Al rico examen

Leo una biografía de Lorca (que me resulta demasiado prolija) y me entero de que el poeta hizo veintiséis exámenes en sus seis años de bachillerato. Veintiséis. Los mismos que cualquier estudiante de ESO hace antes de que llegue Navidad. La sofisticación del sistema educativo va siempre pareja del incremento del número de exámenes y -como se ha dicho muchas veces- el concepto de evaluación continua ha devenido en la práctica de un examen continuo. Durante unos años pareció (o así lo creí yo) que empezábamos el camino hacia una educación más abierta, atenta sobre todo al proceso de aprendizaje y que permitía al profesor una mayor riqueza en la determinación de lo que había ocurrido en clase durante un trimestre, un curso o un ciclo. Fue un espejismo (o así lo creí yo) y hoy (sin que se escuche por los pasillos una voz más alta que otra sobre el particular) la decisión sobre lo que un alumno ha sido capaz de hacer exige que el profesor lleve una hoja de cálculo donde ha de ingresar decenas de cifras sacadas, naturalmente, de un examen detrás de otro. Dice una canción que la vida es lo que pasa mientras mueres, y podríamos parafrasearla diciendo que la vida de un chiquillo es lo que pasa mientras se examina.

 

    En fin, semejante exceso sería bienvenido si al alumno le sirviera de algo. Pero me temo que no es así. Cada vez que un chiquillo memoriza un examen mata un puñado de las neuronas que se dedican a hacer poesía. Si Lorca hubiera vivido en nuestros tiempos, incluso siendo el regular estudiante que parece que fue, no habría tenido tiempo de acudir a contemplar las puestas del sol desde el Albaicín, de pensar en las musarañas o de fantasear con las coplas que escribió.