Los mudos

Mi compañero aprendiz, el nuevo, se desespera porque no consigue que en sus clases intervengan más de cuatro o cinco alumnos. Los demás, me dice, son capaces de no despegar los labios en un trimestre entero.

      Asegúrate de que no son mudos –le digo-, y me mira con una expresión híbrida, entre perdonándome la vida y reprochándome que trate de tomarle el pelo. Para tranquilizarle, le aseguro que hace tiempo descubrí que una chica de quince años era sorda. No sacaba muy buenas notas, pero fue capaz de ocultar que apenas oía el quince por ciento de lo que se le decía, lo que la convertía en doblemente inteligente: por la ocultación y porque si hubiese escuchado como cualquier otro compañero lo mismo habría sacado sobresalientes.

      Mi compañero, el aprendiz, me objeta que no es lo mismo y se lamenta de que así no hay quien haga clases participativas.

 -               - ¿Mande? –le digo-. ¿Qué es eso? –le sorprendo otra vez.

-               - Pues clases en las que los chicos hablen –me dice, tratando de resumir algo que le extraña que yo ignore.

-             -   ¿Y de qué quieres que hablen? ¿De las guerras napoleónicas?

   Noto que mi compañero se pone en guardia y busca en el arsenal de sus apuntes de opositor algún argumento con el que iluminarme sobre la necesidad de que las clases sean dinámicas y tal y cual. Pero algo le dice que es mejor callarse y cederme la palabra.

 -               -   ¿A cuántos alumnos vas a aprobar por hablar mucho?

 -               - Bueno… no es eso… pero algo cuenta, claro, algo cuenta.    

     - ¿Y qué porcentaje de las respuestas que te dan a las preguntas que haces las consideras válidas o, por lo menos, dignas de apreciación?

    - No lo sé… -me dice, después de pensar un poco -, pero , hombre, ¡es que están aprendiendo!

    - O sea, muy pocas. Pues ya sabes lo que pasa. Un alumno de dieciséis años lleva diez comprobando que lo que él dice está equivocado; lo que propone, nunca se hace; lo que supone, no es así… Así que no hay ninguna razón para hablar en alto porque, además, donde se corta el bacalao es en los exámenes escritos. Ahí es donde hay que dar el do de pecho. Lo de antes son solo fuegos de artificio y únicamente unos pocos aceptan ser los coristas que dan pie al profesor para que se luzca en su siempre magnífico ejercicio de solista

      No sé… a veces pienso que soy muy duro con el aprendiz que me acompaña: pensará que para qué va a opinar, si siempre le digo que no lleva razón…

 

 

 

 

-           

 

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El año más inútil de nuestra vida

He apostado con mis alumnos de segundo de bachillerato que al menos el veinticinco por ciento de ellos vivirá el curso próximo mejor que éste. Lo hago todos los años y ninguna cohorte ha venido nunca a reclamarme el jugoso contenido de la apuesta. Y no porque entre ellos hayan perdido el contacto y no puedan hacer sus cuentas, sino porque llevo razón en las mías. Me permito recordarles la lección aquella en la que hablábamos de la oferta y la demanda y de qué pasa cuando aquella es mayor que ésta. Que baja el precio, me dicen, y les felicito por su sabiduría y les digo que hagan ahora ciencia aplicada.

 

     Veremos, me dicen, entre suspicaces y esperanzados, y subrayan que andan hoy como embarazada a quince días del parto, agobiados todos por hacer bien un examen (el de como se llame ahora el selectivo) que –les digo- a nadie le interesa que salga mal y que si echa el alto a alguien en su particular carrera es sin querer, porque el compañero se empeña en dejar el papel en blanco o en hablar de Carlomagno cuando le preguntaban por Azaña.  

 

     Mi compañero aprendiz, ese que me sigue en su particular mir docente, me pregunta si estoy de verdad tan tranquilo como aparento y le contesto que lo que estoy es enfadado porque en este año nadie aprende nada, salvo a hacer un examen que nadie quiere que suspenda nadie y que, si fuera ministro, suprimiría este curso, que compite con el de la mili para obtener el título de el año más inútil de nuestra vida.

 

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Escupir hacia arriba

Dice mi compañero, el aprendiz, que la alumna no le había contestado a los últimos tres ejercicios. Era extraño, puntualiza, porque es voluntariosa y va haciendo las cosas que se le piden.

     Al cuarto ejercicio que nones, el profesor le pregunta qué le pasa esa mañana, si le ha dado un ataque de pereza repentina o algo así. Para sorpresa de mi compañero, la chica se le pone en jarras, sentada como está, y le contesta que, puesto que él la ignora, ella hace lo mismo.

      - Para que veas cómo se siente una cuando no le contestan.

     Me dice mi compañero que la alumna le acusa de no haberle respondido a una pregunta al empezar la clase y que, por lo tanto, ella se considera legitimada a no hacer los ejercicios.

      - ¿Y cómo lo has resuelto? –le pregunto.

    - Pues de ninguna manera –me dice-, porque la chica no razona.

    El origen de la disputa, me cuenta, es que la estudiante le ha preguntado nada más entrar por la nota del último examen, a pesar de que él había advertido (seguramente por influencia mía: basta leer entradas anteriores) que no respondería a más cuestiones sobre ese tema, que ya daba por cerrado.

    Mi compañero-aprendiz, que es joven, censura la rebeldía de la estudiante, su falta de disposición al diálogo, sus maneras bruscas, su desobediencia insolente, pero no cae en dos asuntos que me parecen centrales. El primero, que la estudiante no considera el estudio como una actividad beneficiosa para ella sino como un objeto de intercambio e, incluso, como un favor que la alumna hace al profesor. La actitud es tan infantil como el niño que se niega a comer si no le dejan salir a jugar.

    El segundo es que la alumna se considera una igual con el profesor. Tú me haces, yo te hago. La democratización de las relaciones alcanza semejante desvarío. Que todas las personas sean iguales en dignidad no significa que desaparezcan los roles sociales. La alumna despoja al profesor de su papel de profesor y lo convierte en un colega de la calle a quien puede escupirle porque él la ha mirado mal.

     Es relativamente común que los alumnos sean muy susceptibles y se consideren agredidos con la misma facilidad con la que jamás encuentran que su actitud haya sido censurable. Pero, en fin, lo que la estudiante no llega a comprender es que cuando uno quiere democratizar algo es para salir ganando, y que el escupitajo liberador que le lanza a su  maestro es negarse a sí misma la ocasión de aprender. La chica no lo sabe, pero escupe para arriba.

     - Ahora, a ver cómo se lo cuentas -finalizo la charla con mi compañero, el nuevo.

 

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Todos son de Podemos

El país está en vías de salvación y, si todos los alumnos de Occidente son como los míos, un horizonte de esperanza se abre en nuestra civilización. El liberalismo económico tiene los días contados. Es cierto que las mentes tan plásticas de los estudiantes de Secundaria se descubren hoy ante el argumento de Smith (el egoísmo del individuo termina generando un bienestar colectivo) y mañana ante el de Marx (la plusvalía genera una sociedad cada vez más desigual). Pero cuando se les propone que estudien cómo sacarían a la Humanidad de uno de los grandes atolladeros en los que se ha visto (pongamos la crisis del 29 o la inconclusa de 2007), indefectiblemente razonan medidas que se mueven entre la socialdemocracia y el comunismo puro y duro.

 

     En los años noventa, los pocos investigadores que en Didáctica de las Ciencias Sociales lo han sido, abrieron un campo muy interesante que era el de saber cuáles eran los conceptos que los estudiantes tenían del campo de lo social. Aquello quedó en poco, porque no hubo seguidores, porque olía demasiado a LOGSE, a psicólogos, a pedagogos o a la leche en verso, da lo mismo. Pero hoy, cuando la moda parece ser que los estudiantes corten y peguen cosas que no entienden en aplicaciones de ordenador (la post-cartulina, en términos adecuados) me parece que los profes todavía debemos detenernos en la apreciación del mundo que tienen los estudiantes.

 

     Para los míos, el Estado lo es todo. El que pone empresas, las quita, las distribuye; da dinero a unos, lo retira a otros, ordena y manda. El mundo económico se mueve entre la subvención más morigerada y la planificación soviética más ortodoxa. El pensamiento ingenuo de los estudiantes, incluso de aquellos en cuya familia se vota a la derecha desde los tiempos de Narváez, es comunista. El papel de los gobiernos es meter en vereda a los que con su avaricia son capaces de cargarse hasta la viga maestra, en Estados Unidos hace un siglo o en la España que se enfangó en un problemón cuando ellos todavía tenían los dientes de leche.

 

     Buenas noticias para Pablo Iglesias, que les digo yo, y entonces se ponen nerviosos porque si se enteran en casa los matan.

 

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Obreros y relojes

En el vestíbulo del instituto, media docena de estudiantes ocupaban un banco de madera. Era invierno, el día estaba gris y, enfundados en sus cazadoras, parecían supervivientes de una noche de combate más que alumnos interesados en conocer algunas de las habilidades de la profesión que, si hacíamos caso de la matrícula que habían rellenado, tenían interés en aprender.

      El timbre había tocado por lo menos cinco minutos antes y uno de sus profesores pasó por allí y los levantó casi como el pastor que arrea al ganado. Los rapaces protestaron y mascullaron una queja por las prisas de los profesores por empezar las clases.

   - Míralos -me dijo el compañero-, mira las ganas que tienen de aprender el oficio.

    Pensé entonces en aquellos investigadores que hace décadas escribieron centenares de páginas describiendo cómo la escuela había adquirido los ritmos y los ritos de una fábrica y me pregunté si cabía interpretar la actitud de aquellos arrapiazos como una señal de protesta de la clase obrera ante la explotación capitalista de la que serían objeto al terminar sus estudios.

     Tonterías.

   Décadas después de aquellas lecturas, todo me parece más prosaico. El otro día, en la puerta parecían haber anidado otra media docena de chicas. Despistado como iba, creí que esperaban ansiosas el momento de entrar, para el que faltaban quince minutos. Pero alguien me sacó del error. La verdad era que hacía quince minutos que tenían que estar aprendiendo aquello que tocase hoy.

    - Cuando tengan ustedes un trabajo, ¿les dejarán llegar diez o quince minutos tarde? –les había preguntado yo, a esas o a otras u otros compañeros varias veces.

     Claro que no. Pero les daba igual. Cuando les obliguen, ya actuarán como correponda. Si es que alguna vez tienen la suerte de tener que cumplir un horario laboral, que eso es otra cosa. De momento, el instituto no es la fábrica, el taller ni la peluquería. Sus reglas son distintas. Los profesores son almas cándidas en comparación con los patronos. Gente que no las va a despedir y a los que, si llega el caso, a poco que se dejen, ellas, las obreras en cierne, les pueden poner las peras a cuarto.

 

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No me hables más de exámenes

Me comenta el aspirante a compañero que llevo a mi lado que pronto habrá que poner un examen. Admito que la ocurrencia me coge de improviso y que me sorprende esa relativa inquietud del aprendiz por estropearlo todo.

     - Pues si de mí dependiera, no haría ninguno -le contesto.

   El joven duda antes de argumentar nada y no sabe si estoy hablando en serio o lo hago a humo de pajas. Aprovecho su incertidumbre y le largo un discurso que tardará una vida en digerir. El mismo tiempo que yo.

     Le digo que tuve un maestro fascista (no es insulto; lo decía él) que repetía que los de examen son grandes días para los buenos estudiantes. En aquellos años de hierro nadie tenía empacho en admitir que lo que se hacía en las aulas era formar a las elites y los exámenes eran el martillo pilón con que se machacaba la moral de los que eran malos estudiantes, resignados así a admitir que lo suyo era formar las prietas filas de la clase subalterna.

     Desde entonces, el discurso se ha disfrazado de seis u ocho tecnologías diferentes, pero los exámenes siguen siendo la clave del arco de todo lo que pasa dentro del aula y los muy democráticos profesores de ahora hacemos lo mismo que hacía aquel edillista orgulloso.

     - Pero de alguna forma habrá que saber quién sabe qué -me pregunta.

     Se me ocurre preguntarle si conoce cuál era el interés de Sócrates por saber eso sobre sus pupilos o si tiene una idea de los exámees que pasó Benjamin Franklin antes de inventar el pararrayos, pero no lo hago, y tampoco insisto en el primer argumento, un poco pasado de moda.

     - Mira, los exámenes solo sirven para convertir el aprendizaje en una tarea espuria donde, en el mejor de los casos, el gozo de aprender se traslada al gozo de sacar una buena nota. Los estudiantes no aprenden cosas sino cómo adaptarse a los exámenes de cada profesor; no se preguntan sobre el significado de lo que escuchan, leen o ven sino cómo puede preguntarse eso (y responderse) en un examen.

     Por otra parte -le hago un cálculo rápido- un grupo de estudiantes con diez asignaturas y catorce temas por asignatura puede tener más de setenta pruebas en un curso escolar. Eso representa setenta días en los que la mayor parte de su atención (hablo de los estudiantes aplicados, claro) está en ese examen y en el resto de las horas apenas hace como que atiende.

    - Los días en lo que tu grupo tiene un examen de otra asignatura -le recuerdo- tú tienes que dar el do de pecho si quieres que la clase no sea una ruina. Y no es seguro que lo consigas.

     "Así que, compañero, no me hables más de exámenes -le digo, por fin, y me lo llevo a la máquina del café.

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En todos los sitios cuecen habas

Me pregunta el compañero nuevo de este año si es mejor o peor el grupo de alumnos con aspiraciones a estudiar Ciencias o Letras. Lo miro con una estudiada falta de interés y le obligo a que confiese que en algún sitio ha oído que son mejores los estudiantes de Ciencias. En realidad, si lo apuro un poco, terminará aceptando que él mismo tiene un cierto complejo de estudiante de segunda porque se metió en Humanidades, incapaz como se veía de enfrentarse a las Matemáticas.

     La idea de que los chicos que tienen más competencia en Matemáticas son personas más capaces debería considerarse un crimen contra la Humanidad. Se pueden contar por cientos de millones las hombres y mujeres que han arrastrado toda su vida un bajo concepto de sí mismas porque no terminaban de  ver un sistema de ecuaciones o saber cuándo se iban a cruzar los famosos dos trenes. Y, por lo mismo, otros cientos de millones han arrastrado un alto concepto de sí mismas porque sabían averiguar esas cosas aunque no sabían redactar un párrafo, cantar una canción, dibujar un gato, hablar en público o tener media docena de amigos.

     Todo esto no se lo he contado a mi compañero pero le he invitado a que asistiera a mi clase, compuesta sobre todo por alumnos de Ciencias, y les he puesto en la situación de pensar sobre no viene al caso qué fenómeno social. El resultado ha sido que los estudiantes apenas han chapurreado algunas palabas inconsistentes porque lo cierto es que no es necesariamente más difícil plantear un sistema de ecuaciones que razonar sobre la división de poderes.

     Los alumnos se han quejado de que la pregunta era muy difícil, yo me he permitido hacerme el sorprendido y he dedicado un par de minutos a indagar sobre la naturaleza de su pensamiento científico. Al final de tan corto período de tiempo, no todos, pero muchos de ellos, la mayoría, han admitido que sí, que también en las clases de ciencias recurren a aplicar fórmulas que no entienden y que lo hacen en circunstancias en las que recuerdan que eso es lo que corresponde hacer aunque no tienen ni idea de por qué.

     En todos los sitios cuecen habas.

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La competición

Un estudiante me hace llegar esta carta. Naturalmente, le he pasado una corrección de estilo ya que la redacción no es una de sus mayores habilidades.

     Estimado escritor, me dice, he comentado lo que me ocurrió ayer y un amigo, que debe de conocerle, me ha sugerido que le envíe este correo.

     Verá.  Yo estudio Formación Profesional y hace unas semanas un profesor me dijo que iba a competir con alumnos de otros institutos. Si era bueno en el trabajo podría llegar a medirme con estudiantes, incluso, de otros países.

     En el viaje hasta la localidad de la competición tuvimos una pequeña incidencia con el coche del profesor en el que viajaba y por eso llegamos un poco más tarde de lo previsto. Yo me había hecho a la idea de que tendría que competir con cuarenta o cincuenta alumnos y cuando entré en el taller me llevé un susto de muerte porque mis oponentes eran mucho mayores que yo y, en su mayoría, llevaban trajes y corbatas. Nunca había visto tal cosa, pero tampoco he visto muchas otras, así que me pregunté si no había venido con la indumentaria adecuada.

     Fue entonces cuando mi profesor me tomó del hombro y me acompañó a un rincón del taller. Escuché que alguien decía a través de un altavoz que ya estábamos todos y que ya podíamos empezar, así que supuse que todos aquellos estaban esperándonos a nosotros, lo que me hacía sentir bien y, a la vez, fatal por haber sido el retrasado del grupo.

