Pericles no tuvo la culpa

Ha llegado un nuevo futuro compañero, de esos que se vienen conmigo por las clases para conocer qué es esto de enseñar. O de intentarlo, que es lo que les digo siempre. Y a la primera sesión, primer escándalo. Las estudiantes son de cuarto de ESO y todas aspiran a cursar Bachillerato el próximo año, si es posible –que lo será- por Humanidades, que es una elección de mucho prestigio porque implica el riesgo de pelearse con las lenguas muertas, no menos complicadas, siquiera sea por desconocidas, que el movimiento uniforme o las fuerzas gravitatorias.

 

Tanta más razón para que cuando se invoque a la antigua Grecia recuerden algo. Pero no. Les suene de algo. Pero no. Para que cuando se les conceda que corran a internet, digan ¡ah, Filipo!, o ¡ah, Pericles! Pero no. Nada. No queda rastro de la Hélade en ninguna de las veinte cabezas que hace, como mucho, dos años y un trimestre fueron informadas primero y examinadas después de la cuna de nuestra civilización. Las ciudades-estado, la democracia, el arte, la filosofía, el teatro…

 

Nada. El vacío.

 

Mi nuevo futuro compañero sale del aula, como digo, escandalizado y no pierde un instante en echarse las manos a la cabeza. ¿Cómo es posible?, se pregunta, para que sea yo el que  le conteste.

 

Para su sorpresa, le he respondido remitiéndole a alguna de las entradas antiguas de este mismo diario escéptico, y me he quedado para mí con una pregunta que mi joven compañero no puede responderme y a mí me da algo de miedo hacerlo: puesto que están en cuarto curso, todas estas chicas aprobaron el examen de Grecia en primero o segundo; y seguro que aprobaron otros muchos de otras muchas asignaturas de los que hoy recuerdan exactamente lo mismo que de Grecia. Digo más: recuerdan lo mismo que recuerdan los alumnos que entonces no aprobaron y hoy están fuera del sistema. Nada en todos esos casos.

 

 ¿Fue por Pericles por lo que los echamos? 

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