Tarde de primavera

Me escuecen los ojos sin ton ni son, lo que es un síntoma inequívoco de que ha llegado la primavera. De hecho, es el síntoma, aquello que en su día fue la primera señal que tuve de que nuestro organismo es sensible a los cambios de tiempo de una forma completamente misteriosa, un hallazgo que, en lugar de reconciliarme con la naturaleza, me produce un desasosiego feroz: algo que no controlo, que no sé ni dónde está, cómo reacciona o si existe realmente, funciona de manera autónoma dentro de mi organismo, una suerte de alien que termina por irritarme las patas de gallo pero que cualquier día puede hacerme enloquecer o convertirme en una sórdida cucaracha.

 

 

     No obstante, puesto que aprendí a odiar el frío en los inviernos esteparios de la Mancha, recibo con optimismo la no pequeña molestia ocular. Sé que todavía tiene que nevar un día en las próximas semanas, pero hoy el aire llega caliente y ese mismo desconocido que manda lágrimas irritantes a mi córnea me impulsa a salir de casa y recorrer el campo, que verdea en olas a luz inclinada de la tarde. Descubro entonces que en los pocos árboles que ha dejado en pie esta agricultura salvaje que nos alimenta, una pequeña tribu de pardillos canta con un entusiasmo de abril y, si, por un lado, me satisface escucharlos, por otro no deja de producirme una notable incomodidad saberme en parte igual que ellos, y que lo a ellos les hace cantar (el simple giro del planeta sobre sus raíles inamovibles) a mí me produce un molesto escozor en los ojos.

 

 

     Me siento en el tronco de una de esas reliquias de la vegetación autóctona y descubro entonces a un abejorro del tamaño del que ha trasegado el polen de una hectárea de romero. Cabecea contra la madera rugosa y me pregunto de qué agujero habrá salido. No sé si podrá encontrarlo, aunque yo diría que se ha perdido y, en todo caso, es seguro que se arrepiente de haberse dejado engañar antes de tiempo. Solo las hembras de estos invertebrados sobreviven al invierno, mientras cuidan de su prole en forma de huevos, y ésta supongo que no podrá superar el hielo de la próxima madrugada, de manera que, en algún lugar, esta primavera traidora impedirá que nazca una nueva prole de abejorros.

 

 

     Nadie los echará de menos, pienso, y llamo a mi perro para que me acompañe a casa. Empieza a refrescar y necesito unas gotas de colirio.

 

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