      Alguien se acercó a mí y, en lugar de las herramientas que necesitaba, me dio un polo para que me lo pusiera. Mientras lo hacía me di cuenta de que, entre la gente con traje, había otros adultos con una camiseta como la que me acababan de dar y leí en sus espaldas que tenían otros oficios, como monitor, coordinador y cosas así.

     En el mío ponía “competidor” y eso me hizo sentirme mucho mejor porque era evidente que aquel montón de personas mayores, que debían de tener mucha experiencia en el oficio, no eran mis rivales.  Al otro lado del taller, muy lejos de mí, siete u ocho personas se pasaban un micrófono diciendo que aquello que iba a pasar era muy importante, y que otras cosas que yo no conocía también lo eran. Mientras hablaban, localicé las espaldas donde se leía “competidor” y, a duras penas, conté cinco más. Todos escondidos entre la multitud de adultos con corbatas y trajes.

     Según se me serenó el ánimo comprendí que estaba en un acto de inauguración y que todas aquellas personas habían debido de hacer algo para estar allí. A cada uno de esos yo le debía de deber una parte de mi participación en esa competición, aunque no se me ocurría bien qué parte, ya que esas son cosas que están fuera de mi alcance, naturalmente.

     El caso es que, como digo, competimos seis estudiantes y para decirnos que podíamos empezar se juntaron varias decenas de adultos. Creo que esa es de las cosas que le hacen a uno considerar que es importante en la vida. Aunque cuando empezamos a competir se fueron todos y nadie se acercó a vernos y, cuando terminamos, ninguno de aquellos se interesó por ver qué habíamos hecho.

      Ya se sabe, en fin, que lo importante es participar.

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La academia

Era la primera vez que ese alumno contestaba bien a tres preguntas del examen. En realidad, las contestaba de una manera excelente. El lenguaje era impropio no ya de lo que podía suponerse de él en concreto sino de su edad y nivel de desarrollo.

     Mi compañero, el nuevo, acudió a mí con la satisfacción del bisoño que coge al primer alumno que le copia descaradamente. Lo voy a suspender a perpetuidad, va y me dice.  Y me pregunta qué me parece.

     Lo que le digo, para su sorpresa, es  que el chico no merece ningún castigo. Sorprendido, el nuevo me pide explicaciones y entonces llamo su atención sobre el hecho de que las respuestas que da no están en el libro de texto. Luego no ha podido copiarlas del libro. Mi compañero dice que está convencido de que es un ejemplo del manejo de las nuevas tecnologías y yo le sugiero que investigue si no se trata de una técnica, no tecnología más bien antigua.

     Y resulta que eso es lo que ocurre. El alumno (su familia más bien) se está gastando un dinero que no le sobra en mandar al chico a una academia. Allí  pasa las tardes y allí, sorprendentemente, sí hace caso al profesor y estudia todo lo que él le pone por delante. No importa que el texto que le propone memorizar no sea el del libro que la familia compró en septiembre con el dinero que ya entonces no le sobraba. Al chiquillo tampoco le importa memorizar algo que ni entiende hoy ni entenderá dentro de tres años.

     Por alguna oscura razón, la academia tiene un poder de convicción sobre el estudiante que no tiene la escuela. No sé si el año que viene cobrarles algo a los chicos bajo cuerda. Creo que podré conseguir que los padres crean que es un nuevo recorte del mismo gobierno y podré comprobar si así obligarán a los chicos a hacerme caso. Al terminar el curso, naturalmente, devolveré el dinero a los padres.

 

     A los que quieran, claro.

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Lo que puede el libro

- Me ha pasado algo increíble –me aborda mi compañero, el nuevo, por el pasillo del instituto.

    - ¡Cuenta, cuenta! –le pido, ocultando mi escepticismo, y va y me cuenta.

 

    Los chicos que le atendían eran de los pequeños y el tema era Demografía, los movimientos migratorios. El profesor corrige unos ejercicios y la alumna le explica que hay dos movimientos migratorios: inmigración y emigración. Es lo que pone el libro, aclara la estudiosa estudiante.

     Mi compañero, con la suspicacia del primerizo, trata de refinar ese conocimiento. Coloca a otro alumno en el camino entre la primera y él, e informa a la clase de que el chico es la frontera entre dos mundos. A este lado es España; al otro lado, el extranjero. A continuación ordena a la primera estudiante que inicie el desplazamiento desde su país al país del profesor y, cuando lo termina, le pregunta cuántos movimientos ha hecho. La alumna responde, sin dudar un instante: dos.

     Mi compañero consulta a la clase y comprueba, espantado, que la mitad está de acuerdo con la chica viajera. Tiene que repetir la práctica una vez más para que todo el público vea que se ha producido un solo movimiento, mientras que la protagonista necesita una expedición más, un total de tres, para admitir que solo ha hecho un viaje, un movimiento, un desplazamiento. 

    Más tarde, el profesor les sirve la información de que cuando la alumna salía de su mesa era una emigrante de su mundo y cuando llegaba  a la del profesor era un inmigrante en ese país.

 

     Mi amigo no comprende cómo tanto los espectadores de la evidencia como la persona que protagoniza el suceso eran aparentemente incapaces de describir la realidad e insistían que se producían dos sucesos en lugar de uno solo.

      - Se me ocurre, me dice, que la culpa puede ser del cambio de referencia, de la dificultad que tienen los chicos para comprender que el mismo movimiento tiene dos aspectos según desde donde se le mire.

     La idea es sugestiva, claro, pero  le hago observar que la confusión venía antes de introducir ese elemento perturbador. Era antes cuando la alumna hacía un movimiento y decía haber hecho dos.

     Los dos que dice el libro, cuya autoridad es tan, pero tan grande, que hace que los alumnos retuerzan la realidad para adaptarla a él.

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Culos

Me cuenta un compañero que le ha salvado la reputación de intransigente con las normas, la edad avanzada o el respeto en el mejor sentido que dice haberse ganado entre algunos alumnos. De no haberse dado alguna de esas tres circunstancias, o las tres a la vez, su culo andaría a estas alturas de móvil en móvil para dudosa chanza de alumnos y alumnas, ya que los unos serán heteros y a las otras, a las hetero, claro, difícilmente les pondrá un trasero tan provecto. Lo que sucedió fue que un alumno, sentado al final del aula, armó el móvil cuando el profesor regresaba a la cabecera de la clase después de atenderlo y que, un segundo antes de que llegase a disparar su cámara, la compañera de mesa interpeló al profesor con mucha urgencia -donfulano, donfulano, por favor- para que éste se girase y evitar así la felonía.

    Esta es la nueva costumbre entre los adolescentes, sacar fotografías de salva sea la parte de los compañeros y de los profesores y colgarlas en las redes sociales. En otros tiempos, los chicos ponían espejos bajo la falda de las profesoras cuando éstas resolvían las dudas del compañero de la la columna de al lado. Ahora se comparte una imagen que solo importará a uno  o dos fetichistas y antes se compartía el relato de la aventura, que servía a algunos oídos que la escuchaban para ciegas fantasías. Ahora la costumbre está tan extendida que el fotógrafo es mucho menos héroe que el manipulador del azogue, si bien sus hazañas quedan documentadas y de las del de antaño solo daba fe la palabra del artesano.

     A diferencia de las víctimas de entonces, que eran pocas y, en su parquedad, hacían excelso al intruso y a su intrusismo, las víctimas son ahora numerosísimas, casi tantas como personas viven en el instituto, y eso banaliza la agresión y ridiculiza al agresor, que no hace sino una estupidez al alcance de cualquiera y, de la cual, por cierto, puede ser la siguiente víctima, de manera que convierte una transgresión en un juego infantil, en el corro de la patata.

      Todo eso, en fin, considerando que ninguna imagen transmitida por snapchat o por whatsapp o por la siguiente aplicación que nos venga, tendrá, ni de lejos, el mismo valor que la mínima e inocente concupiscencia con que miramos ese culo espectacular que camina por delante de nosotros y al que, como no podemos solazarnos con él, deseamos una larga vida.

    En fin. Lo mejor de todo esto fue la reacción de la chica que impidió el escarnio digital, que no buscaba ninguna recompensa (va suspensa de largo, me dijo el compañero) y que solo estuvo movida por el deseo de hacer el bien. Aquella chica no solo salvó a mi compañero, sino que nos redimió a todos.

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Lo importante

- ¿Qué hace usted? -le pregunta el profesor al alumno.
    - Subrayo -le contesta, armado con un evidenciador verde, verde, verde como el agua del Júcar. O más.
    - ¿Qué subraya?
    - Lo importante, claro.
    - ¿Ha leído usted todo el tema?
    - No.
    - ¿Toda la página?
    - Tampoco.
    - ¿Todo el apartado?
    - Qué va.
    - ¿Todo el párrafo, al menos?
    - ¿Por qué iba a hacerlo?
    - ¿Y cómo sabe usted qué es lo importante? ¿Cómo sabe usted que lo que está leyendo ahora es más importante que lo que leerá diez líneas más abajo?
    Quizás el alumno está enfermo de presentismo vital. Sabe que lo que le está pasando ahora es muy importante y no puede ni imaginarse que lo que le vaya a pasar en el futuro pueda serlo más.
    O quizás no haya atendido al profesor cuando le ha dado algunas recomendaciones de estudio.
    O quizás no le haya creído cuando le ha dicho que estudiar no es memorizar.


    Otro estudiante se planta muy ufano delante del profesor para reclamarle un nota mejor en el examen.
    - Lo puse todo -le dice.
    - ¿Todo? ¿Escribió todo lo que se sabe sobre la reproducción del berberecho, que era la pregunta del examen?
    - No.
    - ¿Todo lo que está en el libro?
    - ¡No! En el libro hay mucho. No me habría dado tiempo.
    - ¿Qué es «todo», entonces?
    - Todo lo que tengo en el resumen, por supuesto.
    Le toca entonces al profesor pedirle el resumen y desmontárselo. Demostrarle que el resumen está mal hecho, que no seleccionó «lo importante», que debió haberle enviado en plazo el resumen para que él se lo criticara, que no lo hizo y no terminó de entender el contenido de libro, que estudiar es una cosa y memorizar es otra. Que en memorización podría sacar un diez, pero ni mucho menos en estudiar, que es otro asunto, previo y más importante.
    - Pues apañados estamos -se va el alumno, rezongando.
    Pues eso. Apañados estamos.

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Novios

La chica mira con arrobo a su compañero de mesa. Lleva días haciéndolo. Él se deja mirar, pero rara vez le corresponde. Guarda más las composturas, como corresponde a su papel de varón, pero sé que, de reojo, se sabe mirado y en eso ocupa buena parte de su tiempo y de su disposición. No sé qué pretendo enseñarles, me dice el compañero, si tienen la cabeza en otro sitio, a la altura, como muy arriba, del corazón. Y para aprender, continúa quejoso, hace falta la cabeza pero también la determinación de querer hacerlo, y eso está en el corazón. Claro que, por lo menos, han encontrado en las clases el refugio donde quererse, porque podría ser peor y pasar las mañanas por los parques de la ciudad, en los soportales abiertos a la hora de la compra, continúa mi compañero, ahora más optimista. Y digo yo, concluye, que algo se les quedará, de tanto oírnos, que no escucharnos, a unos y otros. Nada sistemático, claro, pero algo quedará, como a ti y a mí nos queda algún recuerdo de los documentales que vemos mientras hacemos otras cosas, la siesta o un vistazo a la prensa.
     Sí, claro, le digo, y estoy a punto de preguntarle si cree que eso bueno que acaba de contarme les dará para aprobar, pero desisto de hacerlo. Mi compañero no me hablaba de aprobados y suspensos, sino de otra cosa. Lo de las notas ya se verá....

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Fantasía

Después de las descarnadas enciclopedias de Álvarez, cada supuesto descubrimiento de una nueva carencia en el estilo de enseñanza ha traído una nueva lírica. Recuerdo, como paciente, las fichas informativas, de control de refuerzo y de alguna otra cosa más en que se consumían mis días de escolar sin que los maestros hiciesen nada distinto  de lo que hacían antes de ellas, salvo volverse locos con la nomenclatura, según ellos mismos confesaban. Más adelante, como aprendiz, fui enconado enemigo de los objetivos generales, específicos y no recuerdo qué más que nunca aprendí ni ejercité. Me gustó, ya como actor, el voluntarismo de la logse y hasta aprendí a reproducir su retórica, por más que nunca vi claro que fuese necesaria ni transparente. Sobre todo, nada transparente.

          Ahí me quedé. Lo admito. Durante un tiempo, cualquier nueva literatura daba vueltas sobre aquella, engolada y grandilocuente, que inventaron Marchesi y los suyos, de manera que no hacía falta actualización alguna, por lo menos demasiado seria. Más tarde, casi antes de ayer, llegaron otros conceptos. Maldita pisa y su constatación de que lo que se enseña en las escuelas no sirve para defenderse ahí afuera, en la calle. Como si fuese nuevo. Como si alguna vez hubieran servido más las buenas notas que un buen padrino, y no me detengo más en esto, que ahora no me ocupa. Me declaré en rebeldía y ni pude ni supe ni quise aprender esta nueva retórica. Y así sigo, reacio a matar moscas a cañonazos, a gastar la pólvora en salvas o a hacer seguidismo de las gilipolleces que se le ocurren a algunos cuando se ponen a legislar.

         Sin que se entere nadie y solo por poner un par de ejemplos: no tengo ninguna esperanza de que de ninguno de mis alumnos, adscritos al programa estrella de Wert, la madre que lo trajo, pueda decirse al final de sus estudios que han analizado la transformación del mundo antiguo al medieval, analizando (otra vez) la evolución del espacio europeo, sus relaciones con el espacio extraeuropeo y las caracteristicas más significativas de las sociedades medievales. O bien que han analizado el modelo político y social de la monarquía absoluta durante la Edad Moderna en las principales potencias europeas. A los alumnos a los que yo tengo que pedirles tales cosas habrá que felicitarles efusivamente si distinguen lo que podía hacer Felipe V de lo que puede hacer Felipe VI. Punto. Ahí se acaba la lírica y ahí empieza la prosa.

         Si el poeta que escribió lo que yo he puesto en cursiva cree que la meta que me he fijado es baja, que venga a enseñarme cómo se hace aquello que pretende. Y si considera que es justa, por favor, que haga leyes y deje de escribir fantasías: nunca llegará a la altura de Harry Potter.

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Septiembre otra vez

Los exámenes de septiembre son uno de los inventos más inútiles de la Historia de la Humanidad, al lado del cenicero para las motos y el rabillo de las boinas. La lógica va en contra de ellos. El suspenso significa que el alumno tiene capacidad y disposición para aprender por sí mismo y en la quinta parte del tiempo lo que no quiso o no pudo aprender durante todo el curso con la ayuda del profesor.

     Cosa de locos, como puede comprender cualquiera que no lo esté.

     Entre los más mayores, se impone la estrategia, ampliamente reconocida por ellos mismos, de evaluar los riesgos y presentarse en septiembre con lo justo y un poco menos. Se trata de dejar a la buena voluntad de los profesores lo que su propia voluntad le ha escatimado. No son muchos, pero no son pocos, los casos de quienes evalúan pésimamente el riesgo y, convencidos de que no hay sobre la faz del planeta desalmado que les niegue el título por una sola asignatura, se presentan tan vírgenes de conocimiento como se fueron en junio de esa sola materia que no les cae bien, pero que nada bien.

     Son estos los que, primero, vierten toda su ignorancia sobre el papel llenándolo de disparates, y después suplican al profesor prevaricación y no justicia. Son los mismos que, cuando reciben información de que la injusticia no se ha cometido, se consideran mal tratados y se alejan del instituto proclamando su inocencia y la bestialidad del profesor, que ha tajado de raíz su intención de seguir sin hacer nada en la Universidad el próximo curso.

     Y luego están esos otros, no muy abundantes pero tampoco demasiado escasos, que cuando leen que están aprobados necesitan pellizcarse varias veces y el día en el que lleguen a abuelos seguirán contando aquello que a sus nietos creerán que es un cuento como el de Pulgarcito: cómo una vez alguien les aprobó aquella asignatura que jamás estudiaron. Una vez escuché a alguien decir que los profesores tendrán problemas no cuando deban justificar por qué suspendieron a alguien sino, más bien, por qué lo aprobaron.

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El invernadero

  No hace falta ningún estudio ni ser muy viejo para saber que una cubierta de plástico multiplica el calor de lo que se ponga debajo. Sin embargo, podemos conseguir que una persona que tenga por lo menos veinte años y haya pasado no menos de diez dentro de una escuela -como la autora de lo que me ocupa en esta entrada- se equivoque al describir el fenómeno por el simple procedimiento de pedirle que escriba algo sobre ese asunto.

