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La novela

 

Feli recibió la llamada que su hijo le hacía cada Nochebuena. No se dijeron nada nuevo. Después de veinte años, la conversación era un ritual breve y sin contenido. En las primeras navidades, Julián trató de convencer a su madre hasta ese último momento de que se dejara acompañar a su casa para celebrar la fiesta en familia. Respeto que no quieras venir ningún otro día, le decía, pero, por favor, ven hoy. Le dolió que ella declinara su invitación el mismo año en que nació Marcos, el único hijo que había tenido. Fue como si no le perdonase haberla convertido en abuela. Eso decía Rosaura, su esposa, aunque él se negaba a admitirlo: menudo disparate. Prefería aceptar que para su madre su deseo de no molestar era más poderoso que el inconveniente de ir quedándose un poco más sola cada año, cada día.

 

 

Feli colgó el teléfono con desinterés y siguió tecleando a gran velocidad. Estaba a punto de poner fin a la novela que había empezado a escribir hacía dos primaveras, y se encontraba realmente excitada. Si hubiese sabido que escribir era tan divertido, quizás hubiese abandonado su profesión y se hubiese dedicado a ello.

 

 

Cuando llamó al timbre el mensajero con la cena que había encargado a su restaurante de confianza, fumaba tranquilamente mientras releía las primeras páginas, aquellas en las que la protagonista, que trabaja en un laboratorio farmacéutico y siempre sospechó que su nuera no era lo que parecía, descubre que el ADN de su hijo no se parece ni de lejos al de la criatura que ha tenido su mujer unos meses atrás.

 

 

Feli abandonó el despacho y se dispuso a cenar antes de que el rodaballo se enfriase. Encendió la televisión y se dejó acompañar por una serie de detectives que la entretenía mucho. Para el postre, se subió a Chispas a su regazo, como hacía con frecuencia. El caniche la había acompañado durante más de quince años y cada Nochebuena compartía con ella un trocito de turrón de yema. Un poco de azúcar no les hace daño a los animales. Lo había escrito en la novela. Casi lo acababa de escribir, podía recordarlo perfectamente:

 

 

El chocolate, en cambio, puede matarlos si ingieren la cantidad suficiente. Aquel perro era muy goloso y su dueña lo sabía, como sabía que estaba ya muy enfermo. Así que, pensó, casi era una buena obra procurarle un final dulce, y por eso le dejó que comiera todo el turrón de chocolate que quiso. Ella acababa de envenenarse con el verdejo con el que acompañó al pescado, así que para el perro aquella solución era la mejor. Y también lo era para su hijo, que ya no tendría que llamarla más navidades y que, cuando le comunicasen mañana su fallecimiento (lo había organizado todo para que el día siguiente un médico de urgencias la encontrase), podría leer en aquella novela algunas verdades sobre su vida. Ella nunca se atrevió.

 

 

Feli solo lamentaba que, como toda opera prima, la novela le había resultado demasiado autobiográfica.

 

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