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El plinto

 

Venga, Ramírez, echa a correr y salta con ganas, que yo te ayudo, verás como no pasa nada.

 

Así de sencillo lo pinta. Corro, piso en el trampolín, me elevo lo suficiente y dejo que me ayude.

 

Pero, ¿cómo?, pienso. O, pienso después, mejor que no me ayude porque todos los demás lo saben hacer y si paso el ejercicio gracias a él seguiré siendo el patoso y se reirán de mí de la misma manera. De mi cuerpo desgarbado, escuálido, rígido, débil, ruinoso.

 

Hoy lo he intentado dos veces y solo he conseguido apoyar las manos en la colchoneta y dejarme ir contra ella, golpearla con el pecho y dejar la barbilla varada en la superficie. Hasta yo mismo comprendo que no es fácil ser tan inútil.

 

Venga, Ramírez, salta con fuerza, apoya las manos y búscate el pecho con la cabeza. La inercia hará lo demás. Pierde el miedo.

 

Eso es lo que me pasa, sí. Bueno, una de las cosas que me pasan. Me da miedo que, al esconder la cabeza, pueda quedarme hincado en el pico de la colchoneta y caerme después y partirme la columna vertebral y tener que pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas. Prefiero que se rían de mí por patoso que por inválido.

 

Toda la clase me espera al otro lado. Es el tercer día que don Emilio convence a los profesores para sacar el plinto en el recreo. Ellos no son muy partidarios. No creen que saltar o correr sea propio de un buen estudiante. Y menos si, por su causa, nos retrasamos y perdemos quince o veinte minutos de Matemáticas.

 

            Por eso los que ya han saltado me esperan sin impaciencia. Ellos no volverán a hacer la voltereta porque ya es la hora de regresaar al aula y cuanto más tarde yo en decidirme, más tarde volveremos a la división con decimales. Así que esperan y callan. Ya se mofarán de mí a la salida, cuando no estén delante los maestros.

 

            Y luego está ella. Hasta la clase de las chicas se ha quedado entera a verme hacer el ridículo. Ellas no han saltado, claro. Las chicas no lo hacen. Son el público. Han aplaudido a los ágiles y se han reído con benevolencia con los que han salido trastabillados (Riquelme, Benito, Pontones), pero han salido y se han bajado del plinto soplando como los futbolistas después de un carrerón, una zancadilla o un despeje en la línea de gol.

 

            Don Emilio sabe lo de Malu. En realidad, lo sabe todo de mí. Que soy un manazas en el dibujo, que a él se le da tan bien. Que soy extremadamente torpe con los trabajos manuales. Que soy el único de las dos clases, la de los chicos y la de las chicas, que no ha pasado el veredicto del cura de la parroquia para ser parte del coro. ¿Ni como bajo? Ni como bajo ni como enano, se puso ingenioso el sacerdote. Que jamás, en fin, haré la voltereta en el plinto y que Malu jamás querrá montar conmigo en los coches eléctricos, aunque sepa que soy el más listo de la clase de los chicos.

Incluso aunque quisiera hacerme caso, que no quiere.

 

          Don Emilio sabe lo de Malu porque empecé a sudar como si me lloviera encima una tormenta cuando me preguntó si era la chica de la nariz respingona y el pelito corto la que me gustaba. Pero, jolines, lo que no sé es cómo se dio cuenta.

 

          Bueno, pues ella está entre las que esperan que salte porque los maestros han decidido que también las chicas aguarden hasta que termine esta mezcla de recreo y clase de Gimnasia. Y me está mirando con la misma aburrida indiferencia de las otras chicas y no me gustaría que viese cómo quedo inválido al caer del plinto.

 

            Porque lo de verme dar la voltereta no va a ocurrir.

 

            Venga, Ramírez, me repite don Emilio, que ha venido hasta la línea de salida y me ha hablado al oído sin agacharse ni nada porque ya soy tan alto como él. Respira hondo, cuenta hasta diez y ven corriendo, me instruye. Salta con todas tus fuerzas y mete la cabeza hacia el ombligo. Eso es todo.

 

            ¿No me crees?

 

            Claro que le creo. ¡Cómo no iba a hacerlo! Todos le creemos. Y le queremos. Es el maestro de prácticas, pero ojalá fuera el titular. Cada día tiene algo nuevo para nosotros y discute por lo bajo con uno de ellos o con todos, si es necesario, para que podamos recoger flores, escribir poesías, visitar ese museo raro, identificar los pájaros que viven en las ramas de los árboles de ahí al lado. Y, además, soy su alumno preferido. De eso no hay duda. Seguramente le doy pena y quiere hacer una buena obra conmigo, pero me da igual porque nadie ha perdido tanto tiempo conmigo tratado de enseñarme montones de cosas para las que soy completamente incapaz.

 

            Venga, Ramírez, vuelve a animarme, ahora desde el plinto, y es entonces cuando aprieto los puños y echo a correr. Lo hago con toda la decisión que tengo. Y mientras corro sé que no lo hago por salvar mi orgullo, ni por si acaso Malu, ni por otra cosa que por él. Porque quiere que lo intente y aunque no lo voy a conseguir tengo que hacer lo que me pide. También porque soy el más listo de la clase y antes de que bajásemos al patio he espiado en el pasillo una conversación en la que don Lucas, el director, ha informado a los demás maestros de que la inspección le ha confirmado que mañana el de prácticas ya no volverá.

 

Ya nos lo hemos quitado de encima, ha dicho, satisfecho, después de guardarse el encendedor en el interior de la americana y soltar la primera bocanada de humo de su cigarrillo.

 

 

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