   El poder del papel en blanco, el miedo a sentirse examinado, la tensión que provoca tener que hacer algo tan poco natural como es escribir (llevamos haciéndolo cinco o seis mil años y nuestra presencia en la Tierra es mucho más antigua) lleva a que la gente diga cosas que jamás diría en una conversación distendida.

     El examen que leo combina en la definición de un invernadero el cultismo (forma de mantenimiento de las plantas) con la sinrazón: evitando temperaturas demasiado elevadas (...), lluvias, nieve o demasiada luz del sol. Y hace que convivan ambos, cultismo y sinrazón, cuando añade que el ingenio sirve para evitar (los puntos suspensivos) temperaturas escasas.

     Nadie que no actúe bajo la presión de estar dejando una parte importante de sí mismo por escrito diría jamás que una temperatura puede ser escasa (puede ser baja o fría, pero jamás escasa), y doy por hecho que nadie que piense un minuto sobre lo que es un invernadero puede concluir que sirve para proteger a las tomateras de una nevada.

     Los exámenes sirven en muchos casos para amplificar la ignorancia de los examinados. Al margen de este ejemplo de una persona adulta que quiere retomar los estudios, son frecuentes los alegatos de los estudiantes ordinarios: «yo no quería decir eso», «me he expresado mal». En ocasiones se trata de excusas que esconden una ausencia palmaria de estudio pero en otros son una prueba de que escribir, y no solo dibujar signos, es para buena parte del género humano una conquista más difícil de lo que parece.

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Capacidad de ser idiotas

Estaba yo en una clase de tercero de ESO y llamaron a la puerta. Cuatro o cinco chicos metidos en trajes desbaratados, corbatas desmayadas y cuerpos de resaca entraron y pasaron unos minutos conmigo y aquellos alumnos tres o cuatro años menores que los miraban con la reverencia propia de los más jóvenes. Habían terminado segundo de Bachillerato (más o menos, porque aún esperaba septiembre) y después de una noche de farra volvieron al instituto a despedirse a su manera. En aquella charla informal podía palparse una nostalgia etílica y una cierta satisfacción de los chicos que se liberaban de su condición de tales y hablaban por primera vez con quien fue su maestro retrepados en la misma categoría de personas adultas.
     Pronto hará veinte años de esa celebración. Ya no queda nada de ella. Desde  hace mucho tiempo, los bachilleres quedan al día siguiente de terminar el curso para regresar al instituto y molestar lo más que puedan, ensuciar, desbaratar, destrozar, demostrar que como masa pueden con todo y contra todo. La conquista de la edad adulta es comportarse como un rebaño de cafres.
     Este año la alevosía ha sido mayor que nunca porque han dejado pasar el sábado y el domingo y han acordado regresar el lunes a primera hora para dejar su huella de incivismo. El año próximo lo habrán convertido en una tradición: diferir su comportamiento idiota los días que sean necesarios con tal de demostar su capacidad de ser eso, idiotas.

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No sin mi móvil

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Danah Boyd, socióloga norteamericana, dice que las redes sociales son imprescindibles para los chicos porque les permiten ocupar un lugar en el mundo. No estar en ellas es como no estar en ningún sitio. A falta de leer por completo el estudio, esto no explica por qué, cuando están con su grupo, continúan tecleando el móvil como si no lo estuvieran Quizás, los jóvenes necesitan estar en más de un sitio para no considerarse como que están fuera de todos.
    También queda por dilucidar la fuerza con que están vinculados al objeto que los conecta con sus mundos. Si para la mayoría de la gente, el móvil se ha convertido en un objeto más que añadir a la impedimenta diaria, junto con las llaves, la documentación y, en su caso, los afeites mínimos para cuidar la presencia de una, para muchos chicos es mucho más que un objeto.
    En las clases en las que está prohibida la utilización del móvil, son bastantes los que se arriesgan, en virtud de lo dicho en el primer párrafo, a continuar guasapeando con sus amistades de ellos saben donde. Pero cuando el profesor les conmina a que le entreguen el móvil, en cumplimiento de la normativa del centro, me cuentan que no son pocos los casos en que el desorden que se crea convierte en una anécdota la pequeña indisciplina de escribir mensajes. No son extraños los casos en los que los alumnos se sienten ultrajados, violentados y agredidos hasta el punto de exhibir actitudes con las que arriesgan una sanción realmente severa. Todo esto en virtud de lo dicho en el segundo párrafo, ese en el que describíamos el teléfono como algo mucho más importante que un objeto.
    Muchos alumnos harían suya la frase «no sin mi hija» cambiándola por «no sin mi móvil» y no dudarían en enfrentarse al mundo por su defensa. Por sentimientos mucho menos intensos se han empezado no pocas guerras.
   

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Chiquear

Flickr creative commons
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Los chicos tardaron en conocerse. Él cursa unos estudios donde solo hay compañeros y ella otros donde solo tiene compañeras: son las cosas que tienen los oficios. Pero los pasillos comunes y los recreos estirados como chicles de fresa les permitieron llamarse la atención, fijarse bien, hablarse y finalmente emparejarse. Y es que están los chicos en edad de chiquear. Y de hacerlo a todas horas. Cuando todas las puertas de todas las aulas se han cerrado, aún es posible verlos  (aún es seguro hacerlo) con ese caminar cansino que les acerca lentamente a su destino. Parecen arrastre uno a la otra, frenarse la otra al uno. Todo a la vez pero todo a cámara lenta, como si el amor fuese una losa de cemento pegada a los zapatos. Quien termina una clase acude a la puerta del aula de la pareja, y allí se queda hasta darse de bruces con la primera persona que quiere salir, o acude a asomarse por una ventana, diríase si con la curiosidad de quien espía la ducha de una vecina o de la vieja imagen de la nariz pegada al escaparate de la pastelería.
     Pienso en los pájaros que, ahora en primavera, se descubren, se cortejan y se aparean, y mientras lo hacen no están para nada ni para nadie más. Como que los chicos que chiquean, solo que las aves adelgazan, pierden el color de las plumas, se ajan en su afán de buscar comida y llevarla al nido para sacar adelante a las crías, ponen, en fin, al límite la resistencia de sus cuerpecitos mientras que aquellos, supuestos estudiantes, simplemente hacen nada. Pero nada.
Menos aún.

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Copistas

En realidad, el alumno no tiene ningún concepto previo sobre el papel del profesor. Sobre en qué debe consistir una clase. Cuando llega a segundo de Bachillerato, atesora cientos de experiencias diferentes, profesores que han hecho de todo. Bueno, malo y peor. Si le apuran, el alumno dirá que prefiere un profesor que haga las clases divertidas. Aunque también es posible que prefiera a un tostón si al final las notas son mejores. El alumno no se rebela si, a estas alturas de su vida académica, llega un tipo que reduce la didáctica a abrir el libro y dictarles el contenido que deben apernder para el examen. Entre los inconvenientes de esta negación de la didáctica, el alumno anota que se aburre mucho, que le sobreviene algún dolorcillo de muñeca, bastante pasajero, y hay quien dice que de esa manera no entiende gran cosa del contenido de la materia. 

     Pero las ventajas también existen, no hay que dejarse llamar a engaño. La primera es que el profesor expurga el polvo de la paja ahorrándoles un tiempo precioso y asegurando así que está bien hecha una tarea en la que no todo el mundo es igualmente diestro. La segunda es que, estando como está hecho al aburrimiento, el alumno puede copiar con una parte de su cerebro y vagar por donde quiera con otra, reduciendo así la sensación de monotonía e incluso encontrando momentos placenteros cuando dé con la ensoñación adecuada. En tercer lugar, los alumnos son puestos en una situación mucho más democrática ante el examen, y es que desaparece la distinción entre el perspicaz que sabe enfrentarse a situaciones desconocidas y el más bien zote que solo memoriza. En el momento del examen solo habrá diferencias entre el que ha querido memorizar y el que no y, secundariamente, entre el que tenga buena y mala memoria. Poca cosa en comparación con los exámenes a los que debeería someterse un tipo a punto de cumplir la mayoría de edad.

     En cualquier caso, todo esto son disquisiciones del profesor. El alumno lo simplifica todo y va al corazón de las cosas, a lo que importa de verdad. El que habla es, además, veterano y suficientemente maduro. Y dice:

     - Da igual. Si al final tienes que apréndertelo todo, ¿qué más da que tengamos que copiarlo en clase que no?

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La calculadora

De entre las muchas cosas que no me gustan de los exámenes (algún día habré de escribir sobre la relación contradictoria que mantengo con ellos), subrayo hoy el momento en el que entrego los cuestionarios corregidos a los alumnos. Naturalmente, todos los papeles tienen algo escrito. Los menos, algún subrayado, alguna falta de ortografía corregida. Los más, una o varias recomendaciones sobre las cosas que se han hecho mal y cómo deben mejorarse. El profesor aspira a que esas anotaciones sean una nueva ocasión de aprendizaje. No la más adecuada, ya que media una distancia temporal muy grande como para que el alumno se sienta muy concernido por el error que cometió, pero sí una de ellas.
Sin embargo, el alumno medio tiene el mismo interés en conocer sus errores que en ser llevado ante la Santa Inquisición. Más bien poco. Lo que le interesa es el número que aparece escrito en el vértice superior derecho. La nota. Y lo que comprueba no es dónde estuvieron sus fallos sino si el profesor ha cometido alguno. Es aquí donde se produce el desefundado de todas las calculadoras de la clase y cuando se ve a todos los alumnos con la cabeza baja anotando cero setenta y cinco más cero veinticinco más uno más cero cincuenta.
Cuando eso ocurre, doy de inmediato la orden de tirar las calculadoras a la papelera. No es fácil que me equivoque sumando cifras ridículamente pequeñas pero aunque admito que pueda pasarme, lo que no tolero que los alumnos recurran a la electrónica para sumar ceros y unos aunque vayan seguidos de decimales.
Los apocalípticos de mi juventud decían que de tanto usar las calculadores se nos iba a olvidar sumar. Quizás llevasen algo de razón. Cierto que, si existen calculadoras, para qué quiere uno saber sumar. Pero esto nos lleva a un debate de moda. Si ya está todo escrito en la wikipedia, de qué sirve aprender nada.
Bueno, la respuesta es tan evidente que no me voy a entretener en razonarla. Y tampoco voy a dejar de prohibir el uso de la calculadora para sumar cifras que rara vez llegan al nueve numeral.

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La mirada vacía

Se cuentan casos de grupos enteros de estudiantes colgados durante toda una clase del ritmo de aprendizaje que iba marcando el profesor. Son pocos y forman parte de la leyenda. Son los que han hecho Historia, como se dice ahora por cualquier idiotez del estilo de haber rematado de cabeza dos veces seguidas. Algunos de esos casos podrían enseñarse en las Facultades de Educación, si estas tuvieran algún interés por saber qué cosa es un aula de carne y hueso, ladrillos y mesas.

    Es mucho más normal que el entusiasmo del profesor se dé porque cuatro o cinco alumnos hayan mostrado un razonable interés durante buena parte de la sesión, no vamos a decir toda ella. Lo habitual, sin embargo, es que no haya sesión para el recuerdo, como  no siempre hay una pared mejor enfoscada que otra o una jornada de Bolsa realmente memorable. El trabajo es el trabajo y punto.

    Claro, que cabe decir que si aprender fuera una tarea divertida, no se haría en los institutos a plena luz del día sino en las plazas públicas a las tantas de la madrugada.

    Pero todo tiene su colmo. Su hipérbole. Son esos alumnos que no le conceden cinco palabras del profesor a su oportunidad de escuchar algo nuevo. Cinco, y escribo de manera literal. La experiencia de este año está siendo impagable, por utilizar una frase hecha, de esas que detesto. Alumnos que hablan, opinan, dicen... cuando la clase está en sus preliminares y que cuando el profesor empieza el relato didáctico dejan la mirada perdida antes de esas cinco palabras. Chicos y chicas que no permiten que llegue el aburrimiento porque se atrincheran en el limbo de sus pensamientos antes de que las cosas sean difíciles o incomprensibles. Vamos, antes de que lleguen a saber si lo son o no. Chiquillos que renuncian a conocer otras cosas distintas de las que saben porque no quieren asumir el riesgo de lo que cuesta conocerlas y porque parecen sentir una desconfianza innata hacia el saber. A su corta edad son los grandes expertos de la  mirada vacía, los dueños del para qué quiero yo saber eso.

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"Si solo he dicho" o aquello de las buenas maneras

Entre las tendencias más acendradas e incomprensibles de los alumnos se encuentra la de ocupar el fondo de la clase. Diríase que temen contagiarse de la sustancia maligna que exhalamos los profesores, sea la que sea. Cualquier estudio estadístico podría constatar, además, que la tendencia es más acusada cuanto menor es el interés de los alumnos por hacer algo útil en el aula. Quizás eso nos llevaría a pensar que lo que exhalamos los profesores es conocimiento y que de lo que los alumnos más reacios se precaven es de eso, del conocimiemto. Pero esa suposición sería muy presuntuosa para con el papel de los profesores y ridiculizaría en exceso el comportamiento de los alumnos, ya que la distancia entre una persona y la fuente del conocimiento no se mide en metros sino en pizcas de actitud.

     El alumno que me ocupa hoy entró a la clase, que era nueva para él, y se dirigió a la parte trasera con la misma prisa que un párvulo correría a una fila donde se estuvieran repartiendo helados de chocolate. Me dicen que el profesor sufrió un repentino ataque de anti-estética. Que le pareció tan feo, tan mezquino, ese gesto de querer protegerse a toda costa de lo que fuere a ocurrir en los próximos minutos, que le ordenó sentarse en la primera fila. «¿Y por qué?», preguntó el alumno, acostumbrado a no hacer otra pregunta en clase que pedir cuentas al profesor sobre sus decisiones. El profesor debió de contestarle que por qué no y el alumno terminó la charla moviéndose a su pesar y soltando un exabrutpo. "Hostia puta" o algo así vino a decir, mientras recorría la escasa distancia que separaba su elección de la que le habían impuesto.

     Me dicen que, poco después, el alumno fue requerido para hacer alguna engorrosa tarea, como abrir el cuaderno de tareas o algo parecido y el alumno contestó con un nuevo exabrupto. "Hostia", fue esta vez la palabra elegida por el académico del habla coloquial.

     El profesor entonces le recomendó abandonar el aula y reflexionar sobre el uso del lenguaje. En opinión del profesor, debería adaptarlo a las circunstancias concretas de cada momento y no usar en un centro educativo las mismas expresiones que son de uso común en tabernas y burdeles, así como jamás, por poner un caso, cursaría a una trabajadora del sexo una petición de rebaja de tarifa sino que le diría con algo más de rudeza que lo que acababa de pedirle era un disparate.

      El alumno obedeció al profesor porque le reconocía la autoridad de decidir dónde habría de pasar los siguientes cinco o cincuenta minutos de clase, pero solo por eso, porque lo cierto es que abandonó la clase rezongando, incapaz de comprender por qué se le separaba de sus compañeros.

     - Si solo he dicho «hostia». No entiendo qué le pasa a este tío -me dicen que rezaba el alumno matriculado, que no el estudiante.

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Tres capas

Recuerdo que un personaje de la radio cuya existencia solo es posible porque existen otros personajes como Carlos Herrera que les dan bola, se refería un día ya lejano a la moda de hacer visible la ropa interior como el colmo del descuido, del desaliño y del mal gusto. Me hubiese gustado ver al tal Rodríguez Sieiro en esa clase en la que al alumno se le habían escurrido los pantalones del chándal y estaba sentado en la silla sobre sus calzoncillos bóxer de color blanco. Pero no un poco. Del todo. Me hubiese gustado verlo, digo. Claro, también me hubiese gustado que su madre viese la indolencia del hijo... pero eso es harina de otro costal.
     Formalmente cerca de esa muestra de abandono pero conceptualmente muy lejos de ello, pululan por el instituto algunos alumnos que se complacen en mostrarse seguidores de la antigua moda de los pantalones caídos. Sospecho que ignoran las dos versiones que existen sobre el origen, si bien ambas tienen en común lo yanqui y carcelario y remiten a un mundo de cierta marginacion en la que ellos -mis alumnos- se sienten cómodos. Sin embargo, como digo, el desaliño es solo formal. Pose, que se ha dicho siempre. Postureo, que se dice ahora. Estos alumnos de los saggy pants son tan pijos como los estudiantes del SEK que juegan al fútbol con pantalones de pinzas y castellanos de piel. No se ocupan de su ropa menos que ellos ni le dedican menos atención. Es de ver cómo ante la imperiosa necesidad de subirse el pantalón mil veces al día lo hacen con un cuidado exquisito para no rebasar un cierto límite, no sea que dejen de mostrar no se sabe qué porción de calzoncillo
     El colmo, no obstante, es que los calzoncillos que se enseñan son de pega. En realidad, lo que muestran es una prenda intermedia entre el calzoncillo de verdad y el pantalón. Un postizo, una trampa, una suerte de relleno para el sujetador (es un decir, claro), la prueba fechaciente de que también ellos, los marginales de rompe y rasga, lo son mucho menos de lo que se creen...

