Septiembre: acabemos con él.

No sé cuál es el origen de los exámenes de septiembre, aunque quizás tenga que ver con la cultura cristiana y la idea de la segunda oportunidad. Desde luego, no creo que guarde ninguna relación con la Pedagogía. Si un estudiante no alcanza a hacer lo que se espera de él después de diez meses en los que ha contado con la guía de un profesor, solo la magia puede hacer que lo consiga en dos. La magia o alguna explicación poco esperanzadora. Como que en septiembre el estudiante da cuenta de aprendizajes menores, logrados solamente a base de memoria. O que la escuela no puede en diez meses lo que una academia privada aborda en dos. Menos mal que el porcentaje de estudiantes que triunfan en septiembre es muy pequeño y niega esta hipótesis a la vez que refuerza la primera…

     La manera en la que septiembre complica el inicio de curso solo se explica por esa idea caritativa de la segunda oportunidad. O quizás sea aquello de que vale más un arrepentido que noventa y nueve justos.

      No obstante, la administración anda metida en un proyecto que ya fracasó hace tiempo pero que parece avalado porque se le ha ocurrido a la universidad, que está lo que se dice para dar ejemplo. El asunto es adelantar septiembre a finales de junio, parece que con la idea de que el que vaya a arrepentirse lo piense antes; o bien con el convencimiento de que el profesor que no ha hecho carrera de un chico en nueve meses lo vaya a hacer en quince o veinte días, no tengo ni idea de con qué habilidades; o bien para que las academias cierren. No sé. El caso es que mientras la escuela busca el arrepentido, los noventa y nueve justos tendrán un mes menos de clase.

 

     Mal asunto. Habría que plantearse que lo único que puede hacerse con la segunda oportunidad es hacer que desaparezca.

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