El caos

La clase es un desastre monumental. La demostración de que, si quisieran, los chiquillos se sublevarían contra los profesores y en una mañana podrían convertir el instituto en un baldío.

La profesora se encastilla en el frente de la clase. No la domina, sino que se esconde allí, lejos del barullo. Se desplaza lateralmente entre la pizarra y la mesa, adonde acude a consultar el guion de la clase o los parágrafos del libro como los pajarillos de la jaula van y vienen del comedero a la caña y de la caña al comedero.

Para sorpresa, quizás incluso suya, cuatro o cinco chicos siguen su discurso y contestan a las preguntas que lanza al aire, convencida de que nadie va a responder, aunque solo sea porque es muy difícil entender lo que dice entre el barullo generalizado.

Los demás están en la clase porque es mejor que quedarse en la calle. Allí se está a una temperatura razonable y la charla surge fluida con este o con aquel. Al que le apetece levantarse porque sí, lo hace. Quien quiere, acude a intercambiar impresiones con otro. Se forman dúos, tríos, cuartetos. De entre esta mayoría de rapaces, si alguien está orientado a la pizarra es solo por casualidad porque ni uno solo tiene la menor idea de qué se está diciendo o haciendo allí.

Eso me transmite mi aprendiz, que, por una extraña razón, ha pasado una sesión en el interior de un aula conflictiva.

Lo que más ha llamado su atención, sin embargo, es la atracción que el chico más antipático de la clase ejerce sobre los iguales. Relegado al fondo, sentado sin compañeros al lado, mostrando un aire pendenciero y una actitud bronca y desafiante cuando no se dedica simplemente a dormirse sobre la mesa, ocupa, sin embargo, una posición central en el sociograma de la clase. Son muchos los que se giran para hablarle, incluso a distancia, enviarle mensajes o intercambiar gestos. Y, entre esos muchos, abundan las chicas, y no solo las malotas, como se dice en el argot, sino, por el contrario, las modositas, las que pueden pasar por buenas estudiantes, muchas de las que sus padres se sorprenderían de que prefieren que le preste atención el menos recomendable de la clase a prestar ellas atención a la profesora.

Si será como te digo, me dice mi compañero, que el pieza ha ido acercando su mesa hacia adelante poco a poco hasta que se ha situado al alcance de la cabellera de la niña que tenía delante y se ha dedicado a acariciarle el pelo mientras ellas, con cierto disimulo, echaba la cabeza para atrás para facilitarle el insensible masaje.

El escándalo, en fin, que ha traído mi compañero en prácticas, le ha servido para comprender que dentro de las aulas no hay una sola realidad, sino varias. Y, como mínimo, dos, la de los estudiantes y la del profesor. Y que ambas difieren, de modo que lo que para los adultos es gravísimo para los infantes es leve o incluso divertido. Y, probablemente, al revés.

Pero eso se lo contaré otro día.

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