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Chicas y rivales

La alumna empezó el curso exponiendo su idea sobre el mundo con un manifiesto lapidario. Lo hizo el primer día de clase y en voz alta, para que nadie se llamase a engaño en los días, semanas y meses que quedaban por delante. El manifiesto tenía solo diez palabras: todas las chicas me caen mal porque son mis rivales.

     Como soy un varón, durante mis primeros años de vida ignoré esa versión del mundo y creo que si llegué a conocerla fue precisamente por mi profesión, ya que me topé con ella hace treinta años, cuando dediqué algunos meses a descubrir de qué forma la escuela es un escenario más donde se desarrolla el machismo. Ya entonces no me cupo duda de que la idea no era reciente sino que llevaba instalada en el corazón de muchas mujeres muchas veces treinta años, a pesar de lo cual, según me alejé del problema (una vez analizado, comprendido y sugerido cómo salvarlo), lo di por resuelto. Optimista, pero sobre todo cándido, me pareció entonces que en esta cuestión el cambio social era tan rápido que el machismo sería barrido como un castillo de arena por el golpe de una ola.

     Sin ganas para profundizar de nuevo en este asunto, me permito sospechar que el manifiesto de la alumna no es algo residual, una astilla clavada en ciertos ambientes depauperados social y culturalmente, sino una prueba de la persistencia de esta suerte de maldad. De hecho, explica fenómenos como que la nueva mensajería instantánea se esté utilizando como una forma de control mucho más férreo del chico sobre la chica; que sean muchas -pero muchas- las chicas que son objeto de violencia por parte de sus prematuras parejas y, por lo tanto, elevado a mayores, explica una parte de esas estadísticas que se nos sirven cada vez que un hombre mata a una mujer.

     Me pregunto en qué medida es también una prueba de la inutilidad de esas políticas educativas que dan por hecho que todos los problemas de la sociedad adulta se solucionan convirtiendo a las aulas en un quirófano que extirpa las enfermedades de la gran grey como si fuesen apéndices infectadas. Ahora la hemos cogido con la economía, y este nuestro gobierno de liberales (que mayoritariamente no han hecho otra cosa que cobrar sueldos del presupuesto) está convencido de estar creando generaciones de empresarios gracias a una asignatura que parece que enseña cómo se hace eso...

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Los absentistas

El absentista es una especie lo suficientemente bien estudiada como para que yo pueda decir algo relevante. Lo que sí puede apuntarse es que no todos los absentistas lo son de la misma manera. Es decir, no todos se quedan en casa. Algunos sí lo hacen, aprovechando bien la indolencia paterna, bien la imposibilidad, por cuestiones de horario, de sacarlos de la cama. En mi opinión, son mayoría los que salen de casa. De entre estos, algunos se quedan perdidos en parques y lugares de otro tipo de esparcimiento. Otro grupo, en fin, acude al instituto y desde aquí emprende su peregrinaje por callejuelas y soportales donde lidiar las mañanas frías de los inviernos.

     Pero la especie más peculiar es la del absentista de aula pero no de centro. Ese tipo que arrastra su ser cansinamente hasta el instituto, llega tarde, remolonea antes de entrar, lo hace, por fin, pero no termina de llegar al aula sino que se queda en un distribuidor, un pasillo o a las puertas de la cafetería. Ocasionalmente, se le ve salir, pero no termina de marcharse sino que se queda en la puerta, donde arma una timba con otros que llegan de adentro o de afuera.

     Es falso que odien el centro. En realidad, no pueden vivir sin él. Dicen algunos expertos que en vacaciones no cambian su rutina y se citan a las puertas cerradas del instituto, donde continuan con su monotonía de charlas, risotadas, tabaco y otras drogas. Son chicos que se consideran tan parte del centro como los empollones o los estudiosos a medias, solo que de otra manera. Y hasta podría comprobarse la hipótesis de que se consideran más importantes para el centro que los modositos alumnos que entran y salen a su hora. Al fin y al cabo, si no fuera por ellos, el instituto sería una suerte de cementerio llena de nichos silenciosos. Son ellos los que le transmiten la vida la mayor parte del tiempo.

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¿De qué página a qué página?

El artículo de prensa acerca al público en general información sobre los nuevos usos que internet debe traer a las escuelas. Los expertos dicen que pasamos tres meses al año conectados a la red y que, en consecuencia, el estudiante debe desarrollar la capacidad de encontrar y compartir información. Aún más, la escuela, se dice, no desaparecerá por su papel de custodio de los más pequeños, no porque sea realmente necesaria para transmitir información.

 

El profesor somete el artículo a consideración de sus alumnos, que son de los buenos, de los que mayoritariamente quieren ser universitarios, y les lanza preguntas sobre si esos investigadores son de este mundo o sus datos y su experiencia los traen de Marte. Les pregunta si están de acuerdo en que la clase sea el lugar donde se dé forma a los conocimientos que pueden adquirirse en múltiples fuentes: los programas de meteorología, documentales sobre medio ambiente, noticias de prensa o televisión sobre demografía... Por qué estudiar el concepto y la evolución de la población activa en la versión estática del libro en lugar de hacerlo aprovechando la información exhaustiva que se vuelca cada pocos meses al calor de los datos de la EPA... o consultando en directo la misma página estadística.

 

Los alumnos asisten satisfechos al interrogatorio por lo extemporáneo, la gracia con la que el profesor les hace preguntas inverosímiles y porque la clase tiene pinta de convertirse en una de esas sin contenido que memorizar. Seguramente solo por eso.

 

Cuando termina la clase, y puesto que en un par de semanas habrá examen de evaluación, ese alumno despierto que ha estado atento de principio a fin levanta la mano y pregunta:

 

- Profesor, para el examen, ¿de qué página a qué página entra?

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El beso

Los pasillos de los estudiantes de cursos superiores son algo más silenciosos que los de los pequeños. Cuando llega la hora de salir al recreo, en lugar de correr aceleradamente a ninguna parte pero siempre a voz en cuello, como hacen los principiantes, los veteranos desenfundan el móvil y se enzarzan en charlas sin cuento ni fin. Algunos conversan entre sí, pero siempre con la mitad de su cerebro porque, como es bien sabido, reservan la otra mitad para la gente que vive oculta en el teléfono

     Ese relativo silencio (incluso aunque se lo propongan, que no es el caso, un centenar de seres humanos no puede moverse sin hacer nada de ruido), ese relativo silencio, digo, es lo que permite que se oiga rara vez -pero que se oiga- un sonido como de sorbitón que diría mi abuela y de sorbición que dice el diccionario; el resultado de la fricción de dos materiales que se rozan absorbiéndose uno al otro; una especie de cucharada lenta y al mismo tiempo fugaz; un leve chasquido más bien blando, orgánico; un beso en los morros, vamos, que quizás debería de haber dicho desde el principio y dejarme de tonterías.

     Es difícil domeñar la curiosidad que se siente por identificar a los responsables de ese ruido peculiar e inconfundible, pero ha de hacerse para evitar ser acusado de mirón, de antigualla reaccionaria o de censor de costumbres falsamente impías. Quiero decir que cuando unos zánganos se buscan para despedirse hasta el corte siguiente y se dan un beso y luego otro y luego, ay-espera-no-te-vayas-todavía, otro más, y lo hacen al lado de uno mismo, sin darse cuenta de que están a punto de arrollarlo en su frenesí, a ese uno no le queda otra que esquivar el golpe, sonreír hacia dentro y un poco hacia afuera, cargarse de paternalismo y alegrarse de que las hormonas sigan produciendo escenas tan tiernas.

     Aunque a veces también le dan ganas de pararse en medio y pronosticarles que no se entusiasmen tanto, que las estadísticas dicen que antes de que acabe el curso de eso no quedará nada, que el amor es como ese árbol de Júpiter, en donde al principio todo son flores y enseguida todas se vuelven vainas. Y que lo dejen a uno caminar en paz, vamos...

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La ventana

A Gregorio Samsa, una vez convertido en insecto, le gustaba asomarse a la ventana de su habitación. Como a todos los insectos, al parecer, con excepción de las cucarachas, lo que descarta, por cierto, al más repugnante de los insectos como el objeto de la transformación del viajante de comercio. O como a los humanos, también. Lo de asomarse a la ventana, digo. Desde luego, a los alumnos les priva. Algo los empuja a sentarse al fondo de la clase, donde se ve y se oye peor lo que ocurre en la parte habitualmente profesoral, y al lado de las ventanas, donde también suelen ubicarse los radiadores de la calefacción. Puede que el calor sea una de las explicaciones, pero parece más convincente la necesidad de sentirse cerca del aire libre, como si fuesen presidiarios que añoraran la libertad de las calles y del espacio abierto. La ventana como un espacio de ensoñación, diríamos. Pero también cuenta que la ventana permite a los más inquietos jugar con las persianas y a todos los demás mirar quién entra, sale, va o viene en el patio o en la calle. Desde luego, queda descartado como argumento la preferencia de los que eligen sentarse junto a la luz, la luz misma, porque ver mejor el cuaderno o el libro no es una necesidad urgente; antes bien, claramente prescindible.

    Nada de todo esto es difícil de entender. Incluso resulta previsible. Mucho menos lo es la fuerza sobrehumana que ata a los alumnos a esa silla greogriosamsiana, si se me permite la estupidez. Con frecuencia, el calor del radiador, pegado a la mesa del estudiante, es difícilmente soportable y otras veces es el sol el que incide en los ojos de los estudiantes con una contumacia que hace difícil prestar atención a otra cosa que no sea protegerse de la agresión.

    No obstante, todavía está por ocurrir que un alumno acepte cambiar su insufrible posición junto a la ventana por otra en cualquier otro lugar de la clase donde no sude tinta o no tenga que apantallar la cara con una de sus manos para proteger la retina de una lesión irreversible.

    - Pero cámbiese de sitio, ¿no se da cuenta de que lo está pasando mal? -puede sugerir el profesor.

    - Es igual -contestará siempre el estudiante, chorreando sudor o rojo achicharrado el rostro, con la expresión impasible de quien ofrece su padecimiento a mayor gloria de la Gran Causa.

   

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Hierba

La marihuana es el tótem del grupo. La mera escucha de la palabra provoca un cambio de actitud solo comparable al que experimenta la tribu en presencia de la divinidad, al de las fans cuando se acerca el ídolo pop. Los miembros del grupo son expertos en su cultivo, preparación y venta. Unos han tenido plantaciones y los otros saben cómo se hace. Conocen las propiedades de la planta, cómo acelerar su crecimiento. Los relatos en torno a la especie van desde la comparación de quién ha visto la más grande o el bosquecillo más tupido hasta la hazaña del que ha transportado algunas plántulas o un ejemplar que ocupaba todo el coche, desde el parabrisas hasta el portón trasero. También saben cómo se convierte la rosa en el residuo alucinógeno, la cantidad que sale de cada una, lo que puede obtenerse en una venta. Todos están actualizados en materia de mercado. Los precios y las calidades, los puntos de venta. Hacen cálculos de rentabilidades, lo que les costaron unas semillas y lo que obtuvieron cuando vendieron el producto. No parece el negocio del siglo, pero negocio es a su escala, la de adolescentes todavía interesados en los cambios shimano de la bicicleta. Nadie admite consumir sin control, aunque a media mañana se adivina en algunas miradas. Todos, no obstante, admiten que lo han probado. En el pasado, eso sí, la consumieron en el pasado. Como si tuvieran décadas de pasado. Les fascina (o fascinaba) la sensación que se logra cuando se aspira el humo. La quietud. La felicidad. Flotar en el aire. Dejar de ser uno mismo. El flower-power pero sin poesía ni romanticismo. Bueno, digamos mejor que son los posos de todo aquello aspirados en el recibidor de la marginalidad. Y en el patio del recreo.


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La lección

Casi siempre da resultado poner a la nación encima de la mesa. Cuando hablo de «dar resultado» me refiero a que muchos estudiantes sienten que tienen algo que decir. No todos, claro, porque los hay que todavía flotan en el líquido amniótico en el que sobrevivieron nueve meses y no consideran necesario hacer cambios, diecitantos años después.


Pero entre los demás, suele nacer con facilidad el debate, aunque el sentimiento de pertenencia es más bien difuso. Bueno, quizás precisamente por eso. No hay unanimidad. En todo grupo, los hay conformes con ser españoles e incluso se identifica un subgrupo que admite la obligación de, llegado el caso, defender el territorio. Claro, que el subgrupo es muy reducido porque una cosa es ser de aquí y otra lejanísima ponerse en riesgo de que lo maten a uno por tal cosa. Otra minoría contempla a la nación desde fuera. Es una construcción que no les interesa mucho. Subrayan el mero accidente de haber nacido en esta o en otra. Los hay -creo que son la mayoría o, al menos, la minoría mayoritaria- que están adscritos al escepticismo un poco apátrida de quienes han sido educados tibiamente en las bondades de la propia nación y en la crítica ácida a sus defectos.


En general, los chicos miran con extrañeza el chauvinismo francés o el nacionalismo exhibicionista de los yanquis. Tienen alguna sospecha de cuál es la fecha de la fiesta nacional y alguna hipótesis vaga de qué representa. Por supuesto, no conocen el territorio, lo que lleva a una paradoja peculiar entre los de corazón patrio, ya que aman un concepto con la misma fuerza que rechazan saber en qué consiste: la Geografía, que la estudien otros. 


La alumna tiene razón cuando dice que la disputa de banderas rojigualda y tricolor, que ha visto en la televisión, tiene que ver con que pasamos una guerra y, como añade alguien, con que los que ganaron prolongaron el recochineo de haber sido los mas fuertes durante casi cuarenta años. Franco sigue teniendo la culpa de muchas de las cosas importantes -malas todas- que pasan en nuestro país. Que el infierno  se lo demande.


En fin. Han salido de nuestras aulas muchas generaciones de españoles moderamente satisfechos de serlo. No como en otros lugares, de donde salen ferozmente orgullosos de ser hijos de su patria. Es posible que, sin que los ministros lo hayan querido, sean generaciones cosmopolitas, casi ácratas, ya que, si lo miramos bien, casi han renunciado al rey, a la patria y a Dios.

Por fin hemos encontrado un motivo para la esperanza. Eso o bien están aferrados al sálvese quien pueda.

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Dictado

En medio de la barahúnda que se forma por cualquier cosa, el alumno relata a los compañeros que quieren oírle (y para que puedan tiene que hablar muy alto) que muchas tardes se va a ayudarle a su madre en el trabajo.

     La ayuda -digámoslo de una- consiste en limpiar portales.

   El mozarrón mide más de uno ochenta y no pesa menos de noventa kilos pero no se avergüenza de lo que hace. Diríase que al contrario. Por encima del contenido del trabajo está la reponsabilidad de la tarea. Casi parece un obrero del siglo XIX por la conciencia de clase que barniza sus palabras.

     Ayer le dio diez euros a su madre para que echara gasolina al coche. Por alguna razón, por lo menos puntualmente, él disponía de más efectivo que ella. En muchos otros institutos, los alumnos se ufanarían de que su padre les hubiera llenado la cartera para que ellos llenasen el depósito del buga. En esta clase, la puerta de entrada al mundo de los adultos es la inversa: el chico se envanece porque puede darle dinero a la madre.

     El chico explica que el padre lleva no sé cuánto tiempo sin pasar la pensión a su madre y la frase actúa de catalizador en el corrillo: de pronto se abre la competencia por batir el récord del tiempo que las madres logran bandeárselas sin la contribución del padre.

     En alguna especie de mundo feliz estos chicos se convierten en estudiantes gracias a nuestro trabajo y las leyes del gobierno que cumplimos, ven el otro lado de las cosas, se aplican, consiguen superar dos años de estudios no muy relevantes, luego acceden a su primer titulo académico y dos años después al segundo y otros dos años más tarde al tercero y al fin se convierten en grandes profesionales de su oficio, ciudadanos estupendos que departen de fútbol y política en el bar de la esquina.

     En alguna especie de mundo feliz, digo. En el que vivimos no sé lo que pasará.

     Cuando la clase retorna a ser una clase, el profesor piensa que su trabajo sirve sobre todo para que el límite de la subversión que los chicos imaginan sea lo que acaba de oírse, que si tienen que robar para comer, robarán. Piensa el profesor que otra subversión, como la que soñaban los obreros del siglo XIX, ni se la imaginan.

     - Dictado, ordena el maestro.

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Eso no lo ponía

Sería necesario investigar en qué momento de la escolaridad los alumnos reciben la consigna de que su papel fundamental como estudiantes es copiar en el cuaderno una información, se entienda o no. Mejor incluso si no se entiende porque eso prestigia la tarea. Al fin y al cabo, si uno ya sabe qué es lo que está copiando, ¿para qué va a hacerlo?

