El mejillazo

Solo los varones sabemos lo que nos jugamos en el primer apretón de manos que intercambiamos con un desconocido. Necesitamos mostrar, como mínimo, la fortaleza suficiente como para que nuestra mano no se venga abajo ante la que pueda exhibir la otra parte. Una mano menos fuerte te sitúa un escalón por debajo: no eres tan poderoso o tan franco o incluso tan de fiar como ese que irrumpe en tu entorno con el ímpetu de una retroexcavadora. En el extremo opuesto, una mano laxa, que renuncia a ejercer cualquier tipo de presión, genera malestar y desconfianza. Nada hay menos agradable que apretar y que la respuesta sea una porción de carne y huesos que se hunde diríase que gelatinosamente entre tus dedos.

    Digo yo si esa es la razón por la que a las mujeres no se les dedica un apretón de manos, toda vez que, estadísticamente (y dicho sea sin que se enfade ninguna vicepresidenta), las mujeres son más débiles que los hombres.

 

     O bien puede ser que, como en el patriarcalismo dominante, la competición por ser citius, altius fortius, es cosa de hombres, las mujeres hayan desarrollado la aversión por el estrechado de manos y hayan optado por el mejillazo, incluso entre ellas, evitando así la tentación de medir la fuerza de pinza de sus manos y se mostrándose como un género más amable, más receptivo, más favorable a incluir al otro en su cilindro personal de seguridad.

     Confieso que, siendo joven, besar a una mujer en la mejilla era un gesto todavía más estresante que el de tender la mano a un desconocido ya que la educación católica, machista y castradora que padecí me hacía representarme a la mujer como un ser intocable y darle un beso significaba un acceso a su cuerpo de una naturaleza contradictoria y entre pecaminosa y violenta que soportaba realmente mal.

     Por aquel entonces, me preguntaba no ya por qué aquel beso era legítimo y no lo eran otros, siendo todos esencialmente lo mismo, sino por qué era obligatorio y no el aséptico y menos comprometido estrechado de manos.

    Ahora comprendo que no hay beso entre hombre y mujer o entre mujeres sino solamente un mejillazo, un estrellar ligeramente un carrillo contra el otro y, a lo más, abocinar los labios y hasta chascarlos al oído de la otra persona como si se simulase un beso que ni fue ni nunca se quiso que fuera.

    En estos tiempos que corren no dejo de preguntarme cuándo se dictará el destierro del apretón de manos, más ligado a la fuerza masculina, y se sustituirá obligatoriamente por el mejillazo, más ligado a lo femenino, sea eso lo que sea, que prefiero no decir nada.

 

    Mientras tanto, eso sí, me permito recordar prestar gratis a vicepresidentas y ministras de varios ramos la necesidad de encauzar urgentísimos frentes de igualdad sobre los que no he oído nada todavía.

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