Oprimidos, indignados y otros recuerdos

Veo en los pasillos de la facultad que algún profesor ha organizado unas jornadas sobre Paulo Freire. ¡Paulo Freire! ¿Quién se acuerda de él? Casi cuarenta años después de que lo conociese a través de un manual de urgencia, su nombre casi huele a naftalina. Como otros, que nos propusieron como paradigmas de docentes comprometidos primero con su trabajo y después con los miserables y con una sociedad justa.

      ¿Qué queda de la pedagogía del oprimido? ¿Por qué alguien insiste en algo tan antiguo y tan a trasmano? En nuestros colegios no hay oprimidos. A lo más, inmigrados que no conocen las normas o hijos de familias desestructuradas: malos matrimonios, malas separaciones, malos contratos laborales, malas costumbres, malas amistades.

     Veo incorporarse al trabajo a docentes nuevos, chicas y chicos que quieren enseñar lo que saben, mantener el orden en la clase, llevarse bien con los adolescentes. Más o menos por ese orden. Nada de Paulo Freire, a quien, por cierto, nadie se lo ha presentado: eso queda para las escuelas.

     La vanguardia pedagógica se lee en Inglés o en spanglish: flipped classroom, gamificación… La necesidad agobiante de utilizar el microchip, so pena de considerarse uno excluido del mundo, viejo, anticuado.

     Mientras, los chicos se caen por las gateras de siempre e ingresan en el lumpen, el subsidio y la precariedad o juegan a aguantar, agarrados a las costuras de las notas, evaluaciones y repescas y favorecidos por una demografía a la baja.

     Nada que hacer, salvo dejarse llevar por la corriente. Sobre Freinet, Freire, Suchodolsky, Dewey, Montessori… nada que decir. Quizás hace mucho que dejaron de servir para algo. Hoy son un cultismo y, si acaso, la música que acompañe a un título académico.

      Después, nada.

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