     Lo cierto es que si alguna vez la cosa tiene su gracia, mira qué letra más bonita tiene mi niña, la va perdiendo según ascendemos en las etapas educativas.

     La alumna que me ocupa hoy estaba citada a exponer en público el estado de la atmósfera del día anterior. Eso o analizar el nivel de erudición de las entrevistas de Sálvame: da igual el contenido concreto de la tarea. El meollo del asunto, el procedimiento, la capacidad o la competencia, según hablemos en argot LOGSE, LOE o PISA, era, primero, que la estudiante se entrenara en la escucha comprensiva de una información en un contexto no académico, y después, en la reelaboración personal con el fin, en tercer lugar, de comunicarla adecuadamente a un auditorio.

     Mas hete aquí, oh fatalidad, que cuando el profesor le pregunta por la baja presión en la costa mediterránea o la incorrección gramatical de Jesulín, la alumna mira el papel con relativa inquietud y responde con naturalidad que no lo sabe porque «eso no lo ponía». La expresión delata cuál ha sido su procedimiento de trabajo, contrario a las intenciones de los últimos ministros del ramo, y es que la alumna ha sustituido la engorrosa tarea de ver la información meteorólogica o el programa de variedades por la mucho más amigable de copiar de internet el pronóstico del tiempo o la crítica del programa.

     Su proceso madurativo se ha quedado donde estaba, para fastidio del ministro y de su vicario en la clase, que es el profesor, pero la expresión de estupor de la alumna no tiene que ver con el fracaso de la política educativa al que está contribuyendo sin quererlo, sino, más bien, con su incapacidad para entender la regañina del profesor: ¿por qué le recrimina haber hecho lo que lleva haciendo toda una vida? ¿Es que no es eso lo que debe hacerse?


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Iguales y desiguales

    Tengo para mí que el colmo de la indolencia de los alumnos es no esforzarse en aprender los nombres de los profesores. Ellos creen que es una costumbre inveterada pero, como tantas otras falsas tradiciones, no es verdad. En mis primeros tiempos como docente los alumnos me llamaban por mi nombre e incluso anteponían aquel mayestático «don» que sí que está en desuso y creo que nadie quiere para nada. No puedo precisar cuándo cambió la costumbre, aunque, desde luego, podría rastrearse en las biografías de los docentes veteranos, pero lo cierto es que hoy no es infrecuente que muchos alumnos terminen el curso sin conocer cómo se llaman sus profesores, algo inimaginable en los contextos no académicos en los que viven.

    Ayer por la mañana, el profesor informó de que quería ser llamado por su nombre, y el aula entera se convirtió en un clamor:

    - ¡Aprender el nombre! ¡Vaya fastidio!

    - ¿Y qué más da?

    - ¿Pues no eres el profesor?

    - Soy su profesor, y de la misma forma que yo hago el esfuerzo de aprender sus veintitantos nombres quiero que ustedes hagan el esfuerzo de aprender el mío. Por lo demás, igual que yo les trato de usted, quiero que ustedes me traten de usted.

    - ¡¿De usted?!

    - ¿Y eso cómo se hace? ¡¿Eh, usted?!

    - Yo no sé hacerlo

    - ¿Y por qué tengo que hacerlo?

    Media clase después de sofocados los escándalos, un alumno pregunta si pueden usarse los móviles y se le responde que las normas del centro lo impiden. Alguna vez se usará como recurso didáctico pero mientras tanto deberán permanecer apagados y guardados.

    - Y eso es para todos, ¿no? -reclaman, urgentes y broncas, dos o tres voces casi al unísono.

    - Claro... no entiendo -duda el profesor.

    Los alumnos señalan entonces que su teléfono reposa sobre la mesa y él lee en sus torvas miradas la desconfianza, la envidia, la sospecha de un trato desigual.

    El profesor, que sabe que un aula es un espacio de negociación, aclara que el teléfono es la herramienta con la que pasa lista y el sustituto del reloj de pulsera que no usa. Explicar antes que imponer. Mostrarse razonable antes que autoritario.

    Pero también entonces recuerda la mitad anterior de la clase y les escupe su diferente vara de medir. Ellos exigen la igualdad para que el profesor no tenga privilegios y evocan la desigualdad para mantener los suyos.

    «Váyanse a paseo», diríase que está a punto de decir, aunque, si le preguntasen, juraría que su expresión es solo la de quien no está seguro de haber sido entendido adecuadamente.

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Si hay que ir, se va

Además de para nada, los exámenes de septiembre suelen servir para el encuentro de viejos y viejas amigas. Gente que no se ha visto desde que finalizara el mes de junio o desde las pellas del mes de mayo, que también pasa. Chicos y chicas con casi todo pendiente se citan en la puerta del instituto, entran a clase para que conste que han ido, escriben el nombre y salen corriendo otra vez a la puerta del instituto, donde continúan la charla que había interrumpido la inminencia del examen extraordinario. Si el sistema dice que deben acudir al centro, van, que no se diga, pero que nadie espere que, además, demuestren saber algo, porque ni es el caso ni ha llegado a ocurrírseles.

     Estos primeros días de septiembre, la puerta del centro se llena de gentecilla vivaracha, cigarrillos de liar, anecdotarios del verano, planes para desidias nuevas y el repaso a los profesores, especialmente los de peor fario, según cabe suponer.

     Hablando de ellos, la peor experiencia que puede tenerse es la que proporciona ese tontolaba que no autoriza a los rapaces a abandonar tan pronto el campo de juego, sino que, como si el examen fuese uno del mes de marzo, les obliga a permanecer en la silla, en silencio, durante el tiempo establecido. Los rostros de los chiquillos pasan de la sonrisa algo cínica al desconcierto, de aquí a la incredulidad y de aquí al cabreo absoluto.

    - ¿Cuándo podremos salir? -pregunta alguien.

    - Cuando terminen todos los compañeros.

   - ¡Pero si es que ese de ahí lleva ya casi una hora! -estalla, y en la ira con que se refiere al único compañero que todavía no ha terminado, manifiesta que lo lógico en estos casos es su propia indolencia y no lo que el resto del mundo cree.

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Otra que ni siquiera pasa

Todas las mañanas, durante todo el curso, una chica me ha estado recibiendo sentada en el poyo que hay junto a la puerta del instituto. Bueno, naturalmente no me recibía a mí, pero tampoco a ninguna de las otras quinientas o seiscientas personas que pasábamos por delante de ella. En realidad, no recibía a nadie porque a su posición sedente se unía una expresión hierática, un rostro como de cera, sin movimiento alguno, una mirada ausente que lanzaba siempre a su izquierda y al infinito y que hacía regresar cada poco al móvil que sostenía entre sus manos y donde parecía transcurrir realmente el mundo. La chica escribía en el teléfono con una dedicación que no dejaba de sorprenderme, no tanto por su eficacia sino porque significaba que a la misma hora en otra parte, seguramente de la misma ciudad, existían uno o varios corresponsales con quien tenía cosas que compartir. Mientras consultaba el teléfono sostenía entre los dedos de una de sus manos el cigarro que formaba la última parte de la trinidad chica-teléfono-cigarro. A veces, daba una calada para esperar una respuesta, pero otras escribía sin retirar el cigarro de su posición o bien lo apartaba ligeramente con una de sus manos mientras consideraba gravemente lo que alguien acababa de decirle. La chica parecía habitar una burbuja. No miraba a nadie, no hablaba con nadie, no se saludaba con nadie. Parecía no ser de este mundo. Por supuesto, tampoco de este instituto. Meses atrás se matriculó en él, pero a nadie le constó que hubiese vuelto a pisar sus pasillos. Nunca la vi, pero siempre di por hecho que, desde la puerta, se marchaba hacia algún lugar que ignoro y que nadie volvía a saber de ella hasta el día siguiente, cuando madrugaba más que nadie para volver a sentarse, fumar y charlar a través del móvil con su expresión hiératica, grave y ausente.

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Uno que pasa

En los días de calor de la primavera algunas clases se dan con la puerta abierta, verdadero prodigio en una profesión en la que el valor simbólico de la puerta es mayor incluso que su utilidad real. Por el vano, desde lejos, casi se ve salir la voz de la profesora con esa textura de cueva que proporcionan las aulas de cualquier sitio y cualquier tiempo. Cuando llegas cerca de la puerta, ves al chico. Está sentado en una silla del fondo del aula. Bueno, desparramado. Está desparramado en una postura imposible para cualquier persona adulta. Sobre la mesa no hay nada. Ni libro, ni bolígrafo, ni papel. El chico mira hacia el  pasillo con neutralidad, sin rebeldía y sin esperanza de poder alcanzarlo, a pesar de que ningún impedimento físico le impide salir y correr y marcharse. La voz que llena la clase no suena para él. Su rostro dice que hace mucho tiempo que dejó de oírla. Seguramente, ni esa ni ninguna de las otras cinco que tratarán de mostrarle algún camino durante el resto del día. Su camino está en otro sitio, muy lejos de lo que pueda ocurrir en ese espacio. A los catorce años que debe de tener eso ya está escrito. Si permanece sentado en esa actitud, si le hacemos permanecer todavía un par de años más, no es por él sino por nosotros. Necesitamos que los chicos estén mucho tiempo dentro de las escuelas no porque sea la mejor garantía de que sepan más sino por la seguridad de que así serán más dóciles.

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Imitaciones

En el campo de juego hay un jugador que destaca. Siempre pasa. Los demás se conforman con darle una patada al balón o salir de un regate. Para ellos, el juego empieza cuando tocan la bola y termina cuando la sueltan. A partir de entonces corren de acá para allá confiando en que pueda entrar de nuevo en contacto con la pelota, pero sin estar seguros de cuándo y por qué habrá de suceder eso. El otro, el bueno, el que entiende el juego, está concentrado en el partido. Durante los pocos minutos que dura, no existe otra cosa en su mente. No es casualidad que siempre esté donde cae el balón. No es que tenga imán. Es que sabe de qué va esto. En realidad, es el único que juega. Pierde la posesión porque es imposible que no lo haga, pero es capaz de cogerlo en su portería y manejarlo hasta la contraria con enorme rapidez y un variado repertorio de recursos técnicos. De hecho, eso es lo que hace cuando marca el único gol del partido. Después, cuando vuelve al centro del campo, no lo hace festejándolo como si lo hubiera marcado con su equipo, ese en el que, con toda seguridad, juega, porque sabe que este partido es solo una pachanga, pero no puede evitar un rictus de evidente satisfacción. No salta, no gesticula, pero por un momento se deja llevar por el mismo sentimiento de gloria que embarga a los futbolistas profesionales.

      Hay otro momento en el que el joven actúa con la misma inercia de los grandes astros. La jugada ha ocurrido muy cerca de la banda, justo frente a mí. Un rival le ha arrebatado el balón y él se ha sentido humillado. Un acceso de rabia le ha recorrido entero. Y entonces ha echado para atrás la pierna derecha y la ha lanzado sobre el tobillo del contrario. Ha estado a punto de ser una patada alevosa. A un metro escaso de la jugada, yo siempre he estado seguro de que la agresión se quedaría en conato, pero el chaval, a sus catorce o quince años, ha repetido una acción que ha visto hacer a sus ídolos decenas de veces.

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Aprendizaje secuencial

Otro posible nuevo apunte para la Didáctica de la Historia. Hasta ahora estaba convencido de que la noción de simultaneidad no está bien afirmada en los estudiantes. Dado que la formación de Castilla se estudia después que la historia de Al-Ándalus, es frecuente que tengan para ellos que Fernán González vivió después de la Navas de Tolosa, si es que tienen alguna noción de lo que son esos nombres. En caso contrario, puestos en la situación, se decantarían por afirmar que Al-Andalus fue antes que Castilla, a la manera que los cromañones fueron antes que los visigodos.

     Para evitar esa falta de coherencia histórica les hacemos construir ejes cronológicos en los que constaten que la catedral de Santiago se construyó antes que la Alhambra, aunque la estudien un mes más tarde.

      Lo que el otro día descubrí fue, sin embargo, la hipérbole de esta falta de sincronía. No es que los alumnos entiendan que lo que se estudia un mes antes ocurrió notoriamente antes en el pasado. Es que, por lo menos algunos, y no siempre malos estudiantes, entienden que lo que se explica a las once de la mañana ocurrió necesariamente antes de lo que ocurrió a las once y cinco.

      La alumna me pregunta cómo tuvo que enfrentarse Alemania a los frentes occidental, oriental y sur durante la Primera Guerra Mundial. Si primero uno y luego otro o los tres simultáneamente. Su preocupación no era logística (cómo podía ser posible lo uno o lo otro) sino meramente formal: se había puesto a memorizar aquel asunto con vistas al examen y no sabía que tenía que escribir.

       No sé si fue mi mirada aterradora o el hecho de formular la pregunta en voz alta lo que hizo que se despertase el sentido lógico de la estudiante. Seguramente fue esto último. A veces las preguntas se resuelven cuando se formulan en alto porque volver a construirlas para expresarlas conlleva volver a pensarlas, volver a trabajar con ellas, y ahí es donde se halla el camino del conocimiento.

      Pero, dicho esto, lo que me traía aquí era subrayar que habré de estar más atento al alcance de lo que podemos llamar el aprendizaje secuencial que ejecutan los estudiantes: lo que se lee primero, siempre ocurrió antes que todo lo demás.

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Sin querer

A los dieciocho años hay muchas aventuras que correr antes que la del conocimiento. Está la aventura del tres en uno (amor, novio, sexo), la de la libertad, la del alcohol, las de las novelas que ponen en la tele, la de los amigos. Está, sobre todo, la apoteosis del fin de semana y la niebla que se instala de lunes a viernes.


La mayoría de mis alumnos de bachillerato admiten sin rubor que acuden al instituto para obtener un certificado que algún día les permita tener un trabajo. Que lo hacen con independencia de lo que tengan que memorizar. Les da igual Geografía que Cocina. En sí mismo, el conocimiento no tiene para ellos validez alguna. Esta es una de las razones, entre bastantes otras, por lo que olvidan todo de inmediato. Porque nunca quisieron aprenderlo.


Hoy he charlado con un puñado de alumnas. Ninguna de ella había pasado por la experiencia de esa sutil felicidad que siente uno cuando aprende algo nuevo. La felicidad (esto no me lo dicen pero lo supongo) se la traen el estreno de unos zapatos, una frase de un chico, un mensaje en el teléfono móvil. Pero no se la trae saber algo nuevo. Ni una de ellas ha experimentado un mínimo placer cuando una información recién escuchada o el análisis de un texto, de una imagen o de vete a saber qué, les ha recompuesto su visión de mundo. No me extraña que se aburran. Si aprenden algo es sin querer, y así no hay quien haga carrera de ellos, que diría mi madre...


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Humo en el zaguán

Procedimiento saludable de entrada al instituto: deténgase a no menos de veinte metros de la puerta, llene sus pulmones de aire y láncese hacia el interior del centro utilizando esa reserva de oxígeno para mover sus músculos. No se le ocurra inspirar aire de nuevo hasta que no esté dentro. Si lo hace, será bajo su responsabilidad.

    La norma de no fumar dentro de los edificios públicos se cumple casi a rajatabla, pero la de no hacerlo en las inmediaciones ni se considera. Algunos profesores y una turbamulta de alumnos convierten los porches de entrada y las aceras anexas en fumaderos irrespirables. No hay quien pase sin notar en la faringe y en los pulmones el arañazo de ese humo de segunda mano que enturbia el aire como si fuera el del corazón de un enorme incendio.

    Solo faltan los aficionados a las farias y las cachimbas porque, de los demás, están todos. Los usuarios de los cigarrillos más convencionales; los del tabaco de liar, aquel viejo caldo de gallina retomado por los jóvenes que no pueden pagar cuatro euros cada día; y, cada vez más, los de los porros, que consumen los que pueden pagar cantidades mayores, y que parecen ser muchos a juzgar por la manera en que la humareda alucinógena se superpone sobre la simplemente venenosa y su olor se apodera no solo de los zaguanes sino de los despachos del primer piso.

    Aunque consumir hachís no es un delito, tiene delito venir a clase y pasarse la mañana o la tarde levitando, sin hacer, comprender, ver o escuchar nada, con los ojos vidiriosos y la risa estúpida de quien ha dejado su conciencia en el perchero.

    Y también lo tiene que no se le pueda despachar a pasar el resto del día al lugar donde se considere de buen tono comportarse como un idiota.

