La revolución de las mujeres

Mantenía yo en su sitio todo, pero que todo el pelo de la dehesa, cuando fui a Madrid a compartir mi espíritu respondón con compañeros que estudiaban cosas de más enjundia que yo. Allí fue donde escuché a un chico rubio y con barba rala espetar al mismísimo rector de la Universidad que todos sabíamos que el Derecho es la representación de la visión que la clase dominante tiene de la sociedad.

     ¡Toma ya!

    Naturalmente, yo no estaba entre la multitud que conocía una frase tan lapidaria, pero, seguramente por eso, me lleva acompañando casi cuarenta años. Y cada año que pasa me doy cuenta que la frase es más cierta.

     Por fin les ha llegado el tiempo a las mujeres. Ni se sabe el tiempo que llevaban resignándose a que su revolución debía esperar a que triunfase la de sus compañeros. Construido el paraíso soñado por el rojerío varón, les tocaría a ellas amueblarlo para disfrutarlo en igualdad de condiciones. Pero como no hay manera de que llegue esa Arcadia (faltan ideas, líderes, ganas y hambre), las mujeres se han organizado, han llegado a las puertas del Palacio de Invierno de los varones y están a la espera del grito final que las lleve al triunfo.

     Lo singular de esta revolución es que la van a empezar por donde nadie lo había hecho. Los franceses ocuparon el legislativo. Los rusos, el ejecutivo. Las españolas se atrincheran en el judicial. Con un par. De lo que sea.

     Han conseguido que la Comisión de Codificación (suena a que es la que propone qué cosa es un delito y cuánto vale en el mercado de las penas) sea paritaria. O sea, que haya tantas mujeres como hombres, y ellas van dispuestas a todo (a la vez que ellos van resignados al sí, cariño que tan bien ha escenificado Moscoso), que no es sino que la legislación española muestre cuál es la clase dominante. Las mujeres.

     ¡No se me crucifique! No tengo nada en contra de que la violación merezca la misma sanción que el genocidio porque mi Ética desde siempre y mi biología no diré desde cuándo me mantienen a salvo del peligro, y el que venga detrás que arree.

     Pero lo que me parece una vergüenza es que la izquierda española, incluidos los pelanas de Podemos, no aspiren a conseguir una Comisión de Codificación paritaria de pobres y ricos. No de ricos y de representantes de los pobres, como quieren ser ellos, no. De pobres y ricos. Solo así los delitos de ricos ni prescribirían a los cuatro años ni se castigarían con la tibieza que se castigan ahora. Estoy convencido de que los jueces no conocen todos los recovecos de la violencia machista. Tanto, como lo estoy de que ni los jueces ni las juezas tienen ni puta idea de la mala leche que se le pone a un pobre cuando ve que los miles de rodrigorratos que hay por ahí sigan en la calle.

      Mas habrá que esperar. La Historia ha dado la vuelta. Primero, serán las mujeres. Luego, los pobres, que se han dormido en los laureles.

 

Escribir comentario

Comentarios: 0