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La alienación del estudiante

 

Cuando, siendo muy joven, empecé con aquellas lecturas que le ponen a uno en algún lugar del mundo, ya había visto a mi padre muchas veces sentirse orgulloso de un trabajo que había terminado. El producto de lo que había hecho con sus manos lo disfrutarían otros, los clientes, pero la satisfacción por haberle quedado redondo era suya. Por eso, comprendí muy bien aquella parte del discurso de Marx que hablaba de la desposesión que el sistema capitalista ejerce sobre el resultado del trabajo del obrero industrial, quien se diferencia del artesano por ese proceso de extrañamiento con respecto a lo que le tiene ocupado durante montones de horas al día. El salario puede ser una recompensa material suficiente (por lo demás, nunca lo era), pero la alienación resultaba un problema irresoluble.

 

     Me gusta pensar que, si mis alumnos le dedicasen una pensada a esa idea, podrían cambiar de actitud, y el otro día traté de hacérselo ver. La última tarea que les había encargado era que consultasen información sobre un asunto que había interesado a los medios recientemente y que ocupará una parte de nuestras clases en apenas unos días. No tenían que recopilar, memorizar, escribir, presentar nada: simplemente estar al corriente, echarle un vistazo a un periódico, a un documental, a una noticia. Saber de qué iba aquello. Saber algo más de lo que en ese momento sabían.

 

El resultado fue el de siempre. Una sexta parte de las alumnas había dedicado una parte de su tiempo a buscar una entrada suficientemente extensa en la Wikipedia u otra página cualquiera, copiar el contenido, pegarlo en un documento, imprimirlo y llevarlo a clase. Una vez allí, ninguna de ellas era capaz de hacer otra cosa que leer el papel impreso. En el peor de los casos, ni siquiera lo habían leído antes. En todos ellos, nadie había aprendido nada. No sabían ni una sola palabra sobre el tema propuesto. Curiosamente, las buenas alumnas habían perdido el tiempo más que las malas, que no se habían tomado aquellas molestias y habían alcanzado el mismo punto de ignorancia.

 

    Como aquellos obreros industriales, mis alumnos están extrañados de su trabajo. Como a ellos, solo les interesa el salario, que en su caso es la nota. Lo que tengan que hacer a cambio de ella no importa demasiado. Los buenos se distinguen de los malos en que son capaces de aceptar muchas más exigencias del patrón, que soy yo. De la satisfacción del artesano por el trabajo hecho, que, en su caso, es el aprendizaje, no queda ni rastro. Es probable que algún día recuerden algo que memorizaron una vez, pero difícilmente podríamos llamar conocimiento a esa evocación.

 

     Aprenderán cosas, claro. Pero será más tarde. Cuando la vida les apriete más de lo que les aprieta ahora.

 

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