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Quinto día

a la greña

Acabo de ver la televisión. Y me arrepiento: mañana cenaré con una radio-fórmula de fondo. Por la tarde, una conversación con un amigo me ha recordado que hay gente que sigue saliendo a trabajar. No es que no lo supiese, que sí, o que me hubiese olvidado, que no, pero mantenerme encerrado ha hecho que salir de casa me resulte casi tan ajeno como ir a ver osos polares: sé que se hace, pero no va conmigo. Y mientras pensaba en eso, casi divertido (¿qué sentiré el día que salga, dentro de uno o de dos meses?, ¿me resultaré excitante o amenazador cruzar la calle, escuchar el ruido de los coches?), y me servía un plato de ensalada, alguien ha empezado a contar el apocalipsis. En la televisión, digo.

 

 

Por banalizar lo que escuchaba, he recordado mi primera mañana de aislamiento. Un helicóptero sobrevoló mi casa cuatro veces, dos en cada sentido hacia lo que me pareció un mismo lugar. Pensé en qué sitio podría ser y sentí un estremecimiento. Coincidió aquello con sendos lapsos de silencio. O mi turbación lo generó, no lo sé. No se escuchó nada salvo el motor del ingenio, que siempre asperja de inquietud los lugares por donde pasa. En aquel momento me pareció que estaba empezando a vivir una película de desastres, de esas en las que ya sabes que Estados Unidos va a estar a punto de desaparecer hasta que Bruce Willis lo resuelve todo.

 

 

Y ahí ha sido donde he retomado las informaciones de los que estos días he querido protegerme. Del apocalipsis. Yo fui de los que no concedió importancia al brote del virus en China, y sospecho que, de mí hacia arriba, le pasó igual a todo el mundo. No entiendo que una civilización con la capacidad de producir objetos que tiene la nuestra, se haya quedado sin batas, sin mascarillas, sin aparatos médicos, sin, sin, sin. Que nadie previera lo que está pasando.

 

 

Y conforme empeoran las cosas, la palabrería vana de la unión y lo chachis que somos todos en la adversidad empieza a disolverse como un azucarillo en el agua. De aquí a nada, estarán todos los políticos a la greña. Muy a la greña. Ojalá no haya ninguno que se deje llevar por la tentación de.

 

 

Necesitamos a Bruce Willis. O, mejor, a ese científico joven al que nadie hace caso pero que encuentra la cura para la pandemia. El amigo Bruce no siempre resuelve las cosas con mucha diplomacia.

 

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