Condenados a leer

 

 

 

 

 

De tanto repetir la acción, los estudiantes han confundido el conocimiento con su forma de acceso, identificar una herramienta de aprendizaje con el aprendizaje mismo y, como he dicho en otras ocasiones, distinguir de una manera dramática cómo aprenden en su vida ordinaria y cómo lo hacen en la escuela, de manera que lo que es éxito fuera de la escuela se convierte en fracaso dentro de ella.

 

 

La tarea encomendada a unos estudiantes de enseñanza post-obligatoria, a unos meses de ser universitarios, consistía en utilizar el teléfono móvil para conocer la causa de un determinado fenómeno meteorológico. Unánimemente, hicieron lo que nunca hacen cuando quieren enterarse de algo en su vida cotidiana, que es recurrir a algo que entiendan, y optaron por lo que es recurrente en la escuela: hacer algo que no entienden.

 

 

Después de ejecutar el ejercicio, los estudiantes admitieron que su forma natural de relacionarse con lo que ofrece internet es a través de los vídeos, pero esa mañana, cuando el profesor les instó a ponerse al tanto de algo, las pestañas videos o imágenes del buscador desaparecieron de su vista y se lanzaron como posesos a leer textos farragosos que mayoritariamente copiaron de manera inmisericorde y, solo en los mejores casos, trataron de entender, pero despreciando siempre cualquier tipo de apoyo visual  (del mismo modo que lo hacen en los libros de texto, donde las imágenes son solo adornos que los editores colocan en su interior para no hacer tan árida su lectura).

 

 

La respuesta estaba esta vez en un vídeo, y la dificultad del ejercicio consistía en seleccionar el más comprensible, pero los estudiantes actuaron como llevan toda su vida haciéndolo: buscando algo que leer y creyendo, al terminar de leerlo, que habían  hecho algo de mérito, que habían aprendido, que habían cumplido con su papel de estudiante.

 

 

Aunque siguieran sin saber absolutamente nada del fenómeno al que se les invitaba a aproximarse.

 

Escribir comentario

Comentarios: 0