Esa era mi vuelta al mundo

 

Lo habíamos ensayado varias veces. Llevábamos muchas tardes de catequesis. Habíamos recitado el catecismo entero, formado en los mismos bancos y ensayado cuándo y cómo tendríamos que levantarnos, arrodillarnos, cerrar los ojos y no masticar para no herir al Señor cuando nos diesen la hostia.

 

Las lecciones no siempre eran fáciles y algunos de nosotros nos quedábamos después a repasar con él. Si te equivocabas en los pecados capitales o las virtudes teologales, ya sabías lo que te tocaba: esperar a que se fuesen todos para repetir la lección.

 

Al otro lado de pasillo estaban sentadas las chicas, metidas en vestidos como campanas blancas que les daban un envaramiento diferente y les hacían caminar como si necesitasen las piernas más para empujar el traje, que parecía pesarles mucho, que para andar como personas normales.

 

Yo les tenía envidia por su enchufe con el sacerdote. Ellas también se equivocaban, pero no se quedaban nunca a estudiar. Será que son más guapas, me decía Ernesto, que buscaba una explicación como hacíamos los demás. Sobre todo, los seis a los que más veces castigaba don Restituto. A los demás, les daba igual. Ellos se iban a su casa y en paz.

 

En la misa hubo varios curas, además de don Restituto. Sois muy importantes para la Iglesia, dijo durante la homilía. Por eso estamos aquí tantos sacerdotes. Habéis de saber que nos llena de orgullo, añadió, que tantos niños vayan a ser a partir de hoy nuevos miembros de la Legión de Cristo.

Con lo de la legión pensé otra vez en mi tío, claro, porque aquello sonaba a militar que tiraba para atrás, y me dije que por qué razón pensaba más en mi tío que en mis padres, que estaban unos pocos bancos detrás de mí. No debía mirarlos porque para eso me iba a convertir en un hombre y los hombres no miran para atrás, no pecan, no lloran, no se portan mal con sus hermanos.

 

Los hombres no se avergüenzan tampoco y se atreven siempre a mirar a sus padres a los ojos.

 

Yo iba detrás de Mario, el más gordo de la catequesis. La fila avanzaba bastante despacio porque era don Restituto el que daba todas las comuniones. Éramos su rebaño, nos decía, y sería él el que nos condujese al aprisco. Lo decía como si le obligase el sentido del deber, pero algunos de nosotros se lo hubiésemos dispensado porque no nos gustaba que nos considerase ovejas y porque temíamos que el aprisco fuese un sitio donde no podían pasar cosas buenas.

 

Mario era el chico más gordo de la catequesis. Tanto, que yo me podía esconder detrás de él y no se me veía. Mientras caminábamos a paso de tortuga pensé en quién podía fabricar trajes para chicos tan gordos y en que era imposible que a él le transmitiera la misma marcialidad que me transmitía el mío.

 

Volví a pensar en mi tío, si le dejarían ser militar si estuviese tan gordo. En las chicas, que se equivocaban, pero no las castigaban, y que caminaban en la fila de al lado con las manos juntas cerca de la nariz. Pensé en que era una suerte lo de Mario y, cuando le tocó a él recibir la comunión, yo me agaché, como si se me hubiese desatado el cordón del zapato. Y cuando él se retiraba, yo me hice un lío y me encontré mirando hacia el banco y de espaldas a don Restituto.

 

Alguien tosió. Don Restituto tosió. Conocía esa tos de regañina, de bronca, de castigo, de ahora vas a hacer lo que yo te diga o, de lo contrario, irás al infierno. Quizás debería haber mirado a mis padres y haberme echado a llorar, que era lo que me apetecía, pero estaba a punto de dejar de ser un niño, así que hice lo que debía.

 

Me giré, caminé hacia el cura, ocupé el sitio que tanto habíamos ensayado y abrí la boca como él me había ordenado tantas veces.

 

Sentí una arcada, como tantas veces, y la reprimí porque la hostia era delgada y ligera, y, con el sabor a bilis en el paladar, volví a mi asiento, donde Mario se había arrodillado y rezaba con los ojos cerrados. Yo también me arrodillé y cerré los ojos, pero en lugar de rezar, me pregunté si mi padre hizo lo mismo que yo para dejar de ser un niño para ser una persona mayor.

 

A mí me seguía dando mucha vergüenza y por eso seguía sin mirarle a los ojos.