Sicilia

Cuatro días en Sicilia no dan para mucho más que hacer un puñado de fotografías y hacerse una ligera idea, seguramente equivocada, de lo que es la isla y cómo se vive en ella.

Palermo

Grande, descuidada, desordenada, destartalada, sucia, multiétnica, religiosa... Palermo es un ciudad del Sur, una ciudad-zoco donde casi todo parece estar en venta. Aquí pueden verse escenas que no se ven en España desde hace décadas. Calles llenas de excrementos de perros, vendedores ambulantes de artículos de droguería o casi cualquier otra cosa... No es extraño que su mercado diario sea una atracción turística, un lugar donde se mezclan fruteros que compiten en vocear las ventas más fuerte que los otros, músicos ambulantes, viejos que hacen juegos de magia... Allí se venden calabacines de un metro de largo, rodajas de atún como ruedas de bicicleta y fresas del tamaño de un dedal.

 

En las calles más antiguas abundan antiguos palacios que dejan ver los restos de su antiguo esplendor. Por la noche, callejones negros como la boca del lobo, contenedores rebosantes de basura.

 

Aquí, o en cualquier otro sitio de la isla, puede uno ver en la ventana a un hombre en paños menores haciendo nada o cortándose las uñas de los pies y dejándolas caer en la acera, mujeres que cogen el encendedor de un puesto ambulante y encienden el cigarro y luego miran como si disimulando el interés por el género hubieran pagado el favor.

 

En tiendas y cafeterías existe la viejísima distinción entre los asalariados, que atienden al público, y el jefe, que cobra el importe del servicio. Cuando eso acabe, que acabará, el desempleo se disparará como una bomba de cañón, y llegará también el día en que para mal-limpiar una acera no harán falta seis barrenderos charlando y fumando como durante la partida de mus.

 

Siracusa

Siracusa tiene dos partes. Una es la Neópolis, las ruinas griegas que, a su vez, pueden visitarse libremente porque están en un abandono absoluto, después de pagar los preceptivos diez euros o, simplemente, no se pueden visitar.

La otra parte, la isla de Ortigia, es una especie de antigualla delicada, un conjunto de casas, calles y plazas de una belleza melancólica, con excepción de la plaza central, que parece una tarta de nata alargada, que sorprende, sobre todo si se la aborda desde una calle lateral, y que está abarrotada de turistas a todas las horas del día.

Otras cosas y lugares

Erice es uno de los muchos pueblos sicilianos que trepan por la ladera de una montaña. La vida parece organizarse en torno al turismo, que llega sin aliento a la parte más alta de la ciudad. Los mazapanes que sirve su confitería más famosa son simplemente extraordinarios.


Cabe pensar que los turistas van a Agrigento, sobre todo, para situarse en la Magna Grecia y sentirse un griego más en el medio de una ciudadela llena de templos dóricos. El Valle de los Templos, sin embargo, solo despertará la pasión de los apasionados por la Arqueología. El vasto terreno en el que se ubica guarda, sobre todo, una gran pieza, el Templo de la Concordia, y algunos otros vestigios que, probablemente, dejen sabor  a poco a los legos.

Entrar en el valle cuesta los diez euros de rigor que se cobra por cualquier visita cultural, pero lo cierto es que la visita puede hacerse gratis si el viajero tiene la sabiduría de esperar hasta la caída de la tarde, cuando los monumentos son mucho más bellos... y la taquilla se cierra dejando expedito el paso.

La ciudad es tortuosa e incómoda. La ciudadela está, de nuevo, en lo más alto, y el acceso a ella se hace por una larga circunvalación con el coche o a través de calles con escaleras empinadísimas. 

Esquelas y capillas

Como en otros sitios del sur de Europa, la religión está presente casi en cada calle. Las capillas están a las puertas de las casas, de los bares y en cualquier otro lugar. En las ciudades se topa uno con paneles llenos de esquelas que recuerdan a los muertos y, con frecuencia, en los portales aparecen grandes obituarios que recuerdan algún fallecido que vivía en ese edificio.