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Palabras

Apunte enésimo para cuando escriba un manual de didáctica de la Historia: el problema es conseguir que los alumnos no solo aprendan las palabras sino lo que hay detrás de ellas. Detrás de la palabra «gato» todo el mundo tiene una imagen mental, pero no detrás de «liberalismo» o «burguesía» El asunto es muy complicado. Por parte de la asignatura, porque las formulaciones históricas son muy abstractas y, por parte de los estudiantes, porque su experiencia de las cosas es muy limitada y su interés por ampliarla no siempre es mucho mayor. Ambas cosas, eso sí, son normales a su edad.

    Los estudiantes reaccionan de forma distinta ante este montón de problemas. Los buenos aprenden sin pestañear que entre febrero y noviembre de 1917 hubo en Rusia un «doble poder» sin que realmente lleguen a comprender qué significa eso porque les falta la experiencia de lo que es el poder. Podrían acercarse a su significado si atendiensen a los noticiarios de televisión y viesen cómo la oposición ucraniana está doblegando al gobierno, pero hoy por los noticiarios no entran en los exámenes, así que por esa parte no tenemos la ruta despejada y nos queda lo de siempre: el discurso del profesor, sobre cuya eficacia me remito a entradas anteriores a esta.

    Los malos estudiantes tienen otro comportamiento, seguramente más natural. Como los buenos, no entienden nada pero, a diferencia de aquellos, no malgastan su tiempo en aprenderlo. Ven La que se avecina o se aburren a sus anchas, sin atender las prescripciones del maestro. No obstante, muchos aspiran a aprobar. El día de antes memorizarán algunas palabras y confiarán en que el azar esté de su parte, de manera que, cuando las pongan en el examen, caigan en el lugar correspondiente. Incluso es posible que, sin darse ese azar, el profesor los apruebe sin que ni uno ni otro sepan por qué.

    Por último, los estudiantes excelentes comprenden lo que hay detrás de las palabras. Pero son pocos, claro, y no estoy nada seguro de que podamos hacer algo para aumentar sustancialmente su número.

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El volcán

 No creo que un centro educativo pueda someterse a una prueba más dura que la que ha vivido el mío durante esta semana, cuando un alumno ha muerto agredido por otro. Solo el hecho de que el suceso no se haya producido dentro del instituto hace más llevadera la tragedia, mientra que el hecho de que sea un centro muy grande facilita que todo se disipe, lo bueno, lo malo y lo peor.

    Me permito subrayar que lo ocurrido demuestra que bajo la superficie de las cosas, que los profesores creemos ingenuamente controlar, existe todo un magma que ignoramos y que mueve lo que hay en la superficie de forma parecida a como el manto viscoso de las entrañas del planeta gobierna la corteza que soporta. En ambos casos, lo que ocurre en la oscuridad explica lo que pasa a la luz del día y sus consecuencias son, a veces, devastadoras.

    Ignoro todo lo sucedido el lunes pasado y no hago caso de ninguno de los rumores que me llegan. Pero cuando la investigación judicial dé el asunto por aclarado, seguramente nos enteraremos de que mientras hablábamos en las clases de Platón, Cervantes o Bakunin, algo llevaba mucho tiempo moviéndose en esas tinieblas del otro lado. Sospecho que ningún profesor podría haberlo supuesto nunca, como ningún sismógrafo puede adelantar la magnitud de un terremoto, pero lo cierto es que, como el magma del que hablo, encontró una fisura para escapar y se convirtió en la erupción de un volcán que nos ha hecho ver la fragilidad de nuestra posición.    

    Admitir esto -que puede desarrollarse con muchos otros ejemplos que no voy a poner para no minimizar el tamaño de la catástrofe de estos días- nos haría comprender mejor lo que hacemos, aunque no necesariamente nos permitiría hacerlo mejor.

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Es otra cosa

A quien no lo haya hecho todavía, le aconsejo el siguiente experimento. Selecciónese una pieza de información para transmitir a una clase llena de adolescentes bienintencionados. No vale un aula de desmotivados, de malos estudiantes o con una proporción significativa de desfavorecidos. O sea, búsquese una clase fetén, si se tiene a mano.

    Cuídese la exposición que se va a hacer. Sígase cualquier manual de Didáctica: no se hable mucho tiempo, transmítase la información de manera coherente, trúfese con algún elemento humorístico, utilícese la pizarra para esquematizar lo crucial de la información, asegúrese con los correspondientes feed-backs de que la audiencia está siguiendo el hilo del discurso, etcétera, etcétera.

    Terminada la exposición, pídase a los alumnos que escriban en un papel lo que acaban de escuchar. Exija silencio y concentración. Cuando se haya terminado la tarea, pídase que cada compañero coteje su redacción con el de al lado y que cada pareja cree un documento. Ahora pida que se formen nuevas parejas para que se cree un documento acordado por cada cuatro estudiantes. Después, un documento por cada ocho estudiantes y así progresivamente hasta que se tenga un documento que se pueda considerar como el texto redactado por la clase entera.

    El mecanismo es, a la vez, selectivo y aditivo. O sea, los alumnos descartan información errónea y agregan la que ellos no hayan escuchado. De una  manera abstracta podemos asegurar que ese documento final es la transcripción de lo que el conjunto de la clase recuerda de la exposición hecha por el profesor. En un plano más práctico caben pocas dudas de que es el mejor documento que puede obtenerse de esa audiencia. En otras palabras, el examen de cualquier alumno estaría por debajo de ese umbral.

    Es aconsejable que el experimento continúe en casa. El profesor debe leer en la intimidad en qué ha quedado su discurso, tan delicadamente preparado y cuidadosamente expuesto. Probablemente, las ideas que se han olvidado, las que se han tergiversado, las que se han banalizado, las que se han cambiado de lugar y por lo tanto han perdido coherencia... habrán hecho trizas la exposición y, lo que es más importante, el corazón del profesor bienintencionado. Por eso hay que leerlo en casa, donde nadie lo vea evolucionar de la confusión al desánimo y de aquí quién sabe si a la depresión endógena.

    Ignoro por qué este experimento no se incluye en ningún manual de Didáctica, pero debería hacerse. Quizás yo mismo escriba ese manual para convencer a los futuros enseñantes de que se olviden de la principal idea preconcebida que se tiene con respecto a la enseñanza, y es que, de verdad, enseñar no es contar lo que uno sabe, ni siquiera de la mejor manera posible. Enseñar es otra cosa.

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El timbre

La única instrucción que se obedece a rajatabla en un instituto es la que dicta el timbre y, por lo menos la mitad de las veces, se hace con una inmediatez absoluta, lo que concede al ingenio un porcentaje de efectividad que no conseguiría nunca el profesor del mes ordenando silencio, atención, respuestas o que los estudiantes bizqueen, daría igual.


Es cierto que cuando el timbre llama a volver a clase, los alumnos se mueven con una lentitud de paseante impropia de chicos en la flor de la vida. También lo es que no hay manera de empezar una clase antes de que transcurran algunos minutos, más cuanto de más edad son los estudiantes, pero aun así debemos convenir que no se discute la obligación de regresar a clase, como los obreros de la fábrica no discuten que tienen que volver al puesto de la cadena de montaje.


En cambio, cuando el timbre suena para autorizar la salida, el profesor se convierte en una figura irrelevante. Y más todavía su mensaje, que se pierde como si estuviese siendo susurrado al éter. Da igual que se haya advertido que el timbre es solo un aviso o que en otras ocasiones se hayan tomado medidas levemente disciplinarias con los que muestran demasiada prisa para abandonar el barco. La chicharra desposee al profesor del tiempo y de su autoridad y al aprendizaje de toda consistencia. Cualquiera puede ver cómo el conocimiento resbala por las pastas de los libros y de los  cuadernos cuando se cierran y cómo cae al suelo donde empapa sutil e inútilmente el terrazo que desecan de inmediato las deportivas de los estudiantes. Éstos dejan de ser individuos y se convierten en masa, en turba, en un rebaño de criaturas emigrantes que buscan el agua fresca de unos minutos de recreo o, si es el final de la jornada, de su verdadera vida  más allá del instituto.


La prisa de los estudiantes provisionales se sobrepone, incluso, a la inminencia de cualquier examen. Así ha ocurrido hoy, cuando se ha desatado la turbamulta mientras corregíamos el último ejercicio antes de la prueba de mañana, una prueba que incluirá, aunque ellos no lo saben,  ese ejercicio.inconcluso.

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La llave está en la lengua

¿Cuántos años han de pasar para que un español se tropiece con palabras como afiliación, convenio, emancipar, hostiles, instigar, languidecer o sindicalismo


De la respuesta que demos depende en gran medida el diagnóstico que hagamos de nuestro sistema educativo. Los redactores de un buen libro de Bachillerato consideran que dieciséis. Piensan que, a esa edad, los españoles ya se saben manejar con tales significados. Supongo que los autores no someten a sus textos a ninguna prueba para saber si el lenguaje es adecuado. Por una parte, porque, a diferencia de los consumidores de medicamentos, la vida de los estudiantes no corre peligro si el producto que consumen no es estricamente el que corresponde a su edad. Por otra, porque la expresión «lenguaje que corresponde a su edad» es una idiotez y, por fin, porque uno de los papeles del profesor es explicar el nuevo vocabulario. Si el alumno nunca se enfrentase a palabras nuevas, estaría toda su vida repitiendo mama y papa.

En todo caso, entre los míos son más los alumnos que no conocen ninguna de esas palabras que los que las conocen todas, lo que debemos admitir que es un problema para ambas partes, y sobre todo para la que tiene que aprender porque esas siete palabras se encuentran en apenas dos párrafos y el libro tiene muchos cientos de ellos. 

Pero no solo por eso. Hace varias décadas, un tal Bernstein encontró que el fracaso de los alumnos correlaciona con su manejo del lenguaje. Bernstein decía que los trabajadores utilizan un código restringido y la clase dirigente un código elaborado, y que el primero lleva al fracaso y el segundo al éxito académico. La definición que Bernstein hace del elaborado me permite incluir en él a languidecer, hostiles e instigar, lo que hace que me preocupe por mis alumnos y su futuro. Pero mi preocupación aumenta si consideramos que las otras cuatro palabras han formado parte del léxico del obrerismo desde sus orígenes, lo que coloca a mis estudiantes en verdaderos outsiders. O se ponen las pilas, en la expresión al uso, o van apañados...

Bien. Y ahora en serio. La llave está en la lengua, no la busquéis en otro sitio.

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Penes

Ignoro el paso que lleva de la pulsión sexual desenfrenada del adolescente a la tentación de dibujar por doquier atributos sexuales, generalmente fálicos. Por algún extraño sobreentendido siempre di por supuesto que los autores de estos dibujos eran los chicos.

    Lo que hacían -me decía yo- era ufanarse de aquello que poseían; representar en pizarras, paredes, bancos y otros soportes el objeto de su singularidad en un mundo dicotómico (o lo tienes o no lo tienes); invocar a las fuerzas de la naturaleza para que el órgano les fuera propicio, al modo en el que se suponía que dibujaban bisontes los hombres de las cavernas; amenazar, recordar o, en fin, prometer a las chicas de clase, del barrio o del resto de la Humanidad la violación o el placer sin cuento ni límite.

     El hecho de que rara vez se represente la vagina en estos grafitis no sé si más guarros o más cutres abonaba mi idea. No se trataba de que el órgano femenino fuera menos singular, representable o estético, sino del desinterés de las chicas por mostrar qué es lo que las caracteriza a ellas. En el universo mental de mi generación, las chicas no tienen que invocar a nadie para que su sexo les sea propicio ya que son las que disponen que la cosa ocurra. Basta con que ellas quieran para que todo se desencadene y que no quieran para que los chicos tengan que recurrir a pintar paredes.

     Sin embargo, las cosas no son como parecen. El otro día descubrí que los dibujantes de príapos son indistintamente chicos y chicas y, para aventar toda duda de sospecha clasista, diré desde el principio que todas las chicas son artistas potenciales. Todas. O sea, también las modosas con pinta de costureras, ahora que está de moda el oficio, cara de no haber roto un plato, estudiosas como ellas solas e hijas modélicas de padres que se quedarían con la boca abierta si viesen cómo matan el tedio que les sobreviene en las clases de Historia, es un decir.

    Naturalmente, el descubrimiento me lleva a preguntarme qué mueve a las chicas a dibujar penes chorreantes con la misma unción que hacen los chicos: ¿la estética?, ¿el deseo?, ¿el sentimiento de ausencia, tan freudiano y a estas alturas?, ¿el poso del machismo?, ¿la reivindicación de la igualdad, extrañamente aplicada al método y al motivo con el que se ensucia el mobiliario?

     Yo no lo sé, pero ahí dejo el tema de la investigación psicosocioantropológica.

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Lunes a primera

Está muy extendida la idea de que la última clase de la semana es prácticamente inhábil. Los alumnos están cansados, presienten la libertad como el perro cuando el dueño coge la correa del perchero y el profesor está harto de chiquilicuatres con ganas de pendencia. Los responsables de organizar horarios colocan en ese espacio asignaturas de menos sustancia y a los profesores de la oposición, para que se jodan, o a los que nunca dicen nada, para evitarse peleas con los que sí. Son los minutos de la basura.

Sin embargo, siempre es posible organizar las cosas para mantener la cabeza de los estudiantes donde queremos que esté: un juego, una tarea grupal, un audiovisual, una perfomance del profesor más trabajada... recursos todos ellos, y otros más que pueden inventarse, que jamás funcionan en la primera hora del lunes. Con diferencia, la peor hora de la semana, al menos a partir de cuarto de ESO.


Los alumnos llegan como si se hubiesen dejado el cerebro en casa durante el fin de semana y acabaran de implantárselo. Los pocos que miran al profesor lo hacen con la mirada hueca de un poseído o de un pobre bobo. Otros aparecen con los ojos hinchados, como recién despertados de una inmensa borrachera. Ninguno recuerda nada de la semana pasada, que parece haberse convertido en algo tan improbable como una vida anterior. Todos parecen haber perdido el habla y las ganas de recuperarla.


Solamente un examen puede enmascarar semejante situación de parálisis colectiva, pero no hace falta vivir de la enseñanza para comprender que esa no es la solución razonable. Se me ocurren dos. Una, empezar la semana una hora antes con una clase ficticia, una hora en blanco pero de asistencia obligatoria que serviría para poner en marcha el motor de las criaturas, como el viejo starter de los coches los hacía funcionar después de un cierto tiempo. Otra, empezar la semana una hora más tarde y alargar la mañana ese período o bien desplazar la infausta primera sesión a un horario vespertino extarodinario.


Naturalmente, estas propuestas tampoco son razonables y no es posible llevarlas a cabo. Pero que se conozca que tampoco lo es aprovechar la primera sesión de cada lunes.


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Para qué andar dándole vueltas

Hace años me hablaba un mecánico de un aprendiz que debía vigilar de cerca. Si le pedía que apretase un tornillo, el chaval no dejaba de girarlo hasta que no tenía fuerzas o hasta que rompía el tornillo. El rapaz no había comprendido qué es exactamente un tornillo y para qué sirve. En el mundo de los oficios, el buen oficial era el que comprendía tan bien de qué iba aquello que algún día componía una obra única. El que había aprendido mecánicamente las rutinas del oficio nunca era un buen artesano. El colmo era el de chavales como el de la cita, que nunca saldrían del peonaje.

    Para evitar aprendizajes desastrosos como el del tornillo segado, las leyes educativas que se han publicado desde hace veinticinco años insisten en que los alumnos no tienen que aprender las cosas de memoria, como se hacía en los tiempos de maricastaña y anteriores, sino dándole significado, entendiendo qué es exactamente un tornillo, una ameba o una revolución.

    No hacen falta leyes para comprender que las cosas tienen que ser así, pero uno llega a pensar que la escuela es el único sitio donde no puede aprenderse de esa manera. El alumno menos estudioso sabe organizar en categorías la alineación de un equipo de fútbol para repetir once nombres seguidos, sin olvidos ni errores, pero jamás hará una operación similar con un contenido académico. Por supuesto, ningún crío se aviene a repetir a otro algo que le ha contado un tercero si no comprende cuál es el mensaje. Eso solo lo hace en la escuela, donde, además, rara vez llega a hacer otra cosa. Ningún chaval aprende el nombre de la calle donde vive su amigo sin saber antes dónde vive realmente, mientras que en la escuela no guarda empacho en memorizar nombres de lugares cuya ubicación no tiene ningún interés en averiguar.

    La mayoría de los estudiantes considera que la escuela es un lugar donde repetir cosas de memoria y copiar en el cuaderno palabras que se escriben en la pizarra o en su día fueron escritas en un libro de texto, se entiendan o no. Cualquier intento de cambiar esa predisposición tiene muchas más posibilidades de fracasar que de triunfar.

    - Pero por qué actuáis así -pregunta el maestro-. ¿Es que los profesores os piden eso, que reproduzcáis palabras que no entendáis?

    - Sí. Muchos sí -contesta alguien.

    - Y de todos modos es más cómodo -dice otro alguien-. Tú te lo aprendes y en paz. ¿Para qué andar dándole vueltas?

