Tarantella napolitana

Nápoles. Un pequeño local que se protege de las miradas del exterior con cartones: el proyecto empresarial iniciado hace dos años todavía no ha dado para unas cortinas.
     El negocio consiste en ofrecer un pequeño concierto de música napolitana con un showman, un pianista y el gerente, que corta las entradas, distribuye al público y toca el acordeón.
      Al menos la mitad del público es italiano, que se emociona cantando O Sole Mío como los españoles nos emocionaríamos cantando el La zarzamora o a lo peor ninguna cosa.
      El resto del público somos guiris y el showman nos pregunta la nacionalidad para hacer una gracieta que fuera de ese contexto sería una gilipollez (a mí me lo parece incluso en ese contexto).
      Es entonces cuando digo que vengo de España. El showman exclama admirativo que un poco más allá hay otro grupo de españoles y corre hacia ellos.
      Pero el acordeonista-empresario detiene su euforia y su carrera y subraya que aquellos son catalanes y explica en italiano la diferencia entre español y catalán y la oportunidad de no llamar españoles a los catalanes.
      Así está el patio fuera de España. Los independentistas dominan el discurso desde los tribunales belgas a los tugurios napolitanos.
      Rajoy podría y debería haber hecho mucho más. Como en tantas otras cosas, debió de creer que esto se arreglaba solo. Sánchez debe hacerlo. El Estado no puede ceder el discurso sobre lo que es el Estado a una parte de él. Eso es dejación de funciones.
(Y que a los españoles por el mundo se nos quede cara de gilipollas).
     En el capítulo personal, el propietario-empresario se ha quedado sin las 5 estrellas en el trip-advisor que me pidió. Ea.

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