Revolución sin terciopelo

No se ha visto revolución que no rompiera leyes. De hecho, en eso consiste una revolución, en cambiar unas leyes por otras. Pero no unas cualesquiera, sino las más gordas. En España, la Constitución, que es la más grande. El cambio que quieren los independentistas consiste en que el resto de España reconozca a Cataluña como sujeto político, y eso es imposible que se consiga con un acuerdo, gobierne en Madrid quien gobierne, porque, de admitirlo, quien haría la revolución sería ese gobernante: una revolución contra sí mismo.

 

 

     El camino de 2017 era un camino posible. Como en toda revolución, los revolucionarios conculcaron las leyes que regían antes, primero las de su propio parlamento y luego las del Estado: es que no puede ser de otra manera. El momento cumbre llegó cuando Puchimón declaró la república. Había culminado la revolución.

 

 

     Pero en todas las revoluciones, algunos pierden la cabeza. Físicamente, quiero decir. Y sería de ver quién estaba dispuesto a ese sacrificio en aquel momento. La masa enfervorizada esperaba que le dieran la cosa hecha, pero el nuevo orden solo duró ocho segundos porque el líder quería seguir anudándose la corbata cada mañana, y vino a dar mus, a ver qué hacía la calle. Sin duda, hubiera deseado que la masa corriese a la Bastilla y le hiciese el trabajo. Pero nadie lo hizo y el personal regresó a su casa a dormir deprisa porque al día siguiente había que trabajar.

 

 

     Así las cosas, Puchimón no iba a ser el mártir de los dos millones que lo habían dejado en la estacada y puso tierra de por medio. La capacidad de sacrificio de los otros líderes la estableció Forcadell cuando pidió que la sacaran de la cárcel porque ella solo quería estar con sus nietos. No sería correcto pedir a la masa enfurecida más entrega. Solo Junqueras está autorizado, porque seguramente fue el único al que no le pilló de sorpresa que lo metieran en la trena y solo los CDR, que no tienen nietos que cuidar, y probablemente sí abuelos que les hagan la comida mientras cortan las carreteras, siguen al pie de la revolución.

 

 

     Nada de lo que están diciendo ahora los políticos independentistas y sus abogados tiene sentido. Los derechos pisoteados, los grandes principios del derecho universal menospreciados, etcétera, son mandangas. En realidad, son la coartada del reo: señor juez, que yo estaba en el asilo haciendo juegos malabares para los ancianos. La verdad es que trataron de cargarse hasta la viga maestra. Pero en un país donde se vive de fábula en comparación con el noventa por ciento restante del planeta, las revoluciones o son de terciopelo (y nos permiten ver al Barça, cuidar a los nietos, salir al campo los domingos) o no lo son. Y, como he dicho, en el párrafo primero, de terciopelo no pueden ser.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Helio (miércoles, 13 febrero 2019 02:14)

    *Puigdemont