El taller de Niceto

Entré como aprendiz en la sastrería de Niceto cuando había aprendido las cuatro reglas. Ninguna otra cosa de las que me querían enseñar en la escuela me parecía útil y empecé a faltar a las clases y asistir a los billares: la maestría con la que Fermín gobernaba a las bolas me parecía muy superior a la de don Federico repitiendo lecciones. Mi padre opinaba lo mismo que yo sobre la utilidad de ir al colegio, pero discrepaba sobre las ventajas de pasarme la mañana en el garito, así que me dio a elegir entre ser aprendiz de carpintero, de herrero o de sastre. Elegí este último porque me pareció que era el que menos esfuerzo iba a demandarme, y un par de días después entré en el taller de Niceto.

 

    El taller era, en realidad, su propia casa. En el salón tenía una mesa grande, una máquina Singer, un tablero pegado a la pared con distintas herramientas y unas baldas con algunas piezas de tela. La habitación más pequeña servía como probador y la grande, que era su dormitorio, estaba siempre cerrada. Niceto era un tipo triste, silencioso y monótono, como el oficio que desempeñaba. Solo hablaba cuando algún cliente iba a probarse y entonces se humillaba delante de él, no solo para tomarle medidas sino como si estuviese convencido de que le correspondía mantener una actitud servil.

 

     Mi estancia en el taller no me sirvió para aprender la profesión, pero sí para arruinarme la vida. El runrún inacabable de la radio, el ambiente lóbrego de la sala, la letanía permanente de la hija deficiente de Niceto, arrumbada en la mecedora del rincón… terminaron por socavar mi resistencia al desaliento. Mi padre no me dejó huir cuando se lo pedí, y a los dos años me había convertido en un elemento más de aquel ambiente depresivo. Ni siquiera me apetecía juntarme con los amigos al terminar el trabajo y el tiempo que no estaba en el taller lo pasaba en casa, convertido en un trozo de madera.

 

     El día que la mujer de Niceto me dijo que dejara de coger hilvanes y la siguiera, ni siquiera me pregunté qué quería. Gregoria ejercía de oficial en el taller cuando terminaba las tareas de la casa y a nadie le sorprenderá que diga que era la que llevaba la voz cantante en la pareja, dado el espíritu rácano y miserable del sastre. Niceto solamente salía del taller para hacer las pruebas a algún cliente importante y aquel día en que Gregoria me dijo que la siguiese había ido a la otra parte de la ciudad.

 

    Lo que Gregoria quería era yacer conmigo. O que la follara, mejor, que fue lo que me ordenó, una vez estuvimos dentro de su dormitorio. Cuando lo hizo, excuso describir aquí en qué posición y con qué falta de atuendo, comprendí cómo obra el instinto en los seres vivos, y me sentí como cualquier pajarillo de los jardines, que sabe lo que ha de hacer sin que ni padre ni enciclopedia ninguna se lo hayan dicho.

 

   

Cuando terminé (no sé si ella también), Gregoria me lo dijo claramente.

 

  - Mira, chaval, mi marido no hace el amor, sino que lo destroza y, por si no lo sabes, a las mujeres nos gusta mucho el trajín, así que desde ahora en adelante tu papel aquí ya sabes cuál va a ser. Mientras me tengas contenta, tendrás trabajo, dinero y propinas. Cuando no, ya me encargaré de que Niceto te abra la puerta.

 

     - Como usted quiera –me atreví a decirle.

 

     - Claro que como yo quiera. Y ya puedes aplicarte más, porque lo de hoy, por ser la primera vez, te lo paso, pero como vuelvas a hacer el ridículo como lo has hecho, no llegas a Navidad.

 

     Aquello no fue un cambio a mejor, a pesar de lo que pueda pensarse. Ahora no solo me aburría, sino que no dejaba de pensar qué sería de mí si Niceto nos pillaba y mi padre se enteraba. Y además ahora tenía que estar atento a cuándo tenía prevista mi jefe una salida porque la coyunda con mi patrona no me salía gratis: el miedo a no dejarla contenta fue la causa de las migrañas que se me agarraron como lapas y me atormentaron durante semanas.

 

 

     Lo sé porque cuando Gregoria murió, también desaparecieron las migrañas. Eso fue, más o menos, tres años después de que empezásemos a follar (el amor, Gregoria y yo nunca estuvimos juntos). Niceto, que era pobre de espíritu, pero no tonto, nos pilló en la cama una mañana que después de cerrar la puerta no fue a casa de ningún cliente, sino que esperó en el rellano el tiempo suficiente para entrar sin que nos diésemos cuenta. No describiré lo que hacía Gregoria cuando Niceto entró en la habitación, pero diré que su espalda desnuda ejerció de diana en la que el cornudo clavó con entusiasmo las enormes tijeras de sastre, por lo menos dos veces en cada cuadrante y una más en pleno centro. Aún recuerdo el ruido de las vértebras cuando se quebraron por la arremetida poderosa del metal.

 

     El juez aplicó una pena leve a Niceto porque cuando yo era joven la mancilla sobre el honor del marido debía de considerarse un eximente, pero, por lo que supe después, ya no se recuperó de la tristeza. Mi padre me soltó un bofetón que me mandó al otro lado de la habitación y cuando me levanté del suelo me fui de casa porque no podría vivir al lado de ese tortazo y del que me daría cuando le dijera que lo de Gregoria no se me podía tener en cuenta. Que no era placer, sino trabajo. De verdad que placer ninguno porque, ya desde que iba a los billares, me gustaba más Felipe que las carambolas que hacía.