El directivo en su col

Cuando he escuchado a la empleada decirme que el director estaba en una col, no he podido sustraerme a la imagen de un señor con traje sentado en una coliflor monumental en medio de un huerto lleno de otras hortalizas.

 

 

Que esa pasión por las verduras me impidiese entrevistarme con él, me ha producido menos gracia y más irritación.

 

 

Dada la imposibilidad del director de bajarse de la col, la empleada me ha preguntado qué quería, a lo que me he mostrado muy reacio dado que, como cualquiera sabe, la persona que está en la puerta de un establecimiento, o la primera que te coge el teléfono, no sabe nada y su insistencia en sonsacarte solo sirve para asegurarte que tendrás que contar tus cuitas dos o tres veces, en lugar de solamente una.

 

 

Me llevaban al banco tres consultas y he escogido la primera, que era la más fácil y que ha tenido el resultado esperaba: yo no puedo ayudarle, me ha dicho, pero no de inmediato, sino después de consultar sesudamente un ordenador portátil e inútil (ya lo sabía yo, le he contestado) y ha añadido que debía pasarme con un plumier, pero que también estaba en la col.

 

 

La cara de pocos amigos que le he puesto es la que se corresponde con quien lleva tres intentos de entrevistarse con alguien que le resuelva una nadería (y que le ha llamado para decirle que vaya a verle en cualquier momento, que eso lo resolvemos en un instante). Que esta vez la excusa sean una hortaliza y un estuchito para bolígrafos era razón suficiente para que mandase una carta a la central de las centrales despidiéndome como cliente.

 

 

Puede ser que la empleada me haya visto la intención de ponerme a escribir sugiriendo a la autoridad su propio despido, y entonces ha sido cuando ha abandonado el ordenador y se ha puesto a buscar por la oficina un plumier.

 

 

Al poco, ha vuelto al lugar donde me había fijado con un gesto de la mano, como si yo fuera un perro adiestrado, y me ha indicado que tenía al plumier al otro lado de un biombo.

 

 

Ignoro por qué no le he preguntado al empleado que allí se agazapaba si no le molestaba que le motejaran como un objeto escolar, pero me alegro de no haberlo hecho porque, en realidad, el trabajador resultó ser un premier, que no sé lo que es pero que debe de estar por encima del escalafón de la recepcionista, que no se ha molestado en averiguar si estaba en la col, como el jefe, o en una silla, como todo el mundo, hasta que no me ha visto mi cara de mandarla a tomar por saco.

 

 

Durante mi entrevista con el premier, he escuchado como ruido de fondo a la recepcionista repitiendo que Fulano o Mengano estaban en una col y, poco a poco, me he ido dando cuenta de que los susodichos estaban hablando por teléfono (del inglés call, llamada), de que la cursilería de la entidad bancaria solo tiene parangón con la avaricia de sus directivos y de que debería haber alguna ley que prohibiese este tipo de trato falsamente amistoso que se está extendiendo como una plaga por las tiendas de dinero.

 

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 0