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Un buen tipo

Conocí a Juanma (pongamos que se llama así: ya sabemos que este blog no hay que tomárselo del todo en serio ni del todo en broma) cuando estudiaba cuarto de la ESO. Creo que aquel no fue su mejor año, y no exactamente por los estudios. Me permití darle un consejo y él lo siguió. Doy por hecho que hubo otras personas que le dijeron lo mismo, por supuesto, y Juanma tiró para adelante. Después se ganó el cariño de otros y siguió tirando para adelante. No hablo con él todo lo que debiera y tampoco quiero meterme donde no me llaman, así que lo ignoro todo sobre su vida, pero Juanma tiene ahora buena pinta. Mucho mejor que cuando estudiaba cuarto de la ESO. Diríase que es un tipo que ha cambiado el pronóstico, uno de esos escasos casos que te hacen sentir optimista siquiera sea por un rato.


    El otro día lo vi por el pasillo. No le correspondía estar ahí, y por eso le pregunté. Venía de dejar sus antiguos libros en Jefatura de Estudios. «Por si alguien los necesita», me dijo. «Puede que alguien no pueda comprarlos, tal como están las cosas, y por eso los he dejado allí, para que se los den al que los necesite.»


    Creo que cuando lo escuché no le felicité adecuadamente por su iniciativa y eso me hizo sentirme mal.. Aunque seguro que Juanma no tuvo ese gesto para que lo felicitase nadie. Solo porque es un buen tipo.

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El rito de septiembre

Los suspensos de junio son los primeros pobladores de los institutos, miembros de una cofradía a la que no se está orgulloso de pertenecer pero que tampoco amarga la existencia de nadie. Llegan, hacen cola en los pasillos, se sientan a una mesa, contestan a lo que pueden que, en general, es más bien poco, y se van dejando otra vez en los corredores un silencio impropio.

    Salvo excepciones, los suspensos de junio son los mismos cada año desde hace cuarenta o cien. Provienen del mismo sitio. Muchos saben también su destino y ni siquiera acuden a probar suerte en septiembre.

    Los que vienen saben más bien poco. Si en diez meses con todas las ayudas posibles no aprendieron mucho, en los dos siguientes, solos y a contraclima, raro será que sepan más. Lo dice el sentido común, que está en la calle y casi nunca en los parlamentos. Ellos, los chicos. también lo dicen. La gran mayoría admite que o bien le echaron algún vistazo a los libros o bien se pusieron con ellos en los últimos quince días. Cuatro ratos para hacer lo que no se hizo de septiembre a junio.

    También dicen muchos que acuden a septiembre como el que acude a las rebajas. Todos conocen casos, por amigos o por su propia experiencia, de suspensos claros que se convirtieron en aprobados, aunque fuesen muy justos.

    Contra todos estos, o contra casi todos, es contra los que se legisla cuando se quitan dinero y medios. Los que redondean buenos expedientes toleran que el Presupuesto se ocupe menos de ellos. Los otros, lo toleran mucho menos.

    Los profesores lo certificamos levantando actas que firmamos.

    Así es como ponemos fin al rito.

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Errores de cálculo

Uno

 Una alumna entrega su examen de septiembre y pregunta cuándo sabrá su nota. No ha contestado ni a la mitad de las cuestiones y es más que previsible que las respuestas disten mucho de ser perfectas, así que no parece posible nada más que un resultado.

    Cualquiera fuera del ámbito académico diría que la pregunta es ociosa, pero la alumna, que tiene una larga experiencia en el instituto, sabe que para aprobar una asignatura tener un examen correcto no es el único requisito. No es que hagan falta más, sino que quizás ese no sea imprescindible. No sabe muy bien qué es lo que ocurre en la cabeza del profesor o en la maquinaria docente o administrativa del centro, pero sí sabe que a ella ya le ha pasado otras veces aquello de encontrarse en los boletines notas más altas de lo esperado. A ella y a todas sus amigas y amigos, así que, a lo mejor -llega a pensar-,  lo que razonablemente puede esperarse no es siempre lo que termina ocurriendo.


                Dos

    En uno de los sillones el pasillo, una alumna llora a moco tendido. En los despachos se ve un cierto trasiego de alumnos y madres que salen y entran. Lo hacen con caras serias, a veces congestionadas.

    En la mayoría de estos casos se ha producido un error de cálculo. Los alumnos han calculado mal. Ellos saben que con dos asignaturas suspensas se promociona y, si cumplir su oficio de estudiante se les hace cuesta arriba, en las primeras semanas abandonan con mayor o menor sutileza una o dos asignaturas. Saben que aprobarlas durante el curso siguiente será más fácil, aunque esto tampoco se entienda muy bien fuera del ámbito académico.

    El problema que hay tras los llantos y las madres intercesoras es que finalmente han sido tres los suspensos y el chico no promociona sino que repite, y como las circunstancias que han desembocado en los suspensos son las que son, no puede darse el desconocido mecanismo redentor de la primera escena.


                                                  Tres

 Si estamos al final del camino podemos arriesgar hasta el límite. Podemos abandonar una asignatura durante todo el curso y olvidarnos de ella hasta la última semana antes del examen septembrino. No es necesario sabérsela de pe a pa. Se trata de demostrar que se ha hecho algo, aunque sea un poco. Con una sola no nos van a suspender, ¿verdad?, no nos van a cortar el paso a la Universidad, a nuestro futuro, ¿verdad que no?

    Alguna de esas caras súperserias, de esos llantos, de ese ir y venir responden a este último error de cálculo.

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Bilingüe

Parece que los españoles nos consideramos bastante torpes para aprender otros idiomas. Digo que parece porque hace ya un tiempo que los medios de comunicación subrayan el bajo porcentaje de españoles que hablamos Inglés sin que las cifras cambien mucho, por lo que cabe pensar que a lo mejor no es que no sepamos aprender sino que el Inglés nos importa un pimiento. Como me decía un colega noruego, el nuestro es un país grande, importante en Europa y con mucha Historia, y el nuestro es el idioma de un imperio y uno de los más hablados del mundo, así que se comprende bien que no sintamos la necesidad de aprender ninguno más.

     No obstante, los gobiernos participan de ese complejo de inferioridad y están dispuestos a terminar con él multiplicando el tiempo de exposición al Inglés de todas nuestras criaturas desde que van a la escuela. Aprenderán Inglés en la clase de Inglés y también, al menos, en dos clases más y el propósito, más o menos confesado, es que en el futuro todas las materias se impartan en Inglés, para lo cual los maestros habrán de aprenderlo o serán desterrados a centros de segunda, donde solo se hablará Español.

     No sé el éxito que tendrá este movimiento tan filosajón, pero de momento los colegios que han decidido sumarse a él se muestran orgullosos de su iniciativa y lo celebran informando a la clientela y a quienes pasan por la puerta que allí se aprende en Inglés y en Español.

     Claro, que para saber lo que dice el cartel primero hay que aprender Inglés. Probablemente, debajo o encima de lo que leemos debería haberse incluido «Colegio bilingüe desde 2013». Escribir solo en Inglés que allí se aprende en Inglés y en Español tiene algo de papanatismo, de entreguismo de nuestro idioma  a la importancia del otro.

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Las optativas

Si en lugar de buscar dónde fracasan los alumnos buscásemos dónde triunfan quizás podríamos desterrar el fracaso escolar y consolidar el éxito. Si hiciésemos tal estudio, encontraríamos que el elemento común a los mejores esultados es la optatividad. Cuanto más optativa es una materia, mayor es el número de aprobados y mayor es la nota media. El ejemplo paradigmático es Religión, en donde lo excepcional es que un alumno baje de sobresaliente. Pero el segundo idioma durante toda la enseñanza media o las optativas de secundaria y bachillerato registran también elevadísimos porcentajes de aprobados. Los alumnos cosechan malas notas siempre en las asignaturas obligatorias.

    ¿Por qué? Pues debe de ser por la tendencia de todo humano a hacer con desagrado aquello a lo que se le obliga y con gusto lo que elige libremente llevar a cabo..

    ¿O es que puede haber otra razón? Admitir contenidos generalizadamente más sencillos que otros o actitudes más laxas de los profesos de optativas nos llevaría a reconocer que tenemos un sistema educativo dual, de asignaturas fáciles y asignaturas difíciles, que desde Wert hacia abajo todo el mundo repudia. Tampoco podemos considerar que existen conocimientos de distinto grado de utilidad para la formación de los ciudadanos porque, si así fuese, estaríamos reconociendo que actualmente existen asignaturas prescindibles en el currículum. Y si es así, alguien debería explicar qué pintan ahí.

    Así pues la solución al fracaso es convertir en optativas todas las asignaturas. Pasada la enseñanza primaria, en donde el estudiante adquiere los rudimentos básicos del trabajo intelectual, todas las asignaturas serían optativas. El alumno simplemente tendría que escoger el número suficiente para completar los treinta períodos lectivos de obligada permanencia en el centro.

    Dejando aparte el hecho de que la propuesta es coherente con el liberalismo reinante, o mucho me equivoco o la nota media de nuestros estudiantes mejoraría asombrosamente.

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Escribir

Antes de la del ordenador y antes de la era de la máquina de escribir yo viví en el tiempo de los cuadernos, tiempo que, a su vez, podemos dividir en el de los blocs de anillas con hojas extraíbles y el de los cuadernos propiamente dichos, que podían ser con espiral y simplemente cuadernos grapados, cada uno de estos elementos más antiguo que el anterior.


   Uno después de otro, estos cambios me facilitaron la tarea de escribir. Así,  la máquina eléctrica me liberó del engorro de corregir erratas con el tip-ex o la olivetti manual del cansancio producido por la tarea de apretar con el bolígrafo en el papel. Naturalmente, el ordenador me liberó de todas las sevidumbres juntas.


    Pero la vida da muchas vueltas y algunas son de trescientos sesenta grados. Treinta y tantos años después de gastar mi último cuaderno he vuelto a recuperar las viejas sensaciones. Como cuando era niño, empiezo cada página con la ilusión de mantener el trazo homogéneo, grácil, íntegro, legible, bello. Aprender a escribir es aprender a dibujar y la letra que cada uno se forma es el resultado de una pesquisa artística, el punto de acuerdo de uno mismo con su capacidad para hacer un trazo del que sentirse orgulloso. De este modo, cada primera palabra que escribo en una página nueva es la confirmación de ese acuerdo, un par de segundos de satisfacción conmigo mismo, con lo que he llegado a hacer.


    Sin embargo, como hace treinta y tantos años, el bienestar desaparece pronto y el cansancio de los músculos de la mano estropea poco a poco la caligrafía, de manera que hacia mitad de la página de las letras originales solo quedan los rasgos que un grafólogo utilizaría para decir que pertenecen al mismo autor. Al final, en la firma, mi apellido es apenas un garabato producto de la derrota.


    No son los únicos recuerdos sensoriales. El más antiguo es aquel de la hoja sucia y la hoja limpia. El desabrimiento con el que empezaba a escribir en la página par, esa que estaba ya arrugada por la presión del bolígrafo en el anverso y cuya rugosidad le había hecho perder el límpido color blanco de la hoja siguiente. Esa era una hoja indeseable porque se guardaba también la incomodidad de acercarse al final de la línea, allí donde el pliegue desfiguraba la letra, el lugar en el que la Fisica y la escasa evolución de la industria papelera se aliaban para hacerme sentir mal, incapaz de ejecutar el dibujo literario con la precisión exigible a un alumno aplicado como yo.


    Malos ratos los que había que escribir en la página par y que ahora vuelven, desposeídos de la gravedad de entonces pero envueltos en una nueva gravedad, más liviana porque el engorro ha perdido relevancia, como tantos otros que los años nos han enseñado a tolerar, pero más pesada por el significado que contiene.

   

    En el mismo momento en el que un teléfono minúsculo es herramienta suficiente para comprar un barco en Hong-Kong mientras uno se toma una cerveza, y  en un instituto especializado en la docencia en Informática y donde hay varios centenares de ordenadores, el elemento de renovación más conspicuo es meterse en la máquina del tiempo y adquirir la obligación de escribir las actas al estilo del siglo diecinueve.


    Y en eso estamos. Más de dos docenas de personas con los manguitos puestos escribiendo que el otro día acordamos las fechas de unos exámenes. Para que nadie mienta en la transcripción de decisiones tan cruciales para la humanidad... y para que todos sepamos quién manda.


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Smartphones

Una nueva generación de personas cabizbajas está creciendo en nuestros institutos. En los pasillos, los vestíbulos y las puertas de aulas y centros, decenas de estudiantes caminan o reposan en quicios y paredes con la cabeza gacha, como si hubieran sido victimas de una epidemia de modestia vírica o como si el pesimismo se hubiera apoderado de su alma de forma irreversible, a pesar de su corta edad.

    Quizás piensen que en Finlandia hubieran sido mejores alumnos o en los políticos que les han echado encima a la crisis  por no echársela a los banqueros, sean ambas cosas lo que quiera que sean, piensan ellos imitando la ironía de Juanjoparalosamigos Millás, sea este hombre quien sea.

    Pero no es eso. La juventud, a pesar de la psicología y sus adeptos los piscólogos, es una etapa feliz y los estudiantes que parecen mirarse continuamente a la punta de los zapatos lo que hacen es consultar el móvil, el smartphone, el teléfono amable más o menos literalmente: admitamos la espontaneidad con que el Inglés crea palabras que sonrojarían al Español.

    Ignoro qué leen, miran o consultan. Descarto una búsqueda en gúgel de los conceptos claves de la clase recién terminada. Descarto un intercambio de sms con su padre, su madre o su hermano mayor. Nada de leer las últimas noticias en la prensa seria. Todas las posibilidades se concentran en un guasapeo con la pareja o con los amigos. Pero... ¿no tienen los amigos en la clase o, lo más lejos, en otro lugar del instituto?

    Parece ser que no. Diríase que todos los estudiantes tienen sus vínculos de verdad, aquellos con quienes necesitan comunicarse a cada rato, fuera del lugar donde estudian. El ansia con que el que esperan el sonido del timbre para lanzarse a consultar el último mensaje de quien quiera que les esté queriendo de verdad muestra, sin lugar a dudas, que el instituto es para los alumnos un lugar sombrío y triste, donde la soledad les acompaña durante las seis horas en las que conviven con otros cientos de solitarios como ellos. Como para ir con ganas cada mañana...

    Menos mal que los teléfonos los rescatan de una condición tan triste y consiguen que a cada poco los jóvenes sean, como he dicho un poco más, arriba, gente esencialmente feliz.

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Sexo

No todos los adolescentes saben lo que es follar cuando tienen quince años, pero sí muchos y, desde luego, bastantes de ellos cuando terminan el instituto tienen mucha más experiencia de la que teníamos los de mi generación cuando salíamos de la universidad.
    Naturalmente, esto solo es posible porque la actitud de las chicas ha cambiado. Mientras que antes retrasaban el momento de acostarse con un chico hasta que él hubiera cumplido, al menos, la engorrosa formalidad de prometer amor eterno o casi, ahora consideran que por qué hay que perder el tiempo dando rodeos. Si antes accedían a la demanda  persistente de los varones como quien les hacía un favor, ahora son ellas la que insinúan, piden, provocan o exigen, según, que las cosas se produzcan pronto.
    Viene introducción tan larga a que el otro día me crucé por el pasillo con dos estudiantes que por su aspecto debían de ser alumnas de segundo curso de ESO. No daban grititos ni pequeños saltos. Tampoco hablaban entre ellas. Diríase que eran dos amigas que se dirigían al mismo sitio y que cada una iba en sus cosas, como tantas veces ocurre cuando comparten el camino personas que se conocen bien.
    Lo que ocupaba a la una era mordisquear un sandwich, un emparedado de pan de molde. Lo que ocupaba a la otra, imitar una felación con los gestos de la mano, la posición de la boca y el movimiento de la cabeza. Lo hacía sin morbo, sin ganas de molestar, sin exhibicionismo, sin el afán de hacer una broma gruesa. Lo hacía con la misma naturalidad con que su amiga masticaba un bocado.
    No sé si recordaba lo que había hecho la tarde anterior, si imitaba alguna escena que habría visto en una película pornográfica o si -como me inclino a pensar- repetía un gesto tan cotidiano en su vida como el que hace un chico que juega al baloncesto cuando lanza un balón imaginario por el pasillo de su casa.
    Pero lo peor fue que no supe si tenía que llamarle la atención o no.

    ¿Hacía un gesto prohibido?
    Es más: ¿estaba ese gesto prohibido en algún sitio?
    ¿Con qué argumento podría corregir ese gesto?
    ¿A quién podía ofender lo que estaba haciendo?
   Y lo más importante de todo: ¿me escandalizó el comportamiento de aquella niña, completamente pacífico, sinceramente abstraído en lo que veía en su mente? Y si me había escandalizado, ¿dónde quedaba la carga de progresismo que llevo de acá para allá desde que tengo cierta memoria?

