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Odio a la primavera

Odio a la primavera.

 

Si pudiera, la pasaría escondido donde no pudiera ver ni ser visto.

¡Qué vergüenza todos los años!

 

Míralos, ya empiezan. Mis colegas. Llevamos juntos desde que recuerdo y no nos movemos a ningún sitio si no vamos todos a una. Y, de pronto, una tarde, cuando empieza a caer el sol, hay un fulano al que le da por hacerse el gallito. Lo ves que parece querer mirarnos por encima a todos los demás y saca pecho como si le estuvieran inflando con una manguera de aire.

 

De buena gana me escondería, ya digo, pero no está bien visto. No debes ser el raro, aunque lo seas más que un caballo verde. Así que, a desgana, me sumo a la grey y me convierto en uno más de la rueda que formamos todos los varones vestidos con lo mejor que tenemos, pavoneándonos sin disimulo, exhibiéndonos como el género de un mercado, a ver quién es más alto, a quién se le oye más, quién se ha colocado mejor las plumas, quién, de tan fatuo, se ha convertido en un globo algodonoso sin pies ni cabeza.

 

¡Cómo la odio! ¡Cómo odio a la primavera!

 

Y luego están ellas, criaturas superficiales que se permiten decir tú sí, tú no, sin saber nada de nosotros. Aparentando que no saben, mejor dicho, porque nos conocemos desde siempre. No cuenta nada, ni lo que hayas podido hacer por ellas ni lo que has demostrado en el pasado. Todo se olvida. Solo cuenta quién las pone más… más… bueno, eso, quién las pone más.

 

No deberían estar nada orgullosas del papel que juegan. Muchas veces son la causa de que nosotros lleguemos a las manos. Qué necesidad hay de pelearse, me pregunto yo. Y no lo digo porque haya perdido alguna disputa, que no lo he hecho, sino porque de una riña alguien sale muy ufano y alguien termina humillado, y eso no está bien. Nadie se merece el desprecio de los demás por el resultado de una pelea.

 

Recuerdo una bronca de hace ya algunas primaveras. Al terminar, me acerqué al perdedor. Quise decirle que lo sentía, que contaba con mi apoyo, que lo que había pasado no era tan importante. Pero me miró con desprecio y me dijo que solo los tarados podíamos ignorar que la vida no tenía sentido para un macho si al llegar la primavera era incapaz de aparearse con una hembra.

 

Aquel patán me recordó de esa manera que a los avutardos que prefieren a otros machos se les hace el vacío en la bandada. No hay ningún sitio para ellos. Así que aquí estoy, disimulando otra vez, odiando a la primavera y haciendo la rueda como cualquiera de los demás, pero con el plumaje lo bastante ajado como para que ninguna hembra se fije en mí.

 

En menudo problema me metería.

 

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