El fin de las notas

Andan mis alumnos preocupados por una nota que les debo, y ando yo dándoles largas, sin querer decirles nada y, para ser honrado conmigo mismo, sin haber leído los exámenes.

 

 

     Entre otras razones, ¿para qué, si sé lo que ha escrito cada cual?

 

 

     Una de las primeras cosas que intuí cuando empecé en esto era que las notas había que erradicarlas. Inventé entonces un informe que enviaba a los padres, unas palabras descriptivas, de aliento y de señalamiento de la mejora. La cocinera del bar de mis cervezas, madre de una de aquellos conejillos de indias, me dijo que ahora sí que la habíamos hecho buena, que a ver cómo sabía ella si a la chica tenía que darle un premio o un par de guantazos. Que no entendía nada. Que me dejase de tonterías.

 

 

     La mujer tenía nombre de reina y a lo mejor por eso decidí hacerle caso. Durante los siguientes trienios puse notas y más notas, y solo a contados estudiantes he podido decirles que no, que ellos no eran las notas, que ellos no eran un seis o un nueve o un tres, y he de admitir que en más de una ocasión he descubierto una expresión de desconcierto, de sorpresa, de alivio.

 

 

     Ahora, que estoy empezando a ver la puerta de salida, regreso a mis orígenes, pero más descreído. Las notas hay que erradicarlas. Punto. No hay que sustituirlas. Solo hacerlas desaparecer. Mi tarea es proponer a los adolescentes que vienen a mis clases que aprendan algo que la experiencia me dice que les será útil, y cada uno aprenderá aquello que pueda a causa, entre otras cosas, nuestro bien o mal hacer. El suyo y el mío.

 

 

     Cuando haya que poner números, ya veremos qué hago. Al fin y al cabo, con tantas optativas todo el mundo tiene ocho aprobados antes de empezar y, de las cuatro que quedan, la ley les permite olvidarse de dos.

 

 

     Mal se les tiene que dar con la otra.

 

 

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