Flandes

En las antípodas de la palabra "viaje" se encuentra lo que habitualmente nombramos de esa manera. Pero esas experiencias -los viajes de verdad- tampoco están al alcance de todos los mortales.

De la misma manera, hablar de "Flandes" es un poco exagerado. Pero uno se engaña diciendo que conoce aquel territorio después de haber visto a la carrera tres de sus ciudades.

Un día en Bruselas da para conocer que una de las capitales de Europa tiene varias caras y una de ellas es menos amable de lo que se supone. Al otro lado de la Grande Place y de los miles de turistas que hacen y se hacen fotos de una forma compulsiva, de las


pastelerías que muestran a sus operarios haciendo bombones, de las terrazas abarrotadas de gente aprovechando el sorprendente buen tiempo de finales de octubre, existe una ciudad multiétnica. Una parte de ella puede sorprendente celebrando una estridente boda musulmana en el corazón turístico de la ciudad, pero es más fácil encontrarla al otro lado del río, donde Bruselas se llena de tocados árabes, rostros oscuros, gestos cansados, calles sucias, freidurías y hasta urinarios individuales en cualquier acera donde es fácil ver a un hombre aliviándose.

La vida es tan cara para cualquiera que llegue desde el Sur que las guías subrayan los sitios donde se puede comer un bocadillo grasiento al precio de un menú del día en la Puerta del Sol. Pero no hace falta buscar la calle porque ese par de hitos fundamentales de la ciudad tienen siempre varios metros de cola.

Como el Maneken Pis, esa escultura estúpida que hace estúpidos a los montones de turistas que la buscan, a sabienas, la gran mayoría, de que no existe un solo motivo que justifique su búsqueda.

Visité Bruselas en un día de fieta, de manera que las avenidas estaban vacías y podía pasearse por ellas, ver en el suelo las chapas clavadas que recuerdan dónde vivió gente asesinada por los nazis, hacer, en fin, la ruta de los principales hitos urbanos, incluido el Tribunal de Justicia, mitad en obras mitad presa de un abandono etíope. El Museo de Bellas Artes tenía la cola protocolaria que me niego a hacer y no vi La muerte de Marat pero sí entré en el museo de Magritte, que tiene muy pocas de las grandes obras del surrealista pero que resulta ser un espacio museístico muy interesante... y con unas buenas vistas sobre la ciudad.


Brujas es una más de las ciudades europeas que se han convertido en una suerte de parque de atracciones. Por la noche es una ciudad fantasma, sobre todo si te recibe con una niebla espesa, y por el día se llena de tanta gente que no es fácil dar media docena de pasos sin pedir perdón.

Los lugares más turísticos están abarrotados entre las once de la mañana  cuando los trenes dejan en la estación a las hordas de turistas que, de regreso, a las siete de la tarde, abarrotan trenes kilométricos de una manera que el Metro de Madrid en hora punta parece el desierto de Atacama.

    Uno se pregunta si la ciudad ganaría pernoctaciones si la hostelería fuera más barata, pero los precios de Bruselas se multiplican por 1,5 como mínimo y la gente no parece dispuesta a pagar más por ver lo mismo más tiempo. Y tampoco a hacer un descanso a razón de cinco euros el café, de modo que el personal abarrota calles y muretes donde reposar y tomar más y más fotografías.

    Como la primera vez que estuve, Brujas -el casco histórico, claro- me pareció una ciudad de mentiras, un museo grande, un escenario construido para que los forasteros se queden ora extasiados, ora acogidos en una suerte de casita de muñecas.

     El otoño juega mucho a favor de la ciudad y es un placer pasear por el Minnwater Park a primera hora de la mañana, cuando no han llegado los trenes de turistas.

      Después, uno se pregunta la cara que se le quedaría a aquellos burgueses que construyeron la plaza neogótica si ahora vieran que se ha convertido en lugar de peregrinación de media Europa ociosa.



La estúpida pregunta, a quién quieres más ¿a mamá o a papá? tiene su continuación en qué ciudad te gusta más, ¿Gante o Brujas?  Si alguien que lea esto no ha estado, podría decir (a semejante nivel de estupidez) que Brujas es más entrañable y Gante hace gala de un pasado más pretencioso y un presente más dinámico. Esta aspiración se resume en la famosa vista desde el puente de San Miguel, desde donde se ven las tres grandes torres de la ciudad, el signo de la competencia de los grandes poderes de todas las ciudades de todos los tiempos.

La idea de añadirse a una visita guiada gratuita por la ciudad permite ensanchar el conocimiento que se lleva con la lectura de la guía. Además de recopilar el anecdotario con que nos obsequia la informadora turística, da tiempo a descubrir un restaurante que sirve un litro de sopa a seis euros, lo que le debe convertir en el abrevadero más barato de Flandes.

    Conocido el antecedente sirio del castillo, las disputas gremiales de la ciudad medieval, el cambio de gusto estético que dio tiempo a que se  produjese en la construcción del ayuntamiento o la importancia de los muelles en el desarrollo económico de Flandes, el particular pique con Brujas y el nomenos particular Maneken Pis de la ciudad de Carlos I, lo mejor es sentarse en una terraza y afrontar la tarea imposible de saber qué hay de la vida de la ciudad detrás de la costra que dejan los turistas.

    Aunque es imposible si no se sale del centro, claro. Allí todo son tiendas de wafles, algunos caseros y otros industriales y más caros; puestos ambulantes de empalagosas narices de Flandes; cruceros aburridos por los mismos sitios que ves a pie; tiendas de chocolates y de cervezas.

     Por último, si no se tiene tiempo nada más que para visitar un museo, lo mejor es no elegir el de la Industria. Lo único que merece de él el paseo hasta encontrarlo. Más interesante es la Ópera, un edificio grandioso en un espacio urbano creado a propósito.