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Días octavo al décimo

etnocentrismo

La verdad es que esto no da ni para un par de párrafos al día. No me interesa el minuto y resultado y me aburren los vaticinadores y sus vaticinios. No aguanto los reproches ni las coartadas si son partidistas y es evidente que no existen otras. Además, el encierro en casa no tiene paralelismo posible con el de los jóvenes que Boccaccio clausuró en una villa mientras Florencia pasaba la peste bubónica. Así las cosas, he merendado asistiendo a cómo un capibara se peleaba sin contemplaciones con un rival para ganarse el interés de una hembra (a saber con qué ojos de gitana lo miraría) la cual, a continuación, le ponía los pies en la tierra y le hacía caminar detrás de ella durante horas antes de meterse en el agua y dejarle que perpetuara sus genes entre los de su especie (entre los de la nuestra nos gusta describirlo de otra manera). Mientras yo me ilustraba de esa guisa, el resto del país seguía dándole vueltas a lo mismo: no me extraña que Torra se mosquee: ¡qué forma de borrarlo del mapa! (Por cierto, ¿Junqueras sigue saliendo del trullo a no dar clases o eso ya no le importa ni a Inda?)

 

 

Mientras ando en estas y otras cosas, debo concluir que lo que estamos haciendo es purgar nuestro etnocentrismo. Cuando el gobierno chino decidió recluir a dieciséis millones de personas, a mí y otras gentes del común nos pareció un exotismo, y cuando se emitió la hipótesis de que el virus se liberó por el contubernio que los chinos mantienen con animales salvajes, nos lo explicamos todo y asistimos a su desgracia con la imparcialidad con que miramos la seducción entre capibaras. Es verdad que en el pasado reciente se liberaron (sin contar el ébola: cosa del África negra)  otros dos bichos que amenazaban ruina y se quedaron en nada, pero no ha sido esa la razón de la pasividad de Occidente, sino nuestra arrogancia de primer mundo la que nos hizo ignorar lo que estaba pasando. Casi de forma análoga, Johnson despreció al bicho cuando llegó a Europa, gente menor a la que acababa de dar con la puerta en las narices, y no digamos Trump, que hasta ayer, día veintitrés de marzo, consideró que los de su estirpe de vaqueros no hay virus que les tosa.

 

 

Ahora ya no viene al caso repetir todo lo que hemos hecho mal, no solo porque es más rápido decir qué hemos hecho bien (nada), sino porque lo que nos corresponde es hacer un ejercicio de expiación, yo diría que arrepentirnos de todos los chistes de chinorris con los que nos hemos reído por si, a cambio, Buda quiere tener un detalle con nosotros, y, desde luego, desprendernos de nuestro eurocentrismo porque, si en algún momento nos fue óptimo, ahora, desde luego, nos va pésimo.

 

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