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La tortura del discurso

De suyo, los ministros no suelen decir nada porque para eso tienen el BOE, que es donde se explayan. Si están todo el día dándole al pico es porque se lo demandan los periodistas bajo amenaza de mandarlos al infierno de la crítica editorial. El pecado de los periodistas nos hace a los demás cargar con la penitencia, sobre todo en estos días en los que el mando a distancia parece que tiene los números repetidos, porque los personajes públicos han puesto de moda una prosodia demencial con la que pretenden convertir palabras simples en el sermón de la montaña.

 

     Con el fin de elevar la resonancia de lo que dicen, se dan casi todos a esdrujulizar cualquier vocablo que no sea bisílabo. Áyuntamiento, ínexplorado, désescalada, cónfinamiento, sólidaridad, súscitada, vícepresidencia parece que la palabra es demasiado larga y el orador (es un decir) teme que se aburra el oyente (a lo mejor es otro decir) y le llama su atención con un latigazo en el oído. Pero no solo ocurre con las polisílabas. También con cómercial, príoridad, hígiene y muchas otras que no tardan exactamente un siglo en pronunciarse.

 

     Lo que escuchamos estos días me permite sostener la tesis provisional de que cuanto más político es el hablante peor es la prosodia y cuanto más perfil técnico tiene el sujeto (aunque también tenga un cargo político) menos rimbombante y menos agresivo es para el oído.

 

     El asunto no es que tenga más importancia, pero tiene la justa, la del modelo que ofrecen a la sociedad; andamos escasos de intelectuales de todo tipo en las horas punta de los medios de información, y si quienes acaparan la palabra lo hacen de manera tan chapucera, terminaremos echándole la culpa de que no sabemos hablar a la LOGSE. Como siempre.

 

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