Colorines

Desde hace años obsequio a los pájaros de mi jardín con una generosa lámina de agua para que beban, se bañen y se solacen a su gusto. Por estos días, acude a la balsa una familia entera de colorines: los adultos y seis crías. Como otras temporadas he asistido a la crudelísima manera en que la naturaleza se deshace de muchos juveniles (abandono temprano del nido, zarpas de gato, inanición), me parece que es de festejar que toda la prole haya sobrevivido y que ahora busquen comida y bebida conjuntamente.

 

 

Pero hay algo en la naturaleza que funciona de manera inesperada. Los pájaros tienen a su disposición cerca de tres metros lineales desde los que alcanzar el agua, si bien solo unos centímetros para hacerlo con comodidad (es el que peaje que les cobro por mi prodigalidad). Por otra parte, una vez que se deciden a bajar desde las ramas del árbol próximo (el miedo guarda la viña), tienen todo el tiempo que quieran para ocupar el mejor sitio. Incluso, siendo tan pequeños como son, podrían colocarse todos juntos y beber al unísono, componiendo una fotografía impagable.

 

 

Sin embargo, lo que hacen es discutir entre ellos y lanzarse a picotazo limpio por retirar al uno de la playa o por conservar el sitio en ella, como si fuesen a tardar una hora en saciar su sed en lugar de los pocos segundos que necesitan para estar ahítos.

 

Ya sé, ya sé... está eso del abrirse paso, aprender a defender lo suyo, formarse una personalidad y tal. Pero me pregunto si cuando dos chicos o dos adultos se pelean, habrá algún observador al otro lado de una cámara fotográfica que pueda valorar lo absolutamente estúpida que es la disputa.