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Un furibundo ataque

La única imagen que teníamos de los cantantes eran las de las portadas de los discos porque generalmente ni el dinero ni la mitomanía nos daban para comprar Popular1. A veces, un programa de televisión les daba tres dimensiones, pero los pocos minutos en los que interpretaban el tema dejaban muy poca huella en la memoria, y además la mayoría de los que escuchábamos no venían a España, que entonces estaba muy cerca del culo del mundo.

 

     Jamás pensé en esos años que casi tres cuartos de vida después tendría la ocasión de ver a Slade, The Sweet, Suzi Quatro, Black Sabbath, Jethro Tull y algunos más como eran entonces y, ¡por Dios!, como son ahora, porque gran parte de ellos siguen dando tumbos, muchas veces con las mismas canciones a cuestas. Quatro es una abuelita venerable aunque siga metida en un mono de cuero y su Can the can; Status Quo perdieron la melena y ganaron la honorabilidad de un puñado de corredores de bolsa wherever you want; Ian Anderson oculta los rizos perdidos bajo una bandana y ha sustituido su mirada de histrión por otra de jubilado apacible, living with the past, qué remedio; a Steve Priest simplemente da pena verlo, por cómo lo han tratado los años, la cirugía estética y la manía de seguir tocando el Ballroom blitz, que a mí, naturalmente, me lleva a las pistas de los coches eléctricos de aquellos meses de agosto que vivíamos como si siempre fuesen a ser los mismos.

 

     En fin, a despecho de los nuevos esnobs, los autores de la banda sonora de mi adolescencia no están en el viejo prodigio del vinilo sino en el más reciente invento de youtube, un documental borroso (no llega ni a pixelado, de tan antiguo que es) que la otra noche me tuvo escuchando lo que fui con un furibundo ataque de nostalgia.

 

     Sea.

 

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