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Sexto día

el súper de confianza

El modesto acopio que hice durante los días previos al apocalipsis (o sea, la compra de la semana) estaba a punto de terminarse y después del desayuno he tomado la decisión de ir al supermercado. Hoy mejor que mañana, me he dicho, con mi cinismo habitual, porque mañana es sábado y estará todo de bote en bote.

 

 

La verdad es que no conocía lo que llamaré la experiencia Mercadona porque no soy cliente de la firma y he preferido seguir sin conocerla. En cambio, en mi súper de confianza he pasado un buen rato. Un rato bueno, quiero decir. Lo admito. Hoy ha tocado la parte de la película (la de desastres, ya sabe) en la que la gente se aprovisiona mientras saca todo el miedo que guardan él y toda su estirpe. O casi todo. Incluyéndome a mí entre la canalla, por supuesto.

 

 

A falta solo de trajes antirradiactivos, el súper era una pasarela de mascarillas, la mayoría inútiles como inútil es llevarlas según Simón El Bueno, por otros llamado Simón el Tranquilo, pero menudo sosiego daban. Las había blancas; azules de diferente intensidad; casi transparentes, de textura media y más tupidas; dos o tres de las buenas, con la marca a la altura de la boca (auténticos mercedes de la profilaxis), o con la simple probóscide que almacena el antídoto; incluso alguna he visto con aspecto de máscara antigás, con prótesis como altavoces en los carrillos. Contrastaban las ansias de seguridad con las de coger el pan en el pasillo más angosto de la gran nave, donde mediaban leves golpes de cadera para acceder a cualquiera de las piezas y el metro de separación se convertía en una abigarrada masa de abrigos que se arracimaban sin criterio estético ni sanitario alguno.

 

 

Personalmente (¿de qué otra manera, si no?) he pasado por momentos de zozobra cuando he visto a gente sin embozar. He estado a punto de ruborizarme por mi cobardía, pero, a sabiendas de la relativa indignidad de mi comportamiento, me he refugiado en mi pertenencia a la mayoría y he seguido haciendo la compra semanal entre que las gafas se me empañaban y volvían a empañárseme.

 

 

Solo al final, cuando salía de la tienda, me ha dado por preguntarme cómo era posible que toda Cuenca estuviese en el súper un día como hoy. ¿O es que todo el mundo compra todos los días?

 

 

He pensado, en fin, mientras me deshacía de los guantes del pecado, que quizás sea la única forma de tomar el aire: arriesgarse caer en las garras del bicho entre el aroma de las naranjas, el del salchichón y el del pescado fresco. Enfermos, pero no hambrientos.

 

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