· 

Tercer día

la cosa va a peor

Deambula por el jardín una pareja de gorriones molineros y me he apresurado a instalarles un nido como el que ocuparon, supongo que otros ejemplares, hace cuatro años. Aquella pareja llenó de plumas y materia vegetal el hueco del leño que yo había vaciado para dejarles un hogar espacioso y, cuando llegó el momento de que las crías salieran, agrandaron a picotazos la estrecha portezuela que les había proporcionado, como si fuesen inquilinos desagradecidos con un casero respetuoso y protector. Pasé semanas de angustia viendo cómo el miembro de la pareja que se quedaba incubando sacaba de vez en cuando la cabeza por el agujerito, por el que apenas cabía, y abría el pico agotado por la sed y, supongo yo, por el calor de aquella primavera veraniega. No tengo muchas esperanzas de que vuelvan a anidar, pero sería divertido verlos ir y venir como dos novios que visitan la casa y miden y buscan al fontanero, al de las cocinas, al electricista.

      No es que esté ocioso. El trabajo a distancia me da más trabajo que el presencial porque la palabra escrita se demora más que la hablada y lo que puedes decir, aconsejar, corregir o sugerir en unos minutos para toda la chiquillería a la vez, se convierte en una faena engorrosa cuando has de escribirlo individuo por individuo. No sé -ni sabré- el alcance de la inutilidad de mi esfuerzo, pero en eso no hay diferencia con la enseñanza presencial y, al fin y al cabo, el trabajo es el trabajo.

 

     El día se ha levantado frío e inclemente y quedo a la espera del siguiente vaivén primaveral, el de los días brillantes que descubran el lujurioso paisaje que el agua deja en el campo cuando penetra en él y alimenta las raíces de las plantas.

 

     ¿Y de lo nuestro, qué? Nada. Al levantarme, he consultado el teléfono y he leído que la cosa va a peor. No he vuelto a interesarme por las noticias. Por aquí seguimos bien.

 

Escribir comentario

Comentarios: 0