Supremo Tribunal

Estoy convencido de que los gilipollas de la manada se merecen ser pasados por las armas, pero los demás no nos merecemos una justicia construida a la carta de los intereses de una de las partes en litigio. Incluso aunque la parte lleve razón. Habría que establecer en qué medida la composición del Supremo ha estado mediatizada por las manifestaciones en las calles y, si lo ha estado, en qué medida a la frágil independencia de la justicia hay que añadirle otro riesgo más de intromisión: el de los gritos en la calle.
     Creo que me repito y que ya he dicho en otra ocasión que a los pobres lo que les falta es organización para hacer frente a la ley, que no es sino el dibujo de la sociedad que quiere la clase dominante. Con los pobres (o como se los llama hoy: las clases medias y trabajadoras) tan organizados como las mujeres, aunque la ley esté hecha para caer sobre los robagallinas, las cárceles estarían hoy atestadas de financieros y políticos mangantes con condenas abultadísimas porque pasarse por la piedra a los españoles (y las españolas, a ver si gano puntos) como se ha hecho durante mucho tiempo merece más castigo que el que estamos viendo.
     En todo caso, no la sentencia (que me da igual: como si les ponen trescientos años) sino el procedimiento para llegar a ella demuestra cómo la «perspectiva de género» que nos asuela está cambiando la sociedad y la correlación entre los gupos sociales.
     Que también me da igual, debo decir para que no se me interprete mal. Simplemente, lo digo.

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