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Cuarto día

macondo

Sigo sin prestar demasiada atención a las noticias. A la noticia. Sé desde ayer que va mal y que va a ir a peor. Me he enterado, eso sí, de que hemos vuelto a ponerles puertas al campo. O fronteras, como se llamen. Me pregunto quién querrá venir al corazón de la infección, considerando que el virus no se ve, que acercarse a él no produce la descarga de adrenalina que conocen los que persiguen las tormentas, y que ahora no hay en España más jarana que las ocurrencias del whatsapp. Me hace gracia, ¡cómo no!, Torra, que quiere todo el virus para él y le pide a Sánchez que lo confine dentro de sus límites. Que no pase nadie. Que no salga nadie. No sé por qué cerrar Cataluña y, en cambio, no cerrar el Ampurdán del resto de Cataluña o el casco antiguo de Tortosa, tan desgreñado, del resto de la ciudad. Si ya estamos todos en nuestras casas, ¿qué más da que tu casa esté en España, en Cataluña o en el paraíso terrenal? Total, no lo vas a ver… ¿O es que quiere que el bicho se haga también nacionalista?

 

     En fin, no sé si la ocurrencia de la frontera será de Simón El Bueno (o Simón El Tranquilo, que por ambos nombres se le conoce), pero, dados sus antecedentes, si la idea ha sido suya, seguro que es mala. No sé cómo no se ha exiliado, salvo porque no lo quieran en ningún sitio, por si les llena los sueños de malos espíritus.

 

       En mis ratos libres (muchos menos de los que pensaba que iba a tener) releo Cien años de soledad. ¡Cómo cambian los libros con la edad! Con la nuestra, digo. De todos modos, si Simón hubiese recordado algo la saga de los Buendía, le habría venido a las mientes que, incluso a Macondo, perdido al otro lado del otro lado del otro lado de la ciénaga, también llegaron los conservadores primero y la guerra después, y aquel pueblo tan pacífico que no necesitaba ni alcalde, terminó por sufrir las inclemencias de la historia como el resto del país. Quizás Simón nació en Macondo, el primero.

 

     En fin, esta mañana mi perro y yo hemos visto que, por fin, alguien ha talado unos chopos que habían nacido sin pedir permiso a nadie en la ingle del asfalto con la acera y amenazaban con arruinar a ambas. Pero no he podido dejar de entretenerme en una hojita que estaba saliendo desde la orilla misma del muñón del tronco. La vida, pese a todo, se abre paso.

 

     También los virus. Quédese usted con lo que quiera.   

 

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Comentarios: 1
  • #1

    ROSA PEINADO FERNÁNDEZ (miércoles, 18 marzo 2020 23:51)

    Prefiero la vida.