Después de la fiesta

El azar del turisteo me lleva a la plaza del pueblo, y la costumbre de buscar objetos que no estropeen la fotografía denuncia la presencia de un pequeño camión frigorífico que no sé por qué alguien permite que estacione allí (por más que esté al lado de la carnicería que promete abrir de seis a diez todas las tardes de la semana) tapando los bajos de una vivienda tradicional cuya parte superior exhibe las conocidas vigas de madera y una galería preciosa llena de geranios de color rojo.

     Todavía no sé que esa será la primera vez en mi vida que vea en directo cómo un toro muere atravesado por la espada con que lo agrede un hombre. Los expertos que me rodearán entonces comentarán que el toro es un novillo al que le faltan cincuenta quilos y el hombre un chiquilicuatre al que le faltan centímetros para verle la testuz al bicho, sin que pudiera concluirse (iba a pensar yo) de qué manera se equilibraban ambas carencias. En realidad, apenas iba a ver gran cosa porque la falta de interés en el espectáculo que obviamente se avecinaba, me haría llegar tarde y apenas tendría espacio, en tercera fila, para vislumbrar algo de lo que ocurría y levantar la cámara para tomar al azar –otra vez- imágenes de nula calidad artística o documental.

     Lo cierto es que el animal, que a mí me pareció muy grande, se escurrió nada más salir, se sobrepuso como pudo y al poco desarmó al novillero, a quien pude ver, por puro azar de nuevo, la cara de pánico cuando, caído en el suelo, sospechaba que la bestia, que había quedado a su espalda, podía estar a punto de mandarlo al cuerno.

     A decir de los entendidos a los que he citado, seguramente fue ese incidente el que decidió al chiquilicuatre a arponear demasiado pronto al novillo y su destreza –solo relativa- la causa de que tuviera que hacerlo dos veces, la última de las cuales yo ya me había girado para observar rostros y actitudes del respetable, como quien va a la cocina a ponerse un café cuando se imagina que, en la película que pasan en la tele, el fantasma te va a dar un susto de cojones. El asunto duró, de principio a fin, poco más de lo que uno tarda en fumarse un cigarro y el vuelco en el estómago que me produjo el desenlace –aun sin verlo- fue lo que me hizo perder reflejos y no darme cuenta de que la pequeña excavadora que ahora estaba junto al camión frigorífico no estaba allí para abrir zanjas.

     Cuando me di cuenta, giré apresuradamente sobre mis talones, pero ya llegué tarde. Ocho o diez miembros de la asociación cultural del pueblo, hombretones de brazos recios y espaldas anchas, arrastraban con maromas el cuerpo muerto del novillo y lo llevaban hasta la fuente que se sitúa a espaldas de uno de los extremos de la plaza, a la vez que, desde el graderío, se dejaba caer una gran cortina de plástico azul para ocultar lo que ocurría allí abajo, probablemente el eviscerado del animal por un carnicero más hábil en lo suyo que  el novillero en lo propio.

     La cirugía duró otro par de suspiros y a continuación los de la asociación (cultural, digo) acercaron a la excavadora el cuerpo ahora vacío y desmadejado del animal para que lo izara e introdujera en el camión frigorífico.

     Fuimos espectadores del estrambote del espectáculo un puñado de curiosos con pinta de no ser de allí y tan interesados en fotografiar o grabar lo que veíamos como interesados estaban los hombretones de la asociación cultural en que no hiciéramos ni lo uno ni lo otro.

     Si alguna estética justifica la manera de matar a un toro, no queda nada de ella cuando de lo que se trata es de dar curso a la muerte. Se acaban la épica y la poesía y a su rescate acuden la fuerza bruta y la prosa menos elaborada, tan tosca que no soporta la crítica del testimonio, el documento, la fotografía. Se trata de no aguar la fiesta a los espíritus sensibles que soportan la muerte pero no los desechos que genera; o de ocultar los trapos sucios, como hacen las familias, las mejores y las peores; o de ser una metáfora más de la hipocresía generalizada, que se niega a admitir las crueldades sobre las que se apoya nuestro bienestar

     O simplemente de no dar cuartelillo a los antitaurinos, que yo creo que es de lo que iba aquello.

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Comentarios: 3
  • #1

    Joaquín Ruiz Arteaga (martes, 21 agosto 2018 01:14)

    Me ha gustado mucho esta entrada Miguel ángel. Lo que escribes y cómo lo escribes. También me ha gustado mucho la mezcla del tema fotográfico con el taurino y sociológico en general. Mi enhorabuena

  • #2

    justino bordallo (martes, 21 agosto 2018 09:22)

    Un gustazo leerte

  • #3

    Uno más (jueves, 23 agosto 2018 10:17)

    Fantástica entrada.