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Confiar en Gúgel

En la terraza del bar, dos chavales con pinta y conversación de bachilleres comentaban cómo se le estaban dando los exámenes y lo mucho y bien que se contestan las preguntas de Historia, pero no solo, con la ayuda de gúgel.

 

     En los tuiters de los innovadores de hoy seguro que se encuentran miles de pruebas contrarias a lo que voy a decir, pero estos dos meses de experiencia están poniendo en su sitio los límites de la enseñanza a distancia, al menos para los niveles obligatorios, donde el aprendizaje se produce muchas veces a despecho de los interesados, que lo están en cualquier cosa menos en saber cosas nuevas.

 

     La clave del arco de todo el sistema educativo está en la evaluación, que es una palabra que siempre me ha parecido bastante fea (¿cómo ha podido sobrevivir a la extinción un vocablo con dos diptongos?) y que es, sobre todo, muy rimbombante, ya que, por lo común, simplemente describe, en una escala de cero a diez, la cantidad de información que recuerda el memorizador, a quien llamar estudiante es, muchas veces, una hipérbole.

 

     Para que la rendición no cuentas no sea una prueba de la sabiduría del buscador, no hay otro camino que someter a los estudiantes a pruebas en las que deban aplicar lo aprendido a situaciones nuevas, que es, básicamente en lo que consiste aprender. Pero si esto casi nunca lo hacemos de ordinario, se me antoja imposible hacerlo de extraordinario por lo dicho en el párrafo segundo.

 

     Y porque nosotros tampoco queremos, dicho sea de paso.

 

     El curso que viene, si la administración sanitaria no recapacita y permite que los centros educativos sean lo más parecido a lo que lo han sido siempre, será un curso perdido, con los profesores multiplicando su trabajo por cifras de dos dígitos y los memorizadores tan perdidos de principio a fin que terminarán confiando su suerte a gúgel.

 

     O a la amnistía que siempre se produce a final de curso.

 

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