No vuelva usted mañana

Siendo yo aprendiz de aquellos de los que se decía que tenía unas manos que parecían  los pies de otro, recorría bancos y oficinas para traer y llevar papeles, faena en la que poco daño podía hacer en el taller, y entre aquellas -entre las oficinas- la mayoría eran del Estado, donde era frecuente pasar la mitad de la jornada de trabajo esperando ser atendido. Y es que, por lo común, eran un hervidero de gente, casi todos hombres, que llevaban en las manos carpetas, papeles, impresos, pólizas… y en el corazón el temor a que les faltase un requisito para poder dejar en el mostrador la carga de burocracia que correspondía a ese mes, ese trimestre, ese año.

 

     Recuerdo las conversaciones entre los parientes venidos del pueblo mientras les tocaba el turno, las bromas entre los conocidos que coincidían en una cola, el calor de los veranos sin aire acondicionado, la atmósfera espesa, el ruido de la pequeña multitud, el retumbar de los cuños y el risras del papel autocopiativo. Incluso, el golpeteo de las monedas al caer en aquella porción de cilindro invertido que suponía que aquellas dejaban de pertenecer a quien las abandonaba y empezaban a ser de quien las recogía: el Estado.

 

     El otro día volví  a una de aquellas oficinas y la vi convertida en un espacio vacío, una cáscara hueca, el reino mismo del silencio donde ni siquiera era sencillo ver a los funcionarios,  ocultos tras un mostrador elevado y recluidos en sus escritorios. Solo yo estaba al otro lado de la función pública, un poco sobrecogido (si yo fuera de sobrecogerme) en el centro de un escenario limpio como un quirófano antes de cualquier carnicería y donde nadie se preocupaba por mis necesidades o mis apetitos.

 

     Pensé que aquel edificio se había convertido en un traje demasiado grande en el que se metía un cuerpo demasiado pequeño. Recorrí  enteras las tres plantas y me convencí  de que todos los trabajadores cabrían holgadamente en una sola de ellas. Pensé en la cantidad de electricidad y de combustible que podría ahorrarse y en cómo la concentración de humanos podía añadir al ambiente un murmullo acogedor y un incremento de la interacción social.

 

     Hice memoria de mis tiempos de aprendiz y me pregunté dónde estaba toda aquella gente que acudía en tropel a esa misma oficina. La respuesta la tuve cuando fui a presentar el documento que llevaba en mis manos y una funcionaria me advirtió de que, si no lo entregaba por internet y me empeñaba en dejárselo a ella, me iba a caer una multa de cuarenta mil pesetas (perdón: el montón de euros equivalentes), llevara o no razón en lo que había escrito, que eso luego se vería.

 

     Así que me fui como había llegado y pensando en cómo hemos pasado del vuelva usted mañana al ni se le ocurra pasarse por aquí. Para que luego digan algunos que nada cambia.

 

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