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Lo que viene después

Me encontré en la cafetería de la universidad con un antiguo alumno a una hora en la que no podía hallarse fuera de clase en sus tiempos de bachiller y un día en el que no podía hallarse dentro de clase en sus nuevos tiempos de universitario. Comprobé que se hallaba feliz. La universidad ejerce un efecto muy positivo en el ego de ciertos alumnos a quienes el sistema educativo previo ha discutido durante años su capacidad para aprobar con soltura los cientos de exámenes a los que les somete. A lo largo de nuestra conversación no le recordé la apuesta que crucé con él y sus compañeros tres o cuatro años antes so pena de que se sintiese impelido a invitarme al café frente al que estaba dejando pasar el tiempo antes de que llegase él. Pero, naturalmente, hablamos de los buenos tiempos que vivía. En primer curso le habían apretado mucho los tornillos, pero, salvo una o dos asignaturas que se adjudicaban el papel de las malas de la película, había aprobado en tiempo y forma. El siguiente curso fue bastante más relajado, como si una vez que dejas de ser pipiolo, la organización te trate mejor, sea el ejército americano de las películas o la universidad de provincias que te acoge. El tercer curso se fue en un suspiro porque cumplió con el rito de la formación europea y allende los Pirineos, los Alpes y creo que la Selva Negra le aprobaron cuanto reunía la condición de aprobable sin que nadie fuese demasiado tiquismiquis. Y ahora, en cuarto, mientras hablaba conmigo, sonreía satisfecho porque era el curso de las optativas y aquello era el reino de los sobresalientes a cambio de trabajos al peso.

 

 

Admitía mi antiguo alumno que, como tuviese que ganarse algún sueldo trabajando de aquello que diría el título que formaba parte de sus conocimientos, pasaría más hambre que el hidalgo de Lázaro de Tormes, pero me informó de que sus planes no eran tales, sino aprobar unas oposiciones para las que no necesitaba tanto título, pero en las que el título era un papirotazo en la cabeza de quienes no lo tenían.

 

 

Le deseé suerte, naturalmente, y me fui a una reunión en la que hablaríamos de las cosas importantísimas que los estudiantes tienen que saber antes de entrar a la universidad.

 

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