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El mundo pertenece a los antipáticos

- El mundo pertenece a los antipáticos. Nos pertenece. Por fin se ha demostrado que nuestra preferencia por el alejamiento, el recelo hacia los demás, la sospecha de que muy pocas compañías mejorarán nuestra vida, al modo en que muy pocas palabras mejoran el silencio, no es un comportamiento patológico, la excepción en un mundo donde el gregarismo está en la base de la prosperidad general, sino al contrario, la mejor herramienta de supervivencia de la que dispone la especie humana.

 

                “La sociedad se está tambaleando porque no está dispuesta a admitirlo, lo que dice poco en favor de la inteligencia colectiva, que no ha aprendido nada de experiencias similares ocurridas en el pasado, resueltas todas de la misma manera: con la reclusión forzada de barrios, de ciudades e incluso de naciones enteras, los reglamentos de urgencia que se imponían hoy sí y mañana también sin que ningún gobernante pidiese perdón por hacerlo o gastase un minuto de su tiempo en justificarlo.

 

                “Es evidente que las cosas volverán a su estado patológico anterior en el momento en el que el peligro desaparezca porque el ser humano no puede desprenderse de su pulsión autodestructiva y volverá a exponerse a la masacre con la contumacia con que un adolescente bebido se pone delante de un toro en las fiestas de su pueblo.

 

                “Sea.

 

                “Pero, mientras tanto, disfruto del pequeño triunfo de quienes elegimos vivir con el aprecio justo por los demás, sin la entrega excesiva ni la dependencia completa del reconocimiento, el saludo, el afecto o la simple mirada del otro. O de la otra.

 

                “Pienso si un mundo de antipáticos se habría librado de ésta, si el encierro habría podido sustituirse por una simple recomendación de vigilar que la lejanía con respecto a los otros fuese lo suficiente como para evitar que el virus encontrara otra nariz en la que posarse cuando saliese de excursión desde la primera que le hubiera concedido su hospitalidad.

 

                “Quizás. Pero, mientras tanto, digo, me complace no estar triste sino, al contrario, satisfecho de cómo he pasado los últimos días, de que he cenado (y comido, y desayunado y merendado) sin etiquetas, sonrisas falsas, grititos de entusiasmo, saludos forzados, deseos de no sé qué, objetos inservibles en forma de regalo.

 

                “Hoy es Nochevieja. Estoy leyendo la novela de un alemán que nació en Yugoslavia y está dispuesto a contarme el desgarrón en el alma que supuso a montones de aquellos eslavos el descubrimiento de que se habían casado con un enemigo irreconciliable o que el demonio vivía al otro lado del tabique de su casa: un relato para escarmiento de optimistas. Me conozco la historia, pero seguiré leyendo porque la alternativa es escuchar en la televisión o en la radio que tenemos ganas de despedirnos de 2020 porque ha sido muy malo.

 

                “¡Como si el año tuviera personalidad propia, como si fuera un ente vivo, responsable de sus actos! ¡O como si mañana fuésemos a dejar de estar enfermos! ¡O como si, finalizado 2020, estuviésemos a salvo de que en junio un temblor de tierra destruya no sé qué central nuclear y una lluvia radiactiva termine con la mitad de nosotros!

 

                “No sé si me entiendes…

 

 

 

- Te entiendo, papá, te entiendo. Llevo dieciocho entendiendo que eres más raro que un perro verde. Pero haz el favor de darme la contraseña de la wifi porque sé que la has cambiado y quiero conectarme a internet para celebrar el fin de año con mi madre, esa mujer que ahora vive con otro a mil quilómetros de aquí porque se cansó de estar contigo y con la quedé el jueves para ver las dos a la vez, que es lo más parecido a estar juntas, cómo es el vestido de la Pedroche y para comernos, también a la vez, las uvas que sé que no nos van a traer ninguna suerte, pero sí un ratito de diversión.

 

                Pelma, que eres un pelma.

 

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