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Una sonrisa agradecida

La vi con el rabillo del ojo después de regar el último geranio. Cuando me giré, se escondió con una sacudida eléctrica que fue lo que me hizo reparar en ella. Al día siguiente, convertido en una estatua, la vi salir de entre las macetas y beber del charquito de agua que se había formado en el antepecho de la terraza.

 

Me llevó tiempo, pero menos del que hubiera supuesto, que la lagartija se acostumbrase a mi presencia y bebiese mientras yo observaba cómo lo hacía. Después empecé a obsequiarla con unas miguitas de magdalena, que empezó a comer sin advertirme y terminó aceptando incluso mientras yo miraba desde una distancia temeraria sus fauces de saurio.

 

Ahora, cuando declina el verano, sale a la luz cada vez que me ve desde donde quiera que tenga su escondite, se sube a mi dedo y come su ración de bizcocho mientras me hace unas ligeras cosquillas primero con su lengua nerviosa y luego con sus patitas, por las que corretea en mi mano antes de saltar a su selva de los geranios.

 

Algunos días, le permito incluso que se solace en el dorso de mi mano, y yo mismo, preso de la quietud que me impongo para respetar su descanso, termino dormitando en la hamaca un rato largo.

 

Sé que hay más lagartijas allí adentro porque las he visto moverse mientras riego, pero ninguna me tiene la misma confianza. Durante el invierno procuraré alimentarlas y espero que pueda entablar con alguna de ellas una relación semejante la próxima temporada.

 

Es agradable.

 

En cuanto a esta que ahora admite incluso que le pase el dedo índice por el dorso de su espalda, al amanecer la llevaré al posadero del milano real. Hay pocos espectáculos más bellos que verlo aproximarse desde la lejana arboleda donde me observa. Bueno, uno sí: contemplar sus alas doradas batiéndose antes de detenerse sobre la rama de avellano donde, a su manera, me saluda cada mañana.

 

Llevo semanas alimentándolo con esqueletos de pollo y se alegrará de que le esté esperando una presa viva. Es casi seguro que su pico rígido de comisuras amarillas me regalará una sonrisa agradecida.

 

 

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