· 

Segundo día

Atardecer con frutales

Llega el segundo atardecer de este encierro masivo que terminará por ponernos de los nervios a todos. No es verdad que no haya nadie por la calle. Estoy yo, algunos ratos. Tener perro es un privilegio en estos días, aunque noto al mío tranquilón y cabizbajo, como si hubiera asumido una responsabilidad humana y camine a mi lado pensando cómo hemos podido llegar hasta aquí. Quizás él lamenta no encontrarse con más perros con los que pelearse o más personas a quienes ladrarles que no lo menosprecien. Claro, que quizás ese acompañarme casi humano que me ha regalado sea su forma de manifestar su peculiar felicidad: por fin estamos solos, socio, sin nadie que nos joda nuestra rutina de patear los caminos tan a lo tonto como hacemos cada día.

 

     Lo he sentido tan próximo que casi le cuento cómo hemos llegado hasta aquí. Nuestro eurocentrismo y ya están los chinos con su epidemia de cada temporada. Nuestra necesidad de no alarmarnos y no preocuparse que esto es solo una gripe o poco más. Nuestros gobiernos y su miedo a sus respectivas oposiciones y las oposiciones con el gatillo cargado contra sus respectivos gobiernos, de modo que nadie se atreve a prever nada, no sea que. Nosotros, uno por uno, que no renunciamos a viajes, salidas, cervezas, partidos, mítines, manifestaciones, y que ahora, como decía mi hijo, vamos a empezar a valorar que veinte años de cárcel no es una fruslería, incluso para cualquier cabrón asesino.

 

     El ciruelo de la fotografía, que debe de llevar en mi barrio tanto tiempo como yo, seguro que ha superado decenas de otras infecciones y la lozanía de sus flores me ha transmitido un poco de optimismo antes de llegue la noche. Ahora, mientras escribo esto, un mirlo me anuncia, a plena siringe, que anda buscando mirla y que me prepare, porque, de ahora en adelante, cincuenta minutos antes de que amanezca empezará a darme la tabarra.

 

     Como si no me fuera a quedar día por delante…

Escribir comentario

Comentarios: 0