    Sobra decir que seguí mi camino y dejé de hacerme preguntas en ese momento.

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Comportamiento ovejuno

El alumno, como animal que es (racional, naturalmente, no se me malinterprete), necesita hacer suyo un espacio, reconocerse en un lugar determinado de la clase. Le va en ello parte de su estabilidad emocional. Es aquello de sentirse en el aula relativamente bien. No lo digo yo, sino la Sociología, que se opone a la Pedagogía cuando ésta insiste en llevar a los alumnos de acá para allá en busca del aula-materia para conseguir un aprendizaje eficaz.

    Esa debió de ser la razón por la que el alumno al que ordené cambiarse de sitio miraba hacia su lugar de origen con una nostalgia digna de mejor empeño. Se sentaba en el rincón del fondo a la izquierda según me siento yo y le hice que se trasladase al extremo opuesto de la diagonal del aula. Un lugar lleno de luz, con vistas al parque cercano iluminado por un espléndio sol de invierno pero que él hubiese cambiado por el rincón más oscuro de la clase que había ocupado hasta entonces.

    Como en otras clases, la mitad de los alumnos se arracimaba en la tercera parte de la superficie del aula siguiendo un comportamiento ovejuno que debe de tener algo que ver con las investigaciones de la Sociología. Los profesores nos preocupamos porque los chicos tengan grandes espacios pero ellos prefieren las estrecheces.

    Lo que para nosotros es calidad para ellos resulta diáspora, exilio.

   Los alumnos prefieren no sentirse libres. Respirar de cerca el sudor del compañero después de Educación Física. Ser grupo compacto antes que individuo independiente que puede estirar las piernas sin obstáculos. 

    Lo cierto es que se forma una suerte de congestión humana que impide que todos los chicos se levanten a la vez cuando suena el timbre. Hasta que el que hace de tapón no se mueve, los demás solo forcejean con el mobiliario con una desesperación no exenta de cierto patetismo. Su afán de ser uno se convierte en su jaula tres veces al día y, no obstante, no ceden.

   Inútil es tratar de que la distribución del espacio sea diferente. La separación que ordené empezó a no respetarse ese mismo día porque en cada nueva clase cada individuo gana unos centímetros de aproximación al que tiene al lado y al poco tiempo el rebaño es otra vez sólido, pétreo, indeformable.

    Otrosí no se entiende hasta qué punto están los alumnos dispuestos a sacrificarse con tal de no perder sus raíces en la clase. Si el alumno recibe el sol en los ojos porque la persiana está levantada, la reacción inmediata es bajarla y dejar el aula a oscuras.

    Si el profesor impone su criterio y ordena que se mantenga la persiana en su sitio para que la luz natural haga más cálido el ambiente, el alumno protesta y entonces el profesor le autoriza a cambiarse de sitio. Donde sea. Al lugar de la clase de quiera.

    Da igual. El alumno no se mueve. Se encoge de hombros, cierra el ojo herido por la luz celeste y se dispone a aguantar la clase con entereza. Antes el cilicio que abjurar de la fe. O del territorio, que en este caso tanto da.

    Cosas de chicos, piensa uno.

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Métele, mama

En la puerta del instituto se preparaba una tormenta. Igual que en las de rayos y truenos el aire huele a ozono antes de que se desencadenen, también esa mañana el aire tenía una densidad especial.        

    Observé qué ocurría. La hora de la salida estaba próxima, de manera que el hecho de que un coche parase en la acera de enfrente no tenía que llamar la atención. Pero me la llamó. Sexto sentido o el olor del ozono, lo que se quiera.

    Del coche bajó una mujer en la treintena y sobre unos tacones. Morena y con el pelo largo. Quizás discretamente elegante. Me dirigí hacia ella sin saber qué iba a decirle. Llegué a su lado al mismo tiempo que otra mujer: su antónima. Era bajita, vestía con trapos de colores chillones. Lucía un pelo estropajoso de color minio.
    Las dos debían de conocerse porque de inmediato empezaron a hablar entre ellas. Más bien, a discutir. Elevaron muy pronto el volumen de sus voces. Hablaban de cuál de sus hijas se metía habitualmente con la otra y empezaron a lanzarse amenazas si en el futuro la cosa iba a mayores.
    Traté de conducir el diálogo hacia el terreno donde hablan las personas pero ambas mujeres me ignoraban completamente. Era como si yo fuera invisible.
    Entonces llegó la hija de pelodeminio. Anoté que la madre le había transmitido con eficacia sus chirriantes gustos estéticos. Las fuerzas acababan de desnivelarse y estaban en ese momento dos a uno.
    Comprendí que en pocos minutos la discusión tendría un público de varios centenares de estudiantes que estaban a punto de salir del instituto y que era fácil que el incidente hasta ahora verbal desembocase en una pelea a base de tirones de pelo.
    Saqué el móvil y llamé al 091 confiando en que eso las disuadiría de continuar con un espectáculo vergonzoso. Pero las contendientes hicieron como que no me oían llamar o no me oyeron o les importaba un rábano. Por su parte, la centralita de la policía me oyó pero como si no: alguien me explicó que estaban todas las unidades ocupadas y que hasta dentro de media hora no podía mandar a nadie.
    En la puerta se arracimaban ya los primeros alumnos. Si aquellas dos púgiles no me hacían caso, mi autoridad en el centro quedaría en entredicho. Si empezaban a agredirse, tendría que tratar de detener la pelea y seguramente haría el ridículo porque podría llevarme algún guantazo que mi papel de árbitro (a fuer de caballero) me impediría devolver.
    En definitiva, decidí que lo mejor era abandonar el campo de batalla y cuando me daba la vuelta pude escuhar claramente cómo la hija de pelodeminio arengaba a su madre:
    - Métele, máma, métele.
    No sé si finalmente le metió o no.

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Gente en los pasillos

Cada vez camino más despacio por los pasillos. No voy de una clase hacia otra sino que doy un paseo, como si la ruta mereciese la pena. Seguramente no la merece, igual que su contrario, que es llegar pronto a cualquiera que sea el sitio al que puede conducirte el corredor de un instituto.

    Sin embargo, la lentitud tiene sus recompensas. En estos días me ha dado tiempo a elaborar una teoría, no sé si física o filosófica, según la cual los estudiantes más jóvenes no tienen constancia de que ocupan un volumen en el espacio. Ellos están en un lugar del pasillo pero su cerebro parece no registrarlo, de manera que actúan como si estuviesen en un mundo solo habitado por ellos. Podría decirse que su existencia discurre en una esfera diferente de la de los adultos. En realidad, parece una no-existencia que afecta a cada individuo pero se hace mucho más conspicua cuando están reunidos en grupos.

    Darse cuenta de que las cosas no son así debe de ser una habilidad psicológica que se adquiere más adelante, a la vez que el pensamiento formal o alguna otra gran conquista de la mente. Pero, mientras tanto, no es extraño ver a un profesor varado en mitad de una masa de pequeños chiquillos, y puede darse el caso de que mire con resignación a un compañero que, como él, ha tardado mucho en buscar un camino alternativo a sus espaldas y se ha visto rodeado por una turbamulta de rapaces que lo van a inmovilizar hasta que suene el timbre que anuncia el próximo acontecimiento académico.

    Esta mañana regresaba yo de dar una clase con la impedimenta que exige hoy en día la alfabetización digital de los alumnos y uno de ellos, seguramente de maduración tardía, se ha cruzado en mi camino. He de decir que aunque no sé nada de este chiquillo intuyo su nivel de desarrollo después de aplicar a sus movimientos la teoría que he expuesto al principio de esta entrada.

    El estudiante se ha desgajado de un grupo con el que charlaba y ha ocupado el espacio por el que yo iba a pasar en los próximos segundos.  Es evidente que me ha visto porque no mostraba síntomas de ceguera pero, presa de esa particular percepción de su levedad, no se ha movido.

    Esta ha sido la razón por la que el tubo de cartón rígido del mapa de la Europa napoleónica que me antecedía ha impactado a la altura de la boca de su estómago. El alumno, sorprendido porque el principio de impenetrabilidad de los cuerpos afectara también a los adolescentes, ha dado un respingo y eso ha hecho que mi ordenador impactara, de canto, en su espinilla. La sorpresa, ligeramente dolorosa, lo ha impelido a agacharse en un acto reflejo de autodefensa y entonces ha sido cuando su cabeza ha tropezado con uno de los bordes de la caja del videoproyector que yo portaba en la otra mano.

    El alumno se ha incorporado sin mayores daños aunque se rascaba alternativamente las partes de su cuerpo lesionadas. Sin duda, ha sido un pequeño desastre para él pero también un episodio que espero que le haya servido para aproximarle a ese paso que tiene que dar para adquirir la conciencia de su propio volumen. Un pasito más hacia la madurez.

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El bucle

Hay momentos en que la vida se empeña en mostrar su parte cíclica con la fuerza de un cíclope. Como cuando llevas a hombros el féretro de tu padrino o cuando ves que tu mujer empieza a parecerse a lo que recuerdas de tu suegra. Si has intentado fabricar tu vida de manera que no cometas los errores que atribuyes a tu padre, este es un momento crítico porque te asaltará la duda de si los genes son más fuertes que tu voluntad y estás haciendo, sin darte cuenta, lo que crees estar evitando.

    Algunos maestros tienen la ocasión de vivir, alguna vez, un doble bucle. Ocurre cuando tienes en clase a un alumno en el que no reparas al principio. Es normal. Uno entre ciento cincuenta. Entre doscientos. Sin embargo, según pasa el tiempo hay algo que te resulta familiar. Es el aspecto físico, el comportamiento, algún gesto, una cierta forma de ser que intuyes. Entonces tienes lo que los psicólogos de la percepción llaman un insight. Una revelación. Un eureka. Acudes al listado y te fijas en el apellido. Bingo. Es el apellido. El que esperabas encontrar cuando te ha golpeado la intuición.. Lo tienes hundido en tu pasado pero de pronto sale a la superficie como una pelota de goma aplastada contra el fondo de la bañera pero que emerge a gran velocidad cuando cede la presión.

    Consultas entonces el cuaderno porque en cada ficha tienes el nombre del padre. Buscas al alumno y confirmas que has acertado. Es él. Solo por asegurarte del todo le preguntas al alumno el segundo apellido del padre y con tu mente lo pronuncias al mismo tiempo que el estudiante.

    El padre fue uno de tus compañeros a la misma edad que tiene ahora el alumno. Estás dándole clase a su hijo, a esa parte del padre que vive en su hijo. Casi estás dándote clase a ti mismo. Ahí tienes el círculo otra vez. Otra vez el féretro de tu padrino. Pero ahora es un doble bucle. No puedes quitarte de la cabeza que eres el maestro de tu compañero. No puedes dejar de pensar que estás a la vez en el pupitre y en la mesa del profesor.

    Te dan ganas de pedirle disculpas al alumno porque de golpe pasas a saber más de él que él mismo. Te dan ganas de explicarle por qué se comporta así. Y de quitarle la responsabilidad. Tú no tienes la culpa, chaval. Es cosa de tu padre, que ya hacía lo mismo. Sin internet pero lo mismo, te lo juro. Podría contarte cien anécdotas para probártelo. Así que me permito pronosticar que esto lo harás bien y aquello mal. Puedo enumerarte los terrenos en los que fracasarás y aquellos en los que tendrás éxito. Podrás cambiar algo, naturalmente. Para eso tienes voluntad propia, aunque la cantidad de voluntad y la intensidad de tu fuerza también son las de tu padre. Así que los cambios no serán muy grandes, viendo lo que veo. Ha pasado una vida y en lo fundamental eres tu padre. Su repetición. Menudo desperdicio, si me permites, y con eso no digo nada bueno ni malo de vosotros. Solo que... en fin, que te crees único pero tienes más de fotocopia que de original.

    Me dan ganas de decirle ese tipo de cosas, pero no le digo nada, claro. Entre otras cosas porque lo que le digo a él me lo estoy diciendo a mí. Y porque no estoy gilipollas. Lo que ocurre es que cada vez que lo miro no dejo de pensarlo una y otra vez.

    A ver si se me pasa...

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Un papel en el suelo

Cuando un profesor trata de que un estudiante recoja del suelo un papel que ha tirado, tiene uno la sensación de que está en la antesala de la gran revolución.


Jamás un alumno admite haber tirado el papel, aunque lo haya hecho tan cerca de ti que casi te atiza en la nariz cuando tomaba impulso para hacer el lanzamiento. Si cree que no hay evidencia de que él es el responsable, no hay argumento sobre la faz de la tierra que convenza al estudiante de que doble el espinazo. El bienestar colectivo (aunque no sea tuyo, recógelo por el bien de todos) es un concepto que no puede transmitirse. El bien de todos es un no-concepto. No existe. Siempre prevalece ese otro de ese-papel-no-es-mío.


Si la petición la hiciese una anciana cuya vida dependiese de que retirase el papel, no habría compasión para ella. Ese-papel-no-es-mío. Tampoco si la petición la hiciese Mike Tyson. El alumno se sabe protegido por su condición de menor de edad. Intocable. Como el papel.


El otro día asistí a la impotencia de tres profesores para hacer que un alumno recogiese una pelota fabricada con papel de aluminio. Varios alumnos habían estado jugando con ella y en cierto momento invadió un pasillo distinto al que habían convertido en campo de juego. Quizás ese alumno no dio la patada mortal que envió el objeto a la otra cancha pero le había dado otras, naturalmente. Ni el primer profesor, a cuyos pies cayó el balompédico artefacto. Ni el segundo, que venía del pasillo donde se disputaba el juego. Ni el tercero, con galones de jefatura de estudios, logró otra cosa que perpetuar una discusión con una altura intelectual propia de un callejón de suburbio.


Cómo se resolvió el asunto no viene al caso de esta entrada. Ni la edad de los estudiantes, porque la rebeldía es siempre la misma. Ni siquiera la etiqueta de «buen alumno» sirve para estos casos. También ese estudiante se rebela.


La gran revolución, digo, se trata, en realidad, de la gran contrarrevolución. El joven como individuo a-responsable, la prevalencia de la mentira si entra en disputa con el bienestar. El principio no de la soberanía del uno sino del absolutismo del individuo.

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Clase de Tecnología

Hoy me ha tocado guardia en Tecnología en primero de ESO. En la puerta de la clase dos alumnas me han pedido marchar unos minutos a Dirección. Alegaban tener una cita con la directora. No hace falta tener mis años de experiencia para saber dos cosas. Una, que lo que querían era marcharse toda la hora. Otra, que la clase iría mejor sin ellas que con ellas. Durante un instante he evaluado que las posibilidades de que fueran violadas o atracadas en la calle en los siguientes cincuenta minutos se aproximaban a cero. Era más probable que fuesen ellas las que atracasen un estanco o una panadería, pero las posibilidades reales me parecieron despreciables. Así pues, no corría un gran riesgo si me hacía el tonto. Podía haberlas dejado ir bajo la falsa promesa de volver lo antes posible sin temor a que regresasen ni a que ocurriese algo de lo que yo fuera responsable por indolencia. Pero me pudo el sentido del deber, o bien que nunca me ha gustado pasar por tonto, y las obligué a entrar en clase.


     Antes de que pasasen cinco minutos era evidente que ninguna de las dos alumnas se había leído la Ley de Autoridad. Y, si lo hubiesen hecho, la cosa no habría cambiado. Tuve que emplearme a fondo para no arrepentirme de la decisión que había tomado en la puerta de la clase y evitar un problema entre la indisciplina y el orden público. Además de estas dos chicas, otros alumnos mostraban las mismas ganas de aprender que de recibir una patada en el cielo de la boca y solo unos pocos eran voluntariosos y se interesaban en hacer la tarea.


     Estos tuvieron algo de mala suerte porque seguramente no supe guiarles el trabajo de forma adecuada. Aunque también las sierras de marquetería tuvieron su parte de culpa porque no encontré ninguna cuyas tuercas ajustasen correctamente. La pulpitis que padezco en las yemas de los dedos pulgares se agravó mientras trataba de apretar unas tuercas que habían olvidado el camino de la rosca hace algunos años y la alumna que quiso avanzar en su trabajo se quedó detenida en el mismo sitio donde estaba antes de llegar yo. Seguramente, contaría después que el profesor de guardia era un patán. Y no le faltaría razón.


     Cuando terminó la clase, las alumnas díscolas y algún otro la abandonaron silbando por el pasillo como pastores, entrenadores de fútbol, adiestradores de perros y otros profesionales de distintos ramos. Era su último gesto de rebeldía. Aunque seguramente también de rabia. Varios de ellos no pertencían al grupo y se habían colado en él para lo que no consiguieron: pasarse un buen rato a costa del profesor de guardia.

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