Una Unión lejos de la unión

Me cuesta mucho trabajo imaginar al Tribunal Supremo de Castilla-La Mancha enmendándole la plana a su homólogo de Bélgica o de Alemania. De toda Bélgica o -lo que es mucho más grande- de toda Alemania. Pero es lo que ha ocurrido, aunque al revés. Los expertos no independentistas no dicen eso, pero es difícil que los demás entendamos otra cosa. Por mucho que insistan en que el mecanismo funciona, en que la decisión garantiza que el prófugo no será juzgado por delitos de opinión o que detrás de la decisión lo que debe leerse es que en Schlewisg las andanzas del fugitivo habrían sido neutralizadas antes y no habría llegado a montar la feria que ha montado, por mucho que digan eso y más cosas, lo cierto es que el tribunal regional de un país de la Unión ha dicho que si España quiere al perseguido, será a cambio de no juzgarlo por lo que el máximo tribunal español cree que debe hacerlo. Y, además, ha tardado un rato en decidirlo. Como si aquellos juristas fueran expertos en nuestra legislación y ocupasen su tiempo libre en hacer tantos trabajos de Derecho  Comparado que esto para ellos fuese pan comido.

     Para los legos como yo, todo esto suena a chapuza. Si los Estados han conseguido que sus ciudadanos sean iguales ante la ley, el caso que nos ocupa demuestra que la Unión está muy lejos de ser una unión. Mientras una región de un Estado pueda decidir si un delincuente que huye de otro país es o no delincuente, estamos muy lejos de donde creíamos. Como mínimo, a las generaciones futuras (no me fío de la mía) les queda por pulir esto y que territorios de la Unión (habrá que ponerlo ya en cursiva) no sean paraísos fiscales, de manera que Luxemburgo o Irlanda dejen de alojar en sus territorios a empresas que, sin contar operaciones de más enjundia, puedan vender a italianos o españoles los mismos productos casi a la mitad de precio.

     Dicho todo lo cual, hay que seguir metiéndose con el gobierno de Rajoy y sus ministros de Asuntos Exteriores porque los legos estamos en nuestro derecho de pensar que si los jueces de Schleswig-Holstein, en su rol previo de ciudadanos, hubiesen leído y escuchado más el discurso del Estado español y menos el de los independentistas, a lo mejor habrían tardado más en decidir o incluso habrían decidido otra cosa.

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